02:30 de la madrugada. Insomnio post carrera. Ya lo había olvidado. Pero, bendito sea. Que ganas de volver a escribir y contar una carrera. ¡He (hemos) vuelto a competir!

 

Y aquí va la crónica…

Cuando por la tarde, antes de competir, te encuentras, en tu mismo hotel, a tus padres por sorpresa… ya sabes que las cosas van a ir bien.

Sí! Ella es mi madre!! (foto: Cris Guerrero)

 

Esta carrera no estaba planeada. No nos engañemos. No la había preparado. Aún estoy saliendo (o espero estar saliendo ya) de una lesión que me ha dejado meses sin correr y sin poder coger la cabra. Y eso, sumado a la falta de carreras por la pandemia, ha hecho que mi estado de forma no fuese óptimo. Falta de volumen, falta de ritmo, no haber podido seguir una planificación estricta y adecuada a la carrera, dejarme un poco con la dieta, etcétera… No quiero poner excusas, nunca lo hago, pero tengo que ser sincera y poneros en la situación real. No digo que no estuviera para competir, podía hacerlo, pero no me sentía al 100% y quizá en otras circunstancias no lo hubiera hecho. Normalmente vas a una carrera porque quieres, porque te sientes fuerte y con energía para lograr tus metas. Sin embargo: ¿no crees que tu meta ahora es volver a competir? – me pregunté a misma.

 

Ese motivo fue suficiente para que dos semanas antes decidiese estar aquí. Iván me dio el visto bueno. Aunque el que me acabó de convencer fue Diego (de Planeta Triatlón). Lo hizo a través de Rocío haciéndome saber que la PTO iba apoyar el evento. No les podía fallar, a ninguno de ellos. Ni a mis patrocinadores que siguen ahí, al pie del cañón y que se merecían que yo también lo estuviera. Y por supuesto, a mí misma. ¡Qué eres triatleta, joder! ¡Qué eres deportista! ¿Compites solo para ganar… o porque te gusta esto? No tenía que convencerme de nada (bueno, un poquito sí. Jejejeje) Pero no es fácil cuando te gusta dar lo mejor de ti. Y en esos momentos sentía que no lo tenía. Sobre todo cuando la lista de inscritas me hacía difícil luchar por el pódium y cuando, la semana de antes, tenía planeado un viaje a Dolomitas con mi marido (por puro placer).

 

Por supuesto, no dejamos de hacerlo, pero la carrera lo condicionó inevitablemente. Intentamos (y no digo que lo consiguiéramos) cuidar un poco más la dieta. Lo que si conseguimos fue meter un poco de carrera a pie y buscar una piscina para, al menos, tocar agua dos de esos ocho días. ¡Aig! Si es que no tenemos remedio. El triatlón corre por nuestras venas.

Por si fuera poco, tanto los medios de comunicación como muchos triatletas me daban como favorita. Se agradece. –Sin presión eh !Buf!– Pero cómo les decía yo, a muchos amigos y compañeros, que no entendían porqué iba como favorita sabiendo de mi lesión y de mi estado de forma…: me lo había ganado a pulso. Mi trayectoria, y sobretodo mis resultaos del 2019, habían hecho que me ganara la condición de favorita y esa etiqueta era algo que debía aceptar. Lejos del peso que supone, tenía que valorar la parte positiva de ello e intentar defender esa condición por muy difícil que fuera. Y ojalá siga partiendo como favorita en muchas carreras. Eso será una gran señal para ver que las cosas van muy bien.

 

Os lo tengo que agradecer. Os quiero agradecer a todos los que apostabais por mí y confiabais en mi victoria. Eso es muy gratificante para mí. Me alagaba un montón leer eso en los días previos y solo por eso ya me sentía una afortunada de poder volver a competir. Y es que, sin duda, lo más bonito fue volver a sentir el cariño de toda la gente. Y de todos los vascos que siempre se vuelcan conmigo. Fue un regalo empezar a recibir tanta cantidad de mensajes los días antes de la carrera. Mensajes de gente que me escribía porque se había alegrado mucho al saber que finalmente iba a competir. Me decían que irían a verme, a animarme, a saludarme… No paré de recibir mensajes de ánimo y sobretodo mucha gente me escribió para ofrecerme su hospitalidad, para hacerme de chofer, de guía, por darme un masaje en su consulta… Era abrumador ¡Gracias a todos! De corazón.

 

Todo eso me hizo darme cuenta de cuánto echaba de menos competir. Y de qué hice bien en estar ahí. Fue realmente emocionante encontrarme con tantos amigos, compañeros, afición, speaker, organización, árbitros… Sí, a los árbitros también se les quiere y se les he echado de menos. Somos personas y el reencuentro con alguno de ellos fue realmente emocionante, como con Marta, que hasta fue inevitable estrujarnos fuerte los antebrazos. O el poder darle un abrazo a Javier Berasategui. Cómo me alegró volverle a ver. Aun me emociona recordar ese momento. Hay que celebrar la vida ¡joder!

 

Lo sé. Las medidas de seguridad fueron, como debe de ser, muy estrictas, y felicito a la organización por todo ello. Gracias a todo eso estamos compitiendo de nuevo. Sin embargo, os mentiría si no os digo que algún abrazo fue inevitable. Fue con mascarilla, tres capas de ropa y aguantando la respiración (jejeje), pero los hubo. Me quedo con el de Aida. No había mejor reencuentro que volver a verla compitiendo y hacerlo juntas de nuevo.

 

Sí. También hubo carrera. Ya empieza.

 

La salida fue en formato contrarreloj cada 3”. Yo salía la segunda detrás de Eva Valero. Así que tenía a todas las triatletas en modo persecución. Que agonía saber que te vienen todas a escasos segundos por detrás intentándote dar caza. Eso si que es presión y no lo de “favorita”. Ahora entiendo al pobre Pello que partía con el dorsal 1 con toda la tropa detrás. Era como estar en un videojuego y ver que te persigue el come—cocos. ¡Qué tensión!

 

La natación fue limpia. A pesar de nadar en la ría (Jejejeje). Fui adelantando a muchos chicos elite sin problema y a pesar de no tener referencias intenté nadar fuerte para mantener mi ventaja. Sin embargo, cuando salí del agua, vi que Anneke Jenkins ya me había tomado la delantera y yo ni me había dado cuenta de su adelantamiento. ¡Guau! Y quizá salió un minuto detrás de mí. ¡Que no cunda el pánico! Venía preparada para esto.

 

El pánico cundió cuando tocó hacer una transición sin sentirme las manos y los pies. Eso es un puro suplicio (por más que lo vivo no me acostumbro a ello): conseguir meter los dedos de los pies en los calcetines, conseguir abrocharme el caso y conseguirmeter los pies en las botas, en marcha, es la auténtica prueba de fuego del triatlón.

Reconozco que el frío fue menor del que esperaba. Sabía que en carrera siempre es soportable y decidí no taparme. Hice bien. No pasé frío. El único problema es que mis manos y pies nunca vuelven del todo a recuperar la sensibilidad y eso me dificulta un poco las cosas. Me costó beber y comer por la falta de precisión y fuerza en las manos. Y me costó frenar y tener tacto con la bici. Y es que, aunque la lluvia también nos respetó bastante, la carretera ya estaba muy mojada y junto a las hojas de pino (y otros árboles) que había, el piso se puso un poco resbaladizo. A mí eso me acojonaba. Y no era una carrera en la que sentía que quería arriesgar tanto como para jugarme el tipo. Además, ver como a algún chico le patinó la bici o le tambaleaba delante de mis narices, hizo que aun tomara más precauciones.

(Foto: Susana Etxebarria)

A pesar de no arriesgar bajando, sentí que iba fuerte. Al menos intenté darlo todo en los llanos y subidas. Me motivó pasar a Anneke sobre el kilómetro 12 y luchar en solitario. Eso era buena señal. Había pasado a muchos chicos elite en el aguay todo el resto de competidores venían muy cerca por detrás. Y ver que iba luchando la carrera prácticamente en solitario y que no me daban caza era buena señal. O eso creía. Realmente iba muy forzada, tanto de cardio como de piernas, pero debía luchar en ese sector si quería estar dentro de carrera y pelear por los puestos de cabeza. Sabía que corriendo iba a tener pocas opciones y había que intentarlo en la bici.

 

No me sentí ágil, no acababa de notar que la cosa fuera fluida en mi pedaleo y en mis sensaciones. Sin embargo, sentía que iba fuerte, que seguía cazando elites y que otros nunca se acababan de ir. A algunos les daba caza en las bajadas y eso hasta me hizo creer que iba bajando muy bien ¡Qué ilusa!

(foto: Gonzalo de las Heras)

 

El kilómetro 63 me devolvió a la realidad. En ese momento me pasó un grupo de unos 8 participantes donde iban Laura y Anneke. Me sorprendió, la verdad. Me descolocó. Y no os voy a negar que me desmoralizó. Estaba viviendo una realidad distinta. Mi cabeza estaba compitiendo en una carrera totalmente diferente y me frustró la sensación de haber hecho un gran esfuerzo en balde. Entre el estupor y el no querer pecar por meterme en zona drafting, vi como se iban alejando sin más con todo el grupo. Me faltó decirles adiós con la manita. Poca picardía la mía quizá.

 

Quizá el exceso de respeto en las bajadas me hizo perder tiempo. No lo sé. O simplemente es porque también están más fuertes que yo en bici. Lo más probable. Y con esos pensamientos me tocó lidiar en los últimos kilómetros donde el viento en contra me lo puso difícil e hizo que ese tramo final se hiciera muy largo.

 

 

Tocaba afrontar la carrera a pie. Se me hacía larga solo de pensarlo. –vamos a ver cómo podemos defenderlo– me dije a mí misma. Estaba claro que, con el ambientazo y la entrega del público en las carreras vascas, la cosa se pone mucho más fácil. Y es que, si creéis que el frío, la lluvia, el viento o la pandemia les condicionó, estáis muy equivocados. Al contrario, salieron con más fuerza y ganas a la calle para volcarse con nosotros. En el momento que empecé a correr y pasé por delante de ellos ya sentí como subían los decibelios. No hay mejor placer, os lo aseguro. Es indescriptible esa sensación de notar como sus gritos te empujan, como se unen a ti, a tu esfuerzo. Una tiene que tratar de controlar esa emoción.

 

No me bajé a correr tan lejos de la cabeza. La gente me gritaba que a un minuto y escasos segundos (y a saber cuánto tiempo más tras la diferencia de la salida). Tuve el impulso de intentar ir a por ellas. Era yo la que tenía la posibilidad de darles caza, pero sentía que no había de dónde tirar. Iba forzada, con el pulso muy alto y sin saber cómo iba a responderme la lesión y “las patas” a medida que pasasen los kilómetros. Debía ser algo conservadora. Al menos al principio. Y asegurarme que podía completar la prueba. Era mi principal objetivo. Además, la ventaja por detrás era grande. Aída, Guru y el resto de chicas venían lejos. Guru venía muy fuerte, estaba segura de que algo le debía haber pasado para estar tan rezagada. Así que era importante correr con cabeza y asegurar ese puesto tan valioso en ese momento. Y más, dadas las circunstancias. Lo único malo, o la única extraña sensación, era sentir que ya estaba fuera de carrera; que poco podía hacer. Entonces… es cuando te acomodas ¿Cómo somos, eh? Siempre queremos lo difícil. Nos va el riesgo.

(foto: Ion Zagusti)

 

Me limité a mantener el tipo. A llevar un ritmo que me permitiera no desfallecer. Traté de disfrutar del ambiente para hacer que los kilómetros fueran más llevaderos. Y es que realmente, mientras corría, valoré lo importante que era el volver a estar compitiendo de nuevo. Me di cuenta que estaba participando en un campeonato de España de Media Distancia. En una carrera de un gran nivel donde, en muy pocas ocasiones, se ha visto algo igual. Parecía que estaba en el paseo de la fama: Javi Goméz Noya, Godoy, Gustavo, Morenito… Anneke, Guru, Aída, Laura…Y Marcel Zamora entre el público. Y es que sentí que además había algo especial y que, por muy tocados que fuéramos, nos íbamos alentando todos con un grito o con un simple gesto o mirada. Y es que el circuito nos permitía vernos en todo momento. Y eso es un lujazo. Sobre todo el poder cruzarme en cada vuelta con Javi y ver lo bien que iba. Realmente estuve muy distraída. Hasta me pasó una cosa curiosa: Y es que no sabía que Eneko, con el que coincidí en el campus de Lanzaorte, tenía un hermano gemelo que estaba viendo la carrera. Pues no sabéis la paranoia mental que me hizo al ver en la primera vuelta a “Eneko” en el público preguntarle con un gesto si estaba bien y después verle corriendo en las vueltas siguientes. Aig Dios mío. No entendía nada. Aún me estoy riendo sola.

Me costó entrar en carrera, pero en la última vuelta no quería que se acabase. Estaba disfrutando mucho y no quería que aquello finalizara. Quería saludar a todo el mundo. Quería agradecer todos aquellos ánimos. Agradecer a mis padres, a Cris e Isa, Itsaso e Iña, Raquel e Iker, Mikel, Alberto…., a muchos, a una larga lista de personas que me ofrecieron tantos ánimos. A muchos no pude verlos, a otros solo conseguí oírles. Y como me pasó con Helene y Axi que, en la última vuelta, sí conseguí localizarles y pude lanzarles un saludo. ¡Que ilusión! Aunque me quedé con ganas de charlar un rato con ellos y saber como estaban.

 

Y finalmente, llegué a la meta. Tercera posición en carrera y segunda en el Campeonato de España. Satisfecha con el resultado y contenta con mi rendimiento. Felicitar a Anneke y Laura por su gran carrera. Sinceramente: ni estando al 100% hubiera podido con ellas, fueron muy superiores. Felicitar al resto de triatletas por defender una carrera nada fácil por las condiciones meteorológicas. A la organización y la FETRI por el gran trabajo. Y a la PTO por su gran apoyo.

 

 

El final de esta historia tiene un final feliz. Todos sabéis el desenlace. Conseguí el slot para Kona. Pero como toda historia, no solo tiene un final, así que, empecemos por el principio.

 

Debo remontarme meses atrás para contaros todos los detalles. Y es que una carrera no es solo la consecuencia de un día, sino de muchas semanas de trabajo anterior. Reconozco que ha sido la carrera que más me ha costado preparar. Preparar un ironman para la primera semana de marzo, es muy duro y arriesgado, e implica muchas cosas. Empecé a entrenar de nuevo a finales de noviembre. Así que pasé de la pretemporada a tener que preparar un full distance en apenas dos meses. Me costó mucho. No lo vi claro en ningún momento. Sentía que necesitaba más tiempo para coger la forma, para coger fondo, para coger ritmo, para bajar de peso, para sumar kilómetros, para sumar horas de entreno… Las semanas iban pasando y yo no acababa de ver que pudiera llegar con garantías a esa carrera. ¡No me salían las cuentas! Quedaba poco tiempo y no veía donde íbamos a meter toda esa preparación. Necesitaba empezar hacer entrenos largos tanto para coger la forma física como para sentirme segura de “coco”. Pobre Iván, como le he apretado con este tema. Como el me decía: “no podemos llegar al 100% a esta carrera, pero si que podemos hacer lo posible para llegar con garantías y sin quemarnos”. Que razón tenía. – << ¡Gracias Iván, lo conseguimos! >>.

 

Uno de los motivos que más me inquietaba era que Javi no pudiera acompañarme. Se le complicaban las cosas en el trabajo. Mi padre estaba dispuesto a acompañarme (bueno, más bien mi madre dijo: << si Javi no puede ir, tu padre te acompaña >> – jejeje.) Siempre están ahí los primeros y se lo agradezco, pero era un viaje que quería hacer con mi marido, con mi mejor compañero. Más que nada porque mi padre se pensaba que solo había que irse cuatro días. – Jejejeje – <<Papa, eso es lo que tardas en el viaje, y solo el de ida.>> Os aseguro que el hecho de que no viniera Javi me entristecía mucho, hasta el punto de que había decidido no ir si él no venía (guardé el secreto para mi por eso). Es cierto que yo había elegido esa carrera. Era el primer ironman de la temporada y debía intentarlo desde el principio. Estaba dispuesta a hacer una gran apuesta y un gran sacrifico en muchos aspectos para empezar la temporada tan pronto y tan lejos. Para luchar por un sueño. Además, tenía la esperanza de qué el hecho de elegir esta carrera, al ser tan temprana y tan lejana, el nivel no fuera tan alto. Sin embargo, me equivoqué. La lista de salida era muy numerosa y de un gran nivel. Muchas habíamos escogido Nueva Zelanda para luchar por el slot, o con suerte, pelear por dos en vez de uno (era lo único positivo de ser tantas, tendríamos una plaza más). Así que las cosas parecían ponerse aún más difíciles. Esta claro qué quién no arriesga no gana. Pero no me iba a meter ese viaje, duro y costoso, sabiendo que las probabilidades de conseguirlo eran realmente pocas.

 

Finalmente, Javi pudo venir y eso lo cambio todo. No sabéis el sacrificio que hace para poder acompañarme. No solo currar muchas horas y días para librar los del viaje, sino que siempre antepone mis planes a los suyos, sean cuales sean. Ahora el objetivo no era el mero hecho de competir, sino de viajar con mi marido a un país que estábamos deseando visitar. Así que las motivaciones aumentaron y fuera cual fuese el resultado, ya no me quería perder ese viaje.

 

Trabajé muy duro para llegar en buen estado de forma. Hice grandes esfuerzos. Así lo siento. Costó mucho entrenar en invierno, con frío. Por eso hice un par de escapadas a Lanzarote, para que el clima ayudara hacer los entrenos más amenos. Eso, y entrenar en compañía, que siempre es más llevadero. El stage en Lanzarote con Saleta me ayudó mucho. No solo porque conseguí sentirme bien físicamente, sino porque a nivel anímico me motivó mucho (bueno, nos motivamos mutuamente, cosa que me alegro). La verdad que ha sido una persona muy importante en la preparación de esta carrera y estuvo apoyándome hasta el final. Literalmente, porque se trago toda la carrera y no paró de mandarme ánimos. – << ¡Muchas gracias Saleta! >> -. Además, nos vimos también en Nueza Zelanda pocos días antes de la carrera. Fue genial compartir otro día juntas. Por cierto, gracias a Javi y Anneke por abrirnos las puertas de su casa. Fue un día espectacular. Y como me dijo Saleta: “Javi te traerá suerte”. Vaya si lo hizo. Además del regalo que fue pasar un día con él.

Sin dejar de pensar en la carrera, íbamos disfrutando de los encantos de la isla y de paso, combatíamos el jet lag manteniéndonos activos (tanto al cuerpo como a la mente). Porque lo más duro es ver como van pasando los días y no acabas de sentir que te has aclimatado, que tu cuerpo ha cogido ese nuevo ritmo y que parece que sigue encastrado en el pasado. Es que adelantarlo de golpe 12 horas, no es nada fácil. Hasta el día de antes sentía que tenía mucho sueño durante todo el día. Es más, me pasé los dos días previos durmiendo. No era capaz de mantenerme despierta. Y sentía en mi interior como un pequeño vaivén constante. Hasta la propia mañana de la carrera me sentía mareada. Lo noté calentando, mientras corría un poco antes de empezar. Pero, fuese como fuere, llegaba la hora de competir. A pesar de esas pequeñas extrañas sensaciones, me sentía fuerte. Había conseguido llegar en muy buen estado de forma y era el momento de demostrarlo.

 

7.50h del sábado 7 de marzo. Empieza el ironman. Empieza mi primera carrera de esta temporada. <<¡Aig Judith! ¿te acuerdas de como iba esto de competir?>> Es que después de tantos meses… Pues suena el cañonazo de salida y no queda otra que averiguarlo. Recibo unos cuantos golpes (sin maldad), éramos muchas la que queríamos estar delante. La agonía y el ansia por colocarnos bien me agobia un poco, así que decido quedarme atrás. Noto que el grupo se compacta con unas cinco o seis integrantes y yo soy la última. Veo que en él esta Radka y Meredith << buena señal >>, (son grandes nadadoras), McBride y Mccauley (que nadan como yo). Genial, este era mi grupo. ¿Y Adams? ¿Dónde estaba? En la salida vi que se colocó a la izquierda del todo, muy separada del resto. Yo opté por pegarme al grupo porque sabía que a ella no podía seguirla. Así que, no valía la pena arriesgar y quedarme cortada por ello. Pero ¿se había escapado tan rápido?

 

La natación fue bastante cómoda. Apenas levanté la cabeza. Me limité a seguir los pies. No es fácil, hay que estar muy atenta. Pasa como cuando vas en bici a la cola del pelotón. A tramos vas muy cómoda y tienes que llevar cuidado de no comerte al de delante cuando hay un frenazo, y al revés, tienes que apretar cuando arranca o después de cualquier cambio de movimiento porque como te despistes, te quedas cortada.

 

Se nadó muy bien en el lago de Taupo. Aunque se notaba algo de corriente y olitas y eso fastidia mucho tratándose de un lago. Sin embargo, tuvo dos cosas muy buenas: la primera es que el agua era cristalina y era una gozada ver todo y la segunda, es que teníamos una boya numerada cada 150 metros, más o menos. Así que solo había que ir viendo el numerito e ir haciendo cálculos. Al llegar a la última boya empezó el estrés de nuevo. Todas queríamos colocarnos bien para salir delante y no correr el riesgo de quedarse cortada en la transición. Recibo muchos golpes y no puedo más que adelantar a una, pero me dejo la vida en la larga y dura transición (más de 500 metros y con subida) para ganar algún puesto. Los voluntarios no me dan mi bolsa y pierdo unos segundos en recogerla del suelo. Dejarme que haga un inciso, es la mejor carrera que he visto en cuanto el trabajo de los voluntarios en cantidad, calidad, amabilidad… Increíble. Tanto es así que quieren cuidar todos los detalles y en vez de coger tu la bolsa, avisaban cuando estabas llegando del dorsal que llevabas y te la daban en mano. Pero en este caso, con tantas saliendo del agua a la vez, fue difícil, y me tocó a mi. ¡No importa! Conseguí coger el grupo y en la misma transición soltamos a Radka y otra rival. Genial, Meredith, McBride y Mccauley. Meredith tenía slot, el resto, lo queríamos. La cosa se ponía interesante.

 

Empezamos los primeros kilómetros muy fuerte y veo que McBride se empieza a descolgar. La adelanto para coger a las otras dos pero, nunca lo consigo. Estuve cerca, en más de una ocasión. Sin embargo, nunca lo llegué a conseguir. ¡Aj! Siempre lo mismo, consigo empezar la bici con ellas, pero eso, solo soy capaz de empezarla con ellas.

 

Tuve varios momentos de lograrlo. Es más, en el giro casi lo consigo. Donde veo que McBride se queda y Radka ya venía mucho más atrás, <<que raro>>. Pero de nada me sirve abrir hueco por detrás, si también lo abro por delante. Lucho unos 20 kilómetros con mucha fuerza para intentar alcanzarlas y ahí es cuando me digo: “Judith, esto no es un triatlón olímpico, así que levanta el pie”. Era un ironman, 180 kilómetros. Debía regular si quería sobrevivir. Aunque cuando te estas jugando tanto, sientes que tienes que arriesgar más que nunca. Parecía que el slot iba a ser para Mccauley y si por suerte había dos, iba a ser un duelo entre McBridge, Radka y yo. Por cierto, pensaba que Adams se había retirado porque me parecía imposible no haberla visto en el giro. <<¿Tanto nos había metido?>> Pues sí, dos minutos en el agua y nos iban a caer más de 20 en la bici. Increíble. Suerte que ya estaba clasificada.

 

Ahora empezaba realmente la carrera. Cojo mi ritmo. Es rápido, pero no me siento bien. Sigo mareada y me noto incómoda en todo momento. Ida, perturbada y eso me inquieta. No sé como controlarlo, como disimularlo o como conseguir que desaparezca. Decido bajar un poco el ritmo, aunque no sirve de nada. La consecuencia fue perder un puesto y que McBride me adelantara. Intenté seguirla, pero lo único que conseguí fue desgastarme aún más y frustrarme. Frustrarme mucho. Tanto, que mi cabeza solo piensa en retirarse desde el kilómetro 50. No estaba bien, estaba muy mareada, me preocupaba. Me asustaba. Y no conseguía atenuarlo. Quería luchar, me encontraba fuerte físicamente. Sin embargo, mi cabeza no me apoyaba. Solo tenia ganas de plegar. De bajarme de la bici. De dejarlo.

El calvario empezó muy pronto. No llevaba ni dos horas de bici y ya sentía que no podía con ello. No podía con la carrera, me estaba superando la situación. Simplemente sentía que no tenía ganas de sufrir, veía que no era capaz de pelear como otras veces. Mi cabeza no quería luchar. Me decía que lo dejará y que, además, tenía motivos suficientes porque realmente no me encontraba bien.

 

Intentaba deshacerme de esos pensamientos, pero todo mi esfuerzo era en balde. Pensaba en lo mucho que había sacrificado por estar allí, pero eso no me importaba. Yo misma me decía: “todos tenemos un mal día y no tienes que justificarte”. Ya que el daño que pudiera hacerme a mi misma no me importaba, busqué otros motivos de más peso. Pensé en Javi, él si que me importaba. Él se merecía que luchara, que no me rindiera, que lo intentase. Había hecho lo imposible por estar allí conmigo, por venir y ayudarme a conseguir mi sueño. <<tranquila, él lo entenderá Judith, no te preocupes>> – me convencía. “Y tu familia, y toda esa gente que esta pendiente de ti y está trasnochando por verte, por animarte, por mandarte fuerzas…”“Y tus deportistas, ¿este es el ejemplo que le das?” ¡Gua! ¡Que duro! Me enfadé mucho. Me enojé conmigo misma por mostrarme tan derrotista. Realmente me destrocé la cabeza. Me pasé horas peleando con mi interior, discutiendo con mi falta de entereza. No podía dejar que me superase esa actitud, pero no podía con ello. Tenía ganas de llorar, de llegar hasta donde estaba Javi y decirle: “Lo siento! Perdóname, pero no puedo! Y no tengo fuerzas”.

 

“Decidido. En el paso por boxes me paro. No puedo con esto. Lo tengo claro.” Así que, sin dejar de sufrir, sigo pedaleando con la seguridad que me retiraba. Estaba muy triste, pero al menos me calmó el haber tomado una decisión. Sin embargo, al hacer el giro en el paso por vuelta, Javi me anima y no soy capaz de pararme. Al menos no allí mismo, no en ese instante. Sigo. Sigo, pero solo para buscar otro momento y otro lugar más apropiado para detenerme. Sin embargo, no puedo. No puedo fallar a los míos. Se me cae la cara de vergüenza al pensar en ellos. Me ridiculiza el hecho de salirme de la carrera y plantarme ahí delante de Javi. Me podía mucho el hecho de verme dando explicaciones a todos y realmente sentir que no eran motivos de peso suficiente.

Puede sonar exagerado, pero realmente lo pasé muy mal. Estuve más de cuatro horas luchando contra el demonio. No pudo conmigo, pero me desgastó mucho. No conseguí evadirme ni un solo kilómetro. Solo me decía: “uno más y para”. Así constantemente. La gente siempre te pregunta: “¿en qué piensas cuando estas compitiendo?”. La respuesta siempre es la misma: “en nada, en la carrera simplemente”. Pues eso es lo que quería evitar ese día. No paraba de decirme: “venga Judith, piensa en otra cosa, a ver…una canción que te guste…. ¡Uf! Que día más malo tuve. Aún no sé como fui capaz de seguir con toda esa tortura dentro. La verdad que entrenando las semanas previas la bici me costó mucho. Me costó sumar horas sin dejar de pensar en los kilómetros, en cuanto me quedaba y se me hacían los entrenos eternos. Pues en carrera tuve esa misma sensación.

 

De repente, por arte de magia casi, la carrera da un vuelco totalmente inesperado. En el paso por el kilómetro 135 (último giro), veo a McBride (no iba tan lejos como esperaba) y la sorpresa es que detrás de ella iba Mccauley y, totalmente descolgada y aparentemente fuera de carrera (eso me pareció por su actitud). Para colmo, me entero de que Radka también ha plegado y veo que, con solo acabar, puedo conseguir el slot. Bueno, porque confiaba que, por detrás, ya nadie consiguiera alcanzarme.

 

En ese momento me vengo arriba. Subo el ritmo. Paso a Mccauley. Me motivo, me emociono y me enfado. Sí, me enfado más si cabe conmigo porque parece que en ese momento se me pasa hasta el mareo. “¿En serio Judith?” ¡Lo que hace la cabeza eh! Que curioso.

Aunque veo que Mccauley no se retira porque sigo viendo cada cierto kilómetro que su marido (iba en coche) sigue yendo y viniendo para darle referencias. “¡Aj! ¡Pensé que se paraba!” Pero bueno, yo ya no estaba dispuesta a tirar la toalla. Había superado la crisis mental. Aunque ahora tocaba seguir manteniéndome entera físicamente que estaba costando más de la cuenta. Ayudó mucho la Cocacola fresquita que daban en los avituallamientos en la parte final de la segunda vuelta. Con mi Maurten voy de lujo, pero ese sabor de la Cocacola fría todos sabemos lo que es y más en esas circunstancias. Además, me sirvió tanto para asentar un poco el estómago como para controlar las vueltas que seguía dando mi cabeza.

 

Realmente fue una bici muy dura. Era un rompepienras. Poco más de mil metros de desnivel en un circuito que no parabas de pedalear ni un solo segundo. Creerme, ni uno solo. El asfalto era rugoso y eso no solo desgasta mucho e incómoda esa vibración constante, sino que se engancha. Sientes que se pega la rueda y no consigues lanzar la bici en ningún momento. Además, el recorrido era monótono y aburrido. Una carrera muy solitaria donde ni si quiera me pasaron grupos de edad para sentir que no estaba sola por allí campando. Tenía unas ganas locas de poder poner por fin los pies en la tierra. Además, me dolía mucho ya todo, sobretodo la entrepierna. Fueron 5 horas en la misma posición. Suerte que gracias a Luarca me sentía súper cómoda, además de ir muy bien colocada.

Llegué a la T2. Por fin acabé el calvario de la bici. Ahora solo quedaba correr una maratón. -jajajajaja-. ¡Dios, que mareo tengo! Fue una bendición poner los pies en el suelo, pero sentía que mi cabeza seguía girando en una órbita distinta. Hice una transición muy patosa, perdí dos geles, un totum y tuve muchas dificultades para encender y ponerme el reloj. No era solo la pájara que llevaba sino los nervios que aparecieron en ese momento. Te sientes observada y animada por mucha gente y eso me abrumó. Javi me grita: “vamos cariño, estas dentro, 2 slots. Lo tienes, tienes Hawai en tu mano. Por detrás más de diez minutos”. Eso me emociona.

 

Me cuesta unos kilómetros entrar en carrera, acostumbrar a las piernas a ese nuevo sector. Los pies se van calentando, recupero la sensibilidad y noto el placer de correr sobre mis Nike ZoomX Vaporfly NEXT%. Llevo la respiración muy acelerada, no solo por el fuerte ritmo que había cogido, sino porque era una carrera de un sube-baja constante. El pulso aumenta mucho en las subidas, pero no hay tiempo para relajarse en las bajadas. No quiero hacerlo. Debo aprovechar los tramos rápidos para sacar un buen ritmo. No me fio de que Mccauley se haya retirado y sé que puede correr por debajo de las 3 horas aquí. El año pasado lo hizo. McBride me lleva casi 5 minutos y no creo que la alcance. Así que no puedo dejar escapar el segundo slot.

Me concentro mucho en la carrera, aunque me llevo una gran sorpresa del duro recorrido. “Flat” decían los de la organización. “Mentira”, jajajaja 450 metros de desnivel. Más rompepiernas aún que el sector ciclista. Y para colmo, el paseo del lago no lo cogíamos hasta los últimos 2 kilómetros de cada vuelta. Que engaño. Lo siento, pero nos vendían la prueba como que íbamos corriendo todo el tramo de vuelta por el paseo de lago y no fue así. Sea como fuere, ya estaba advertida para las siguientes dos vueltas.

Para entonces ya me daba igual todo. Había logrado volver a concentrarme, volver a meterme de lleno en la carrera. Volvía a ser yo. Realmente estaba corriendo muy rápido y no solo me motivaba yo misma al sentirlo, sino que la gente alucinaba con mi fuerte ritmo. Me lo decían, y eso aún me producía más energía. Tanta que sobre el kilómetro 10 ya veo a McBride por delante. “¿Cómo es posible?” Le he recortado casi 5 minutos en 10 kilómetros. Me emociona, pero me asusta. Me había pasado. Había salido muy fuerte y eso lo podía pagar muy caro. “¿que hago?” No quería pasarla tan pronto, pero realmente mi ritmo era muy superior al mío. Así que al paso por la primera vuelta me coloco tercera y con la primera plaza en mi poder. “¡vamos!”.

Entre mi subidón y la emoción que me contagia Javi, fue difícil aguantar las lágrimas.  Pero quedaba mucho, quedaban dos vueltas, pero eso sumaban 28 kilómetros todavía, 2 horas mínimo más corriendo. En cambio, tu cabeza, cree que ya lo tiene. “Dos vueltas más y se acaba”. Se dice pronto. Sin embargo, todo se iba poniendo de cara. Javi me confirma que Mccauley se había retirado. Y que seguro hay dos slots. Lo tengo, pasé lo que pasé lo tengo. La quinta estaba a más de 17 minutos.

La segunda vuelta fue un trámite. Disfruté mucho. Me sentí rápida y fuerte. Simplemente tachando kilómetros rápidamente y empecé a visualizar mi sueño. Las piernas empezaban a dolor mucho, pero, ya casi lo tenía. ¡Que fuerte! No dejaba en de pensar en como había cambiado toda la carrera. Como pasé de verme fuera a estar en kona. Me lo merecía. Como dije, esta carrera se la llevó la que tuvo “más huevos” (o ovarios, cierto). La que supo no desfallecer, no abandonar y no dar nada por perdido. Creo que en eso fui la mejor y obtuve mi recompensa.

La última vuelta fue durísima. A falta de 12 kilómetros empecé a sentir que las piernas se me iban engarrotando. Mis cuádriceps se iban desgarrando a marchas forzadas y sentía que me empezaban a invadir las rampas. No me importaba el ritmo, pero tuve miedo a quedarme clavada en cualquier momento. “No por favor, no me hagáis esto, no me lo merezco” – le gritaba a mis piernas. Empecé a agonizar a falta de 8 kilómetros y pasé de disfrutar a vivir otro calvario. No por la situación, sino por el dolor. Intentaba correr de forma extraña para apaliar el dolor, para evitar los calambres. Lo estaba consiguiendo. Superar cada kilómetro era un logro. Era un paso más hacia la meta, hacia el final. Sentía que McBride me estaba alcanzando. Sentía que la llevaba pegada después de haber perdido algunos minutos en esa última vuelta. No quise mirar para atrás, pero creía que si lo hacia la vería cerca. Que ilusa. Sin embargo, es inevitable tener esa sensación de que te van a coger. En parte me daba igual. Ya solo me convencía de que, aunque me pasará, tendría otro slot para mi. Estaba esperando en cualquier momento la rampa y solo hacia cálculos sabiendo que me daba para llegar andando a meta.

 

 

Aunque no hizo falta. Conseguí llegar corriendo hasta la alfombra roja. “¡Judith, lo conseguiste!” No tuve fuerzas ni para celebrarlo, ni para emocionarme. Lloré más de dolor que de satisfacción.

Aun me cuesta creérmelo. Aun me cuesta andar después de cuatro días. Nunca había sentido que una carrera me había exprimido tanto física y mentalmente. Pero valió la pena, valió la pena sufrir tanto. Valió la pena arriesgar para ganar. Valió la pena luchar por un sueño porque por fin, lo voy hacer realidad. Ahora toca trabajar duro para que ese día pueda llegar al 100%.

Gracias a todos por todo vuestro apoyo, por todos los ánimos antes de carrera, por seguirme en directo. Soy mucho los que no dormisteis por mi y fuisteis siguiendo la carrera mientras os caíais de sueño. No tengo duda de que toda esa energía me ayudó a no caer. Así lo sentí, no dejé de pensar en ello. Aún así, sigo sorprendida de que tanta gente estuviera pendiente, eso es lo más gratificante y me alegro de haber luchando como lo hice. Gracias a todos.

 

Gracias a mi entrenador, por todo el gran trabajo que hemos hecho, a mi nutricionista Sandra, a mi club y a todos mis patrocinadores. Sin vuestra ayuda, nada de esto sería posible.

 

 

 

 

 

 

 

 

Qué carrera ¡Vaya desastre! No sé ni por dónde empezar a contaros. Intentaré poneros en situación.

 

Sabíamos que una primera edición siempre puede tener flecos sueltos. Sin embargo, no contábamos con tantos. Es cierto que las infraestructuras no daban para mucho y quizá no era la mejor ciudad, o el mejor país, para hacer este evento. Con todos mis respetos, pero lo que he podido ver en Marruecos es: que las carreteras son muy malas, que hay poca cultura deportiva, que el tráfico es caótico, que las distancias entre los puntos neurálgicos son muy largas… En cambio, esperábamos que la organización, siendo franquicia Ironman, montara un gran evento. Pues… nada más lejos de la realidad. El staff cometió muchos errores. Quizá la situación les vino grande. Sabe mal decirlo, pero desmereció mucho a la marca. La cosa fue mal desde el principio. Para empezar, nunca llegó el transfer a recogernos al aeropuerto (era la única ayuda que nos ofrecían a los pros, o por lo menos la única para mí). Así que, después de esperar cerca de una hora y media, tuvimos que buscarnos la vida por nuestra cuenta: «cambia dinero, regatea con los taxistas, etc…». Y ese fue el primero de un sinfín de desaciertos. Pronto nos dimos cuenta que la organización estaba tan perdida como los atletas. Además de recibir poca información, no tenían respuestas a las dudas que nos iban surgiendo a los triatletas. No sabían ni siquiera si se cambiaba la hora. En Francia sí que se cambiaba y, siendo la organización francesa, aún me sorprendía más; porque ese es un equipo que monta eventos de categoría en su país. Así que muchos nos fuimos a la cama con la incertidumbre de si se cambiaba la hora o no. La logística era muy complicada, siempre lo es cuando hay dos transiciones diferentes y lejanas entre sí. La organización había habilitado autocares para llevarnos de una a la otra y poder hacer el check-in. Pues, aun así, no sabíamos donde había que cogerlos. Y ellos tampoco. «Estará indicado por banderas» nos dijeron ¡Nunca las vimos! Por suerte, a los autocares sí. Lo peor fue que por usar ese servicio te cobraban 20€. «¿En serio?» No nos lo podíamos creer. Hasta la fecha, en ninguna carrera nos habían cobrado a los deportistas por esos servicios. Cuatro horas de reloj fue lo que tardamos en hacer el check-in el sábado. «¡Qué estrés!». Qué agotamiento. Imaginaros cómo llegamos al hotel el día antes de la carrera, reventados. Y es que era un trámite muy complicado: encuentra el autocar, haz una hora de viaje hasta el lago, anda hasta boxes (estaba alejado), deja el material, vuelve al autocar, haz otra hora de vuelta, entra en el circuito, anda cerca de un kilómetro hasta la T2, deja las bolsas, anda otro trecho hasta la salida y lo que te quede hasta el hotel. Y ni os cuento el show de la T1 porque no dábamos crédito. Una zona muy mala. Por donde debíamos andar, hacia el agua y luego correr con la bici, era todo de tierra y piedras. Todo eso sin alfombras, sin iluminación… Una infraestructura muy pobre para mi gusto. «¿Dónde nos hemos metidos?» nos íbamos diciendo a medida que pasaban las horas e íbamos descubriendo cosas. Intenté tomármelo con filosofía «Qué remedio». Por suerte, Javi y yo estamos ya acostumbrados a viajar y a competir en países diferentes. Así que, en estos casos, lo que hacemos siempre es cambiar el chip, vivir la situación de otra forma, olvidarnos de la carrera hasta que llegue la hora y aprovechar para hacer un poco de turismo.

Para mí uno de los fallos más grandes que cometió la organización fue el no hacer un breafing. Solo lo tuvimos los pros, pero tampoco fue demasiado útil. En esas circunstancias era necesario ponernos a todos en situación, explicárnoslo todo. Pero… no fue así.

 

Uno de los peores momentos fue el que vivimos todos la mañana de la carrera. A las 5:00h salían todos los transfers. No había más margen (la carrera empezaba a las 7:45h para los pros y a las 8:00h para el resto). Decían que había varios puntos de recogida. Pero, como el día anterior, no sabíamos dónde. La escena de ver a los atletas dando vueltas por las calles, todos perdidos, era un espectáculo. Nosotros lo encontramos. Sin embargo, otros no tuvieron tanta suerte. Ver cómo desde el autocar emprendíamos el viaje y otros seguían esperándolo en distintos puntos fue un espectáculo. Nos miraban en plan: «¡Esperarnos!». Qué triste. Suma y sigue, pensé. Yo solo rezaba para que, una vez empezara la carrera, la cosa fuera rodada. «¡Qué ilusa!».

7:45h. Empieza la carrera pro masculina. Les dicen que vayan entrando al agua, pero nadie les dice hasta dónde. Los chicos se miran sin saber bien dónde detenerse y de golpe se escucha un pequeño grito lejano parecido a un «¡go!»La verdad que no sé ni si quiera si fue por parte de la organización, pero sirvió para que los chicos empezaran su carrera. Surrealista. Aunque eso me sirvió para quedarme con la copla. La siguiente era yo… nosotras. No os voy a sorprender. Se repitió la misma historia. Dos minutos más tarde nos hacen entrar al agua, empezamos a avanzar, nadie nos guía, nadie nos frena y cuando el agua empieza a llegarnos al cuello nos detenemos. En ese momento, se escucha un pequeño ruido. Charlotte nos mira de reojo mientras hace la intención de nadar. Ese gesto fue suficiente para que todas iniciáramos la carrera. Rápidamente me aventajo junto a Charlotte, pero veo que a mi izquierda se abre otra fila con dos nadadoras más. Ellas lo hacen siguiendo al kayak de la organización. La barca que nos guiaba se estaba escorando mucho a la izquierda, al igual que la de los chicos. Por lo tanto, tanto Charlotte como yo, preferimos ir a la nuestra y seguir nuestra intuición. Acertamos. En cada boya alcanzábamos a nuestras rivales y le recortábamos la ventaja que nos habían sacado. Era obvio. Aunque finalmente una de ellas, mucho más rápida que el resto, se escapó en solitario. La parte final se hizo muy dura. Nos daba el sol de cara y no veíamos nada. Por suerte lo hice mejor que el resto y conseguí salir segunda del agua, con algo de ventaja sobre mis perseguidoras, y adelantar a varios chicos en ese tramo final. «¡Oh, my good!» El sol no nos había dejado ver la rampa que nos esperaba al salir del agua. Unos tres cientos metros con un desnivel del 15%. «Eso nos hizo mucho daño». Cojo la bici y veo que Charlotte la coge justo detrás de mí. «Vamos bien» me digo. Era una de las favoritas y había podido nadar con ella. «A ver si la puedo aguantar en bici» me dije. Ese era uno de mis objetivos.

Empiezo el sector ciclista y después de una primera bajada fuerte venía una curva cerrada a la izquierda. Rápido vi que era una curva peligrosa. Difícil de controlar la bici. Y más, viendo que no había ningún tipo de indicación, ni separación, para no invadir el sentido contrario. El problema fue que era justo en un tramo de ida y vuelta; así que visualicé la situación para tenerlo en cuenta al regreso. Empiezo a rodar en el primer tramo (unos 10 kilómetros de ida y vuelta). En principio teníamos la carretera cortada para nosotros. Pero, de repente, veo que un coche me pasa por el carril contrario ¡a toda leche! «Pero, ¿Qué hace aquí?».¡Uf! Si viene un pro en ese momento lo mata. Con el susto en el cuerpo, y la incredulidad, sigo avanzando hasta el punto de giro. Por cierto, era todo un reto: un giro a derechas y con poco margen de maniobra. Casi me voy al suelo. No se ni cómo logré salvarlo (Javi me confesó que tuvo que poner pie al suelo y todo). Al iniciar la vuelta me sorprende que Charlotte no venga detrás; sino que venía mucho más rezagada y con Lisa por delante. «¿En serio?» Me sorprendió ambas cosas: que Lisa estuviera ya tan cerca y Charlotte tan lejos. Mi reto era intentar seguirlas en bici a las dos «A ver si lo conseguía cuando me dieran caza». Sigo rodando a mi bola cuando, de repente, levanto la cabeza y veo que un autocar viene de cara por mi carril. «¡Pero! ¿Qué es esto? ¿Dónde nos han metido?»En serio. Era imposible dar crédito a todo lo que estaba viviendo. Afortunadamente pude pasarme al carril contrario (suerte que los grupos de edad salían 13 minutos más tarde y la carretera aún estaba vacía). Sin embargo, en el cruce peligroso, si que estaban ya muchos competidores en carrera y me jugué la vida una vez más. Era una bajada fuerte y, a sabiendas de lo que venía, decido frenar y no jugármela. Y en ese instante, cuando el sol me lo permite (nos daba de cara y aún complicaba más las cosas), veo que tengo a unos ocho triatletas invadiendo mi carril. En mi primera frenada, por reacción, me derrapa la rueda y consigo salvar la caída; después de eso, como puedo, sorteo a los chicos que venían de cara, viendo como ellos tenían el mismo aspecto de miedo que yo. ¡Guau! Parecía que estaba en un videojuego esquivando balazos. Qué susto. Qué agonía. Qué estrés. Pero estaba viva. No sé ni cómo. No me quito ese momento de la cabeza. Ver como se creaba ese embudo y cómo los familiares (entre ellos el padre de Alberto Moreno) estaban intentando controlar la situación dirigiendo el tráfico y avisándonos del peligro. Me quería marchar de allí. Quería dejar esa carrera. No tenía ganas de sufrir más. Y, mientras me reponía del susto, y me convencía por seguir, me adelanta Lisa Hütthaler. Sinceramente, no tenía ni ganas de seguirla. Estaba desanimada. Estaba enfadada con todas esas situaciones incómodas y de locos. Esperé haber si me pasaba Charlotte para intentarlo con ella. Sin embargo… nunca lo hizo.

Fue el sector ciclista más caótico y peligroso que he hecho nunca. Fue una carrera difícil de imaginar si o la vives. Difícil de creer que era el circuito de un 70.3 y que estábamos compitiendo. Realmente pasé de hacerlo. Lo siento. Me superó la situación y me vine abajo. Me mermó todas las aspiraciones que tenía por mantenerme competitiva y por luchar en alcanzar la cabeza. El circuito era impracticable. El asfalto estaba roto… bacheado. Y encima, debíamos convivir con todos los transeúntes, animales y vehículos que decidían meterse en el circuito e invadir, no solo nuestro carril, sino nuestro espacio vital. No creo que fuese culpa de ellos. Para ellos eso es lo normal. Sin embargo, la organización debió controlar todo eso. Había mucha policía, pero solo estaba parada observando desde la cuneta. Como si eso no fuera con ellos, o como si no supieran bien qué hacer. La gente nos miraba extrañada. Yo creo que no entendían lo que estaba pasando allí. Ni qué hacíamos nosotros. Me sentía como una extraterrestre.

Hubo mucho peligro. Hubo accidentes, sustos, equivocaciones (Tim Don y dos pros más se perdieron en una rotonda e hicieron algún kilómetro de más), caídas, pinchazos, pérdida de bidones, de material, manillares y acoples caídos… Tenía dolor en las manos de cogerme tan fuerte al manillar. En los aductores de apretar las piernas contra el sillín en cada bache. Me estaba haciendo heridas en los brazos de los acoples. No encontraba el momento para soltarme para comer o beber. Estaba siendo muy duro y me faltaba energía para mantenerme con ganas. Había perdido toda la motivación por seguir en carrera. Solo pensaba en ir avanzando poco a poco y, al menos, llegar a la T2. Pero no tenía ganas de competir. No quería seguir y no sabía como animarme para no tirar la toalla. «Es la última de la temporada. Aguanta Judith» me tuve que repetir varias veces. Ese era un buen argumento. Sabía que no quería acabar la temporada con un DNF y me repetía eso en cada kilómetro. Se lo había pedido también a Javi: «Luchamos esta carrera… y vacaciones»Así que no iba a fallarle. Soy consciente de que fue una carrera dura para todos. Todos vivimos la misma situación y, si Javi me veía parada, quizá le desmoralizaría, o le llevaría a hacer lo mismo. Debía evitar eso. «¡Cariño! Hay que salir de la zona de confort»suele decirme Javi. Vaya si lo estábamos haciendo. Eso me daba fuerzas. Pensar en eso, pensar en que me sentía orgullosa de saber afrontar las situaciones más complicadas. Me ayudaba la idea de luchar y continuar por mí misma, de ganarle la batalla a la rabia y al desconcierto. Me motivaba el hecho de saber que estaba viviendo una aventura y que, aunque hubiera preferido hacer un triatlón y no una carrera de supervivencia, quise entenderlo como tal y cambiar la mentalidad.

 

Realmente lo vivido en el tramo de bici fue un verdadero despropósito. Ni si quiera acertaron con los desniveles, ni por asomo. Los kilómetros finales fueron los más duros. Es cierto que el asfalto era bueno y era una parte rápida, pero, la más peligrosa. Nos acercábamos a la ciudad y el tráfico era mayor. Fue donde viví los momentos de más tensión. Me pasaban vehículos por todos lados, coches de cara que adelantaban a otros, camiones que pasaban muy cerca, motos que decidían incorporarse a la carretera haciendo un cambio de sentido delante de mí, burros cargados invadiendo el carril. Temí por mi vida. Solo rezaba para que me adelantara algún otro triatleta y sentirme arropada. Pero me pasaron cuatro contados y el último lo hizo sobre el kilómetro 50. «¡Si al menos puedo rodar un poco detrás de una moto!», me decía a mi misma intentando reírme de la situación. Aún recuerdo como, en los últimos kilómetros, iba por encima de la línea central (la carretera tenía dos carriles para cada sentido), iba por ahí porque me adelantaban coches por todos lados y no sabía dónde meterme. Encima de todo eso, me pitaban enfadados. Allí nadie sabía que había una carrera. Tuve que hacer malabares en un semáforo, en rojo, para poder adelantar a los coches parados y que no me arrollaran los que lo tenían en verde. Un verdadero show. Y por fin, vi la luz al final del túnel. Una hilera de conos que me marcaba el paso a la T2. Aunque no veía el momento de entrar en ellos ¡No me dejaban paso el resto de la circulación! Hasta que me vieron los del público (familiares de triatletas) y gritaron al policía que estaba allí para que controlara la situación y me diera paso. No entré por donde tocaba, pero conseguí sortear los conos y entrar en el circuito donde estaban situados los boxes. ¡Guaaaau! Respiré aliviada. Realmente temí por mi vida, lo prometo. Jamás creí que sería capaz de llegar sana y salva a la transición. Estaba agotada. Estaba exhausta por tanta tensión. Tenía ganas de llorar con fuerza, de patalear como una niña cuando coge una rabieta. Estaba irritada. Quería dejar mi bici y echar a correr, pero no hacia la zona de carrera, sino hacia la organización para decirles: «¿Qué coño ha sido esto?» Lo siento. En ese momento lo sentí así. Sin embargo, controlé mi ira, rebajé mis impulsos e intenté transformar esa energía visceral en energía motora. Esa que me empujase a continuar en carrera y afrontar la parte final. «¡Vamos Judith! Solo 21 kilómetros por delante».

 

Tocaba pasar página. Olvidarse de lo vivido hasta entonces y afrontar la media maratón. No era consciente ni de cómo iba la carrera. Solo me dediqué a ir superando obstáculos. En ese instante un chico del público, Jon, me animó con mucha fuerza. Me canta que las dos primeras van juntas, a 4 minutos de mí, pero que luché, que puedo con ello. «Es la última de la temporada, vamos» me gritaba con fuerza. Realmente fue mi revulsivo. Él y el de resto de familiares y corredores españoles que estaban allí. Fue tan dura la carrera que sentí como todos nos animábamos corriendo y lo hacíamos con más fuerza que nunca. Hicimos piña entre nosotros (así lo sentí) conscientes del reto que estábamos superando. Habíamos pasado lo peor, sin embargo, la carrera a pie no fue fácil tampoco. Era un circuito aburrido. 5 kilómetros rectos, de ida y vuelta, que había que repetir dos veces. Además, había muy pocos avituallamientos y el calor era bastante alto. Aunque finalmente, cuando creíamos que iba a ser el protagonista, pasó a un segundo plano. Así que cruzarnos entre nosotros, ver a Javi y llegar donde estaba Edu, uno de los mejores amigos de Javi y que había venido a vernos aprovechando que estaba de turismo por el país, fueron los únicos alicientes.

Me encontré bien corriendo. Tenía patas. Supongo que el ser conservadora en la bici me benefició. Sin embargo, no creí que ya pudiera hacer nada para cambiar las cosas. Las primeras estaban muy lejos y, por suerte, Charlotte también. Podía correr tranquila sin que peligrara el pódium. Al fin y al cabo, un tercer puesto me parecía espectacular después de todo. Me fue bien correr sin presión. Encontré un ritmo cómodo. No quería forzar. Además, venía de competir hacía tan sólo siete días y esa carrera me costó y me desgastó mucho. Mi sorpresa fue ver que en la primera vuelta le había recortado casi dos minutos a la segunda. La gente me animaba a que fuera a por ella. Me decían que podía hacerlo. Entonces fue cuando calculé: «Si en una vuelta le he recortado dos minutos ¿Por qué no puedo hacer lo mismo en la segunda?». Y así lo hice. Puse una marcha más y con la motivación de ver que iba cogiendo a una rival me fui creciendo. Encontré mi momento de gloria en aquella carrera y saqué algo positivo. Esa fue una gran recompensa después de todo lo que había sufrido. Con la seguridad de que la segunda plaza ya era mía, reviví todo lo acontecido en esos kilómetros finales y disfruté del logro. Al final estaba consiguiendo mi mejor resultado en un 70.3 (tenía tres terceros puestos) y estaba poniendo el broche final a una temporada inmejorable.

 

La ganadora fue Lisa Hütthaler ¡Qué lástima! No pude con ella, ni el sábado anterior en Peguera, ni aquí. No me gusta quedar por encima de mis compañeras. Soy competitiva, pero me gusta la rivalidad sana. Sin embargo, cuando se trata de alguien así (dio positivo en EPO y fue condenada a tres meses de prisión por intentar sobornar al médico con 20.000€ para que manipulara la prueba), mi visión es diferente. Quiero ganarle sólo por la satisfacción de vencer a alguien que no se merece estar en el deporte. Os invito a qué leáis algo sobre ella:

https://translate.google.es/translate?hl=gl&sl=de&tl=es&u=https%3A%2F%2Fde.m.wikipedia.org%2Fwiki%2FLisa_Hütthaler

 

https://translate.google.es/translate?hl=gl&sl=de&tl=es&u=https%3A%2F%2Fde.m.wikipedia.org%2Fwiki%2FLisa_Hütthaler

 

Y sabéis lo peor. No sólo que sigue campando a sus anchas por las carreras, sino que todos le damos cabida. Entiendo que ha cumplido su sanción (para mi insuficiente, además de que yo les inhabilitaría de por vida) pero no entiendo como la organización de la carrera la invita y la lleva a la rueda de prensa… No se lo merece, y me pregunto: ¿Qué debo hacer cuando tengo que saludarla en el pódium? ¿Cuándo me habla como si nada, antes y después de la carrera? ¡Guau! Que situación más incómoda. Me cabrea. Estoy deseando decirle: «¡No me hables! Para mí no mereces ningún respeto» Pero… no me sale. Y, aunque soy fría y distante, no me sale negarle la palabra. La respeto como persona pero no como deportista.

Os cuento una anécdota de la carrera para terminar. El sábado, cuando nos íbamos para el hotel a descansar, Javi ve que el pódium estaba en la parte alta del circuito. En el balcón. Tal y como suelen hacer en la fórmula 1 y en las motos. La verdad es que nos pareció muy chulo y era una motivación lo de conseguir llegar allí. Pues, al terminar la carrera, e ir a la ceremonia de entrega, veo que lo habían bajado a la línea de meta. «¿En serio? ¡No te puedo creer!». Era lo único emocionante. Jejejeje.Y es que, ni para la entrega de premios estuvieron acertados. Nos dieron en meta el trofeo de la prueba, sin flores, ni cava (aunque fuera sin alcohol que en Marruecos no se bebe). Además, ese trofeo nos lo debían dar más tarde en la ceremonia oficial. Así que… imaginaros el momento luego, cuando las tres primeras no teníamos trofeo porque nos lo habían entregado al acabar la carrera. Hasta eso deslució. Una simple entrega sin banquete de despedida (tampoco hubo pasta party los días previos). Fue una carrera que desilusionó mucho y no estuvo a la altura. A la altura del desembolso que hacen los triatletas por participar en este tipo de competiciones (inscripción, desplazamientos, alojamientos, dieta, material…).

Me traigo un mal sabor de boca y además un resfriado. Las bolsas de street wear no llegaron hasta horas después y estuvo en tritraje todo ese tiempo. Mojada, tiritando de frío, buscando el sol porque en toda la zona post meta el aire acondicionado estaba a tope. Fue una carrera para olvidar. Aunque mucha gente le dio sentido. Me llevo el cariño de todos los españoles y argentinos que estuvieron allí y con los que pudimos conversar un buen rato y animarnos mutuamente. Y quiero dar un agradecimiento especial a Edu, que, a pesar de ir cojo, estuvo animando en todo momento y se curró hasta una pancarta. «¡Qué grande!». Muchas gracias. Conseguiste mantenerme en carrera.

Sin duda no fue la carrera soñada, pero ha sido el colofón a una temporada de ensueño. Un año espectacular. Consiguiendo grandes logros, disputando carreras épicas y viviendo un sinfín de emociones que serán difícil de olvidar. Me llevo una maleta repleta de lecciones, de cariño y de admiración. Y es que lo mejor ha sido poder disfrutar todo esto con mi marido, con mi familia, amigos, compañeros. Y conocer gente tan increíble en este deporte.

 

Gracias a todos por vuestro apoyo y reconocimiento. Gracias a mi entrenador. Y gracias a todos los patrocinadores que me han ayudado en esta temporada. Ahora toca pensar en el 2020.

Pero antes: Unas semanas de desconexión.

El Challenge Mallorca no estaba planeado. Ya me había apuntado al 70.3 de Marruecos. Me apetecía mucho ir y conocer un nuevo país y solo había una semana de diferencia. No me gusta competir tan seguido y menos en media distancia, pero cuando me llamó Juanan para invitarme no pude negarme. Tanto él como Juan Abarca (organizador) me pusieron todas las facilidades para ir y me mostraron su ilusión porque fuera. Además, tenía otros muchos motivos. O, mejor dicho… personas por las que ir: Competir y coincidir con mi entrenador, Iván Muñoz. Que me hacía mucha ilusión. El conocer a Valentín y a Ana «Fue un placer, pareja». Volver a ver a la familia de Javi. También el coincidir con Antonia y competir juntas en su propia tierra. Y, cómo no: el vivir esta experiencia con David a quién le estoy muy agradecida por todo. Y el que me regaló, como colofón, el permitirme volar en cabina del avión en el vuelo de Mallorca a Barcelona. «Muchas gracias David. Una experiencia que no olvidaré».

Todo estaba en orden los días previos. Solo tuve un pequeño percance: me llegó una batería del cambio rota (ya sabéis que viajar con las maletas de bici tiene su riesgo y que alguna vez… “pillas”). Pero Iván me dejó una suya y me solucionó la papeleta. Ahora ya he comprado otra por internet y todo está solucionado. Sin ningún otro mal mayor, y con los problemas mecánicos controlados, solo me quedaba la incertidumbre de saber cómo estaba físicamente. Era todo un misterio después de llevar un mes y medio sin competir, de estar dos semanas en EEUU y de ya andar algo desconectada. Inevitablemente, el cuerpo y la mente tienen ganas de descanso y ya no se cuidan tanto los detalles. No sigues tanto la dieta. No te importa de la misma manera el cumplir con los entrenos. La motivación no es tan grande. Y otros tantos etcéteras. Aun así, yo afrontaba todo ello y asumía las consecuencias. Había elegido aun no parar y competir en estas circunstancias. Asumir que las fuerzas, y las ganas, empiezan a decaer. Correr sin presión y con el objetivo de sumar dos carreras más sin esperar nada en concreto a cambio. Eso no quitaba que, obviamente, quería hacerlo bien y lo iba a luchar de principio a fin.

Llegó el momento de la salida. Sábado 9:03h de la mañana. Suena el bocinazo que nos marca la salida. 21 triatletas profesionales nos dirigimos hacia un mar embravecido para disputar nuestra carrera. Las primeras olas nos ponen las cosas muy difíciles y realmente se nos hace muy duro adentrarse en el mar. Consuela ver que no eres la única que se pelea con el agua y motiva ver que consigues tomar la delantera junto a dos triatletas más. Desconocía quienes eran, pero intuí que una era Radka (la favorita). Me sorprendió que no se hubiese escapado. En unos metros veo que se para al lado mío para colocarse bien las gafas y con ese gesto pude intuir que a ella tampoco le estaba siendo una natación fácil. Realmente no lo fue para nadie. Un fuerte oleaje durante todo el recorrido que no nos dejaba bracear con comodidad en ningún momento. Costaba mucho nadar. Fue una pelea continua contra el agua. Solo nos podíamos limitar a defendernos contra esa marea y tratar de tragar la menor cantidad de agua posible y a que los voluntarios (que iban en kayak) nos ayudaran a guiarnos; porque era imposible orientarse y ver las boyas. Aunque: brazada sí, brazada no, me pegue un trago de forma involuntaria).

A pesar de la lucha conseguí aguantar al grupo de cabeza. Pero justo cuando venían las olas finales, las que te empujan hacía fuera y luego te chupan hacía dentro, noté como me empezaba a dar rampa en el puente de un pie «¡Mierda!Para…, para…, para!»me gritaba a mí misma, o mejor dicho: a mi pie. Logré controlarlo. Sin embargó, no conseguí salir pegada a ellas. Y esos escasos segundos que perdí hicieron que se me escapara la cabeza de carrera.

Eran justamente Fenella y Radka, las dos favoritas. Me lo temía. Ciertamente creí que no iba a poder seguirlas en el agua. Pero de nada sirve lograr eso y luego no ser capaz de aguantarlas en la T1. Me pasó lo mismo en Niza.«¿Será mi punto débil?». No creo que haga malas transiciones. Pero, sin duda… rivales más fuertes que yo, en eso me dan una lección. Creo que se debe a la consecuencia de nadar al límite y no salir tan fresca del agua para sprintar en la transición. Y eso que intenté darlo todo. Ni siquiera me puse los calcetines para no perder tiempo al ver que ellas ya salían de la carpa (siempre me los pongo en la bici porque me quemo los pies sin ellos. Y además, me dejo también, en la bolsa de run, otros preparados para circunstancias así). De nada sirvió todos esos esfuerzos. Además, los nervios aún te dificultan más las cosas y no atinaba a abrocharme el casco. Llevaba la visera empañada y no veía nada… Aún así me subí a la bici con intención de cogerlas y, sin meter los pies en las botas, aceleré para intentar darles caza y reducir esos aproximados dos cientos metros que me sacaban. Fue imposibleDesistí. No sé cuánto tiempo las hubiera podido seguir, pero me hubiera gustado comprobarlo. «Si lo sé… me pongo los calcetines». Al menos no tendría ahora todos los nudillos de los pies soyados.

En los dos primeros kilómetros me doy cuenta de que llevo a Laura pegada a mí. Y esa fue la tónica en la primera vuelta de bici: notar constantemente el aliento de Laura en el cogote. Bueno… en la primera y en la segunda, je,je,je. Era una bici técnica. Con giros, badenes, trozos con raíces, alcantarillas, algún “guiri” que se cruzaba sombrilla en mano… Resultó ser muy importante el prestar atención. Sobre todo en la zona rápida del circuito donde había que andar con mucho ojo. Así que en la primera vuelta me limité a estar atenta y arriesgar lo justo. Sentía que las fuerzas no me acompañaban y me costó mucho entrar en carrera. Así que decidí ser algo conservadora. Y mucho más viendo como las dos primeras nos estaban sacando mucha ventaja y que por detrás también había abierto hueco. Además, fui varios kilómetros con la visera empañada y no veía apenas. Aunque aun no entiendo por qué en esas circunstancias no me la quito.

Empiezo la segunda vuelta y siento que el cuerpo no tira. Levanto el pie, bebo, como y espero a ver si Laura me hace un relevo, pero no hubo suerte. Ella prefería frenar y quedarse detrás. Es lícito. Cada una juega sus cartas. Así que seguí tirando yo. La segunda vuelta se hizo mucho más dura. Y más, con el viento en contra. Aunque lo más duro fue ver, en la parte más rápida, a Fenellaen el suelo «¡Pobre!». Espero que se recupere pronto. Eso, aun me hizo levantar más el pie. De lo que menos tenía ganas era de caerme.

Llego a la T2 y veo que no solo viene Laura conmigo, sino que también estaba Lisa Hütthaler. Sinceramente, no sé ni cuando nos dio caza. Reconozco que esa situación me da un poco de rabia y, nada más salir de boxes (esta vez con calcetines) aprieto para intentar escaparme. No tenía ganas de, también corriendo, hacer de liebre de nadie. Conseguí irme y rápido abrí un valioso hueco. Sin embargo, sentí que, ese día, no era una buena decisión. Las fuerzas no me estaban acompañando y era una jugada muy arriesgada. «¿Fue eso lo que me costó la carrera?» me pregunto. No lo sé. Pero creí que debía intentarlo. Yo también debía jugar mis cartas. Pero me salió una mala mano. Me marqué un farol y lo peor fue que no supe disimularlo.

Una vuelta y media fue lo que me duró la gasolina y a partir de ahí: entré en reserva. El motor no tiraba. Me fallaban las piernas. Sentía que me flojeaban y en varias ocasiones parecían que se me doblaban las rodillas. Como si fueran de papel. Pensé que me iba a caer. Las rampas iban y venían. Sin embargo, lo peor fue tener esa sensación de flojera total. De vació. En esos momentos sientes la necesidad de que te inyecten un revitalizante en vena: necesitas de forma imperiosa que te den algo de energía. Necesitas algo que te ayude a no desfallecer y que desaparezca esa sensación de mareo. Iba medio grogui. Llegó un momento que no sabía ni dónde estaba. Sin embargo… seguía corriendo. Sentí como la gente percibió mi fatiga y que por ello me animaba aún con más fuerza. Aprecié como me apoyaban y empatizaban conmigo. Alentándome a no desvanecer. No solo el público me animaba, sino que también lo hicieron muchos corredores. Recuerdo uno que me dijo: «Ánimo que ya no tienes que demostrar nada». Que razón tenía. «¡Gracias!».El oír eso, casi me lleva a detenerme definitivamente después de haber estado, durante cada kilómetro, debatiéndolo dentro de mi cabeza. Quería andar. Quería llorar. Quería tirarme al suelo y poner las piernas en alto para ver si me llegaba la sangre a la cabeza. Sin embargo: quería acabar. Quería luchar hasta el final como lo hago siempre. «Estas son las carreras buenas Judith»me decía a mí misma, «estas son esas en las que se demuestran la gran deportista que eres», «estas son las que te enseñan esas grandes cosas. Y a ser una verdadera y gran profesional». Sé que no tengo que demostrar nada a nadie. Sin embargo, es a mi misma a quien sí que quiero seguir demostrándome muchas cosas.

Fue una carrera de supervivencia. Me ayudó mucho el motivarme con ir completando cada tramo que tenía el circuito. Aunque no sabía cuantas vueltas iba a poder completar. Suerte que me sentí arropada en todo momento. Pasaba por meta y me empujaba Juanan y Pilu, dejándose la voz. Más tarde Ana con la camiseta del “Team Koraxán”. En la calle principal, escuché el grito de muchos aficionados y compañeros. Sobre todo del equipo de Iván. Javi que, como siempre, iba de lado a lado para darme fuerzas en cada zona sabiendo lo mal que lo estaba pasando. Rubén, David, Eva Ledesma… Al final te das cuenta de que son todos ellos los que te ayudan.  Los que te empujan. Sientes que luchas por cada uno de ellos. Sientes que se lo debes. Y sientes que realmente le debes el que nunca te hayan dejado caer.

Sobreviví. Supervivencia pura y dura. Aún recuerdo cuando empecé a sufrir, miré el reloj y vi: veintiocho minutos. «Dios. Me queda más de una hora de sufrimiento. No sé si voy a poder aguantar». No sé cómo pude. Pero lo logré. Lo peor fue mantener esas nauseas por culpa del sobresfuerzo. Se me hizo muy largo. Yo sentía que me iban dando caza pero ya había perdido la cuenta. Además, ya nada me importaba. Solo quería acabar. Pensé que no conseguiría llegar a la meta. Pero llegué. Entré medio zombie. Pero, aun así, lo hice con una sonrisa de oreja a oreja por haber logrado finalizar. Y: en cuarta posición. Que, después de todo, no esta nada mal.

Os puedo asegurar que estas carreras valen mucho. Me hacen sentirme muy orgullosa y eso me llena mucho. Lo malo es que son carreras que te destrozan mucho; tanto a nivel mental como físico. El desgaste es muy fuerte. Es más, hoy tengo un dolor de piernas tan fuerte que no recuerdo haber acabador así nunca. «Quizá ya se me había olvidado. Je,je,je». Y ahora mismo no quiero saber nada de triatlón (je,je,je). Seguro que mañana ya tengo ganas otra vez de volver a competir. Me queda Marruecos. El próximo domingo. Y quiero tener un buen cierre de temporada. A ver si tengo mejores sensaciones.

 

Gracias a todos por el apoyo. A la organización por tratarme con tanto cariño y a Media Base Sport (mi empresa de comunicación) que vino a grabarme y a apoyarme durante todo el fin de semana. «Lástima no haberos podido regalar una mejor carrera».

Lo peor de la jornada fue tener que despedir a un triatleta que falleció. Sé lo duro que es eso para la organización. Vivir algo así. Por eso os quiero mandar todo mi cariño. Es algo fortuito que lamentablemente. Nos tocó vivir el sábado. Mi más sentido pésame para la familia y amigos. DEP.

 

 

 

 

 

Un mundial siempre es una cita muy importante. Aunque no sea el objetivo del año ni lo hayas preparado a conciencia. Solo el hecho de clasificarte ya es un gran logro. Y estar allí compitiendo con las mejores es un gran premio. Era el primer mundial en que la clasificación era con slots y no por suma de puntos. Así que todas las corredoras que estábamos allí presentes habíamos conseguido la plaza en una sola carrera. En algunas había solo un slot y en otras dos; así que no había muchas opciones. Había que acabar delante para ganarse un sitio en el mundial. Por eso, este mundial, era tan especial. El nivel era altísimo y todas habíamos demostrado que estábamos allí por hacer, como mínimo, una carrera brillante donde conseguir la ansiada moneda que certificaba el pase al mundial.

Era la única española que lo había conseguido (en categoría pro). Seguro que porque muchas ni lo habían intentado. Si os digo la verdad, yo ni lo busqué. Y lo conseguí en el primer y único 70.3 que hice en todo el año: el 70.3 de Dubái, el 1 de febrero. Así que empezar la temporada de forma tan temprana y además conseguir el pase para el mundial fue un gran regalo. Me hizo mucha ilusión. Y por lo tanto, a pesar de no entrar en mis planes participar en él, hice un hueco en el calendario para no perderme esta gran cita. Lo mejor fue que Javi también consiguió clasificarse en su grupo de edad y eso era un aliciente extra. Por supuesto, nuestra familia no se lo iba a perder tampoco y llegábamos a Niza con la seguridad de que íbamos a estar bien arropados.

Llegaba fuerte. Llegaba segura de mi misma después de toda la confianza que había ganado con mis resultados durante todo el año. Llegaba con la sensación de estar recuperada de Embrun y con ganas de hacer un buen mundial y medirme con las mejores. Me sentía una privilegiada solo por el hecho de haber conseguido la clasificación junto a: Javier Gómez Noya, Pablo Dapena, Fernando Alarza y Vicente Hernández (en la categoría masculina). Y aunque sabía que todas las miradas de nuestro país estaban puestas en mí en la competición femenina, debía olvidarme de esa presión y sacarle la parte positiva a todo eso. Realmente era una afortunada. Había mucha expectación en este mundial y, como es lógico, era inevitable que la gente hiciera sus quinielas y pronosticara el resultado. Alucinaba cuando leía comentarios de la gente que me ponían como favorita, o que le iba a dar guerra a rivales de la talla de Ryf, Lucy Charles u otras por el estilo. A mí me daba la risa. Sin embargo, valoré eso de forma muy positiva. Y es que es muy bonito que la gente crea y confíe en ti. Yo también lo hago. Confío mucho en mi misma, pero también soy muy realista. “Demasiado humilde” me decían algunos cuando hablábamos del tema. “¡No! Soy realista” les decía yo. Y es que, yo mejor que nadie, conocía a mis rivales; y me conocía a mí misma. Sabía que, para mí, el mejor resultado era un décimo puesto. Contando que siempre pudiera fallar alguna… como mucho, mucho, podía aspirar a un octavo puesto. Sin embargo, entrar en un top 8, estaba al alcance solo de otras rivales. No os voy a negar que yo también quería estar más adelante, quería verme luchando con las mejores y poder estar de tú a tú con ellas. Pero por más que hiciera cálculos no salían las cuentas. Había dos ligas y yo esta vez estaba en la segunda. Os miento si os digo que soñaba con entrar en la primera y que los comentarios de la gente, y hasta discusiones con amigos, que también me veían ahí (y se enfadaban conmigo por no saberlo ver), me hicieron creer que igual si que podía. Lo mejor de todo es que realmente no sentía nada de presión. No tenía que demostrar nada a nadie. Ni siquiera a mí misma. Sentía que mi temporada había sido impecable y eso me daba seguridad. No por el hecho de permitirme fallar, sino por saber que podía volver a sacar una gran carrera a nivel individual.

Pues sin presión, ni nervios, llegó el gran día. Me sentía muy segura. Sentía una entereza alucinante y una frialdad nunca antes percibida en una competición. Sabía que era por no sentirme en la palestra, por sentirme una desconocida entre todas aquellas estrellas que nos hacían sombra al resto. Las miraba con admiración. Orgullosa de estar allí con ellas y con el alivio de sentir que todos los focos eran para ellas. Por momentos me sentía más espectadora que protagonista y tenía que concentrarme en mi carrera. Esas sensaciones son raras. No os voy a negar que algo preocupante. Sin embargo, el alivio de no temblar de nervios me hacía sentirme aún más fuerte. Era como si tuviese la situación controladísima. Como si supiese cual era exactamente mi papel y que me iba a salir bordado.

Cámara de llamadas. Nombran a las diez favoritas y luego nos dan la orden al resto para colocarnos. Corro para conseguir un puesto en la segunda fila. Me coloco detrás de Daniela Ryf (ni más ni menos). Ahí si que me tiemblan las piernas y no solo por el frío de primera hora de la mañana. “Judith, estas en un mundial, disfrútalo”. Suena el bocinazo y corremos hacía al agua sintiendo un fuerte dolor en los pies. ¡Dios! las piedras de la playa de Niza es lo peor de la carrera.

Te das cuenta de que estas en mundial cuando desde la primera brazada el ritmo es frenético y el nadar se hace realmente agónico con tantos golpes. Todas íbamos a una. Todas éramos grandes nadadoras. Realmente se hizo muy difícil coger un sitio entre toda esa espuma donde volaban manotazos. Qué sufrimiento. Qué sector tan duro. Primero, por encontrar mí sitio y segundo por no perder al grupo. Lo que nunca encontré fue mi ritmo. Aunque sabía que no lo iba a marcar yo, sino la exigencia de la carrera, me había concienciado en que debía sufrir como nunca en ese sector porque era clave no perder al grupo cabecero (no a las sirenas de Lucy, Holly o Daniela, sino al resto). Sabía que debía darlo todo, pero por más que lo hice fue imposible no descolgarme. Pasé de estar luchando, y peleando con ellas, a sentir que me quedaba fuera de juego. “¿Cómo es posible? Si estaba ahí hace tres segundos”. Me pregunté a mi misma a falta de unos quinientos metros para el final y cuando veía que empezaba a perder los pies de referencia. Nunca se entiende por qué. Nunca sabes por qué pasas de estar tragando espuma (de los pies de las que llevas delante) a separarte unos metros que te sentencian. ¿Fue culpa mía? ¿Fue el helicóptero que se acercó mucho y creó mucho oleaje y turbulencias? No lo sé. Lo que sí sé es que eso marcó mi prueba. Quizá no me benefició que se hiciera un solo un gran grupo en vez de varios y fui la única que se quedó descolgada mientras rivales, que en otras carreras han salido por detrás de mí, ese día supieron aguantar.

Si en los últimos metros del agua tenía la esperanza de poder alcanzarlas en la transición, el largo sprint hasta boxes acabó de confirmar lo peor. Se me fueron del todo. Salí muy forzada del agua y no conseguí recortar esos 15” ó 20” que me sacaban. Aún así, cogí la bici con intención de seguir intentándolo; pero resultó imposible. Me dejé la vida. Luché contra el fuerte viento que hacía en esos primeros kilómetros llanos en los que nos desviaban de la costa de Niza. Y con la impotencia de ver como esa fila de rivales se alejaba decidí, exhausta, que no podía seguir así. Debía centrarme en mi carrera y coger un poco de aire antes de las duras subidas que venían. <Qué agonía. Qué sufrimiento>.

Nunca sé qué hubiera pasado si hubiera conseguido engancharlas. No sé si hubiera cambiado algo. Ni si me hubiera descolgado más tarde. No es excusa porque, después de eso, tuve la oportunidad de engancharme a otras rivales que me fueron pasando y tampoco lo conseguí.

El sector de bici fue muy duro y exigente. Esta vez la exigencia no la marcamos ni yo ni mis rivales sino el propio recorrido. Una carrera atípica para un 70.3 con un puerto de 9 kilómetros con un desnivel medio del 7%. Sin duda una etapa así iba a marcar muchas diferencias y hacer una buena cronoescalada era fundamental. Yo no la hice. No solo me sentí lenta y pesada (quizá la resaca de Embrun, no lo sé) sino que me pasaron muchas rivales con cierta facilidad. Rivales ante las cuales, a priori, soy más fuerte. Y otras a las que ni conocía. No me vine abajo. Supe aceptar la situación de carrera y las sensaciones de ese día. No me encontré mal del todo, simplemente no me encontré al 100% ni tan fuerte como otras veces. Aún así no le quise dar mucha importancia. No quise que eso me sacara de carrera y me convencí sabiendo que las consecuencias de pasarse en bici podían ser graves. Como me dijo Iván, mi entrenador: “la clave es no pasarse en la subida para tener fuerza en la bajada. Esa es nuestra baza. Debemos jugar a ser listos”.

Un buen ascenso era clave. Pero, la bajada, aún podía cambiar mucho las cosas. Era un descenso muy largo y técnico. Sinuoso y peligroso. Las fuerzas no me acompañaron en la subida. Sin embargo, por suerte, bajando me encontré genial. Me sentí rápida, segura y sin miedo. Esta claro que los frenos de disco me dan un plus de seguridad. El hecho de conocer el circuito fue clave también. Aunque no es lo mismo hacerlo de paseo charlando con tu marido, y disfrutando de las vistas (eran espectaculares), que hacerlo compitiendo al límite. “Qué tensión”. Qué desgaste generan estas bajadas (aunque apenas pedalees). Es el miedo a caerte, a salirte de la carretera, a encontrar un coche de cara (aunque no arriesgué nunca en salirme de mi carril). Todo eso mezclado con la agonía de querer recuperar segundos y luchar al máximo la carrea. Me vine arriba al ver que estaba trazando bien cada curva y que iba bajando muy confiada. Y me emocioné al ver que iba pasando rivales. No más de cuatro o cinco, pero me parecían muchas. No fueron tantas como las que me pasaron a mi subiendo, pero algo es algo. A una de las que me sorprendió pasar fue a Carrie Lester. Una especialista en este tipo de recorridos (ganadora varios años del Embrunman y Alpe d’Huez). Supongo que tuvo algún susto porque la noté bloqueada. Yo también tuve un par de sustos: el primero cuando de golpe aparecieron tres perros en la carretera y se pusieron a correr a nuestro lado (justo íbamos tres triatletas bajando una detrás de la otra). Y el segundo cuando al final de descenso, en el momento que me estaba acoplando de nuevo, pillé un bache mientras bajaba a más de 60 km/h y se me salió el antebrazo del apoyabrazos. Se me descontroló la bici y me fui al carril contrario esquivando, de milagro, un cono. Por suerte conseguí controlar la situación y no caerme. <¡Dios mío!> que momento más malo. Me salvé de una buena.

El sector ciclista se me pasó realmente rápido. Y es que, después del Embrunman, eso me parecía un chiste. Que cosas más curiosas. Lo mejor de hacer larga distancia y carreras de una gran dureza es que luego un half se pasa sin darte cuenta. Y sin darme cuenta estaba llegando a la T2. En esos kilómetros finales conseguimos enganchar (las tres triatletas que veníamos rodando juntas desde el descenso) a cuatro triatletas más. “Qué bien”. No sabía ni cómo iba, pero al menos le daba algo de emoción a la carrera y la esperanza de poder disputar algún puesto más.

La segunda transición marcó diferencias en la carrera. Y es que, a pesar de ser la última en entrar, fui la primera en salir. Quizá el hecho de llevar los calcetines puestos me ayudó. Aunque realmente fue las ganas de comerme la carrera y luchar a pie lo que no había sido capaz de luchar en bici. Realmente hice una transición muy rápida comparada con el resto y no solo eso; sino que impuse un fuerte ritmo desde el principio. Aunque una de las competidoras me pasó en el primer kilómetro y se fue muy fácil. “¡Madre mía! Si yo estoy corriendo por debajo de 3’50”.

Después de esa segunda transición donde adelanté cinco puestos. La carrera dejó de tener emoción. Fue como si al salir de boxes hubiera escapado de la carrera. Fue una media maratón completamente en solitario. La carrera por delante estaba muy lejos y rápidamente también lo estuvo por detrás. Que sensación tan extraña: estar compitiendo en un mundial y sentir que no hay nadie más a tu alrededor. Me sentía fuera de carrera. No sabía cómo iba. No sabía cuántas tenía delante ni dónde estaban. Bueno, sí que lo sabía: muy lejos. Así que no me quedó más remedio que hacer mi propia carrera. Tuve varios momentos de querer regular. Iba al límite y yo misma me decía que no tenía necesidad. Lo tenía todo hecho, nada iba a cambiar y podía relajarme. Pero me negaba a hacerlo. No quería relajarme en un mundial por mucho que el resultado no fuese a cambiar. Así que empezó una competición nueva para mí. Competí solo contra mi misma, contra el crono, contra el hecho de que por más que no tuviera nada que hacer, no me iba a rendir. Y conseguí vencer esa carrera. Superarme a mí misma. Me marqué mi mejor media maratón. Corrí a 3’54 de media. Corrí todos los kilómetros por debajo de 4’/km. El mas lento fue uno a 3’59. “Qué pasada”. Sentir que estás volando, que estás haciendo un carrerón y que es en balde. No sirvió para nada (bueno, sobre el kilómetro 14, adelanté a una rival más).

Realmente no sirvió para nada en cuanto a la carrera se refiere. Sin embargo, a mí me valió para mucho. Para cerciorarme de mi buen estado de forma y de mí mejora en la carrera a pie. Para justificar, quizá, que no haber hecho tan buena bici al menos me permitió correr muy fuerte. Y para demostrarme, una vez más, que la cabeza es mi mejor arma. Disfruté muchísimo esa media maratón. Disfruté compitiendo contra mí misma y probándome; llevándome al límite. Jugando con el crono y con mi propio cuerpo. Y, sobretodo, con mi mente. Desde el primer kilómetro sentía la agonía de quién lo está dando todo. Jadeaba de la intensidad con la que estaba corriendo. Sin embargo, iba sobrada a nivel muscular. Tenía fuerzas. Tenía piernas. Las sensaciones eran muy buenas pero mi corazón no podía latir más rápido. El cuerpo me decía: “puedes correr los kilómetros que quieras, pero no los puedes correr más rápido”. Aún así no me quejo. Conseguí ganar mi propio pique. Todos los kilómetros constantes viendo siempre un “tres cincuenta y pico”. Eso era mucho para mí y disfruté con ello, con ver como la media bajaba a medida que pasaban los kilómetros y conseguía hacer la segunda vuelta más rápida que la primera. Para mí, eso, era brutal. Me fui motivando yo sola; retroalimentándome kilómetro a kilómetro.

Y es que, el recorrido de la carrera a pie, te pone a prueba alejándote rápidamente del epicentro de la carrera. Menos de 2 kilómetros con animación y el resto… pura soledad en una carretera de ida y vuelta. Suerte que el paso por donde está la gente me cargaba las pilas al máximo y tiraba de rentas los siguientes kilómetros. Y es que allí estaba una vez más mi familia al completo. Y Javi que, a pesar de competir al día siguiente, lo estaba dando todo en mi carrera (como siempre). Además de a ellos, tuve a muchos españoles animando, también a muchos extranjeros. Y tanto Gonzalo, como Santamaría, me ayudaron mucho con su aliento. Ahora que… el mejor momento, con diferencia (perdonarme el resto), fue ver como, sobre le kilómetro cuatro, Javi Gómez Noya me animaba junto a Pablo y Carlos (su entrenador). ¡Guau!. Fue el único momento que sonreí en toda la carrera. “Gracias Javi”. Qué ilusión me hizo. Quizá por eso corrí tan rápido. Je,je,je,je,je.

Ha sido un mundial extraño. Me ha quedado un sabor agridulce. Sobretodo por la sensación de que hice una gran carrera a nivel personal, pero que no sirvió de mucho o no brilló lo suficiente. Fue una carrera fácil, sin percances. Una carrera donde me encontré muy fuerte y entera, pero me sentí sola, poco competitiva y alejada de la pelea. Es como si mis sensaciones, y mi rendimiento, no concordasen con el resultado. Y eso, me inquieta un poco. Llegué a meta con mucha satisfacción personal por mi rendimiento, pero sin saber ni siquiera como había quedado. Es cierto que sabía a dónde venía. Que era la carrera con más nivel que había corrido nunca y que, entrar en el top 10, era un resultado muy exigente. Pero, al menos, quería poder pelearlo. Me ganó alguna rival a la que esperaba ganar y me ganaron otras que ni si quiera conocía. Sin embargo, yo también gané a rivales más fuertes. Como me dijo un amigo: “Están las inalcanzables, las tops y las buenas. Tú, antes, eras buena. Ahora, ya eres top”. Me lo creía y me lo debo de creer. Pero, en este mundial, creo que me quedé algo lejos de eso. ¿Quizá debí arriesgar algo más en la bici? No lo sé. Pero sí sé que voy a seguir trabajando para ganarme esa etiqueta de top.

Tengo que decir que lo bonito de un mundial no es solo la carrera, sino todo lo que envuelve a su alrededor. Y con eso sí que me ha quedado un sabor más que dulce. Por muchos motivos: por compartirlo con Javi y ver su gran carrera. Por tener allí a mi familia y vivir con ellos grandes momentos y disfrutar de muchas más cosas a parte de la carrera. Por compartir esta experiencia con el resto de los españoles (sobre todo con Rocío y Raúl) “Chicos. Ha sido increíble”. Por conocer a gente como el director de FELT y a La Flaca Guerrero. Y por vivir un gran número de anécdotas y momentos inolvidables.

 

La 36 ème Emburnman será inolvidable

 

Creo que es la crónica más difícil a la que me he enfrentado hasta ahora. No sé ni cómo, ni por dónde empezar. No sé si voy a encontrar las palabras para explicar tantos sentimientos y tantas emociones. No sé si voy a poder definir todo lo que viví, todo lo que sufrí, todo lo que luché y todo lo que recibí a cambio.

 

Embrunman ha sido más que un triatlón para mí. Vine acompañada de mi gran “familia”: mi marido Javi (por supuesto), mi hermana, mi cuñado y mis peques que repetían un año más. Y de mis mejores amigos: Richard, María, Maddie, Alberto, Cate, Valentina, Víctor y Teo. ¿Sabéis que ellos fueron los culpables de que este aquí? Aún recuerdo un día que estando con Richard, entrenando por la Cerdanya, días antes del Embrunman del año pasado, me dijo: ¿te ayudo a entrenarlo el año que viene? – Mi respuesta fue: ¡Una mierda! ¡ ¡El año que viene no vuelvo! Pues aquí estoy. Fue fácil convencerme. Quizá me dejé llevar por la emoción de ver que mis amigos se desvivían por venir a disfrutar de esta carrera conmigo. Y por pasar sus vacaciones en Embrun, dándole prioridad a mi carrera e interponiendo mis prioridades a las suyas. Y por venir a ayudarme, y animarme al máximo. Soy una afortunada por ello y no puedo estar más orgullosa de tener esta gran “familia” siempre a mi lado. El apoyo en esta carrera es fundamental, como bien decía la camiseta que llevaba un corredor hecha para la ocasión: <hacer el Embrunman solo, no es posible>.

Sin embargo, ha sido muy muy duro llegar hasta aquí. Realmente, tengo que reconocer, que me he arrepentido en varias ocasiones y que me alegro de no haber tirado la toalla. Pero no os puedo negar que estuve a punto en varios momentos. No es fácil contar esto. No sé si os sorprenderá más o menos, pero, para mí fue difícil vivirlo y gestionarlo. No os quiero aburrir con mis bajos momentos. Sin embargo, solo os diré que esta prueba es tan y tan exigente que realmente te lleva al límite en lo físico y lo mental. Te pone a prueba constantemente haciéndote dudar de si realmente vas a ser capaz de conseguirlo. Te impone mucho respeto, y por qué no decirlo: da miedo. Miedo a tanto dolor, a tanto sufrimiento. Miedo a un desgaste inhumano que puede vencerte, a ti y a tu cabeza. Y eso puede ser destructivo. Eso puede dejarte fuera de juego y las consecuencias pueden ser muy graves. Así lo sentía. Que horrible sensación. Quizá porque cuando ya lo has hecho, ya sabes a todo lo que te enfrentas. Así que, en este caso, prefería el miedo a lo desconocido que a la pavorosa percepción de saber que iba a sufrir otra vez, durante más de once horas.

 

No hay un motivo concreto que me haya llevado a sentir eso. Quizá ha sido un cúmulo de cosas. Supongo que todo fue influyendo paulatinamente: el desgaste físico y mental de Vitoria, el cansancio que iba arrastrando de carreras y entrenos, el calor insufrible que hemos tenido estos dos meses, el estrés personal, sacar entrenos largos y exigentes sola, vencer la pereza muchos días para cumplir con el entreno, luchar con la falta de ganas en ocasiones, renunciar a otras muchas cosas, sacrificarte tanto por algo… Lo sé. Lo hago porque quiero, nadie me obliga, ni yo misma lo hago. Por eso lo sigo haciendo, porque en realidad quiero, porque realmente disfruto con todo esto. Sin embargo, no es un camino de rosas y hay que ir pesando las cosas en una balanza.

 

Es un triatlón durísimo. Te lleva al extremo. Y como ya lo había experimentado, me hacía sentir mucha inseguridad. Dudas de si llevas el entreno suficiente, si te han faltado kilómetros, rutas más duras, entrenar subidas, entrenar en altura… Dudas de si estás preparada físicamente e incluso si lo estas mentalmente. Me costó mucho convencerme de que sí. De que estaba preparada, de que podía hacerlo. Conseguí hacerme entender que estaba fuerte, que llevaba un año muy bueno y las cualidades y la forma no se iban a perder de la noche a la mañana para esta carrera. Sí que es cierto que me hubiera gustado entrenar en altura y aclimatarme a ello porque, no olvidemos que llegas a competir a 2.360 metros de altitud y, ahí… el cuerpo sufre. Y sufre aún más si no está habituado. Lo que no conseguía era que mi cabeza no fallara ese día. Sentía que a nivel mental no tenía ganas de luchar. Sentía que mi mente estaba agotada y temía que no tuviera fuerzas para ayudar a mi cuerpo cuando lo necesitase. Con toda esa lucha interior tuve que lidiar hasta poco antes de la prueba. Luchaba contra esas ganas de salir corriendo hacia otra dirección… con parar el tiempo… , o con cambiarlo todo. A veces la cabeza es muy cruel. Y así pasé los días previos. Así pasé el viaje de ida mientras sentía que mis piernas se hinchaban por estar 10 horas metida en un coche. Así me sentía cuando, estando en Embrun, me notaba cansada y pesada (supongo que era la aclimatación a la altura). Me daban ganas de pasar de la carrera, de irme hacer puertos con mis amigos, de ponerme a jugar con mis sobrinas y las niñas en el lago, de comer sin control. Por suerte, gracias a ellos, al verlos allí, por mí, con más ilusión que yo por mi carrera, entendí que todo eso tenía sentido. Sabía que debía hacerlo y que además lo iba hacer muy bien. Sin duda, iba a tener a mi lado al mejor equipo humano. Y eso ya sumaba muchísimo.

 

Llegó el 15 de agosto. Son las 5.45h de la mañana y ya estoy preparada para empezar esta aventura. Aquí ya no hay vuelta atrás. Ni quiero que la haya. Estoy a oscuras enfrente de un lago en el que no veo ni siquiera donde empieza el agua, pero tengo ganas de meterme a nadar en él. Levanto la mirada y veo la luna llena que nos alumbra mientras se esconde en unas finas nubes y con esa estampa me daban ganas de llorar de emoción. <<¿En serio te querías perder esto? No tienes perdón>>. Son de esos momentos que vives en la vida donde se mezcla la adrenalina, con la emoción, con el miedo… Como cuando uno hace alguna locura como el tirarse en paracaídas o bajar por una montaña rusa… Sientes algo de miedo, pero hay otras muchas emociones inexplicables que te gustan, que te hacen reír, gritar… Pues la salida del Embrunman es así. Sin más. Y para mí, solo por ese momento, este triatlón vale la pena hacerlo.

Cinq, quatre, trois, deux, un!Empieza la prueba y soy la más rápida en entrar al agua. Y la más astuta porque a pesar de estar a ciegas, sé que debemos ir a la derecha. No cometo el error del año pasado y me sorprende que las demás sí que lo hagan (y mucho más cuando había varias expertas en esta prueba. De hecho, tres ganadoras de ediciones anteriores y varias de ellas con grandes actuaciones en este triatlón. Así que casi todas sabíamos a lo que veníamos).

Dominar la natación aquí es clave. Nadábamos con la única referencia de una luz que parpadeaba en la popa de un kayak que iba abriendo la carrera. Poder ser la afortunada que va detrás de él, es muy favorable. Lo conseguí. Era yo la que llevaba el timón. Logré liderar el sector de natación de principio a fin y eso hizo que la natación fuera muy fácil. Bueno… dentro de lo fácil que puede ser nadar a oscuras. La verdad que da un poco de yuyu. Pero es otra sensación realmente emocionante. Es como cuando te bañas desnuda en el mar en una noche de verano. Sientes un miedo terrible, crees que te va a venir cualquier cosa a morderte. Pero, la sensación de libertad que te ofrece, es mágica. Y lo de ver amanecer en el agua, ni os lo puedo contar.  La mañana se va abriendo mientras tú braceas y empiezas a ver la orilla del lago llena de público y escuchas sus gritos y aplausos y en ese momento, te das cuenta de donde estás. Estaba liderando el mítico Embrunman. Nada más y nada menos.

54’. Un tiempo mediocre (no lo supe hasta un día después). Sin embargo, sentí que volaba. Sobretodo al verme en cabeza en solitario sabiendo que había grandes nadadoras y que en otras ocasiones las había tenido cerca e incluso delante. Fue una natación cómoda. Aunque se me hizo muy muy larga la primera vuelta. Supongo que el no ver nada influyó y la verdad que iba muy incómoda de lumbares y hombros. Consecuencia de no haber podido calentar antes en el agua. En varios momentos tuve ganas de parar a estirar unos segundos, aunque conseguí aguantar sin hacerlo. Quitando eso y las zonas de algas, por culpa de lo baja que estaba el nivel del agua, tuve una muy buena natación.

El mejor momento, fue la salida del agua. <<¡¡¡Guauuuuuu!!!>>Flipante la animación. Fui la primera persona en salir del agua y el público estaba entregadísimo. Imposible que no me temblaran las piernas y las manos. Y más cuando entre esa gente escuchas y ves a tu hermana, tu sobrina, Javi, Richard, Víctor y Alberto. Brutal. < ¡Pero Judith! controla que tienes 187km por delante. >.

La primera parte de la bici es durísima. Empiezas a subir muy fuerte y es muy difícil no dejarse llevar por la emoción. Te entra el pánico escénico y empiezan aparecer los: «no puedo», en la cabeza. Sí, tan pronto. Es deprimente sentir que llevas un rato sufriendo y tu Garmin solo marca 5 kilómetros totales y media de 15km/h. Paciencia Judith, ya sabemos lo que toca. A eso se lo suma el frío y no ayuda el notar como se entumecen las piernas y pierdes el tacto en manos y pies. La peor consecuencia de ello es que no bebí nada en esa primera parte. Ni sed, ni aliento para hacerlo, ni tacto para realizarlo. Aunque no todo era negativo. Conseguí levantar la cabeza y disfrutar del entorno. Esta carrera es para eso, para alzar la vista y darte cuenta de donde estás. Es increíble. No se puede explicar.

Disfrutaba mientras, inevitablemente, sufría la presión que supone ir primera en carrera. Querer correr más de la cuenta para que no te den caza y agobiarte con ese pensamiento. Sin embargo, en esta carrera no puedes competir, solo debes seguir tu camino y olvidarte del resto. Y por suerte, lo volví a conseguir. Bueno, me olvidé de las chicas, pero no de los chicos –jejejeje- Empezaron a pasarme en carrera, pero me sentía orgullosa de que lo hicieran más tarde que el año anterior. Lo hablamos con Víctor del Corral que me pasó sobre el kilómetro 40, casi llegando a Embrun. Y él mismo me dijo luego: ¡he tardado en pillarte este año! ¿eh?-. Eso motivaba. Lo bonito es irte saludando y animando con todos porque este triatlón une más que ninguno. Empatizas y compartes sufrimiento más que en cualquier otro. Carlos López, Pello, Eric Merino… y también extranjeros: Romain Guillaume… todos estábamos luchando por lo mismo: sobrevivir.

Paso por Embrun y cargo pilas con los gritos del público y de todas mis chicas que estaban allí: Mire, Laia, María y Cate. Y Javi junto a ellas. Les sonrío para que sepan que estoy bien y Javi me canta: 3’.  <¡Ole!> Me pillaran tarde o temprano. Pero, de momento, tengo el control de la prueba y una ventaja que no pensaba tener. Así que: eso que me llevo. <¡Zero estrés Judith, tú a lo tuyo!> me recuerdo a mí misma. Aunque antes de que me de tiempo a digerir la emoción del paso por Embrun, kilómetros más tarde, veo a Richard, Alberto, Víctor y Teo y me además de animarme, me gritan: – ¡Te vamos a ir siguiendo, vamos a verte al Izoard! – ¡Que grandes! Solo eso, me hizo sonreír durante un buen rato, motivarme con esa idea y disfrutar de tener a mis amigos cerca apoyándome.

Ellos fueron la clave de que no desvaneciera en ese duro circuito, ellos fueron los culpables de que los kilómetros fueran mucho más llevaderos. La verdad es que, dentro de todo, estaba gestionando bien la carrera y sufriendo lo esperado, ni más ni menos, que ya era mucho. Me encontré algo pesada en las subidas. Sin embargo, no le quise dar mucha importancia. Conseguí tener calma y no dejarme llevar por los pensamientos negativos que iban apareciendo. Tienes muchos momentos en los que te pararías, te detendrías junto a tus amigos a contarles lo duro que es esto. A pedirles que te lleven de vuelta o a echarte a llorar en su hombro desconsolada porque no te sientes con las fuerzas suficientes de afrontar todo lo que tienes por delante. Antes de empezar el ascenso al Izoard ya había perdido el liderato. Tina Deckers me había dado caza sobre el kilómetro 70, después de meterle una minutada en el agua. <<¡Qué pasada, cómo va!>> Y tenía a Emma Bilham, Alexandra Tounder y Lisa a punto de darme caza. Aunque eso no me importaba, estaba preparada para ello y yo seguía a lo mío. Aunque nunca es plato de buen gusto. Sin embargo, conseguí coronar manteniendo la segunda posición. Cuatro minutos ya me había metido Tina. Por detrás: poco más de un minuto.

Sorprendentemente. Fue en las bajadas donde mejor me sentí. Tuve el flow que nunca encuentro. Será gracias a mi FELT FR2 y a los frenos de discos que me dan una seguridad increíble. Lo único que no me daba seguridad era el tráfico abierto en esta carrera y sentir que: si aparecía un coche, a la velocidad que iba…no lo iba a contar. <<¡Uf! ¡Uf! ¡Uf! Judith no pienses eso. Disfruta que es el mejor momento de carrera y dura poco>>jejejejeje. Realmente disfruté muchísimo bajando y volví a sentir que merecía la pena estar allí. Es que bajando se ve todo muy bonito. – Jejejeje -. Es en la parte más rápida de carrera donde quieres ganar segundos, subir la media, recortar kilómetros lo más rápido posible…Y no sabéis la rabia que da tocar el freno porque un coche te obstaculiza. Esto pasa, y mucho. Y es lo malo de esta carrera. Lo peor no es perder tiempo, sino no sentirte seguro compitiendo. El paso por Briançon es realmente complicado y tienes que andar con mil ojos. Tienes que respetar las preferencias en cruces y rotondas porque a muchos conductores franceses les importa poco que estés compitiendo. La verdad es que cuesta creerlo cuando te ves ahí metida entre los coches.

El Izoard marca un antes y un después en esta prueba. Pasas de disfrutar en la bajada con la satisfacción de haber logrado coronar el puerto más duro de la carrera, a darte cuenta de que a penas llevas la mitad, que te quedan tres horas de carrera y que queda mucha dureza todavía. Ahí es donde te das cuenta del gran error que has cometido viniendo aquí. – Jejejejeje -. <<¿Por qué lo has hecho Judith?>>.

 

Se hizo muy muy dura esa segunda parte de carrera (no más que el año pasado). Los kilómetros ya no pasan, tu cabeza solo hace cálculos de todo lo que te queda todavía, tu estómago se resiente y rechaza todo, no quiere nada más. Tu cuerpo dice basta, te duele todo: piernas, culo, lumbares, cervicales… El calor aprieta de lo lindo y para colmo, se levantó un viento en contra horrible. No exagero. <<¡por favor!, ¿es necesario ponérnoslo más difícil?>>.

Los 40 kilómetros finales fueron de infierno. Solo quería llorar. Solo quería acabar y empezaba a plantearme el no correr. No podía. No quería. O ninguna de las dos cosas. Yo misma discutía con mi cabeza: << ¿y ahora tienes que correr una maratón? ¡Si no puedes con tu alma!>> . <<Venga Judith, lucha, hazlo por tu familia y amigos que están dejándose la piel por ti>>. – ¡A la mierda mis amigos!– me contestaba yo misma. Seguro que ellos me entendían. <<Ánimo Judith, hay mucho dinero en juego>>.Yo no corro por dinero, ¿te enteras?-. <<Venga demuéstrate a ti misma de que lo eres capaz. Hazlo por ti, solo por ti>>.

Con esa lucha interna conseguí poner pie en la T2. Sin saber cuántos pasos sería capaz de dar ni hasta dónde llegar. Pero me prometí que iba a luchar, que lo iba a intentar hasta decir basta, y que iba a pelear cada kilómetro como si fuera el último y sufrir hasta la estrenuidad antes de rendirme.

Qué os voy a decir. Que fue la maratón soñada. Sufrí muchísimo, sin duda. Pero el sufrimiento se escondía detrás de toda la emoción, de toda la fuerza que me dieron todos. Es imposible de expresar lo que viví. Tenía al Team koraxan desplegado a lo largo de toda la carrera. Colocados estratégicamente para no dejarme sola ni un momento. Me empujaron, me dieron fuerzas y esperanzas. Me hicieron volar y lo mejor: me hicieron soñar. Soñamos hasta hacerlo realidad. Ese sueño que parece que todos perseguíamos.

Mi cuñado en la primera parte de carrera, mi hermana unos metros más tarde con Júlia que animaba emocionada a su “tieta” con su campanita. Javi y Laia juntos en la primera subida del circuito para ir corriendo a un segundo punto. Las chicas esperándome en el paso por vuelta y en la zona más alejada de boxes, tenía a los chicos dándolo todo. ¡Brutal! ¡Increíble! <<¡¡¡mil gracias!!! No puedo decir más>>.Y además de ellos tuve la gran suerte de tener a Isabel y su marido apoyándome, a Francisco que corrió conmigo de punta a punta y me ayudó con sus gritos en las duras subidas. Y muchos más españoles que realmente me hicieron mantenerme a flote en esa dura batalla. <<Gracias a todos>>. No hay forma de agradecer tanto.

Me bajé a correr con casi seis minutos sobre la primera, me sorprendió que fueran tan pocos después de aventajarme con cuatro en el Izoard. Aún así, no creía poder cogerla. Sin embargo, la sorpresa fue tener siete minutos de ventaja por detrás. <<¡uf! ¿Que ha pasado? ¿Si las llevaba oliéndome el culo todo le rato?>>. Eso fue la prueba de que realmente había gestionado bien la carrera, había sabido tener paciencia y había hecho una segunda mitad de ciclismo mucho mejor. Sin embargo, nada estaba decidido y a pesar de la amplia ventaja, no veía asegurada la segunda plaza. A ver ahora como gestionábamos todas la maratón. Los 42 kilómetros nos iban a colocar a todas en nuestro sitio y a desvelar el desenlace.

Primera prueba de reconocimiento.<<Dios, no me acordaba lo duro que era el circuito>>. Sin embargo, el cuerpo estaba respondiendo más que bien. Tenía piernas, tenía fuerzas y el estómago respondía bien a los achaques del esfuerzo. Solo había que ver como iba recortando minutos. Pasé de seis a menos de cuatro de diferencia en la primera vuelta. ¡Gua! ¡Estaba emocionada! Yo y todos. Que empezamos a creer que se podía. – Estas corriendo mucho más fuerte que ella, se te ve genial. Mantén la técnica. Cuerpo adelante. – Me decía Richard. Y yo con eso aun corría mejor y más rápido. El efecto que tienen las palabras es alucinante.

Segunda vuelta. La ventaja por detrás era hasta un poco más amplia y empezaba a creer que la segunda posición no me la quitaba nadie. Sin embargo, apareció el muro. Noto que cuando estoy superando la subida más dura, los tibiales se engarrotan a causa de la dura pendiente y siento que apenas puedo correr. Parece que en la bajada se alivia, pero empiezo a sufrir muchísimo a nivel muscular y empiezan aparecer los amagos de rampas por todos lados. Empiezo a temer por no poder continuar en carrera y que mi cuerpo sufra un colapso. <<Judith no le hagas caso, no escuches eso>>.Que horror. Las cosas pasan de blanco a negro en un segundo. Y no sé como se puede remediar eso. Intento beber todo lo que puedo, hace mucho calor y ya todo pasa mucha factura. Me bebo hasta el agua de las esponjas. Esas que te dan para mojarte y que pasan por el suelo y por miles de corredores. Que triste cuando llegas a eso. Pero en los avituallamientos ya se hace muy difícil coger un vaso si no te sirves tu mismo y no quiero parar. Si lo hago, no voy a ser capaz de seguir.

Yo iba muy “jodida” pero no era la única. A pesar de eso seguía acortando la distancia con Tina y en los últimos kilómetros de la segunda vuelta ya la podía ver delante. Aunque por momentos creía no poderla alcanzar nunca. Quise tener paciencia, realmente, no creía tener fuerzas para pasarla y aguantar el tipo. Sin embargo, la alcancé sin querer justo al paso por boxes. <<Última vuelta Judith, puedes hacerlo>>. Podía, pero no sola. Así que al pasar por delante de Javi le grito como puedo: – ¡ayudarme, ayudarme!– Dios, se me caen las lágrimas solo de recordarlo. Javi se quedó planchado. Pasó de la euforia máxima al verme primera a la preocupación absoluta por mi mensaje desesperado. Aunque él confiaba en mi y sabía que iba a poder con ello. Y más viendo cuando las demás llevaba peor ritmo que yo y empezaban a andar en las subidas y avituallamientos cosa que yo no hice.

Mi mensaje surgió efecto. No tenía ninguna duda. Y de nuevo los tenía a todos circulando por todo el circuito conmigo para ayudarme en cada tramo. Me iban cantando tiempo y yo iba aumentando con mucha facilidad la ventaja con Tina. Pero no me servía. Tenía dudas de no poder acabar, de no poder llegar a meta. Sentía que no podía soportar todas esas rampas ni un solo kilómetro más. No sabía como lidiar con eso, como callar esos gritos de dolor, como parar eso. – Por favor, no me hagas esto. Ya lo tenemos. Déjame cumplir este sueño –. Le gritaba a mi cuerpo con rabia.

 

Horroroso. Durísimo. Creía que no me movía. Sentía que no avanzaba. Miré más mi reloj en los últimos 5 kilómetros que en toda la maratón. Los metros no pasaban. Solo me olvidaba de ellos cuando escuchaba a mis amigos. Víctor me decía: – gracias, gracias por darnos tanto, por tu lucha, por tu entrega…-. <<gracias a ti por alentarme cuando más lo necesitaba– .

 

Últimos 3 kilómetros, totalmente llanos. Último tramo de carrera. Richard se detiene, me mira y me dice: – Ya está, ya lo tienes, ¡eres la ganadora del Embrunman! ¿tu sabes lo que has hecho? -. No, aún no lo sé. Que pasada. Le choco la mano y con un nudo en la garganta empiezo a creer que lo tengo, que lo tenemos. <<Alberto, lo hemos conseguido. Confiaste en mí, y has hecho que yo también lo haga. Nos lo merecemos. Muchos años de trabajo detrás de esto>>. Le digo por dentro cuando paso por su lado.

 

Agonizo los últimos kilómetros. Sé que puedo permitirme andar y que ya no se me escapa. Pero no quiero andar, ni correr, quiero volar. Quiero disfrutar de lo que estoy consiguiendo. <<cariño, te he vuelto a brindar una gran carrera>>. ¡Lo conseguí! Ya sí. Veo a mi cuñado y a mi hermana y corren conmigo ese tramo final. Y aún así les sigo preguntado: – ¿viene por detrás? -.Mi hermana se parte de risa. ¡Uf! Es que da mucho miedo eso de que te adelanten al final. La carrera no se gana hasta la meta.

Y esa meta por fin llegó. Esa que nunca creí alcanzar. Esa que quise odiar en tantas ocasiones y ahora la quiero a más que nada en el mundo. Ha sido mi meta más especial, más compartida, más querida, más sufrida, más luchada y más bonita que he tenido nunca. Este triatlón ha sido mágico, ha sido especial, único y sin duda ha marcado un antes o un después en mi carrera deportiva.

Gracias “familia” por todo lo que me habéis dado estos días. ¿Sabéis que es lo más bonito? Que días después cierro los ojos y no consigo ver imágenes de mi llegada, de la meta, de mi carrera…solo veo imágenes de mi gente animándome, gritándome y vibrando conmigo. Y eso es lo más especial que tengo. – ¡Os quiero! – ¡Ahora, no me convenzáis para volver el año que viene eh!

Mucho trabajo detrás de este triunfo. Aunque no ha sido solo mío. Sino que hay más gente detrás de este logro: entrenador, nutricionista, fisios y patrocinadores. Gracias a todos.

 

Y gracias a todos por reconocer mi gesta y darle aún más valor a todo ese trabajo, a toda esa lucha, sacrificio y a esa recompensa.

1 Judith CORACHAN ESP        54:49   01:46    6:40:13    01:20   3:15:56    10:54:07
2 Tine DECKERS BEL               58:01  02:18    6:30:46   01:4      3:27:39     11:00:30
3 Alexandra TONDEUR BEL  1:01:09 02:00   6:40:35   02:2      3:19:47     11:05:57
4 Meredith HILL AUS              56:20    02:50    6:44:20   02:1     3:23:48      11:09:35
5 Emma BILHAM SUI             56:49     01:44    6:49:49   04:0     3:22:55      11:15:20
6 Lisa ROBERTS USA            1:04:54   02:37    6:57:24     02:0    3:15:05      11:22:00
7 Anais MARTIN FRA             1:02:46  03:24    7:04:08   02:5     3:28:59      11:42:10
8 Melissa LAPP FRA            1:05:20      03:01   7:14:22      03:3     3:52:14      12:18:27
9 Sione JONGSTRA NED    1:01:09     03:03     7:26:50.  02:2     3:45:55      12:19:26
10 Annabelle DIETRE FRA    56:58      04:50     7:22:17     06:3    4:23:54     12:54:29

De la diferencia de premios entre hombres y mujeres mejor ni hablo. Me indigna este tema. Me entristece mucho. Hicimos lo mismo que ellos, el mismo recorrido, el mismo esfuerzo, el mismo sacrificio pero parece que no es suficiente para que la recompensa sea la misma. Igualdad. Solo queremos eso, ni más ni menos.

 

 

Llegaba a Vitoria con muchas ganas de competir. Sabía que iba a disfrutar mucho durante la carrera y que los ánimos no me iban a faltar. Estaba eufórica por vivir de nuevo todo el ambiente de Vitoria y de su público. Y sentía que la gente estaba esperando esta gran cita tanto como yo. Como todos sabéis, Vitoria era mucho más que un Ironman. No solo por todo lo que para mi significaba correr aquí, sino porque tenía en juego el pase a Kona. Un slot con el que soñaba desde hacia tiempo, pero que no ansiaba conseguir. No me obsesionaba. Por eso, hasta entonces, en ese año no lo había intentado. Me la jugaba todo a una carta. Dejaba la única opción en Vitoria, y sentía que…  si tenía que ser… que fuese allí. Sería el slot más especial, sin duda. Rodeada de mi gente y corriendo en “casa”.

 

Lo mejor era que no lo soñaba sola. Sentía, desde hacía tiempo, que mucha gente deseaba que lograra ese pase a Hawaï. Sería la mejor recompensa a todo el esfuerzo del año. Era muy emocionante sentir como desde las semanas previas muchos eran los que me escribían; tanto para darme ánimos, como para hacerme saber que creían en mí, que me veían capaz de conseguir el slot en Vitoria y que confiaban en que, con mi buen estado de forma actual, podría luchar por la victoria. Qué emocionante era eso. Estaba eufórica desde hacía días. Y estaba muy, pero que muy nerviosa por esta carrera y por todo lo que me estaban haciendo vivir. Y, si ya en casa estaba nerviosa, imaginaros al llegar allí. Cuesta explicar lo que es sentirse tan querida, no parar de recibir ánimos, hacerme fotos con gente, conversar con otros triatletas que no paraban de elogiarme… Y los elogios, y el cariño, no solo venían por parte de la gente y los triatletas, sino que también la organización y todo el equipo de Ironman me hicieron sentir muy especial. Y, junto a Ruth, vivimos el privilegio de sentirnos las grandes anfitrionas y no paramos de contestar a entrevistas, posar para fotógrafos y emocionarnos antes de empezar a competir.

¡Qué presión! Pero ¡qué bonito! Jamás me había sentido tan, tan querida. La gente me empujaba a intentar conseguir el pase al mundial. A creer que podía lograrlo. Y hasta me ponían como favorita (las votaciones de Triatlonchannely casi todas las previas en los medios lo decían). Incluso por delante de Heather Jackson, una topmundial. Ante eso, no podía más que sentirme afortunada de que la gente creyera en mi tanto como yo. Porque creía que se podía… me sentía más fuerte que nunca. Sentía que podía demostrar mi gran estado de forma y que podía hacer una gran carrera también en esta distancia. Evidentemente me daba mucho respeto, pero no miedo. Estaba convencida que, esta vez, los problemas de estómago no iban a ser un handicap (después de trabajar mucho sobre ello)y, que además, conociéndome, sería capaz de hacer una gran carrera una vez más.Lo que no sabía era cómo iban a estar las rivales. Además, a penas las conocía. Sin embargo, si todo iba bien, la lucha sería por el slot y, por qué no…, por la victoria. Eso sí, estaba preparada para cualquier cosa o circunstancia negativa. Estaba mentalizada para lo que pudiera pasar porque tenía claro que la carrera era muy larga y que podía pasar de todo. Nunca más lejos de la realidad.

 

8.20h Los chicos empiezan la carrera. «Esto ya está aquí¡Por fin!»Qué dura se hace siempre la espera. Los nervios son más fuertes que nunca. Hasta me empezaba a doler la barriga y tenía algo de nauseas «¡Dios! ¿Por qué estoy tan nerviosa?».Esperaba que eso no me afectase, sobre todo al estómago. Me despedí de Javi, que estaba casi tan nervioso como yo. ¡Uf! Nunca lo había visto así. Le di un abrazo a Agustí que, además de los nervios que ya llevaba, consiguió emocionarme. Y, si las lágrimas estaban a punto de aparecer, el abrazo con Ruth fue el remate final para que la situación se desbordase. «¡Aig! ¿Por qué querré tanto a esta “ñiña”?»(como lo diría una lanzaroteña). Bueno… sí que lo sé, sobran las palabras. Nos deseemos, con todas las fuerzas, que las dos tuviésemos una buena carrera. Realmente lo sentimos de corazón.

FOTO: Carles Iturbe (ironman Spain) Getty Images

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Y llegó el momento. Nuestro Ironman estaba a punto de empezar. Sí, sí. Nuestro, porque no era solo mío y así lo sentía. En esos minutos previos vi muchas caras conocidas. Muchas camisetas delTeamKoraxany sentí el calor de todos los que habían venido a apoyarme y a ayudarme en todo lo que pudieran. Desde fuera, claro, pero como si lo hicieran a mi lado.

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Por fin suena el bocinazo de salida. Primeras brazadas muy fuertes por culpa de la euforia y de toda esa emoción contenida. Pero ya está… los nervios se esfumaron para dejar, por fin, que mi cabeza consiguiese controlar todos mis movimientos, todos mis impulsos y para que la parte más racional pusiese orden a todas esas emociones. Mente fría, concentración a tope, y nervios de acero para lograr vencer, sin temblar, los 226 kilómetros que me esperaban por delante.

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Dominé el sector de natación de principio a fin. Desde la primera brazada tomé el mando y logré completar los 3.800 metros en cabeza y en solitario. Intuía que iba sola, pero sin saber como de lejos venían mis perseguidoras. No fue cómoda la natación, sin embargo, fue muy bonita. Nadar con el lago lleno de boyas que dibujaban líneas rectas perfectas fue espectacular. La natación más fácil que he visto. No por nadar en Landa, que nos lo puso más difícil que nunca por culpa del viento que levantaba olas y creaba corrientes, sino porque era imposible hacer un metro de más o perderse. Cada boya te llevaba a la siguiente con la que no había más de 100 metros de distancia. El tener las boyas tan cerca me ayudó a no desconcentrarme ni bajar el ritmo. En aguas abiertas, y en distancias largas, es inevitable no relajarse y acomodarse con el ritmo y más, cuando vas solo. Pero allí, el paso por cada boya, me hacía apretar de nuevo para alcanzar la siguiente. Se me hizo larga; no es lo voy a negar, pero la disfruté mucho y me sentí muy cómoda y deslizándome como nunca ¡Guau!qué gusto nadar en lago y no en mar.

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Aunque sabía que los nervios iban a aparecer en los momentos claves, sobre todo en las transiciones, o zonas con mucho público. No pensaba que iban a ser tan fuertes. ¿Sabéis lo que es que te entre un escalofrío por todo el cuerpo y que se te acelere el pulso y la respiración por sentirte tan observada? Pues eso me pasó a mí en los metros finales del agua sabiendo que salía en cabeza. Aunque, por suerte, no me jugaron malas pasadas y pude hacer una buena transición.

 

 

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Ya estoy encima de la bici. Veo a Javi que me anima y me acoplo para afrontar el sector ciclista «¡Judith cabeza. No te emociones. Tienes 180km de pedaleo por delante y no te digo lo que viene después!»Qué difícil es ir primera en un Ironman. Imposible no dejarse llevar por la euforia del liderazgo. Inevitable no sufrir porque te puedan alcanzar las de atrás, e irremediable no tener pánico escénico.

 

Los primeros kilómetros fueron muy curiosos. Llevaba casi un año sin hacer un Ironman y se me había olvidado cómo había que afrontar una carrera tan larga y cómo había que concentrarse. –¿En qué piensas cuando compites?Te suele preguntar la gente. Pues… eso digo yo. No sabía que pensar. Y no paré de decirme: «Aver Judith… ¿en qué pensamos? ¿cómo podemos distraernos? Nos quedan 5h por delante así, que… ¿qué hacemos?»Encima, me dolían muchos las piernas. Pero «¿cómo puede ser? Si acabo de empezar»Así que me costó mucho afrontar la primera hora de carrera en solitario. No sabía que ritmo llevar, ni que intensidad poner. No sabía cómo distraerme. No sabía en qué pensar. No sabía cómo evitar ese dolor de piernas. Y no sabía cómo hacer que la lucha contra el viento fuese más llevadera.

FOTO: Amari Erretratua

Pues cuando sentí que por fin había entrado en carrera y por fin había sabido coger el ritmo y la concentración, y había empezado a controlar la situación, un árbitro me truncó la carrera. Aún no sé ni cómo explicarlo ni como buscar palabras para esa situación tan surrealista. Sé que tengo que acatar la decisión del juez y no darle más vueltas. Pero, como persona, siento inquietud por esa actuación. Siento que me falta entender lo que pasó. Siento que no viví lo mismo que él percibió y me gustaría poder repasar imágenes, poder revivir ese momento y ver si soy yo la que está equivocada. O, si por lo contrario, fue el árbitro quien erró en su decisión. Siento un vació muy grande por lo ocurrido. Soy una persona que respeta. Sin embargo no puedo decir que sea conformista. La situación vivida el domingo me sigue retumbando en mi cabeza. Me sigue quitando el sueño y me sigue provocando lágrimas de dolor y de injusticia. Cierro los ojos y, por más que repaso la situación, no logró entender donde cometí el error. Llevaba más de una hora pedaleando totalmente en solitario (miento, el cámara y algún fotógrafo que se acercaban de vez en cuando me iban haciendo compañía). Unos 40 kilómetros sin encontrarme a nadie en carrera. Y justo en el momento en que me adelantan los dos primeros grupos de edad (que iban pedaleando juntos), viene un árbitro y sin ningún tipo de miramiento, ni de aviso, me saca una tarjeta azul (gesto que conlleva una penalización de 5’ por considerar que he hecho drafting). Yo no daba crédito. Venía de una bajada pronunciada, la más rápida del circuito, e intuyo que ellos venían ya detrás de mí y que, por la misma inercia, y debido a su mayor peso, me adelantan por la izquierda a una velocidad mayor. Yo sigo pedaleando mientras me pasan viendo que su velocidad es más alta y poco a poco se van alejando sin ponerme en peligro en ningún momento y sin entrar en la zona prohibida. Así lo sentí. Y cuando tan solo habían pasado unos segundos de haberme rebasado, viene el juez a amonestarme. No puedo entenderlo. Ni habían acabado de pasarme. No habían transcurrido ni 30” del adelantamiento. No comprendo de dónde salió el juez, ni si pudo ver la acción completa. Ni por qué no dejó un tiempo de margen para comprobar si yo, realmente, me quería aprovechar de la situación. No puedo comprender que fue lo que él vio y por qué actuó así. Sigo sin dar crédito. Fue como un disparo a quemarropa, como una puñalada por la espalda a traición. Sentí como si aquello estuviera ya planeado. Como si ese fuera su deber y aprovechó la ocasión. La única que tuvo. Forzosa o forzadamente, pero se salió con la suya. Como un sicario, contratado para matar, que va y ejecuta su crimen sin sentirse culpable por su actuación. Sin ningún tipo de remordimiento. Sin sentirse el autor de los hechos. Y sin importarle lo más mínimo las consecuencias.

 

La sanción fue totalmente injusta. Así lo siento y así me lo hicieron saber tanto el cámara, como Fotorunners,que en esos momentos estaban allí. Me quedo con eso. Con el hecho de que, quien pudo verlo, tampoco dio crédito a lo que hizo. Hasta Jorge, el Director de carrera estaba sorprendido tal y como me dijo cuando llegué al penalti box. Fueron muy incómodos esos 5’ parada en pit stop.Jorge me decía: «puedes bajar de la bici». Pero no llegué hacerlo. Entre que no era capaz de asimilar lo ocurrido, y las ganas que tenía de volver a la carrera, no me vi capaz ni de bajarme de ella. Impotente, empecé a ver cómo me pasaban triatletas. Que mala suerte tuve. Creo que era la única persona que rodaba en solitario en el circuito e increíblemente recibí la penalización. Vi pasar a Nina Derrony unos minutos más tarde a Heatherque me miró con cara de pena y me hizo un gesto de ánimo. ¡Que tía tan guay! Ha sido un placer conocerla. Me ha caído genial.

FOTO: Carles Iturbe

Sin embargo, aunque cueste creerlo, esa sanción tuvo su parte positiva en mí. La primera fue que no rodé más en solitario desde entonces y la segunda que, como mi mente no paraba de pensar en lo ocurrido, conseguí buscar, sin querer, esa distracción que tardó en llegar en la primera vuelta. Eso y la rabia contenida por lo acontecido fueron el mejor empuje para continuar con fuerzas y no venirme abajo. Junto a los ánimos del público que me animaban con ganas y me cantaban referencias. Entre ellos: Itsi, Alberto, Mauri, Ana, Javi… Aunque me daban ganas de decir:«Es que me han puesto un penalty».¿Lo sabrían?, ¿qué pensaría la gente?, ¿Y Javi?, ¿y mi familia? La verdad es que sé, con certeza, que pensarían que fue algo desafortunado. Igual que mis amigos y toda la gente que me conoce. Pero me sentía con ganas de explicárselo. De darle un abrazo a Javi y echarme a llorar en su hombro para desahogarme.

Cuando parecía que había conseguido pasar página y además estaba recortando distancias con las dos de delante, llegó el segundo imprevisto. Este si que fue totalmente fortuito. Pinché en el kilómetro 100. –¡No me jodas! Hoy tengo la negra. Que le vamos a hacer. Estas cosas pasan ¿A quién no le ha pasado alguna vez? Pues a mí, hasta ahora, nunca. Así que… no puedo quejarme. Por supuesto da rabia. Por supuesto cambió toda la carrera. Y, por supuesto, por culpa del pinchazo perdí cualquier opción de ganar, de luchar por el sloty de volver a pelear por la carrera. Sin embargo, no me vine abajo. Al contario. Me alegré de llevar recambios (de todas las competiciones que he hecho, esta fue, prácticamente, la única vez que lo he llevado). Tocaba afrontar una situación nueva en carrera. Tocaba resolver el incidente y seguir. Esto es parte de la competición. Es parte del juego. –¡Qué mala suerte! me dijo mucha gente. Mala suerte es pinchar dos veces y no poder continuar, me decía yo. Pinchar una puede pasar y… ese día… pasó. ¿El peor día quizá? ¿Y cuál hubiera sido mejor?: ¿Zarautz?, ¿el mundial?, ¿Salou?

Perdí 17’ en arreglar el pinchazo. Muchísimo tiempo. –Qué mal Judith-. El problema fue que no tenia narices a aflojar con la allen el pasador de la rueda para poder sacarla. ¡Que impotencia! Creí que no lo conseguiría, por más que apretaba con todas mis fuerzas, no era capaz de ello. Me temblaba el pulso, la situación me ponía muy nerviosa, y tenía dos chicos observándome que justo habían pasado con su bici de ruta para ver la carrera. – Tranquila, descansa un poco, cojo fuerzas y lo vuelves a intentar -.Me animaban ellos. Era lo único que podían hacer. Se ofrecieron a ayudarme varias veces, pero no lo podían hacer y esta claro que ni se me pasaba por la cabeza incumplir las normas. – Venga ánimo, no todos los días se ve a tu ídolo cambiar una rueda en carrera –me decían.La verdad es que no pararon de animarme y se lo agradezco, aunque sentirme observada me llevó más tiempo y más estrés. También me animaban muchos corredores de lo que pasaban, entre ellos Ruth, que se interesó por mi. Gracias bonita.

Tardé mucho en arreglar el pinchazo, pero lo hice. Y no sabéis lo orgullosa que me sentí por ello. No lo había hecho nunca y cuando había practicado en otras situaciones, había sido totalmente un desastre. – No voy a poder cariño– le decía a Javi cuando comentábamos esta hipotética situación. Así con la euforia máxima me subí de nuevo a la bici y seguí. Gua, estaba emocionadísima por haberlo logrado, por poder continuar en carrera. Salí a muerte, iba alcanzado a gente que llevaba un ritmo mucho menor que yo e iba loca por recortar todos esos minutos que había perdido. Iba última, eso ya lo sabía, pero eso ya no me importaba. Estaba contenta por haberme superado una vez más, por haber sido capaz de controlar la situación con la mayor entereza y seguir luchando. Seguir luchando contra mí, y no contra nadie más. Porque la competición es eso, no es ganar o perder, es luchar contra uno mismo y contra todas las adversidades. Superarse, caerse y levantarse de nuevo.

FOTO: Jorge Morales Gutiérrez (ONA ONARI)

Iba muy motivada pero solo me faltó ver a Javi para que me diera más alas si hacía falta. Estaba llegando al paso por vuelta y veía como venía andando con la cabeza agachada y con cara triste. Interpreté que iba a intentar buscarme sabiendo que me habría retirado por culpa del pinchazo. Entonces le grito: ¡cariño, estoy aquí! ¡He pinchado la lenticular y la he arreglado! Alucinó. Dio un bote de alegría y su cara cambio por completo. – ¡Vamos cariñooooo!– me grito con la mayor emoción y fuerza posible. ¡Uf! Fue El mejor momento del día. El más bonito. Se me caían las lágrimas. Sé que estaba súper orgulloso de mi, no solo por haber sabido arreglar el pinchazo sino por haber seguido. No sabéis las fuerzas que me dio eso. El motivarme con mi marido, mi familia y mis amigos estuvieran orgullosos de mi por mi lucha y empujándome de nuevo sabiendo que seguía en carrera.

¿Alguien tenía dudas que no iba a seguir? Mucha gente me dijo: creía que ya no seguirías, creía que ya te retirarías y volverías a intentarlo en otro ironman. Que poco me conocen. Ese no es mi estilo. Rendirme no entraba en le ecuación. Y mucho menos hacerlo porque había perdido el pase a Kona.Yo no vine a eso, vine a competir con todas las consecuencias. No vine a por el slot, no vine solo a eso. Vine, como el resto, hacer mi ironman, a competir como una más. Yo en carrera me quito el traje de Pro y compito, sufro y lucho como el resto. Por mejorarme, por superarme y no solo por luchar por un triunfo.

 

La última vuelta de bici fue durísima. Me sentí completamente sola en carrera. Parecía que todo el mundo llevaba rato corriendo, no quedaba apenas público y fue muy duro luchar contra los kilómetros. Empezaba a tener amagos de rampas. Supongo que del sobreesfuerzo que estaba haciendo por recortar los minutos perdidos y por todos los nervios vividos ante los imprevistos surgidos.

FOTO: Naike Ereñozaga

Tocaba hacer una lectura totalmente diferente. Sé que había perdido todas las opciones de carrera. Pero no podía defraudar a nadie de los que habían venido a verme, no puedo defraudar al público y la afición de Vitoria, ni mucho menos a mí misma.

 

La maratón fue mágica. Solo con lo que viví en el primer kilómetro de carrera ya supe que era lo mejor que había hecho. No podía perderme eso, no podía perderme esa gran fiesta. ¡Dios!  Vitoria se superó cuando creía que era imposible superar lo insuperable. El público empujó de principio a fin e hicieron que los kilómetros fueran más llevaderos y amenos que nuca. No dejé de recibir ánimos ni un solo segundo. Fue espectacular, no solo el paso por la zona de meta que era una olla a presión y era imposible contener las lágrimas, sino que por todos sitios recibía gritos de ánimo y apoyo. – ¡Muchísimas gracias a todos! De corazón- . Me hicisteis vivir algo mágico e inolvidable, me hicisteis volar por las calles de Vitoria y me empujasteis kilómetro a kilómetro como si fuera el último.

FOTO: Carles Iturbe

Aunque quién realmente me empujó fue Gorka. Que bien lo pasamos. Conseguimos revivir el momento de Embrun, conseguimos encontrarnos en carrera y conseguimos ayudarnos mutuamente. ¿Quien dice que el triatlón es un deporte individual? No estoy para nada de acuerdo. Y en la maratón de este ironman lo viví. Con él y con el resto de los corredores que nos podíamos ir ayudando y animando mutuamente, con mis deportistas que también estaban compitiendo allí, con muchos amigos y conocidos y con José Luis Cano, toda una eminencia del triatlón de larga y un referente.

Gracias a Gorka mantuve la entereza cuando las fuerzas empezaron a flaquear. Salí a correr como si no hubiera un mañana, salí a luchar por todo sin nada que perder. Salí a correr con la incredulidad de que tenía 42 kilómetros por delante. Salí a remontar posiciones y ser más fuerte que nadie sin ser consciente que para mi los kilómetros también pasaban factura. Logré ponerme quinta en la primera vuelta, cuarta en la segunda y gracias al sparringde Gorka, alcancé el pódium en la tercera.

FOTO: Joan Dols

Fue increíble, fue súper emocionante vivir todo aquello. Quién me iba a decir que sería capaz de hacer esa remontada épica, de hacer ese carrerón y de marcarme el mejor parcial junto a Heahter Jackosn. No creías que fue fácil, no creáis que me sentí invencible e inmune a todo. Lo que no sé es como pude ser capaz de correr como lo hice. Llevaba rampas desde la primera vuelta, notaba como los cuádriceps me iban dando fuertes pinchazos y creía que en cualquier momento una de esas zancadas sería la última, sin embargo, conseguí enmascarar todos esos males y hacer que ni yo ni nadie me los notara. Sobretodo Javi. Le intenté demostrar que podía luchar contra todo y contra todas, le quise brindar otra gran carrera y demostrarle una vez más que no me rindo hasta el final, que lucho con uñas y dientes hasta la meta. – ¡Así me gusta cariño, sería y concentrada!-  me decía. Jejejeje Yo me reía con lo de sería. Jejejeje. Pero me emocionaba verlo tan metido en carrera, tan ilusionado y entregado. Cariño, se que creíste mucho en mí, y por momentos soñaste que podía hasta alcanzar la segunda plaza y conseguir el slot, tu y mi familia y mis amigos que empujaban desde casa. – ¡Gracias! -. Creerme que lo intenté. Una maratón es muy larga – decías. Lo sé. Pero también es para mí. Jejejeje. Y los kilómetros finales fueron muy duros, como es lógico. Pero llegué hasta la meta. Lo hice exhausta, ida completamente. Me sentí como la protagonista de stranger thingsque después de luchar y sacar toda su energía para derrotar al monstruo se queda totalmente sin fuerzas. Vacía completamente.

FOTO: Carles Iturbe

FOTO: Amari Erretratua

FOTO: Getty Images

Así estoy yo ahora. Con un vació que cuesta llenar. –¿Y ahora que?- Me pregunto. Como planteo el final de temporada. Esa es la duda que me queda.

 

De lo que no me queda duda es de que hice un carrerón. Fui la más fuerte de coco y me atrevo a decir que una de las más fuertes también físicamente. Lo sé, lo siento. Y no puedo estar más contenta por ello. Estoy feliz por mi rendimiento, por mi performance en tan poco tiempo y por sentirme sólida en la distancia. Ahora ya un ironman no me da miedo, me da respeto, pero no miedo. Ahora ya siento que tengo el control de la distancia y que he dado un paso muy grande hacia adelante. Ahora si que sé que puedo estar en Hawai y luchar con las mejores triatletas del mundo.

FOTO: Getty Images

–¡No estés triste cariño! Le decía a Javi después de la carrera. Estaba hecho polvo. Estaba súper triste por todo lo que me había pasado. «No te lo mereces. No es justo todo lo que te ha pasado» Me dije. Cariño, estoy súper contenta. Súper orgullosa de mi misma. He vuelto a superarme, he vuelto a demostrarme una vez más a mi misma que soy capaz de todo. He vuelto a darme una lección en carrera, a crecerme, a no venirme abajo ante los imprevistos y no rendirme nunca. Esto es lo que yo soy: una luchadora. Es lo que le quiero enseñar a la gente que me sigue. A mi sobrina Laia, que ya compite. No quiero enseñarle que su “tieta” gana, quiero enseñarle que su “tieta” sufre. Que lucha, que disfruta… porque ella me sigue y me pregunta por mis carreras. Por qué me he retirado, por qué me he caído… Quiero ser el mejor ejemplo para ella y enseñarle los mejores valores del deporte.

FOTO: Amari Erretratua

 

Ironman Vitoria ha sido una de mis mejores carreras. Vitoria ha vuelto a emocionarme. Ha vuelto a quererme como nunca y ha vuelto hacerme disfrutar. ¡Cómo te quiero Vitoria! Gracias a todos los que formáis parte de ese equipo, Gracias por organizar un evento inmejorable. Gracias Agustí, Jordi, Cristina, Núria, David, Eduardo, Yamile, Aitor, Itzi, Carles, Jon… y gracias Gorka (alcalde de Vitoria) por el gesto que tuviste al venir a felicitarme. Y lo mejor, es que sé que fue de corazón.

FOTO: Amari Erretratua

Gracias Iván por hacerme tan fuerte en tan poco tiempo. Gracias Sandra por hacer que la alimentación y suplementación no fueran, por fin, un hándicap en carrera. Muchas gracias a Manuel Alcántara por toda tu ayuda de forma totalmente altruista. Tú has conseguido que supere mis problemas de estómago, problemas que me costaron mis dos Ironman’s y muchos males en carreras. A ti y a Emlife por ayudarme con el probiótico.

 

Gracias a todos por tantos ánimos, muestras de cariño y mensajes de reconocimiento. No hay mejor recompensa.

Lo que estoy recibiendo vale mucho más que un pase a Kona ¡Os lo aseguro!

 

FOTO: Getty Images
FOTO: Getty Images

La crónica de esta carrera empieza en el momento que acabó la de Zarautz. Inevitablemente, la caída ha condicionado los días posteriores y ha sido protagonista en mi día a día. Tengo que reconocer que podría haber sido mucho peor. Tan solo fue “chapa y pintura”. Sin embargo, cualquiera que haya besado el suelo, por una caída en bici, sabe que las heridas y los golpes son muy dolorosos y el proceso de curación se hace: largo y lento. El no estar en casa, siempre lo hace más difícil. Poder descansar, cumplir con la recuperación, las curas… lo es todo. Por contrapartida, creo que el aire del norte ayudó a mi mejoría y a mi pronta recuperación. No hay nada mejor que estar en un lugar idílico, con la persona a la que quieres, y disfrutando de lo que más te gusta: viajar, entrenar, gozar de la naturaleza y de parajes únicos, descansar, desconectar…

No solo fue duro para mí; sino también para Javi. Además de escuchar todas mis quejas, por los dolores y limitaciones, tuvo que encargarse de todo durante esos días. Me trató como una reina. Bueno…, siempre lo hace, pero, en esas circunstancias, más aún. Hasta tenía que ayudarme a vestirme porque ni para eso me valía por mí misma. La verdad es que, en esas circunstancias, moverme en un espacio tan limitado como el que teníamos en la “furgo”, era una prueba de fuego. Y, ni os cuento, lo que era subir y bajar de la cama. ¡Qué horror! No obstante, no lo cambio por nada lo que hemos vivido estos días. Y es que, un gran amigo, nos dejó su furgoneta. Toda una casa móvil en la que habitamos durante 15 días. La experiencia ha sido brutal. Quedarnos por el norte dos semanas, hacer vida allí dentro y movernos libremente, de un lugar a otro, con el destino final en la carrera de Bermeo-Guernica, fue un regalo. –¡Gracias Sergi!Creo que nunca te lo podremos llegar a recompensar. Como nos decía todo el mundo (que alucinaba con la furgo): “Vaya amigo tenéis”–.Y que lo diga.

Cada día nos íbamos enamorando más de ese estilo de vida. De cada lugar que visitábamos y de nuestro día a día. Diría: <Qué bien se está de vacaciones>, pero… tengo que decir que, esos días, también me tocó currar y cumplir con alguna obligación publicitaria. Sí que me hubiera gustado desconectar de toda esa rutina y poder dedicar más tiempo a leer, descansar, dormir, disfrutar del entorno y, sobretodo, dedicarle más tiempo a mi marido y no tener que decirle constantemente: <“diez minutos y acabo. Contesto un par de email y ya está”>. No me quejo de nada ¡eh! (que quede claro, je, je). Soy una afortunada. Lo sé. Pero no os voy a negar que me hubiera encantado sacarle algo más de jugo a esos días sin estar pendiente del ordenador y constantemente del teléfono; para qué os voy a engañar.

Si algo le dio aún más sentido a todos esos días, fue las buenas compañías. Y es que al final pudimos compartir grandes momentos con personas a las que hemos tenido la suerte de conocer gracias a este deporte. El día después de correr en Zarautz fuimos a Zumaia con Helene y Axi y, además de ejercer como grandes anfitriones y enseñarnos aquel bonito lugar, nos permitieron conocerles un poquito más y corroborar las grandes personas que son y la bonita pareja que forman. –¡Gracias chicos! fue todo un placer.

También tuvimos ocasión de quedar con Iker y su pareja Raquel. Y charlar durante un buen rato. Tanto que nos olvidamos del frío, de la hora y de todo lo demás. Encantadores.

Y qué decir: El norte no sería nada sin su gastronomía. Disfrutamos de unos buenos pinchos en más de una ocasión, pero donde más disfrutamos comiendo, además de la compañía, por supuesto, fue en una sociedad gastronómica para hombres. Así que no solo fui una privilegiada porque me abrieran las puertas a su sociedad, y que los hombres cocinaran para mi (y para el resto claro), sino que además, comí de escándalo y lo pasé aún mejor. –¡Gracias Aitor y compañía, por todo.

Y como al final, lo que nos une a los triatletas, es el deporte… quedamos para practicarlo en compañía. Estando en Lekeito fuimos a correr con Ander Okamika y su equipo. De camino a Vitoria pasamos por Durango y aprovechamos para entrenar con Gorka. Estando en Vitoria quedamos para rodar un día con Ruth, Eneko, Peru y compañía. Y al día siguiente lo hicimos con el equipo de ANB casi al completo (Ander, Gonzalo, Carlos, Aitor…). En esos momentos es cuando te das cuenta de que ha sido un regalo llegar al triatlón y que lo más bonito es ir conociendo gente con la que compartes muchas cosas. Es que, algo que parece tan simple, como quedar con compañeros de profesión o afición para pasar un buen rato y de paso entrenar, te da la vida. Aunque, si hay una persona especial a la que he conocido gracias a este deporte, es mi marido, Javi. Nos conocimos precisamente en el triatlón de Vitoria (de eso, el mes que viene, ya va a hacer cinco años). Ahora acabamos de cumplir dos años de casados y justamente estábamos en Vitoria para celebrarlo. Así que, esas cosas, hacían que los días fueran mucho más especiales.

    

 

Los días pasaban rápido y…, cuando nos dimos cuenta…, de nuevo entrabamos en la semana de competición. Tocaba cambiar el chip. Tocaba centrarse e intentar pasar página en la recuperación de la caída e intentar volver a priorizar los entrenos. No fue fácil. Al final, al cuerpo, por más que le exijas, no va a dar más de lo que puede darte. Y mientras sí que iba cogiendo el ritmo en los entrenos de bici y carrera, la natación aún se me resistía. Tanto las heridas, como el fuerte golpe que me llevé en el hombro, me impedían nadar más de mil metros. Sin embargo, supe gestionarlo bien y no agobiarme por ello. Sabía que debía ser consecuente con eso. Ver el lado positivo sabiendo que podía haber sido mucho peor y confiar en que, cuando llegará el sábado, estaría lista para competir.

 

Lo bueno era que estaba muy relajada con la carrera. No porque no me jugara nada, sino porque, como nos la habíamos planteado como un entreno, la cabeza sabía que no iba a competir al 100% y que la finalidad no era otra más que hacer un buen test de cara al Ironman de Vitoria; que en definitiva era el objetivo que teníamos en mente. No fue fácil entrenar duro esa semana. No solo por lo difícil que es meter volumen y carga sabiendo que el sábado tienes que correr un Half, sino que al estar fuera de casa, eso de salir a entrenar y no a disfrutar de la bici, cuesta tomárselo más en serio. Resulta difícil buscar una piscina, un gimnasio, una buena zona para correr…, pero nos lo montamos bien e intentábamos aprovechar los trayectos, o los cambios de destino, para que, mientras yo pedaleaba, Javi fuese el que condujese. O que, mientras uno entrenaba, el otro compraba o cocinaba…  Y así matábamos dos pájaros de un tiro. Al final, se trataba de ir sumando experiencias sin dejar de lado la rutina.

La verdad es que no me importó del todo machacarme durante unas horas en solitario porque me sentía una privilegiada de estar viviendo ese tipo de vida. De estar disfrutando de unos días diferentes. Además, al final siempre, por un lado u otro, iba encontrando compañía. Como pasó el jueves previo al triatlón: salí a hacer mi entreno de ciclismo, aprovechando para rodar por el circuito de la carrera y de paso hacer el reconocimiento, y conocí a Ander (el presidente del Club de Triatlón de Lekeito). Fue un placer rodar y charlar con él. Bueno…, hubiera sido más placentero si no me hubiera metido una emboscada con rampas del 22%. Fue una paliza que, en otras circunstancias, metérmela dos días antes de una carrera me hubiera agobiado mucho. En cambio, en ese caso, me pareció hasta una anécdota divertida. Al final, esas cosas son las que molan. Aunque la próxima vez no me fiaré cuando un vasco me diga: <“No. Si son sólo 3 ó 4 km con alguna rampa de 8 ó 9%”>. Le perdono porque pinché en la última rampa y, si no fuera por él, aún estaría allí arreglando el pinchazo. Je,je.

 

Pues, sin darnos cuanto, la carrera se acercaba. Un día previo muy, muy, tranquilo. Tanto, que Javi y yo no acabábamos de ser conscientes de que al día siguiente competíamos. ¡Ya ves! Parece que un Half ya no sea nada para nosotros. ¡Hey! Qué fuerte. A pesar de ser una carrera con doble transición, la logística no era nada complicada. Además, teníamos instalada la furgo en la misma T2. Y la estación delante. Con lo cual, solo debíamos llevar las bicis en tren hasta la T1 y volver de Bermeo a Guernica en tren para descansar. Además, era un triatlón muy cercano. Con unos 400 participantes. Se agradecía que la cosa fuera tranquila y sencilla el día previo. Solo me hizo ponerme un poco nerviosa el sentirme reconocida por tanta gente. Es muy bonito que la gente te conozca, que te pidan fotos, te pregunten por tu caída, te feliciten por tus logros y ver que se sentían afortunados de poder coincidir contigo en carrera. Sin embargo, la que realmente se sentía afortunada era yo. No paré de recibir muestras de cariño. Y eso, es la mayor satisfacción que uno puede tener. –¡Gracias a todos!

  

   

No sabéis que placentero es dormir del tirón la noche previa a una carrera. No lo había experimentado antes. Qué buena sensación. Pero a la misma vez debía buscar pensamientos para activarme. Me sentía algo apagada, cansada por la dura semana de entrenos. Y me preocupaba que, a pesar de ponerme un dorsal, no encontrara esa chispa para luchar.

 

La carrera estaba a punto de empezar. Estar en un agua fresquita, hasta se agradecía, porque, a las 10.30h, el sol ya picaba con fuerza. Aunque tengo que decir que me encantó salir a esa hora. Sin madrugones. Con el día bien adelantado. Despierta y sin un previo de carrera tiritando como de costumbre. Así que: un punto más a favor para esta carrera. Las heridas me molestaban mucho por el roce del neopreno y esperaba que se hubieran curado algo más para este día. Pero, no fue así. Aunque los halagos de mis compañeras, minutos antes de la salida, hicieron que me olvidara de todos mis males. No sabéis lo que es estar en la salida del agua esperando que pasen los cinco minutos de tiempo que hay entre la salida de los chicos y la nuestra y el no parar de recibir mensajes de cariño de otras triatletas, de mis compañeras y de mis rivales en ese día. Yo no daba crédito: Fue uno de los momentos más bonitos del día. Difícil describir lo que viví en ese instante. Lo superior que me estaban haciendo sentir cuando yo solo quería ser una más. Yo no hacía más que contestarles: –“¡Gracias!, ¡ánimo!, ¡suerte chicas!”–. Qué grande.

 

Como disfruté en la natación. Tuvimos una primera parte muy fácil por el puerto donde el mar estaba plano y noté que me deslizaba fácilmente. Con una sensación de libertad que nunca había tenido en carrera. Pero duró poco. Fue cruzar el espigón y salir a mar abierto y empezar la lucha contra las olas. Fue una dura guerra entre los triatletas y el mar. Sin embargo, el ver que no paraba de adelantar a los hombres que disponían de cinco minutos de ventaja sobre nosotras, fue muy motivador. Me olvidé de mí. De mi pelea y solo me centré en seguir pasando gente. Sobre todo en estar bien atenta para no molestar a nadie ni que ellos me molestaran a mí. Aunque me lo pusieron fácil porque esa lengua humana que se forma, se iba escorando demasiado mientras yo cruzaba (así lo sentía) una línea perfecta entre boya y boya. Entiendo que no es fácil nadar en esas condiciones si no eres buen nadador. Pero, un consejo: <Es mejor perder 2 ó 3 segundos en levantar la cabeza y orientarse bien, que no hacer metros de más y perder minutos y energías muy valiosas>.

 

Así fue mi natación. Una natación en la que me noté muy rápida. Sentí que fluía sobre el agua mientras el resto se peleaba en ella. Me gustó el hecho de salir cinco minutos después que los chicos. Otro punto a favor de la carrera. Al no ser muy masificada, se podía adelantar bien y, para mí, fue muy motivador poder ir pasando a chicos y sentirme acompañada constantemente durante toda la carrera. Lo único que me supo mal fue intuir que había adelantado a Javi cuando, por una vez, el que él tuviera esos cinco minutos de margen, nos iba a permitir coincidir más en carrera, pero no fue así.

 

El sector ciclista fue duro. El mayor hándicap fue el cansancio que arrastraba de todos los entrenos de la semana. Me di cuenta de que se hacía muy duro competir con fatiga y tocó tirar mucho más de coco de lo que pensaba. Debía convencerme constantemente de que iba bien, de que iba liderando la carrera y de que, seguramente, llevaría un margen razonable como para no preocuparme. Pero no es fácil cuando las sensaciones no son las de siempre. No sientes la fuerza física de la que normalmente gozas en carrera. Y lo peor, es sentir que la cabeza también va mermando poco a poco.

Tuve momentos de todo. Momentos en el que me venía arriba al pasar a chicos o en los que, durante un largo período de tiempo, no era rebasada por nadie. Sin embargo, también sentí muchas veces que mi rendimiento estaba siendo muy inferior a lo esperado. Inferior al resto y que en cualquier momento me podría dar caza la segunda chica. O que me cogería Javi. Me alegraría por él, pero eso me causaría mucho estrés. Je,je,je,je. Es que, si no me pico con él, ¿con quién me voy a picar? Bueno, me piqué con más gente. Es Inevitable cuando una tiene un espíritu competitivo. Me piqué con chicos que me pasaban y a veces me daban ganas de decir: ¡Eh! Que yo hoy me lo tomó con más calma!” –je,je,je ¡Cómo somos! Aunque el pique fue mutuo, porque a muchos chicos se les notaba que disfrutaban dándome caza. Sobre todo porque algunos era adelantarme y relajarse justo delante. –¡Pero no hagas eso. Si me quieres pasar, pasa. Pero no me frenes ahora!–. En fin. Anécdotas que hicieron la carrera más entretenida y ayudaron a que los kilómetros pasaran más amenos. Aunque quién contribuyo a mi distracción en bici fue la moto con el cámara. Qué lujo que una carrera sea en directo, que nos hagan a las chicas tan protagonistas como a los chicos y que sea yo la afortunada de chupar cámara por el hecho de ir liderando la carrera. Ciertamente me hicieron mucha compañía. Solo el hecho de notar su presencia cerca ya lo hacía. Y encima me daban mensajes de ánimo y palabras motivadoras, así que con eso ya ni te cuento. Incluso me animaban a comer y beber cuando venía una zona más tranquila. Eso me producía una sonrisa que les hacía notar. Y hasta comentábamos la jugada. ¡Gracias a los dos! Sobretodo porque fue una moto que respetó siempre mi conducción y pude circular con total libertad (que, a veces, sentir una moto cerca en carrera te cohibe y condiciona un poco). Sin embargo, no fue así. El único que condicionó mi falta de destreza fue el miedo que se apoderó de mí, sobre todo, en las bajadas y en curvas más técnicas a consecuencia de la caída de Zarautz.

Realmente fue una bici dura. No había ningún puerto. Ninguna rampa con un tanto por ciento elevado de esas que hacen retorcerte, pero era un constante sube baja. Es de esos circuitos que, sin apenas darte cuenta, te van consumiendo poco a poco. Suerte que el recorrido era muy bonito y valía la pena sufrir por esos parajes. Los que vamos conociendo bien el norte ya sabes que aquí no hay nada plano y ya sabíamos todos a lo que veníamos ¿No? Hay que decir que uno de nuestros peores enemigos en el circuito fue el sol. Fue demoledor. Picaba con fuerza haciendo subir la temperatura y provocando gran pérdida de sales y deshidratación.

Aproveché para levantar el pie en los últimos kilómetros. Lo hice para reservar fuerzas para la carrera y bajarme con las piernas lo más frescas posibles. Aproveché para hidratarme bien. Y, sobre todo, levanté el pie para no jugarme el tipo en la parte más rápida del circuito. Todos queríamos correr ahí. Estábamos deseando meter gas y pisar el acelerador a fondo. Pero hay que tener conciencia de dónde está el límite. El límite está en la línea continua de la carretera. No solo porque te juegas una descalificación directa, sino porque te juegas la vida. El tráfico estaba abierto en sentido contrario y realmente temí por la vida de varios corredores a los que vi varias veces pasarse al otro carril para poder trazar mejor. Sin disminuir la velocidad, claro está.

Llegué a la T2 sana y salva y con ganas de correr. Esa sensación de fatiga desapareció de golpe y me puse a correr con muy buenas sensaciones. Me sentía fresca, ligera, ágil… igual parte de culpa la tuvo el ser conservadora en la bici.

 

No os puedo contar mucho de mi carrera. Si os digo la verdad: ni me enteré. A penas era consciente de que completé un recorrido de 21 kilómetros. Y, cómo mola eso. Iba relajada corriendo. No solo porque tenía la carrera asegurada y disfrutaba de correr sin presión, y con mucho margen, sino porque me iba automotivando con el hecho de encontrarme tan entera después de la carga de la semana. Y por sentirme tan cómoda a esos ritmos tan rápidos. Quería frenarme. Podía permitírmelo. Mi mente ya estaba puesta en el Ironman Vitoria y me preocupaba que esta carrera me pasara más factura de lo esperado. Nos la habíamos planteado como un entreno y debíamos seguir entrenando con normalidad los días posteriores. Sin embargo, no es fácil frenarte cuando no parás de recibir ánimos del público y tanto cariño de la gente. Una vez más los corredores me dieron una lección de compañerismo al no parar de animarme constantemente en carrera. Pero, esta vez, podía agradecérselo con palabras. Podía devolverles los ánimos y podía sentirme un poquito más cerca de ellos en carrera. Iba relajada corriendo. Iba saludando a gente. Iba pendiente de cruzarme con Javi para animarle. Pendiente de ver a gente conocida y poder intercambiar unas palabras de aliento.

¡Fue una carrera espectacular! Disfruté muchísimo. Me encantó el recorrido y pude saborear, más que nunca, todos los imputs que iba recibiendo. Os lo agradezco; a todos los que me animasteis constantemente. No solo a todos los que estabais en masa animando a cada uno de los que pasábamos, sino a los que os alejáis del resto y buscáis una zona solitaria para animarnos en las partes más duras del recorrido. De un recorrido que para mí fue espectacular. La zona del rio se hacía muy corta y amena y de forma rápida nos metíamos en el casco urbano donde nos esperaba otra gran afluencia de público expectante y lleno de vitalidad que no dejaba de gritarnos y aplaudirnos. Ya sabéis cómo es la afición vasca y la de Guernica no fue menos. Estuvo a la altura de cualquier otra carrera en pueblos vecinos. Y era inevitable emocionarse y sonreír en cada paso por vuelta tratando de mostrarles mi alegría y agradecimiento. Hasta me gustó la zona de las escaleras. Eso sí, casi más subir, que bajar. Porque en la bajada es cuando notas esa acumulación de lactato en las piernas. Es una sensación que te hace que te tiemblen y que las bajes de forma bastante patosa; además de hacerte alcanzar un pulso a mil por hora por el calentón de la subida.

 

He de decir que la carrera me gustó mucho. Sin duda un triatlón que ya he sumado a la lista de mis favoritos y que os recomiendo a todos. Disfruté de principio a fin dentro y fuera de la competición. La afición vasca me brindó una vez más todo su cariño. La organización me recibió con los brazos abiertos y trató de que no me faltase de nada, y lo consiguió. No solo conmigo, sino con todos los corredores. Demostraron estar a la altura de grandes eventos consolidados y les felicito por ello. Es que, cuando las cosas se hacen con cariño, es difícil que salgan más. Agradecer a Mikel Elgezabal, a Robert, y a todo el equipo, toda su entrega. Agradecerle a Jon Alegría que siempre trabaje con tanta pasión y profesionalidad. Y agradecer a todos los que hicieron posible que la carrera fuese retransmitida en directo por Sport Públic TV. Un gran logro, y un gran paso, para dar más cabida y visibilidad a este magnífico deporte.

No me puedo irme más satisfecha para casa. Lo hago con la satisfacción de sentirme una persona súper afortunada y privilegiada en vivir todo lo que estoy viviendo. Las cosas no me pueden estar yendo mejor; y aún nos queda el plato fuerte. Ahora viene un reto mucho mayor: el Ironman Vitoria. Pero sé que corro en “casa”. Y eso será un punto a mi favor. Vuelvo a correr en tierras vascas… con la suerte que me da y lo querida que me siento. Muchos hablan de si conseguiré el triplete. Ojalá. Voy a luchar por ello. Pero… lo que sí sé… es que, sin remedio alguno, volveré a emocionarme una vez con toda esa afición. Sé que allí me esperan con entusiasmo. Sé que muchos ya me han bautizado como “La Reina en el norte”. Y, aunque estas cosas den un poco de vértigo, y pánico escénico, tengo que quedarme con lo que hay detrás de todo ello. Todo eso son palabras mayores y me debo sentir muy afortunada por recibir halagos de tal calibre. No me gusta eso de “Reina”. No me gusta ser la protagonista principal ni la gobernanta. En cambio, si me gusta que me vean como una mujer fuerte, luchadora y valiente. Pero sin querer ser ambiciosa y querer tener el poder por encima de los demás. Como buena amante de juego de Tronos, disfruté visitando Rocadragón (San Juan de Gastelugatxe) y que Mikel Taboada pudiera inmortalizar allí momentos que fueron mágicos. No me sentí ni como Daenerys, ni como Sansa… ni mucho menos, sin embargo sí que sentía algo especial y mágico al estar allí.

Tengo que deciros que yo me identifico más con Arya. Una mujer más independiente, con un fuerte carácter y valentía, pero que prefiere pasar desapercibida. Una chica que se siente más identificada con los caballeros que con las doncellas. Una mujer que prefiere luchar en la sombra. Que lo que quiere… es imponer justicia. Que no quiere el poder, pero si el bien. Que quiere proteger a su familia, a la gente que quiere. Y…, en general… al mundo.

 

Se acercaba el Triatlón de Zarautz. Una cita ineludible en mi calendario. Es, para mí, el mejor triatlón del mundo con diferencia por muchos motivos y no me lo perdería por nada del mundo. Quieres llegar en las mejores condiciones posibles y poder luchar por la victoria, pero os aseguro que, en esta carrera, eso pasa a un segundo plano y no dejaría de faltar a esta carrera por ningún motivo. Y es que las semanas anteriores no fueron fáciles. No sé si fueron las consecuencias del degaste del mundial, pero me costó mucho recuperar. Me sentía débil, muy cansada, lenta… y me estaba costando remontar. Para colmo, la semana previa a la carrera, falleció un amigo y reconozco que eso me dejó muy tocada anímicamente. La ayuda de Iván, mi entrenador, fue clave. Me ayudó a gestionar todo aquello y no dejó que me hundiera en ningún momento. <<Gracias Iván>>. A veces se trata tan solo de decir lo adecuado en el momento idóneo. Por supuesto, el cariño incondicional de Javi, de mi familia y de los amigos fue muy importante.

 

Pero es poner un pie en Zarautz y se te pasan todos los males. Cuando llegas allí empiezas a recibir todo ese cariño de la gente (organización, triatletas, público, compañeros, gente de Zarautz que ves año tras año…). Empiezas a compartir la ilusión por la carrera y empiezas a disfrutar del ambiente. Te olvidas de la “competición” y empiezas a gozar de esa “fiesta”. Por algo llevo cinco años consecutivos viniendo, porque no me lo quiero perder por nada del mundo. Llevo dos años renunciando al mundial de Challengepor no perderme esta carrera. No puedo tenerle más cariño. Y es por todo lo que me regala esta carrera. Significa mucho a nivel personal. Así que, cuando llego aquí, consigo olvidarme de mis rivales y consigo decirme a mi misma: <<Judith, aquí vienes a disfrutar y a vibrar una vez más con todo esto>>.Cuando conseguí hacer ese click fuecuando pude saborear la esencia de todo esto. Ahí fue cuando logré gestionar la presión (que no es fácil) y disfrutar de todo el cariño de la gente que me animaba a revalidar título. Me hacían verme como favorita y me mostraban su admiración. Realmente fue halagador. Nunca me había sentido tan querida. Nunca había recibido tantas muestras de afecto. Intenté saborear esos detalles de los que me siento tan afortunada, aunque reconozco que me da mucha vergüenza todo eso y que me hace ponerme muy nerviosa. Hasta el momento previo al inicio de carrera estuve recibiendo ánimos y haciéndome fotos. No paraba de recibir felicitaciones por mi temporada. ¡Uf! Realmente fue mágico. Pero, como digo, estaba muy nerviosa por todo ello.

 

Pero si algo era mágico este año, era que Javi también competía. Por fin. Después de cuatro años intentándolo, esta vez sí que le había tocado el sorteo. Que ilusión me hacía que pudiera vivir aquello conmigo, desde dentro. Y por si fuera poco, a nuestro amigo Richard Calle, también le había tocado. Estar los tres preparándonos juntos, en la habitación antes de la carrera, fue uno de los mejores momentos del día. Risas nerviosas de los tres y contentos de vivir aquello unidos con todo lo que significaba para cada uno de nosotros. Fue muy bonito para mí compartir el precarrera con ellos y estar con Javi en Getaria a la espera del comienzo de la competición.

 

Bueno, ahora sí. Tocaba concentrarse. Me estaba costando. Estaba muy nerviosa. Andaba como algo ausente en mis pensamientos y parecía que me faltaba una dosis de confianza en mí misma. Me notaba extraña. Quizá eran los nervios y la presión de sentirme tan observada. Igual es que todo eso me lo creo yo misma, pero… me inquieta mucho. Es cierto que el nivel era muy alto y la carrera iba a estar muy disputada y con muchas opciones. Sin embargo, eso no me preocupaba. Yo iba hacer mi carrera como siempre. Además, muchas de mis “rivales” son grandes compañeras y siempre resulta muy bonito volver a coincidir en carrera con ellas. <<¡Venga Judith, que tú ya tienes tu Txapela!Sin presión, que no tienes que demostrar nada a nadie ni a ti misma. Disfruta>>

 

Bocinazo de salida y empieza la competición. Consigo hacer una buena entrada al agua que me pone en cabeza con Helene, la “Reina” de este sector. Conseguir aguantar sus pies es siempre la clave. Además de una gran nadadora, es una buena guía y una garantía segura para que salga un buen primer sector. La natación en Zarautz puede ser muy decisiva y casi el sector más crucial. Perder la cabeza de carrera puede hacerte perder un tiempo irrecuperable.

Salimos muy fuerte. Había que buscar una buena colocación e intentar marcar diferencias desde el principio. Parecía que nos escapamos un poco del resto (al menos los primeros metros habían sido muy buenos), sin embargo, empiezo a agobiarme y me cuesta respirar. Me dio un poco de ansiedad.<<Otra vez no >>me digo a misma. Desde Salou, en cada natación, se repite esa misma escena. De golpe el pánico se apodera de mí y no veo la manera de controlarlo. Me agobio. Me cuesta controlar la respiración y tengo ganas de pararme y pedir ayudar. Pero brazada a brazada me convenzo en aguantar y confiar en que se pase. Dudo si pararme o seguir un poco más hasta que realmente me sienta incapaz de continuar. Pero, por suerte, mientras dudo me convenzo de que puedo y debo regularlo. <<No dejes que la cabeza te engañe Judith, puedes hacerlo>>. Lo hago. Logro controlar ese agobio y, a partir de ahí, solo toca luchar contra el mar. El oleaje nos complicó mucho las cosas. Cinco años consecutivos compitiendo aquí y me atrevo a decir que ha sido el peor día en el agua. El pero con diferencia. Fue una natación muy dura y complicada. Suerte que el aliciente de luchar por seguir a Helene lo hizo mucho más fácil. Mi única preocupación era el no perderla. Hubo momentos que creí no conseguirlo. Se me alejaba pero enseguida volvía a engancharme a ella. Tanto, que sin querer, le toqué los pies tres o cuatro veces. <<Lo siento, no fue intencionado>>. Y es que el mar estaba tan mal que, de golpe, una ola te alejaba y la siguiente te acercaba. Me pasó también con Emma Bilham, que nos enganchó en el primer tercio de la travesía. Las olas nos manejaban como querían y nos dimos algún “besito”, pero todos con el máximo cariño. Qué traicionero es el mar. Y qué difícil pone las cosas. Por muy buen nadador que seas, puede contigo.

 

La natación fue durísima. Se me hizo eterna y agónica. Una lucha constante contra las olas. Unos cuantos tragos salados y un mareo impresionante. No sabía ni donde estaba. Me limité a luchar para que Emma y Helene no se me escaparan. Sentí en todo momento que lo estaba logrando, pero debía hacerlo hasta el final y superar la parte más complicada de ese sector: conseguir hacer pie en la playa de Zarautz. No me equivoqué, llego a los metros finales y todo cambia de repente. Alzo la vista y veo como Emma esta muy a nuestra izquierda y que nos ha cogido una distancia considerable. <<¿Cómo puede ser? ¿Si estaba a mi lado?>>. Flipante. Aunque lo más sorprendente fue girarme de nuevo parar respirar a la derecha y ver un gorro rosa pegado a mí. En el mismo segundo en el que pienso que se trataba de Cesc, y que ya nos había cogido, veo que es Anna Noguera. <<Dios! ¿De dónde ha salido?>>¡Qué pasada! Para remate, en la primera ola que nos engulle, Helene la coge a la perfección y, mientras yo me revuelco en su espuma, veo que se me aleja con una sutileza increíble ¡Qué fuerte! Cada año me pasa lo mismo. Tengo que aprender a salir del agua con esas olas.

 

Parecía que la travesía Guetaria-Zarautz no se iba a terminar nunca. Pero por fin, después de casi 40’ metida en una centrifugadora, consigo poner pie en tierra. Eso sí, sin saber de dónde venía ni hacía dónde debía ir. ¡Que horror! Y que estampa la de ver a las cuatro (Emma, Helene, Anna y yo) peleando por salir, cada una por un lado, de esas bravas aguas. La verdad es que, esos momentos, son de risa.

Pero, no había tiempo de reírse. Hacer una primera buena transición era muy importante. Así que corrí desde la playa hasta boxes como si no hubiese un mañana. No podía dejar que se me escapara la cabeza de carrera. Y, mucho menos, que se enganchara Anna. Era consciente de que, eso, podía decidir la carrera. Los nervios me hicieron hacer una transición muy torpe. Pero, dentro de todo, rápida.

 

En el primer kilómetro pasé a Helene <<Aupa Helene>>–le animé–. Empecé a subir muy fuerte. Todavía con una bota desabrochada por no querer perder tiempo, con el pulso muy alto y sin poder controlar la respiración, pero debía intentar dar caza a Emma. Ya respiraría luego. Aunque, a cada curva, en vez de estar más cerca de ella, la tenía más lejos. Así que, poco antes de coronar el primer puerto, decidí centrarme y hacer mi carrera. Me había dejado llevar por la emoción y había descuidado los watios, el ritmo, la intensidad, todo… La carrera era muy larga y tocaba tener cabeza. En ese momento empezó la verdadera competición. La lucha en solitario y la sangre fría por tener el control y no pensar ni en las de delante, ni en las de detrás. A partir de ahí es cuando solo piensas en los kilómetros, en comer, en beber y en pedalear con fuerza para sacar el máximo rendimiento al sector ciclista. Aunque siempre con el miedo a no pasarse y pagarlo en los temibles muros.

Primera vuelta completada y el público me canta que Emma me lleva más de un minuto <<¡Uf! cómo va>>- pensé. Sabía que Emma iba a marcar la diferencia en bici, pero no que se me fuera tan rápido. Yo seguí con mi carrera. Me encontraba fuerte e hice una segunda vuelta muy buena. Dirección a Guetaria, me alcanzó Eneko junto a Ander y a Nan. Intenté seguir su estela. Forcé un poco la máquina por aguantarles, sentía que esos 3-4 kilómetros con ellos podían ser claves. Tanto es así que, sorprendentemente, a la altura de Guetaria, vi que tenía a Emma justo delante. <<Increíble Judith. Vaya segunda vuelta te has marcado>>. Me sorprendí a misma de haberle recortado ese minuto y pico. Me sentía eufórica de mi rendimiento y pensé que la carrera se podía poner de mi lado. Quedaba mucho por delante, pero lo que acababa de hacer, en escasos 25 kilómetros, era muy buena señal. Qué cosas. Y eso que no venía con mucha confianza por mi estado de forma. En realidad, en lo que llevaba de carrera, no la estaba teniendo tampoco. Sin embargo, justo cuando empiezo a saborear mi hazaña, adelanto a un par de triatletas doblados y al volver a la derecha, agacho la cabeza para acoplarme de nuevo y, al elevar la mirada, veo que tengo un cono justo delante de mí. Consigo esquivarlo pero, esa maniobra brusca y arriesgada, me hace perder el control de la bici cuando rodaba a más de 40 km/h. La rueda delantera se mete en la cuneta y en consecuencia choco contra el bordillo y doy una vuelta de campana. Literalmente. Yo, y la bici. <<¿Dios Judith que ha pasado?>>.Mientras volaba por el aire me dio tiempo a lamentarme y avergonzarme por mi despiste. Encima, para más inri, me estaban grabando <<¡Qué vergüenza!>>. ¿Os podéis creer que ese fue el sentimiento que apareció en mi cabeza con más fuerza? Qué cosas. 

Nunca sabes lo que te puede deparar una carrera. Y más en media y en larga distancia. Cuando parecía que había hecho lo más difícil: alcanzar a Emma, la carrera cambió por completo. Pasé de la máxima euforia, a la decepción más grande. De tocar la gloría, a arrastrarme por el suelo. De verme en cabeza, a creer que perdí todas las opciones de luchar por la victoria. Sin embargo. Sin tiempo de asimilar lo que acababa de ocurrirme, tomé la mejor decisión posible: no pensar, levantarme y seguir. Reconozco que hubo una voz que me ayudó a ello. No sé si fue uno de los cámaras o quién, pero tal y como toqué el suelo escucho que me gritan algo así como (no lo recuerdo bien): <<Vamos Judith, continua. Tú puedes>>. ¡Dios! Le hice caso —Gracias—. Solo tardé dos segundos en visualizar lo que acababa de pasar. En situarme y en centrarme de nuevo. Desde el suelo miré a ambos lados. En uno estaba la visera del casco y en el otro mi Felt. De forma totalmente autómata, me puse en pie, me coloqué la visera, cogí la bici, coloqué la cadena y, sin más, me subí de nuevo. Realmente no valoré ni el estado de la bici. <<Pobrecita. Qué dolor>>. Me dolía más por ella que por mí. Su primera caída. Su primer rasguño.

 

No dejé que el shockdel momento llegase a mi mente ni a mi cuerpo. Cuando abrí los ojos ya estaba pedaleando de nuevo y lo hacía con fuerza y con garra. Metida en la carrera. En esa misma que por un momento me vi fuera de ella. No quise lamentarme. No quise ni comprobar las consecuencias de esa caída. Ni para mi cuerpo ni para mi bici. Y, cuando unos minutos más tarde, voy volviendo a la realidad, empiezo a ver todas las heridas que registraba mi cuerpo, empecé a sentir el dolor de aquellos golpes. Empecé a notar que la bici no iba como antes y vi que el Garminestaba de al revés; igual que la cañita del bidón delantero. Y es que, con la caída, me había olvidado totalmente de los números y de lo que estaba pasando a mi alrededor. Yo solo seguía inmersa en mi misma. Debatiendo dentro de mi mente lo que me acababa de pasar. No terminaba de asimilar ni creer lo que acababa de hacer. No por el hecho de caerme, sino por el hecho de levantarme y seguir como si nada. Cuando empecé a ser consciente del logro que había hecho, empecé a sonreír y me dije a mí misma <<Judith acabas de ganar tú carrera>>.

Así lo sentí. En ese momento la competición pasó a un segundo plano. Me sentí súper orgullosa de mí misma sabiendo que ese acababa de ser mi triunfo del día. Bueno, del día y de toda mi carrera deportiva. Sé que soy muy dura de cabeza y que no me rindo con facilidad, pero no imaginaba que, después de una “tan dura” caída, me vería con el coraje de seguir compitiendo.

 

Tengo que confesaros que no fui yo la que se levantó del suelo, ni fue por aquel grito que recibí. Sino quien me levantó fue toda la gente de Zarautz. Así lo sentí en ese momento. Al tocar el suelo solo pensé: <<Aquí no puedes rendirte. Aquí tienes que luchar. Se lo debes a la gente, a esa gente que se deja la piel animando y espera lo mismo de ti. A toda esa afición que ha creído en ti desde el principio. La gente que te ha mandado ánimos y que te ha hecho sentir muy querida desde el primer paso que diste en esta tierra>>.

Si os digo la verdad, no sé cómo fueron los kilómetros siguientes. Yo seguía inmersa en mis pensamientos. Inmersa en una vergüenza, por mi torpeza, que se contrastaba con la euforia de mi lucha. Me olvidé del recorrido, del ritmo, de todo. Solo continuaba empujada por ese sentimiento de valentía. Por ese mismo poder de superación que se apoderó de mi y que me hizo motivarme más y más. Sin embargo, el muro de Aia me devolvió a la realidad. No me preguntéis por qué, pero fue en ese momento en el que me cagué de miedo por la caída. Me empezaron los temblores en el cuerpo. Temblores de pavor. Los temores de haber vivido algo traumático. Me faltaba el aire y no era consecuencia de la subida (que la estaba escalando mejor que nunca), si no por el pánico escénico. El miedo al ridículo. Consecuencia directa de sentirme rodeada de cámaras y de la gente que me señalaba al pasar cuando veía mis heridas y mi mono Gobik roto. Nunca me ha gustado ser el centro de atención, me pone muy nerviosa y los nervios me juegan malas pasadas. Sé que es inevitable y que, si una va delante, tiene que lidiar con ello. Me siento muy orgullosa de sentirme querida en carrera, pero ese gusanillo en la barriga y esa pérdida de autonomía, por los nervios, me hace pasar momentos muy incómodos y me restan mucho en carrera.

Superé con nota la parte más dura de la carrera. Ni los dolores me hicieron dejar de luchar y disfrutar de esas agónicas subidas y de la posterior bajada. Me emocioné de nuevo. Me sentí más viva y libre que nuca. Que orgullosa estaba de mí. No podía dejar de repetírmelo. Había tenido un par de cojones al levantarme de nuevo y ahí me estaba dando realmente cuenta de ello. La adrenalina iba en aumento y me hacía sentirme más fuerte. Tanto que pasé de olvidarme de la carrera a meterme de nuevo en ella. Nunca creí que lograría pillar a Emma, pero sí que iba a intentar ponérselo difícil. Y entonces me dije: <<A ti no te pasa nadie>>. No sabía cuanto había perdido por detrás con la caída, pero no iba a relajarme. Volví a darlo todo para, si podía, aumentar la ventaja. Lo hice con la seguridad que me sentía con fuerza para arriesgar y darlo todo. Al menos hasta la T2.

Coroné el camping con mayor entereza que nunca. Cinco años consecutivos y nunca lo había subido con tanta agilidad. Pude sonreír y todo mientras me metía en ese pasillo de gente. <<Pero que grandes sois “Joder”>>. ¿Como iba a rendirme y perderme eso? Ver caras conocidas fue muy emocionante. Y ver a gente con la camiseta del TeamKoraxan… ni te cuento. Gracias a todos por vuestra entrega.

 

    

Llegaba a Zarautz. Llegaba a la segunda transición. Suspiré visualizando el momento de poner el pie a tierra (esa vez de forma intencionada, y no por accidente, claro). Volví a recordar la caída y eso me hizo perder el control de nuevo. Me daba miedo bajarme en marcha de la bici. Me sentí torpe una vez más. Eso provocó una transición mala, pero al menos sin caída. Y ahí es cuando empecé a notar las secuelas. Las consecuencias eran más graves de lo que creía. Un fuerte dolor en el dedo que no me deja desabrocharme el casco. El fuerte golpe en el hombro, y todas las heridas de las rodillas, me dificultan el calzarme las zapatillas. Y el dolor aun se hizo mayor cuando empecé a correr y noté que, además de la flexión de las articulaciones, me dolía la vibración del cuerpo por el impacto contra el suelo en cada pisada. <<¿Pero… estás corriendo Judith. Qué más quieres?>>.

 

El momento más duro no fue por ese dolor físico que sentía, sino por ver a mis padres a la espera de verme corriendo “entera”. Me miraron preocupados y me preguntaron si estaba bien. Les asentí con la mirada, sin saber mucho más que decir porque ni yo sabía aun como estaba, ni las consecuencias ¡Uf¡ La cara de mi madre era todo un poema. ¡Pobrecita! Lo que había debido sufrir hasta verme llegar a la T2. <<Estoy bien mama. Y te lo voy a demostrar>>.

 

Todos los males desaparecieron por completo al empezar a escuchar los ánimos del público. El ambiente inhibió mi dolor y volví a sentirme una privilegiada por estar allí; corriendo en el triatlón más espectacular del mundo. Qué afortunada soy.

No creo que hubiese más gente que otros años. Ni más entrega. Ni más gritos. Ni más pasión. Sin embargo, me sentí más admirada y querida que nunca (y eso que siempre me he sentido muy querida aquí). La gente se volcó conmigo. Desde el primer kilómetro me mostraron su admiración por mi gesta. Por mi lucha. Y me animaban a seguir sacrificándome más (si es que se podía) y a luchar por la victoria. Por hacer, de aquello que parecía inalcanzable, una realidad. Y por hacerme sentir que, ellos, me iban a ayudar a conseguirlo. Y así fue. Fue el público. Fuisteis vosotros. Me empujasteis kilómetro a kilómetro y creísteis más en mí que yo misma.

Emma me sacó un minuto y medio en la T2. En la primera vuelta a penas le recorté 5 o 10”, pero no quería dejar de intentarlo. No creía que pudiera pillarla. No iba realmente a por ella (además le tengo mucho cariño y se merecía la victoria tanto como yo), pero no podía dejar de luchar. No podía dejar que toda esa gente se hubiese dejado el alma por nada. Llegué a sentir que les debía el máximo esfuerzo y rendimiento posible. Y es que, a ese público, cuanto más le das, más recibes de ellos. Como dice un deportista vasco (al que entreno): “La afición vasca nos volcamos en animar la garra, el coraje y la pelea”. Pues por eso mismo lo di todo, para estar a la altura de esa afición a la que adoro.

 

Seguía luchando cada kilómetro como si fuera el último. Me sentía fuerte. Emma seguía manteniendo una ventaja considerable y no creía poder llegar alcanzarla, pero aún así sentía que debía correr al límite. Aunque el resultado no cambiara (por detrás tenía mucho margen), me debía a mi misma el sacrificarlo todo. Estaba contenta con mi valentía y mi poder de superación. Sin embargo quería enmendar mi error. Solo dándolo todo hasta meta me sentiría satisfecha. Antes no.

El público no paró de empujar. Me ayudó a recortar segundos en la segunda vuelta y ahí empecé a creer que al igual podía alcanzarla. <<¿Te imaginas Judith que encima ganas>>—me decía a mí misma—. Yo no daba crédito a lo que estaba consiguiendo. Había resurgido como el Ave Fenix. Estaba volando y estaba yendo de cabeza a por el triunfo. Tanto fue así que, al inicio de la última vuelta, por el paso por el centro, siento que la gente, eufórica, me canta que la tenía delante. A muy poco. Ese momento fue increíble. No por ponerme líder, sino por la emoción de toda aquella gente. Fue brutal. –¡Gracias a todos! –. No tengo palabras para agradeceros esto. Y es que hasta los corredores y corredoras me animaban al pasar junto a ellos; entre ellos Axi, la pareja de Helene, que me animó a no rendirme y a luchar por el triunfo. Detalles que marcan la diferencia entre las personas.

 

Y allí la veo. Tenía a Emma justo delante. Y cuando decido darme un respiro para regular, coger aire y algo de fuerzas antes de intentar adelantarla, ella mira para atrás y prácticamente se espera a que llegue. <<¡No Emma! No te rindas. Lucha todavía>>. La entiendo. Sé lo que es eso. Viví la misma situación con Joselyn aquí hace dos años. A eso se le llama deportividad: el reconocer cuando el otro rival ha sido más fuerte. Realmente me supo mal pasarla. Se merecía esa victoria tanto como yo. Se lo había currado desde el principio escapándose sola. Además, es una gran persona y la admiro mucho.

No podía creer que, a falta de unos 4 kilómetros, me iba a ver líder después de todo lo sucedido. La adrenalina no me dejó bajar el ritmo ni relajarme, pero si el disfrutar, como una enana, de esos tramos finales. Recuerdo, pasando por las pasarelas, observar el mar. Recuerdo levantar la mirada y sonreír a todos los que me estaban animando. Recuerdo agradecer, y aplaudir, al público. Un público lleno de amigos y conocidos. Recuerdo vivir la magia del último kilómetro pasando por ese pasillo que se forma repleto de gente. Recuerdo sentir el orgullo de todos ellos. Recuerdo chocar la mano de todos los niños. Y de Teo. Y, por último, la de mi padre que sonreía justo cuando mi madre arrancaba a llorar. Era un llanto de alivio. Unas lágrimas de desahogo después de tanto sufrimiento durante la carrera <<Mamá, espero que estés orgullosa de mi>>.

 

Y por fin…, alcancé la meta. Y levanté la cinta de ganadora. Una victoria que sabe mejor que nunca a pesar de todo el dolor sufrido. Por fin. Me sentía en deuda conmigo misma. Y con todo ese público. Vuestra fue la carrera, no mía. Sin vosotros no hubiera sido posible, estoy convencida de ello. Qué grande es Zarautz. Qué grande es su carrera. Su afición. Qué grande es esta tierra y mucho más su gente.

Cómo os quiero a todos.

Cuantas lecciones aprendidas. Y eso es lo mejor. Saber que aun puedo dar más de mí. Que puedo seguir superándome. Nunca os rindáis. Nunca dejéis de creer en vosotros mismos. Y nunca… nunca, deis una carrera por pérdida, por muy mal que se pongan las cosas.

El triatlon de Zarautz es único!!! (bakarra da).

Martes por la mañana. Empieza nuestra aventura hacía Galicia. Javi lo hizo en bici (se fue, desde Tarragona hasta allí pedaleando) y yo en avión. Llegué con tiempo por varios motivos. El primero: porque el presupuesto de la FETRI era muy justo y busqué las opciones de vuelo más barata y dos: porque así podía ver el circuito de bici y hacer toda la activación estando in situ. Lo bueno fue que la familia Rodriguez-Valiño me acogió en su casa hasta que nos fuéramos concentrados con la selección.

Los días previos fueron geniales, disfrutando de la compañía de Aida, Gus y las niñas. Tenía muchas ganas de verles a los cuatro. Conocí a su familia, amigos, Tui y toda su historia gracias a las clases magistrales que me dio Gus sobre su ciudad. – je, je, je– <<Gracias familia. Ha sido un placer y me habéis hecho sentir como en casa>>.

Jueves a la tarde. Llegamos a Pontevedra y nos reunimos con el resto de compañeros de selección. Estaba muy ilusionada de formar parte del equipo y representar a nuestro país. Iba a disputar mi primer mundial con la selección y me sentía una privilegiada. Y más, después de lo que había costado que me dieran esa oportunidad. Llevaba años queriendo hacerlo, pero nunca recibía ese premio. La respuesta de la FETRI era: que no cumplía con los criterios. Pero después de la magnifica temporada que hice el año pasado, tanto Alvaro Rancé (mi entrenador en ese momento) como yo, creíamos que merecía estar seleccionada y escribimos para hacérselo saber. La respuesta fue la misma: que no cumplía los requisitos. Alegando que, a pesar de mis buenos resultados, no había competido casi en España y eso me penalizaba. Lo siento, pero discrepo con eso: Salou, Zarautz, La Rioja y Vitoria son de España. Fueron cuatro carreras consecutivas y en las cuatro me llevé la victoria. Pero, al parecer, no les parecía suficiente. Sin embargo, no usan la misma vara de medir para todos. Pero bueno, no soy la única, a mi juicio hay otras personas que también se merecían, por méritos propios, estar aquí; como lo es en el caso de Helene.

Como nos parecía injusto, seguimos insistiendo. Y lo seguí haciendo también con la ayuda de Iván Muñoz, mi actual entrenador. Es que, la “operación mundial” la empecé en noviembre, en el impas entre una temporada y otra. Y por fin, en febrero, llegó una respuesta. La FETRI, al disputarse en casa, amplió a 5 las 3 las plazas para el mundial y gracias a eso tuve el honor de estar preseleccionada. Así que pasé de no estar convocada a sentarme en el banquillo. Pero… finalmente… salí de titular.

El partido se jugaba en casa. El factor campo actuaba a nuestro favor y eso, ya de inicio, era un punto extra. Cinco integrantes en el equipo femenino y cinco en el masculino. Capitaneado nada más y nada menos que por Javi Gómez Noya e integrado por cuatro gallegos. Así que el espectáculo y la emoción estaban asegurados. Además, contábamos con un cuerpo técnico de lujo: Samu, Pablo y Bodoque. Los cuales, en todo momento, se preocuparon para que no nos faltase de nada.

Llegó la hora de saltar al campo. Y no sé si, de todos los participantes, yo era la que más ganas tenía, pero fui la primera, y prácticamente la única (de entre todos los profesionales) que se atrevió a meterse en el agua a calentar (necesito mi proceso de adaptación). Y no era para menos. El agua estaba rozando los 14 grados y por ello la natación se recortó hasta los mil quinientos metros. Esa decisión no me beneficiaba, pero las normas son las normas y además, no tenía ganas de pasar más frío. Aunque igualmente fue inevitable.

Pocos minutos más tarde, y con los chicos ya en carrera, llegaba mi hora. Cuenta atrás y me digo: <<disfruta de esta oportunidad única. Vívela como nunca has vivido otra carrera>>.

Rápido me puse en cabeza. Junto a otra nadadora en paralelo. <<¡Uf! Esto está muy frío>> me dije. Pasada la adrenalina de los primeros metros siento como todo mi cuerpo se congela y siento que todo se me entumece. No me siento las manos, ni los pies, ni la cara. Me cuesta respirar y lo peor es que noto como los brazos se me engarrotan. ¡Qué sensación más horrible! Me pesaba todo. Me sentía rígida y la fuerte corriente, en contra, aún complica más las cosas. Para colmo, una rival no paró de aporrearme los pies. Me dolían sus arañazos en mis congeladas plantas y me incordiaban sus palmadas en los talones porque me frenaban. Todo eso junto, hizo que tuviese un momento de agobio. Pero, antes de entrar en crisis, decidí apartarme y liberarme de esa angustia a pesar de que, la cabeza de carrera, formada por dos nadadoras, se hubiese distanciado unos metros. Vi que, la que me estaba tocando los pies, era Anna Noguera. Sé que, en ese momento, empezó nuestro particular duelo.

Se hizo muy largo y duro remontar el río. Sin embargo, la vuelta fue un trámite. 25 minutos de natación para 1.500 metros cuando los 1.900 de un Half los nado casi siempre en 26. Para que veáis lo duro que fue el sector de natación.

A pesar del calor del público, la primera transición fue un poco caótica. No solo por el gran grupo en el que íbamos en cabeza, sino por la dificultad que conlleva vestirse y desvestirse con síntomas de congelación. Aún así, no fui de las más lentas. Y eso que me puse calcetines. Que ganas de subirme a la bici y pedalear solo por el hecho de entrar en calor. En cambio, la baja temperatura, a las 9h de la mañana, alargó el proceso térmico.

Consigo ponerme a la cola del grupo de cabeza y, a pesar de las dificultades para controlar los cambios y los frenos sin sentirme las manos, lucho para que no se me escapen. Lo consigo, pero sufriendo mucho y sin acabar de encontrar sensaciones. Me sentía incómoda sin acabar de controlar mis movimientos y pedaleando mal y tosca. Eso sí, la primera vuelta se me pasó sin darme cuenta. Tanto que prácticamente se me olvidó comer y beber e ignorando por completo mis wattios y mi ritmo. Eso no era buena idea, pero quería luchar por mantenerme en cabeza de carrera al menos durante la bici. Ni aprecié la dureza del circuito y, después del miedo que les tenía, conseguí ejecutar los giros técnicos casi sin enterarme.

Segunda vuelta. En los primeros kilómetros, trazando la zona más complicada, se me alejó el grupo. Ya había mucha gente en el circuito y eso, sumado a mi mala destreza, me hizo abrir hueco por delante. Después de sacrificarme y regalar wattios de más, me di cuenta de que debía centrarme en mi carrera. En mis números y no inmolarme a falta de tantos kilómetros. <<Judith. La carrera es muy larga. Ten cabeza y paciencia. Ese no es tu ritmo>>. Las buenas sensaciones no acababan de llegar. No me acababa de sentir cómoda pedaleando. Aun sentía el cuerpo rígido.

Vi como la cabeza de carrera se iba alejando cada vez más y como Anna, que no acababa de enlazar, unos metros por delante de mí, termina desistiendo. Intenté acercarme a ella, pero no lo conseguí. Acorto algo de distancias en la parte rápida y sin embargo, en las subidas, me vuelve a meter metros y no puedo con ella. Aunque en esas veo que decide esperarme y que me pide que tire un poco. Me sorprendió su actitud, pero… cada uno usa la táctica que quiere. Después de unos kilómetros de “tira tu. No, tiro yo” me pongo delante al paso por vuelta y completo los 36 kilómetros de la última tomando la delantera en nuestro mano a mano particular.

Fue una vuelta final en la que supe controlar. Supe tener cabeza para regular arriesgándome a perder algún minuto más ante la cabeza de carrera. Pero con algo de tranquilidad viendo que, por detrás, las rivales venían lejos y con la carrera ya muy rota. También supe disfrutar. Saboreé lo que estaba viviendo y me encontraba en carrera más serena que nunca. Sin miedos. Sin presión. Con confianza y con una entereza que pocas veces siento compitiendo. A pesar de que, por culpa del frío, me costó mucho entrar y encontrar unas sensaciones buenas, me sentía compitiendo más libre que nunca. Supe llevar el mejor rol que podía elegir para un mundial y eso me estaba haciendo disfrutar muchísimo. Me sentía feliz de lo que estaba haciendo.

T2. Anna me adelanta justo antes de la línea de desmonte para tomar la delantera. Aunque hice una muy rápida transición (la más rápida de todos junto a Terenzo Bozzone) y salgo a correr por delante. Lo curioso es que no siento que venga cerca, me sorprende y pienso que igual le han puesto una sanción y la está cumpliendo en el penalti box. Pero no. En el primer giro (kilómetro 3 aproximadamente) veo que viene cerca, aunque algo rezagada para haber llegado juntas a la transición. No me asusté. Seguí controlando mi carrera a sabiendas que me iba a pasar de un momento a otro. , Sinceramente, estaba preparada para ello.

Mi ritmo era brutal. Quería frenarme y seguir las consignas de Iván, pero no podía. Me encontraba cómoda. Mis sensaciones eran de ir mucho más lenta de lo que me marcaba el reloj y no entendía lo que estaba pasando. <<Vale Judith. Esto acaba de empezar. No te emociones. Tienes 30 kilómetros por delante>> me dije. En cambio, me sentía fresca y me negaba a bajar el ritmo con aquellas “tan buenas” sensaciones. No recuerdo haberme bajado nunca tan entera a correr. Tenía buenas piernas. No quería dejarme llevar por la emoción, ni perder la cabeza. Pero, cuando tienes buen feeling, hay que aprovecharlo. Y más en un mundial donde, llegados a ese punto de la carrera, hay que arriesgar al máximo.

Si mis ritmos ya eran rápidos, no os imagináis como fueron al pasar por la zona más transcurrida de la carrera. Fue salir del campo de atletismo, en el paso por meta, y meterme en una olla a presión con gente que me gritaba y aplaudía efusivamente. ¿Dios. Pero donde estaba esta gente? Parecía que estaban escondidos esperando en silencio como si se tratase de una fiesta sorpresa y, que al verme aparecer, empezará la celebración. ¡Flipante! Aún estoy alucinando. Y pensar que eso lo viví ocho veces, dos por cada vuelta. Fue un momento brutal y no pude contener la emoción. Se me hizo un nudo en la garganta <<respira, respira, respira>>. Realmente lo pasé mal. Se desbordó una lágrima de mis ojos. Y más viendo a mi padre por allí, que también estaba alucinando igual que yo.

Inmejorable ambiente. Aun cierro los ojos y escucho los gritos de la gente. Como dije: <<el jugar en casa iba a ser un punto extra>>, pero ni imaginándomelo pude esperar que hubiese tanta gente y animando con tanto fervor. Muchas gracias a todos. Me distéis alas en todo momento y conseguisteis que mi carrera se convirtiese prácticamente en un trámite. Sí, sí, a mí me dicen que corrí durante dos horas y no me lo creo. No os puedo explicar como es esa sensación de conseguir evadirte del tiempo. De los kilómetros. Y solo seguir recorriendo un camino el cual estas disfrutando a cada paso. Hasta la parte dura del casco viejo se me hizo llevadera. Bueno… al menos las dos primeras vueltas. –je,je,je,je–.

Media carrera hecha. Me había comido 15 kilómetros del tirón con una media de 4’02-4’03. Impresionante. Y lo mejor, sentir que podía seguir luchando con esa entereza. Me sentía fuerte… sin más. Sentía que todo fluía. Que nada ni nadie me detenían y que nada me molestaba. Pero, en el momento que más evadida estaba, Anna me devuelve a la realidad. La tenía pegada a mí. Tanto que casi tropiezo en una ocasión al notar su contacto por detrás. La estaba esperando. Me extrañó que tardase tanto. Y en el momento que creía que nuestro duelo iba a escapar y que ella se escaparía, veo que lo intenta un par de veces, pero sin éxito. Así que me quedé detrás. Intentando seguirla hasta donde pudiera. Para mi sorpresa, lo hice más cómoda de lo que creía y decido quedarme allí, controlando. El ritmo era algo más lento del que estaba llevando hasta ese momento. Me bajó la media. Pero sentía que me iba bien regular y estar preparada para lo que pudiera pasar.

Últimos 10 kilómetros de carrera. Ya no quedaba nada por recorrer, pero mucho por decidir. La carrera no podía estar más emocionante. Duelo de catalanas. Duelo de españolas luchando por la tercera y cuarta posición en un mundial. Sonrío, no puedo creer lo que estoy viviendo. Me resultaba impensable verme ahí delante. Representando a nuestra selección. Corriendo en nuestro país y haciéndolo con un carrerón. Los kilómetros pasaban. Quería que la meta viniera pronto para conocer el desenlace de ese duelo de titanes. Pero, a la misma vez, no quería dejar de vivirlo. Lo que estaba viviendo era brutal, espectacular. Estaba eufórica. <<Cariño. Disfruta. Esto es un mundial>> me decía Javi por cada paso por vuelta. Y vaya que si lo hice.

Kilómetro 26. Llegaba el momento más espectacular. Cuando parecía que por delante todo estaba decidido y que solo quedaba resolver la medalla de bronce, en el giro veo que la francesa va muerta y que la tenemos muy cerca. Me salió un grito totalmente sincero: <<Anna. Va. Que la tenemos ahí>>. Me sorprendió que apenas se inmutara y percibí que ella iba más tocada de lo que me parecía. Y, sin pensar en lo que podría hacer o no Anna, decido lanzarme para dar caza a la francesa. Bueno… no lo decido. Lo hago. Sin más. Aún estoy asimilando esa reacción. Fue espontánea. No pensé en ello y no entiendo que poder sobrehumano se apoderó de mí en ese instante. Me sentí como una súper heroína. Como Superman cuando se desabrocha la camisa y sacar sus súper poderes y consigue que lo imposible sea real.

¡Jaque mate! Ese fue mi movimiento. Un movimiento que daba por finalizada la partida. De los que deja al adversario sin ningún tipo de opciones. Me fui de cabeza a por la plata. Sin pensarlo. Sin ser consciente de que aquella acción podía tener graves consecuencias, porque faltaban aún cuatro kilómetros de carrera. Fue un sprint. Un verdadero sprint de veinte minutos. Corrí los cuatro últimos kilómetros por debajo de 4 min/km. Se me hizo largo pero saboreé la sangre y sentía como el ácido láctico se apoderaba de mis cuádriceps. Sin embargo, me iba retroalimentando. Cuanto más rápido corría más fuerte me sentía. No podía frenarme. Además, creía que Anna me estaba aguantando por detrás y que esperaba mi momento de flaqueza para darme el estacazo final. No quería mirar hacia atrás. Pero me despistaba el hecho de no escuchar, justo detrás de mí, otra ovación del público a su paso.

Ahora sí. Última curva antes de entrar al estadio y aprovecho para mirar hacia atrás. Ni rastro de Anna. Así que empiezo a creerme lo que está sucediendo justo en el momento en que veo a mi padre y veo que me mira emocionado y orgulloso. Paso junto a Samu y Pablo y me saludan eufóricos –gracias a los dos por todo–. Y entonces fue cuando entro en el estadio de atletismo para recorrer esos metros finales de la alfombra que me lleva hacia el SUBCAMPEONATO DEL MUNDO. No puedo olvidar ese momento. Ese en el que vives tantas emociones juntas. Ese en el que, en este caso dices: ¿Pero qué he hecho? Que alguien me lo explique, que yo… aún no me lo creo.

El título conquistado. Pero ahí llega la mejor recompensa: Abrazar a Javi que me esperaba al pasar la meta. Lloramos los dos abrazados sin comprender muy bien la realidad de lo que acababa de ocurrir. Orgullosos el uno del otro. Porque él estaba más reventado que yo. Casi 1.000 kilómetros de bici en cuatro días que hizo desde casa y allí estaba; escondido todo ese cansancio y las secuelas físicas que arrastraba de su hazaña para estar a la altura del mejor supporter. Y junto a él… mis padres, que me lo han dado todo a cambio de nada.

No soy consciente aún de lo que acabo de lograr. No es solo un resultado espectacular, sino que fue una carrera única. Inmejorable. Medida de menos a más. No recuerdo una carrera igual. Con tanta entereza. Sintiendo tanto confort durante toda la competición. Poder hacer una carrera así, en una cita tan importante como esta, me resultaba impensable.

Son las tres de la madrugada del miércoles. Cuatro días después de la carrera aún no soy capaz de combatir el insomnio. No consigo cerrar los ojos. No puedo parar de soñar despierta. En mi cabeza siguen apareciendo constantemente imágenes de la carrera. Imágenes de los momentos mágicos que viví y no puedo controlarlo. Sigo emocionándome al recordarlo y sigo sin poder dejar de ver videos de la carrera. Pero quiero disfrutar de esto el máximo tiempo posible. No quiero pasar página.

Gracias a todos… por tanto que me dais. A los que estuvisteis cerca. A los que estuvisteis lejos. A los que no os despegasteis de la tele o del móvil. A los que retrasasteis el entreno por seguirnos y a los que os motivasteis con nuestra carrera. A los que os alegrasteis con mi resultado. Y a todos por tantos mensajes de felicitaciones. No puedo pedir más.

PD: Se que le tengo que estar agradecida a la FETRI por esta oportunidad y que no debo dar opiniones negativas, pero no puedo mirar para otro lado como si nada y creo que es importante reivindicar las cosas que se pueden mejorar. Lo que no puede ser es que tengamos que ir a un mundial, que se corre en España, poniendo dinero de nuestro bolsillo. La consigna de la FETRI fue: “buscaros la vida con el viaje y nosotros os damos 200€ como mucho”. Eso sí, el hotel y las comidas, desde el jueves al domingo, si que iban a su cargo). Como veréis 200€ no son suficientes para: coger un vuelo, llevar la bici y coger un coche para llegar hasta Pontevedra.

Yo me pregunto: ¿Qué hubiera pasado si se hubiese corrido en el extranjero? ¿Cuánto sería el presupuesto? Detalles cutres para mi gusto.