Un triatlón de larga distancia condiciona mucho.

 

Un Ironman impacta de lleno en tu rutina, tu tiempo, tu cuerpo, tu mente, tu dieta, tus relaciones sociales y personales durante los meses y semanas previas. Sin embargo, lo que te condiciona por completo es la semana de competición. Es llegar el lunes y todo se transforma. Todo se magnifica. Los nervios aparecen de golpe y con fuerza. El cuerpo se altera. Y tu marido también, jejejejejeje (es que estaba muy espitoso y más nervioso que nunca por mí. No recuerdo haberlo visto así nunca). Te sobra todo el estrés. Te sobra todo lo de tu agenda y ya no sabes si te sobra o te falta comer más, beber menos, dormir más y moverte menos. Tu cuerpo no para de enviarte señales, ruidos, espasmos… Te hablan todas las moléculas de tu cuerpo, o los átomos, o no sé qué partículas son las que te hablan, pero no entiendes nada de lo que tratan de decirte. Y lo peor, es que tu mala interpretación puede hacer que el sistema se bloquee. Y le hablas a tu yo interno.

¡Me queréis dejar tranquila! Quedan aun muchos días. Esperar un poco más.

 

Había puesto todo de mi parte para llegar al 100% a esta carrera. Y sentía que lo había conseguido. Mi nivel de forma era excepcional y mi confianza inmensa. Mucho trabajo (como siempre). Pero, además, había intentado cuidar todo al milímetro y me sentía orgullosa de ello. Como el hecho de ir a reconocer el circuito en dos ocasiones; cosa que fue clave (es una ventaja vivir a solo 1h30’ de Platja d’Aro en coche. Lo sé). La culpa de esta performance la tiene mi entrenador Carles Tur, que no solo me ha hecho llegar muy fuerte, sino que me ha devuelto una motivación que había perdido. Con eso y con los cuidados de Enric, y el aprendizaje con Dani, sentía que estaba mejor preparada que nunca para esta dura batalla. Quería luchar por la carrera. Quería intentar ganar ¡Se podía!

 

Por fin llegó el día previo. El más duro diría. Que largo se hace y a la vez que corto. Quieres que te sobre tiempo y poder aburrirte. Pero a la misma vez sabes que esos momentos son horribles. La cabeza ya no para. Reconozco que el sábado lo pasé un poco mal. Muchos medios quisieron entrevistarme y eso me agobió un poco. No solo por falta de tiempo, y querer descansar, sino que, por culpa de ser tan tímida, lo paso mal con eso y a la misma vez sufro por no estar por ellos; porque sé que es su trabajo. Y entre todos los nervios que llevaba, la presión de correr en casa, tanto tiempo sin competir en larga distancia, o simplemente por el respeto que da la distancia (que ya es mucho) provocó que empezara a molestarme la úlcera y tener ardores en el estómago. Y eso, no me molaba nada. Deberían estar prohibidas las entrevistas el día previo a la carrera, jejeje (Como hacen los políticos en su jornada de reflexión). Por suerte conseguí relajarme viendo una peli, con Javi, en la cama. Con eso, y con las visitas de Iolanda y Patri, la de mis padres y el ver a Juanan y a Piluka, me relajé. Lo de la noche previa mejor ni hablamos ¿No, verdad? Qué horror lo de no parar de dar vueltas. Sentir como late el pulso con fuerza por momentos. Y lo de ni saber encontrar la posición en la cama, ni encontrar el momento de conciliar el sueño. —Que sea domingo ya, ¡por Dios!

Llegó el domingo. Y, después de prepararlo todo, llegaba el momento por fin de competir.

 

Fueron muy bonitos esos minutos previos. Abrazarme con Guru, que había venido a ver la prueba. Ver por fin a Aida y Gus. Volver a ver a Emilio (tri4dream), a Jordi Gil a Alba y a Mireia. Y el momento de despedirme de Javi, de la familia y amigos. Y ver a más amigos y a un puñado de amigos de mis padres (que también habían querido venir a apoyarme desde el primer al último segundo) ¡Muchísimas gracias!

Pues vamos a por ello.

 

6.42h. Pistoletazo de salida. Hago una rápida y gran entrada al agua con la que me escapo en solitario desde la primera brazada. Parecía que mi competición era la de élite masculina que había salido dos minutos antes. Así que… me fui a por ellos.

Eso me motivó mucho. El no parar de dar caza a chicos fue muy apasionante. No sé a cuantos pillé, pero fue a muchos (había unos 110 participantes élite). Eso hizo el nado más ameno. Porque fue muy monótono el tener que nadar prácticamente dos rectas de casi 2km continuos y sin ninguna referencia más que la bolla de giro que, obviamente, no se veía hasta unos pocos metros antes de alcanzarla. Es cierto que el mar estaba muy placido y se nadó de lujo. Quitando el que, a pesar de la “buena” temperatura del agua (17 grados), pronto dejé de sentir mis manos y pies (no es muy difícil, aunque sí se me hace complicado. Para que os voy a engañar). Por el resto, tuve muy buenas sensaciones. Sentí que llevaba muy buen ritmo y que fluía y me deslizaba como nunca. Y lo mejor, es hacer casi 4km de natación continuos y notar que vas súper cómoda de hombros (es lo que tiene nadar con el G-Range).

Tradeinn International Triathlon 1406INN 2021
Tradeinn International Triathlon 1406INN 2021

Uno de los momentos más impresionantes del día fue la salida del agua. Bueno, la T1 al completo. Antes de tocar la arena ya se escuchaba la tremenda ovación. Entre eso, y ver ahí a Pere, el primero, justo al alcanzar la playa, fue brutal. Cruzar las calles de Platja d’Aro inmersa en un pasillo de gritos y aplausos ensordecedores fue una inyección de adrenalina. ¡Dios, qué locura! ¿Esto va por mí? No tengo palabras. Gracias a todos. Hasta me permití el lujo de sonreír porque, además de que fue inevitable controlar ese rictus, se lo merecían. Perdonarme si no sonrío más; no es porque no quiera, es por el hecho de que me parece cantar victoria cuando aún no he conseguido nada.

 

Después de una transición peligrosa y muy resbaladiza (y más con mis pies sin tacto ni control alguno), conseguí coger la bici sin matarme en ese parquin. Aquello fue un poco surrealista, parecía que estabas en un juego que consistía en “cómo hacer la transición más lenta de tu vida”. Jajajaja. Resultado: Si corrías, estabas muerto.

 

Vamos a por la bici.

 

La bici fue continua. Sé que parece obvio, pero en una larga distancia no lo es. Conseguí que durante los 180 kilómetros la cosa fluyera. Fluyó la bici, el ritmo, las piernas y sobre todo los pensamientos (estos son muy peligrosos cuando se estancan ahí). Más bien es que no pensé en nada. Iba muy metida en carrera. Sin embargo, lejos de desgastarme esa concentración, me ayudó a gestionar a la perfección el tramo ciclista: a tener cabeza, precisión, entereza y a no dejar que los imputs negativos entraran en mi mente. ¡Hoy no os siento!, les dije. La bici se me hizo muy amena y la disfruté un montón.

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El sector ciclista fue un mano a mano con Emma. Me alcanzó en la bajada del primer puerto y fuimos juntas prácticamente todo el tramo ciclista. Que bueno fue rodar juntas. Cómo nos apretamos la una a la otra. Y notar que lidiar esa batalla nos estaba haciendo lograr hacer una bici estratosférica.

Lo mejor fue llevar una moto de un juez todo el recorrido con nosotras (ya sabéis que fueron muy estrictos con el drafting y supongo que una de las consignas era controlar en todo momento la cabeza de carrera femenina). Pues, aunque sea incómodo el notar esa presencia policial durante cinco horas y media, a la misma vez, te da una gran seguridad el saber que estaba haciendo las cosas bien. Se nota presión porque no puedes cometer ningún error y además crea mucha tensión el sentirte tan observada en todo momento. Aun así, te cohíbe tener ese escolta que impide que te relajes y que condiciona todos tus movimientos (y yo, todo el rato, con muchas ganas de hacer pipi). El árbitro no fue nuestro único acompañante, la prensa también estuvo presente casi en todo momento. Así que llevábamos una buena comitiva a nuestro lado.

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Los kilómetros pasaban y mi sorpresa era que los chicos élite no nos daban caza. Habían empezado dos minutos antes que nosotras. Sabía que les iba a pasar en el agua a muchos, pero contaba con que rápido me la iban a devolver en la bici y… para nada fue así. No nos pillaban ¡Qué fuerte! Yo estaba eufórica con eso. Espero que nadie se moleste por ello, pero es que realmente les estábamos plantando cara en bici. Tanto es así, que no solo no nos pilló ni uno, sino que alcanzamos a varios que nos habían adelantado muy al principio. Ese momento fue de subidón. Estar alcanzando el kilómetro 130, donde la bici empieza a atragantarse, las horas pesan y la fatiga se muestra presente, ves que vuelves a pescara los cuatro o cinco chicos que te habían pasado hacía más de dos horas, fue impensable, alucinante. Uno de ellos era Iván Alvárez, un gran amigo al que le tengo mucho aprecio y cariño. Me encantó compartir carrera con él e írmelo encontrando, pero me sabía mal pasarle (luego corriendo me pegó un repaso y me alegro mucho). Gracias Iván por tu actitud y todos tus ánimos.

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Realmente fui/fuimos muy fuertes en bici (que no forzadas, al menos yo). Bueno miento, en las bajadas sí que fui muy forzada. Emma me dio un recital en todas ellas. Sufrí muchísimo por no perderla. En todas se me escapaba y me tocaba apretar para volver a cerrar esa brecha. Me resultó espectacular. Qué clase. Cierto es que tenerla como guía me ayudó a arriesgar y a intentar trazar como ella. Aunque cuando uno tiene el miedo en el cuerpo, el bajar más rápido de lo que controlas, puede conllevar muy malas consecuencias. Por suerte tuve muchos “uigs”, pero…. se quedaron todos en eso. ¡Guau! Que mal bajo. Que “globera”. Es cierto que nunca he tenido mucha destreza en esto pero, un par de episodios vividos, justo hace tan solo unos días, me condicionaron aun más. La muerte de un compañero de grupeta en un accidente de bici y haber sufrido yo un choque frontal en coche, solo dos días más tarde, me marcó mucho. Así que ya puedo estar contenta con lo que fui capaz de hacer.

 

Fui toda la bici por sensaciones. Pasé de watios y de números. Realmente ni miré apenas el Garmin. Ni miré el tiempo que llevaba, ni los kilómetros (cierto es que si te conoces el recorrido no hace mucha falta porque ya sabes lo que viene y lo que te queda). Iba sumando tramos chinochano. Iba haciendo, sin más. Aunque llegaron los momentos malos, que también los hubo. El primero fue justo al pasar de nuevo al grupo de Iván (kilómetro 140 más o menos). En un bache se me cayó el bidón trasero donde llevaba aun la mitad de drink mix Maurten y era el único líquido que me quedaba encima. No pasa nada Judith, me dije. Sin embargo, el problema no fue ese, sino que, en el siguiente avituallamiento, no logré coger el bidón por un mal entendido con la chica. Parece que me lo ofrece y se lo pido, pero en el momento de ir a cogerlo me retira el brazo y me voy sin bidón y con cara de tonta (ella no tuvo la culpa ni mucho menos, todo lo contrario, agradecer a todos los voluntarios su implicación). Pero la cara de tonta se transformó en preocupación. Tenía mucha sed y notaba la deshidratación. Me vi el maillot lleno de sal y me asusté. Esto puede sentenciarme la carrera. Sin embargo, confíe en que quedaba un avituallamiento al coronar San Grau y confíe en poder beber allí. Nada más lejos de la realidad. Justo cuando estoy coronando el puerto, veo el avituallamiento y me siento tan feliz como el que encuentra un oasis en el desierto. Me emociono al pensar que por fin voy a beber y, justo cuando voy a estirar el brazo para coger el bidón, Dani Lucena, al cual alcanzo justo en ese momento, se para en seco delante de la mesa poniendo el pie en el suelo. Tuve que hacer una maniobra brusca para no comérmelo. La segunda voluntaria (solo eran dos chicas en este punto) no reacciona y me quedé sin bidón de nuevo. La bajada empezaba y ya no podía frenar la bici para parar y coger agua. Quise llorar en ese momento. Que impotencia. Justo cuando se te hace la boca agua y empiezas a babear a lo Homer Simpson pensando en el placer que me iba a dar beber en ese momento. Así que ya veis, perdí de nuevo esa oportunidad.

Tradeinn International Triathlon 1406INN 2021

No te lamentes Judith, ya estamos bajando y queda poco más de media hora. Intentaba animarme a mí misma. —Vas muy bien, me dije. Y justo fue decirme eso y empezar a notar una molestia muy desagradable en la parte posterior de la rodilla derecha. ¡Dios! ¿que es esto? ¿Por qué me pasa a mi esto ahora? ¿A que viene? ¿Qué dolor es esté? ¿Podré correr? Ese momento fue horrible. Aunque el momento que marcó realmente la carrera fuer el último adelantamiento de Emma. Ese fue el punto de inflexión. Me pasó en ese descenso y ahí sí que me fue imposible seguirla. No fui capaz ni de intentarlo. Era la parte más técnica del circuito y entre los fantasmas que llevaba, y los que aparecieron, me bloqueé y perdí ese flow que había llevado hasta entonces. Suerte que ya quedaba muy poco.

 

Estoy muy contenta con mi sector de bici, realmente me divertí y lo disfruté. Parte de ello gracias a Cris y a Isa que se habían desplazado para verme en varios puntos. Qué subidón cada vez que las veía. ¿Otra vez? ¡Qué guay! Muchas gracias chicas. Me disteis alas. Como también me las dieron Pau y Miquel. Eso no lo olvidaré nunca.

 

Ahora que, el momentazo del recorrido fue el de comer mosquitos. De golpe, en uno de los tramos más rápidos del circuito, empiezo a notar un bombardeo de mosquitos en todo el cuerpo y la cara. ¿En serio? Flipé. Como todos, supongo (que se lo digan a Richard. Que risa verlo en meta aun lleno de mosquitos. Jejejeje). Fue muy heavy, pero muy divertido. Me sentí “una tonta muy tonta” (se pilla, ¿no?).

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Llego a la T2. Pienso que lo hago en solitario. Pero por lo visto no; Nikki se bajó conmigo (Esto fue muy curioso, nunca supe que había ido detrás de mí. Ni cuándo nos alcanzó en bici. Siempre creí que me empezó a pillar ya corriendo. En cambio, viendo ahora fotos de carrera, veo que, en la parte final de la bici, ya venía conmigo. Que gracia me ha hecho esto; ha sido divertido. Y en parte me alegro que no me pasara y se me fuera en bici, que era lo que yo pronosticaba).

Tradeinn International Triathlon 1406INN 2021
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La segunda transición fue otra fiesta. Otra ovación ¡Gracias a todos! Esos momentos son mágicos. No hay mejor forma de afrontar la maratón que con ese empuje de energía desde el inicio. No quería emocionarme. Necesitaba coger un buen compás para esos 42 kilómetros que tenía por delante. Pero tenía ganas de verlos, a todos. Y sonreírles. A Sergio con su sobrino. A mis padres con sus amigos. A mis suegros. A Edu (cuanto me ayudaste, “gracias” y gracias a tu familia por venir), gracias Fernan y Miguelito. A Marc “gràcies per ser-hi”. A Locojuan “efecto túnel” me decía; cómo me ayudó tanto eso. A Piluka y las niñas. A Borja (que fuerza me diste). A Isabel que nunca me falla. A Enric y Tere (gracias por venir). A mí (nuestra) Ana (eres lo más). A Rubén “sonríe mujer” me decía; ¡al final lo hice eh! “eskerrikasko por venir”. A Joan. A Esther “vaya sorpresón verte, me emocionaste”. A Iolanda y Patri “no words”.

(fotos: Manolo Gonzalez Trinidad)

Familia, amigos, compañeros… no tengo palabras ¡De verdad!

 

Que pasada lo que viví. Que pasada ver esa marea tricolor por todas las calles de Platja d’Aro. Repartidos de punta a punta y, además, corriendo de un lado a otro. Judith, muchos de ellos, son tus deportistas. Que orgullo. Que bonito. Allí estaban compartiendo juntos mi carrera y alentándome ellos a mí. Lucha por ellos Judith. Lucha como tú siempre les dices que lo hagan. Ahora más que nunca tenía la oportunidad de demostrárselo en vivo y en directo. A los que entrenas y a tu entrenador. Allí estaba Carles, en cada vuelta. Que seguridad me dio. Como la que me ha dado desde el primer día que empezamos a trabajar juntos.

 

Cuesta creer que la maratón se me hiciera durísima. Cuesta creer que tuve momentos muy duros, muy malos. Momentos en que la cabeza quiso vencerme y estuve apunto en varias ocasiones de dejarme llevar por ella, dejarme llevar a su lado más oscuro. A su vertiente negativa. Tuve momentos que hasta te molestan todos esos ánimos. No os ofendáis, por favor. Pero cuando el cuerpo te pide a gritos que pares, que lo dejes… las palabras de aliento se vuelven en tu contra y parece que hasta te irritan. Solo por el hecho de esa rabia que te da que te animen cuando estás jodida, muy jodida. Qué crueles somos, o mejor dicho, qué cruel es nuestra mente. Y que desagradecida.

(foto: Ironvives)

Judith, menos cabeza y más corazón. Déjate de tonterías. Eso sí que no falla, eso sí que sabe reconocer y valorar ese apoyo del público, esos ánimos, esos consejos. Agradecerlos y aprovecharlos por muy duro que esté siendo, por mucho que quede, por muy cuesta arriba que se te haga.

 

Que cruel es la maratón de un larga distancia. Cada kilómetro juega contigo, te pone a prueba. Y hay veces en que te das cuenta que solo se trata de ignorarlo. Si no, es imposible vencerle. En cada tramo te va hacer creer que no puedes, que no vale la pena y que no vas a poder con lo que queda. Pero si eres capaz de esquivar ese obstáculo, ya has dado un paso importante. Luego va a venir otro, seguro, pero toca volver a sortearlo. Es como remar contra corriente. Una vez superas esa resaca, todo se vuelve mucho más fácil. Te has desgastado mucho en esa lucha, pero de golpe, te sientes liberado y más cómodo. O al menos así lo siento yo. Así lo viví el domingo. Me costó entrar, me costó avanzar. De hecho, en el kilómetro tres decidí dejar de mirar el Garmin. Creerme, nunca más lo hice en toda la carrera. Iba sufriendo. Me sentía débil. Me sentía lenta y decidí que lo mejor era no mirar el ritmo. Para qué. No servía de nada, solo quedaba sobrevivir como fuera y correr con lo que tenía en ese momento. La verdad es que, cuando vi como corrí horas después, flipé. Así que, para que veías como nos engaña la cabeza. Sin embargo, supe tener paciencia y mucha templanza para conseguir darle la vuelta a la tortilla. Fui de menos a más. No porque lo eligiera (Iba dando lo que tenía en cada momento), sino porque supe mantenerme en pie.

 

Tradeinn International Triathlon 1406INN 2021

No me puedo quejar. Las sensaciones en general fueron buenas. Iba “bien” de piernas y de estómago. Me obligué a tomarme todo el Maurten planeado y aunque a veces cueste seguir comiendo, es la clave. Que bien fue que Javi me pudiera dar en cada vuelta justo lo que necesitaba. Además de correr liberada de carga, me ayudaba hacer la pauta perfecta. Lo que más duro se hizo fue el calor. Fue horrible. Además, venía deshidrata de la bici, eso lo noté. Iba loca por llegar a cada avituallamiento y poder beber y refrescarme. Suerte que llevaba la cinta omius y, eso seguro que ayudó. Como los hielos que trajeron los de la organización a partir de la segunda vuelta ¡Gracias! A mi me dio la vida. No solo para restar calor al cuerpo, sino que jugaba con ellos hasta que se derritiesen y eso me mantuvo distraída: me lo pasaba de una mano a otra, me lo pasaba por la cara, por el cuello, me lo metía en la boca… Fue uno de los pocos momentos en que conseguí evadirme y me alegré por conseguirlo.

 

Qué difícil es distraer la mente. Me concentré al máximo para irlo logrando. “Focus on”. Aunque la mayor distracción fue el duelo a pie, esta vez con Nikki. Qué bueno es poder disputar una carrera así. Se sufre mucho en esas batallas y desgastan más psicológica que físicamente, pero se vuelven muy emocionantes. Se bajó a correr a tan solo cuarenta segundos, muy pronto se pegó a mí y así hicimos toda la maratón. Si no que se lo digan a mi madre, je,je,je. En el paso por la segunda vuelta me dice: “hija corre que la tienes muy pegada detrás ¡eh!”. Si es que las frases de las madres nunca tienen desperdició. Pues no os voy a negar que me doliera un poco, pero quizá, gracias a ello, conseguí pegarme a ella y no perderla durante toda la segunda vuelta.

 

Creía que estaba jugando conmigo. Creía que ella tenía el duelo dominado y estaba controlando muy bien la situación. Y yo creía que tenía bastante con intentar seguirla un poco más y que se fuera cuando quisiera. Tanto es así que en la tercera vuelta me empezó a meter distancia. No podía seguirla y desistí por un momento. Pero como ya sabéis que esto es como una noria, de golpe, me tocó estar arriba y decidí apretar cuando más lejos la tenía ¡Inténtalo Judith! Al menos te está ayudando a comerte los kilómetros más rápido.

Quién me ayudó mucho fue Guru. Me ayudaron sus consejos y me ayudó pensar en sus carreras. Me lo dijo en cada vuelta: ¡No te rindas!, esto es muy largo. Paciencia. Y la tuve. Muchas gracias. A ti. A Ruth que solo con mirarla me empuja siempre. Y gracias a todos esos ánimos recibidos por todo el paseo: Pere, Anna, Nats, Iván, Carlos Vives… gracias. Hablando de Guru, otras de las anécdotas del día fue que en dos o tres ocasiones me llamaron Guru a mí. Y en la última vuelta, un corredor, me llamó Saleta. Hasta el árbitro, que me acompañaba en bici, no pudo evitar reírse. Qué bueno fue eso.

 

Última vuelta Judith. Última vez que pasas por aquí. ¡Oh! Que gusto produce eso. Tomo la delantera con Nikki. Paso última vez por delante de Javi. Me da el último gel Maurten y me dice: “¡el último que te doy!”(señal de que quedaba poco). Y añade: “Qué guapa estás cariño”. Kilómetro 36 de la maratón de un Ironman y que tu marido te diga eso… como para no emocionarse. E instantes más tarde empiezo a escuchar: “Venga que la estás descolgando”. ¿En serio? No me lo podía creer. Eso fue el piropo de Javi, seguro. Es en ese momento cuando alucinas y ves la luz al final del túnel. Esa luz que me decía Locojuan que llegaría. Sin pensármelo dos veces, aprieto. Sí, sí, aprieto. Cuesta creer que pueda hacerlo ¿verdad? Yo también alucino conmigo; para que os voy a engañar. Subo el ritmo. Se nota y lo notan todos los corredores que a los que paso y con los que me cruzo. Y me vengo arriba al escuchar cosas como: “sabía que lo conseguirías”, “eres una pasada”… Y eso, aun me da más fuerza. Gracias a todos y a todos los corredores que no pararon de animarme fueran como fuesen. Estar todos sufriendo y que se molesten en gritarme, es increíble y es lo más bonito de este deporte. Como cruzarme con Eneko y que me animara a pesar de él no tener un buen día (¡gracias káiser!). Cruzarme con Merino, que siempre me anima con muchas fuerzas (gracias crack), con Carlos, Gus, Herruzo, Matos, Paco Silva, Ricard Marí, Juanmi, Álvaro, David, Raul… O disfrutar viendo volar a Javichu, a Gonzalo… Ver a todos los de Desam, a los de Sant Boi y a los del Baix Llobregat… Y a Juanan ¡por fin! Qué bueno verlo. “Enhorabuena finisher”.

Disfruté mucho de la última vuelta. No solo porque por fin se acababa. No solo por el carrerón que había hecho, ni por el resultado que estaba consiguiendo. Sino porque pude levantar un poco más la cabeza y mirar a la gente a la cara y sonreírles y agradecerles toda esa ayuda y cariño que me dieron. Pude ver a gente que oí, pude oír a gente que no vi, pude ver caras conocidas, pude buscar a quién quería y pude ver a gente que nunca me hubiera esperado ver allí y me gusto mucho. Siento mucho a los que no vi en carrera por no poder mirar, siento ir tan concentrada, pero que sepáis que os siento y os escucho. Gracias de corazón por hacerme hecho vivir esa gran fiesta. Y gracias a la organización por organizar este gran evento.

 

Qué gran carrera viví. Qué bonitos duelos tuve. Felicidades a Emma por su gran victoria. Nos mató en la bajada y nos remató en la maratón siendo más fuerte y más sólida que nosotras y se mereció esa victoria. Agradecida tanto a ella como a Niki el que me hicieran luchar de principio a fin.

Tradeinn International Triathlon 1406INN 2021

Una larga distancia condiciona mucho. Lo hace antes, durante y después. Y cuando lo has dado todo, lo has luchado y lo has sacado con nota, te perdura el sentimiento de satisfacción por mucho tiempo. Casi tanto como el dolor de patas.

Tradeinn International Triathlon 1406INN 2021

PD1: Agradecimiento especial a mi amigo Pere. Nunca será suficiente para agradecer tu entrega y pasión en esta carrera. Aun recuerdo estar comiendo juntos en el Tagliatella de Andorra junto con Ori y contarnos la noticia. Enhorabuena.

PD2: Os quiero aclarar lo del accidente que nadie se preocupe. Simplemente fue que “una tía” se cruzó en mi camino cuando no debía y tuve un choque frontal bastante fuerte. Eso hizo que el impacto del airbag contra mis piernas me provocara heridas y quemaduras por el fuerte golpe. Al momento pensé que me había roto las dos piernas. Luego me di cuenta que, como mucho, un gemelo. Y, al final, por suerte, solo fueron contusiones que me dejaron dos días tocada. Así que, no os preocupéis, que solo fue el susto. Y la frase de mi madre, que nunca tienen desperdicio: “Hija, ¿es que no puedes llegar a una carrera sin que te pase algo antes?

 

PD3: gracias por todos vuestros mensajes. Siempre me escribís y me felicitáis, pero esta vez he recibido muchos mensajes donde me hacéis llegar vuestro reconocimiento por mi lucha y vuestra sorpresa por lo que hice el domingo con lo dura que fue la carrera. Y eso, motiva y se agradece mucho. Mil gracias a todos.

 

 

 

 

(Domingo 25. 01.00h. Hotel Marina Élite, Mogán, Gran Canaria)

 

¡Siiii! Qué ganas de volver a escribir una crónica. Qué gusto volver a sufrir insomnio. Y qué regalo ha sido volver a competir.

 

Tanto tiempo esperando este momento y en cambio, cuando llega te entra la duda de si estás lista. Y lo estaba. Me encontraba muy bien físicamente. Estaba entrenando muy bien y tenía muchas ganas de probarme y sacar ese trabajo a relucir. Sin embargo, las dudas no eran por mi condición física, sino por olvidar en qué consistía la competición. Parece que ya no recuerdas como iba eso de sufrir en carrera, de ponerte un dorsal, de sentir esos nervios, de visualizar la carrera, de gestionar todo… Y por si fuera poco, parecía que no iba a llegar nunca y vas dejándolo todo para el último momento: probar material de carrera. Tanto es así, que lo de practicar transiciones y lo de testear neopreno y nadar en aguas abiertas lo dejé para el mismo día de carrera. ¡Qué desastre! Que no me escuchen mis deportistas (que mal ejemplo).

 

Así fue. Todo para última hora. Todo deprisa y corriendo. Maletas, preparativos, activaciones, reconocimientos, prensa, check-in, estrategia nutricional… Si hasta la misma mañana de carrera íbamos a contra pie. Parece que no recuerdas los timings y, cuando te das cuenta, toca ir para la cámara de llamadas; sin apenas haber tenido tiempo para ir al baño, calentar bien, etcétera. Pero ya era tarde; la carrera empezaba. Eso era lo importante.

Y ahí, cuando estas en la cámara de llamadas, cuando sientes la arena fría en los pies, es cuando te das cuenta de dónde estás de nuevo. Imposible no emocionarse. Imposible no empezar a notar cómo te tiemblan las piernas, cómo se acelera el pulso. Pero… ahora sí. Ahora llegaba la hora de volver a competir. Miras a las rivales, les sonríes, te saludan y se contagia esa satisfacción por volver a estar ahí disputando una carrera. Me acerco a saludar a Sara y desearle suerte. Era la primera vez que coincidíamos. Éramos las únicas españolas PRO.

 

Minuto previo. Estábamos ya en posición de salida y escuchaba un montón de voces que gritaban mi nombre. ¡Qué pasada! Se me había olvidado lo que era eso. <¡Gracias!>. Gracias por tanto cariño. Desde que pisé la isla no he parado de recibir muestras de cariño y sentir cómo, de nuevo me animaban tanto, ha sido un verdadero regalo.

 

Bocinazo de salida. Hago una buena entrada al agua, pero enseguida pierdo a las más veloces. Era de esperar. Nada que hacer con nadadores tan buenas como Sara, Nicola y Lisa Norden (y, aunque no lo sé, puede que hubiese alguna más). Cuando me di cuenta, veo que ya me han sacado una gran ventaja y yo estoy tirando del segundo grupo. Qué le vamos a hacer. Reconozco que tengo poca paciencia, o falta de astucia en no ponerme a tirar si veo que puedo y quiero luchar para que la desventaja sea mínima.

  

(foto: emegebe8)

La natación fue rápida y limpia. A pesar de encontrarnos en la segunda vuelta con los grupos de edad. Se podía adelantar bien y llegar a la playa sin demasiados problemas.

(foto: emegebe8)

La transición fue más problemática. No porque fuese muy larga y en subida, sino porque se te olvida lo agónico que era eso. El estrés que conlleva, la ansiedad que se siente por pensar que puedes perder la carrera en esos segundos y la torpeza que se tiene por culpa de los nervios en esas circunstancias: pelearte con el neopreno, con las bolsas del colgador, con los calcetines, con encontrar tu bici…. Si es que hasta me daba risa. –Judith, por favor, céntrate ya! Aunque la risa se me fue de golpe en el mismo instante de subirme a la bici. ¡Guau! Qué momento, qué mal lo pasé. Transición en subida, asfalto roto y yo, intentando atinar el meter el pie en las botas. No había manera. Se me rompieron las gomas, llevaba las botas colgando, la bici a dos por hora y yo apunto de caerme. ¡Uf! Lo salvé de puro milagro. Aun no sé ni cómo. Conseguí que las botas no se soltasen de la cala al tocar el suelo. Conseguí poner el pie sobre las botas y finalmente pedalear para ponérmelas con la bici en marcha ¡Qué horror! Qué mal momento. Y para más inri, me sentía observada por todo el público. Palpaba el estupor ante mi poca destreza y me ruboricé volviéndome aún más torpe, si es que cabía –¡Conseguido! Botas puestas. Ahora a pedalear. Me dije.

 

      

(foto: foto.fraguela_dxt)

Aunque el circuito de bici parecía que me iba a seguir poniendo las cosas difíciles. Bueno, quizá más que el circuito, mi propia cabeza. Me costó entrar en carrera. Sentía que iba con miedo en las curvas, me sentía muy insegura. Y a la vez, parecía que no sabía ni como gestionar ese circuito. –Judith, limítate a seguir los consejos de Carles y todo irá bien. Me tuve que decir a mí misma. Encima, esos giros de 180 grados, con tan poco espacio, me acabaron de rematar. Siete veces tocó hacerlos. Qué duro. Qué tensión pasé cada vez que llegaba ese momento. Aunque sí que es cierto que, en el de paso por vuelta, la gente te lleva en volandas. Entrar en ese pasillo de público donde los ánimos no cesan, es un chute de energía para afrontar toda la siguiente vuelta. Ese y el de irme cruzando con Javi y ver lo bien que iba. Aunque en la última vuelta me hizo sufrir. No lo vi. No lo vi donde debería habérmelo cruzado (o eso creía) y mi cabeza se empezó a emparanollar. Y más cuando vi una ambulancia. Solo me venían pensamientos negativos y parecía convencerme a mí misma de que se había caído. –Judith, no pienses eso, simplemente no lo has visto -. Qué mal se pasa (por suerte solo fue imaginación mía y Javi seguía en carrera. Lo vi al acabar la bici).

     

(foto: emegebe8)

Me parecía que mi cabeza no tenía el día. No acababa de sentirme segura en la bici. Aunque es cierto que cada vez fui yendo mejor. Poco a poco fui ganando confianza y cada vuelta la hacía con un poco más de seguridad. Pero sin ser yo del todo, lo reconozco.

     

(foto: emegebe8)

En lo que a las rivales respecta, perdí la cuenta de las que iban por delante. Unas seis deduje. Las tres primeras… a años luz. Sara muy lejos y cada vuelta a un poquito más todavía. Katrin Mathew (que me pasó en el kilómetro cuatro) ya estaba a punto de cazar a Sara en la segunda vuelta. Otra competidora parecía estar al alcance y, al principio de la tercera vuelta, lo logré. Aunque no conseguí despegarme de ella. Y, por si fuera poco, Alexandra Tounder nos alcanza a las dos y completamos la última vuelta las tres juntas hasta la T2.

     

   (foto: foto.fraguela.dxt)

En esa transición estuve más astuta. Más ágil. Hice la transición más rápida de las tres y salí a correr como si no hubiera un mañana. Quizá con la intención de desengancharme de ellas porque por delante no veía opción alguna. Quizá por sacarme esa tensión que viví en el circuito en bici y que sentía que me había lastrado mucho. Y cuando empiezo a correr por el paseo, comienzo a escuchar gritos sin parar, empiezo a sentir esos aplausos y esos ánimos y a ver caras conocidas, entonces ya si que fue imposible controlar el ritmo.

Alexandra quería hacer lo mismo que yo, escaparse. Me adelanta en el segundo kilómetro y, aunque por un momento parece que se me va, consigo pegarme a ella pero, para mi sorpresa, enseguida noto que me frena y veo que puedo correr más rápido.  –Quizá no es buena idea Judith. Quizá es mejor esperar un poquito aquí, regular la primera vuelta y afianzar un poco el ritmo. Pensé. Pero mi instinto me decía que lo intentase. No sabía si podía o no, pero debía luchar. Había que intentarlo. Me sentía en deuda conmigo misma. Necesitaba sacar esa garra que no había podido sacar antes y necesitaba vaciarme como siempre lo hago. Eso de regular no va conmigo, aunque a veces sea necesario. Pensé que ya había regulado bastante en la bici. Así que me decidí: puse una marcha más y la volví a adelantar.

 

Me limité a correr por sensaciones. A mirar el reloj tan solo cuando pitaba el kilómetro y aluciné de ver esos ritmos que para mí eran estratosféricos. Al menos hasta ahora. Los últimos entrenos me decían que era capaz de hacerlo pero es algo que no te lo acabas de creer. Me sentía fuerte. Me sentía entera y me sentía eufórica. Nada me frenaba y percibía que el público me empujaba. Los ánimos que recibía eran brutales. No podía dejar de venirme arriba. Las buenas sensaciones acompañaban a las buenas vibraciones y eso me iba retroalimentando de sobremanera.

     

 (foto: emegebe8)

Entré en ese circulo vicioso de cuanto más das más recibes. No siempre pasa, pero el día que ocurre…, solo toca saborearlo, disfrutarlo y beneficiarte de ello. En cada vuelta iba a más. O mejor dicho, no iba a menos. Veía que estaba recortando grandes diferencias con Sara y me motivó la idea de poder llegar a alcanzarla. A la misma vez, me tranquilizaba el hecho que, por detrás, la brecha con mis rivales cada vez era más amplia.

 

Las vueltas pasaron muy rápido. Cada tramo de carrera tenía su aliciente y su motivación: el cariño del público, los hinchas de Lanzarote por un lado, los de Gran Canaria por otros, la de muchos familiares por todos lados, los voluntarios que, además de su gran labor y dedicación, no pararon de animar en ningún momento, los trabajadores del hotel Marina Elite dando bebida y animando también “al pie del cañón”… Pero el espectáculo también estaba dentro de la pista. Era un auténtico lujo ver correr al gran Frodeno con esa clase inigualable. Imposible no quedarse ensimismada al ver pasar a todos esos “súper clase” y sentirse afortunada de tú también estar allí. Y el volver a ver a tanto compañeros y el podernos animar mutuamente (sea con un grito o con un gesto). Y, por supuesto, mi mayor motivación era el cruzarme con Javi; que, además, estaba corriendo como nunca y eso me hacía muy feliz. Qué fino estaba. Qué fuerte se le veía y, por fin, lo estaba demostrando en carrera. Me alegraba mucho, pero me picaba el no recortarle ni un metro. Por más que le decía que debía correr más que yo en carrera (porque corre más que yo) nunca lo lograba. Sin embargo, ayer que lo estaba haciendo… me piqué con él (Jajaja). Cómo somos. Pero cómo mola.

     

 (foto:trisurest_)

Aunque mi competición no era esa, por supuesto. Le estaba recortando tanto a Sara que en mitad de carrera la alcancé. Quise esperar un poco. Quise regular porque aún quedaba mucho por delante. Pero no había quién me retuviese. La pasé con mucha fuerza y, el ver que a medida que yo avanzaba ella se quedaba más atrás, me dio mucha confianza. Realmente no sabía como iba, pero creía intuir que había logrado entrar en el deseado top5. Sinceramente no tenía más que hacer que defender esa posición (que no es poco) porque es cierto que por delante la cosa estaba totalmente decidida.

 

Es cierto que las últimas dos vueltas se hicieron muy duras. Tanto es así, que en la tercera todos dudábamos si nos quedaba una más o no. Hasta Javi en la última me preguntó: ¿Otra? Je,je, cómo duele eso. El calor apretaba fuerte y además me faltó agua. Me faltó poder beber y refrescarme un poco más. Aún así conseguí mantener ese buen ritmo en todo momento. Me ayudó mucho pensar en todos los consejos de Carles y eso me mantuvo muy motivada. Conseguí controlar mi cabeza como no lo logré hacer en el sector ciclista. Y, gracias a ello, las cosas salieron tan bien.

Alcancé la meta. Eufórica por lo logrado, por las buenas sensaciones y por el buen parcial a pie. Cómo había disfrutado. Cómo había saboreado al máximo el hecho de volver a competir. Y no había mejor lugar para empezar la temporada que hacerlo en la “isla”. Con buen clima, con tan buen ambiente y con ese buen rollo que siempre desprenden los canarios.

 

Y allí estaba Juanan para recibirme. Para darme un abrazo y ponerme la soñada medalla. No hay mejor regalo que un amigo te espere en meta. No pudo haber mejor final de carrera.

Aunque me quedo con el post carrera. Compartir vivencias con los compañeros, con otros triatletas, con muchos amigos y, por supuesto, lo que no podía faltar: la cena de despedida. Qué haríamos sin esos tan buenos ratitos.

   

   

Gracias a todos por vuestro apoyo y cariño. Vamos a por la siguiente.

 

6 de diciembre, llegó el gran día. Challenge Daytona, PTO Worldchampionship.

He dormido bien. Mucho más que en lo habitual en una noche previa a una carrera. Será porque esta vez los nervios están templados. Estoy contenta. Me siento con ganas y motivada y me alegro por ello. Esa sensación no llegaba y me asustaba. Pero por lo visto está todo en orden y listo para el momento.

Desayuno, preparativos y para la carrera.

10:00h Todas preparadas dentro del agua y suena el bocinazo de salida. Sprint a muerte para coger sitio, pero no hay plazas libres. Todas nadan mucho. Yo no quiero ser menos. Estar en el grupo tiene un precio muy caro: golpes, tensión, agobio… Era precisamente lo que más temía. Con todas las magulladuras del accidente quería evitar que me tocasen a toda costa, pero… ha sido imposible. Aun así, debo reconocer que con la adrenalina del momento no me ha dolido más que en lo que, en circunstancias normales, te da la carrera.

El sprint no termina. Boya tras boya sigue la pelea por estar en ese grupo y el ritmo no afloja. Sí que lo hace la que va delante de mí. Y, a pocos metros de terminar la primera vuelta, me quedo cortada. No puedo acelerar más, pero no puedo perderlo. La salida del agua para completar el tramo a pie del paso por vuelta me aleja aún un poco más. No solo por el “globazo” que llevaba ya, sino porque, con la herida de la rodilla, en el momento de flexionar la pierna para salir del agua y correr me dolía horrores con el neopreno. <<Judith ¡no puedes perderlas! Hoy no se puede dejar escapar a ningún grupo>> me digo a mi misma. Así que toca seguir con el sprint. Sin embargo, esos escasos 4 metros eran insalvables. La única suerte fue que toda la fila se escoraba a la izquierda. De manera que si ponía el mejor rumbo conseguiría engancharlas. Así fue ¡lo conseguí! Justo llegando a la última boya (a 200 metros de la salida) consigo enlazar con el grupo para, al menos, no quedarme cortada en bici. 2.000 metros de natación esprintando: primero, para no perder al grupo, y después, para volver a cazarlo. Infernal. Pero valió la pena. Me valió para seguir metida en carrera nada más subirme a la bici y, aunque algunas se esfumaron por arte de magia, otras me perseguían ahora a mí. Sabía que el Top10 estaba lejos pero ahí estaba, en el grupo perseguidor y con “cracks mundiales”.

Os he contado que la natación fue en sprint de principio a fin. Pues creedme si os digo que en el sector ciclista no fue diferente. Dos primeras vueltas muy duras para coger sitio en el tren de la bruja. Aquí también hubo peleas. Nadie quiere quedarse atrás porque, si te bajas, estás muerta. Las vueltas siguen. El ritmo es frenético. La tensión es brutal pero no se puede parar. Me siento como una peonza que gira y gira y que, si la frenas, se cae. Caerme no me caí, aunque algún susto me llevé. Todas buscábamos pegarnos al máximo a la izquierda. Tanto que hacíamos temblar los conos. Lo malo es que alguno casi me tumba a mí. <<Judith, nooooo. Que ya tienes mala experiencia con los conos>>. Culpa mía siempre. Unas por despiste y aquí, por apurar. Pero creedme que el ritmo era de vértigo y había que arriesgar en todo si no querías perder la carrera.

El “tren” me ha dado un buen trayecto. Estoy contenta. Ha sido duro. Con momentos muy malos y sin tiempo de mirar ni una vez el paisaje. Ni evadirse. Había que llevar el cinturón bien abrochado porque la velocidad era altísima y en las curvas peligraba. He ido cambiando de vagón varias veces y hasta he hecho de maquinista. Nos ha pasado algún otro tren a gran velocidad que solo pude contemplarlo; aunque también hice algún que otro adelantamiento. Lo más duro ha sido aguantar la posición durante cerca de dos horas. Que dolor de cuello, de hombros, de brazos… Muy, muy duro. De las piernas ni hablemos. En la mitad de la bici ya notaba como los cuádriceps se empezaban a desgarrar. Notaba como si fuesen hilos que se empezaban a deshilachar. Sabía que era fruto de tan gran esfuerzo. Los aductores se contraían por toda la tensión y los glúteos se engarrotaban. Solo tocaba rezar para poder bajarme y poder correr dignamente después de ese esfuerzo tan estratosférico. 20 vueltas. 80 kilómetros a 40,4km/h de media. Un tramo de viento en contra y otro con viento a favor, aunque ese ni se notaba. Parecía que nunca iba a llegar a su fin. Parecía que nunca iba a detenerse esa peonza. Pero lo hizo. Orgullosa de aguantar la pelea. Orgullosa de conseguir meterme en carrera y por una vez no perder ruedas tontamente. Me ha costado mucho esfuerzo. Por momentos (en cada vuelta me atrevería a decir) he temido perder al grupo. Pero en este mundial no me estaba permitido y lo he conseguido. Por cabezonería diría. Aun así… conseguido. El esfuerzo mental ha sido casi tan duro como el físico. Ha tocado convencerse en cada vuelta que podía aguantar una más. Así hasta la última. Había que estar metida en carrera en cada segundo y no se podía perder la concentración por nada del mundo. Quedaba correr.

 

La T2 se hace dura y vuelven a hacerse presentes los dolores de las heridas. Agacharse, ponerse los calcetines y calzarse se me hizo verdaderamente un suplicio. Sin embargo, ni eso conseguía lamentarme o perder segundos. Y mucho menos rendirme. Salí fuerte. Las piernas estaban muy tocadas, también el hombro. Sin embargo, lo peor resultó ser el controlar la respiración. No quería bajar el ritmo. Aunque no sabía si iba a poder aguantar esa intensidad. ¡Vamos a intentarlo! Ya no hay nada que perder.

En los primeros kilómetros noté que empiezo a tener una sensación de mareo y siento como si perdiese un poco la lucidez. <<!No me hagas esto! ¿Es solo un fantasma que trata de asustarme, o realmente debo preocuparme?>> Era lo que más temía: tenía pavor a que aparecieran esas malas sensaciones en la cabeza a raíz del accidente. Ha sido una semana muy dura. Con mareos, con mucho dolor de cabeza. Lo que no quería era sentir eso en carrera. Me asustaba porque me preocupaba poner mi salud en riesgo. Y es que, entre los médicos que me habían advertido que después del fuerte golpe podían quedar secuelas y gente cercana que me recomendaba no correr por los efectos secundarios, reconozco que con eso estaba un poco asustada. Aunque, por suerte, rápidamente sentí que todo estaba resultando ser puro fruto del esfuerzo del momento. <<Falsa alarma. Seguimos>>.

La carrera a pie se hizo interminable. Parecíamos hormiguitas avanzando por el mismo escenario por el que habíamos volado minutos antes. Esa vez, solo cuatro vueltas, pero os aseguro que parecían mucho más largas. Iba a buen ritmo, aunque por más que me esforzaba no conseguía dar caza a más de dos o tres. No estaba mal. Sin embargo, a las que pasaba, eran prácticamente a las mismas que me sobrepasaban a mí. <<Así no hacemos nada Judith>>. Luchar como lo estaba haciendo ya era mucho y estaba contenta por ello. En cambio, una vez que te ves ahí, siempre quieres más. Y ya que estás buscas lo mejor. Y lo mejor era conseguir el Top20. Aun así, por más cerca que estaba, no lo conseguía. Y finalmente se me escapó. Desgraciadamente, a escasos 400 metros de meta, Heather Jackson me ha dio caza y por pocos segundos, cinco solamente, se me esfumó el puesto 20. No era solo una cuestión de orgullo y satisfacción personal. No era solo conseguir un gran resultado, que era a lo único que podía aspirar. Sino que también era una cuestión de dinero. Hasta el puesto 20 se ganaba algo más. A partir de ahí, todas cobrábamos lo mismo, hasta la última casilla. Seamos realistas: el dinero es importante y es una gran motivación también en carrera. No se puede negar. Es un valor añadido. Os aseguro que después de este maldito viaje (con cancelación de dos carreras, el accidente (como supongo, ya sabéis que la sanidad no es gratuita en EEUU), mil gastos y algún que otro imprevisto más que siempre hay en estos viajes transoceánicos), el dinero hacía mucha falta, jejeje. Pero seamos honestos. Aun así hay que decir que el dinero es secundario. Estoy feliz de mi carrera. De mi rendimiento. De mi lucha y de mi superación después de todo lo acontecido en los últimos días. Y estoy feliz con el resultado. Siendo sincera, no podía aspirar a mucho más. Desde un principio dije que el Top20 estaba muy caro y esa era mi mayor aspiración. Contaba con quince chicas que iban a quedar fácilmente por delante de mí. Y aunque siempre falla alguna de las favoritas, también aparece alguna que no te esperas. Y por supuesto que tenía claro que iba a luchar por estar entre la quince y la veinte. Sé que no tuve buena suerte con caerme días antes, pero también es verdad que otras han tenido episodios parecidos y que no han podido ni siquiera salir a competir: lesiones de última hora, bajo estado de forma, etc. Así que estoy muy contenta de finalmente haber podido competir y vivir una experiencia que ha sido “BRUTAL”.

Realmente he sentido emociones únicas. Pensaba que cosas así las viviría en Hawái, pero este mundial me las ha hecho vivir. Lo ha conseguido. Verme pelear con las mejores, vivir esa experiencia dentro y fuera de carrera… ha sido brutal. Además, vivirlo en un circuito así lo ha hecho aún más emocionante. Todas tan cerca, aunque a la vez tan lejos algunas, jejejeje. Pero poderlas ver tan bien de tú a tú y disfrutar de sus carreras también es genial. Igual que vivir la de los chicos y ver como de igual forma ha sido agónico para ellos. Es qué vaya carrera. Qué dura. Qué larga y qué corta a la vez. Larga porque tanto sufrimiento cuesta soportarlo y corta porque no hay tregua. No da tiempo ni para pensar en vueltas, en números, en distancias ni en kilómetros.

¡QUE CARRERA! Pero tengo que decir que casi ni os la puedo contar. Que por poco ni la puedo vivir. Como bien sabéis, sufrí un grave accidente tan solo hace diez días. Si me permitís os cuento que pasó. Realmente hasta hace unas horas creía que mi crónica acabaría aquí. Sin la carrera.

Empezamos a preparar nuestro viaje a Daytona desde que supe que estaba clasificada. Hace meses. Pero como bien sabéis, el COVID nos lo ha ido complicando todo. En un primer momento nos planteamos irnos vía Méjico y estar allí entrenando quince días por Cancún o Cozumel para poder cumplir con la cuarentena que nos permitiera viajar a USA. Lo teníamos casi listo cuando la PTO, afortunadamente, nos anuncia que me va a conseguir un visado como triatleta profesional y que con eso podemos entrar en EEUU sin problema (yo y mi acompañante). Buenas noticias, cambio de planes. Decidimos aprovechar el viaje a los Estados Unidos y competir también en dos carreras más. Realmente fue idea de Javi Hidalgo, nuestro amigo en Miami. El cual no solo nos iba a acoger en nuestra estancia allí, sino que nos estaba ayudando con todos los trámites: la logística y todo eso… Así que, confeccionamos la ruta definitiva de nuestra expedición. Empezamos viajando a Texas para competir en el 70.3. Desde allí, volaríamos a Miami donde nos hospedaríamos hasta el día 1 (que toca concentrarse en Daytona), después del mundial nos marcharíamos a Florida para competir el fin de semana siguiente en el 70.3 y desde allí a Orlando, donde nos quedaríamos unos días y terminar ahí nuestro viaje por Estados Unidos. Pero… Nada empezó bien. Justo en el momento que embarcábamos en el último vuelo que nos llevaba a Texas, Ironman anuncia que suspende la carrera. A solo tres días del evento. Primer golpe duro. Sin margen de maniobra nos toca llegar a Texas y reestructurar el viaje desde allí. Desmotivador. No sólo costó asimilar la anulación de la carrera (y más como profesional) sino que supuso un palo gordo a nivel económico: pérdida de vuelos, coger otros, perder el hotel, el coche de alquiler, la inscripción (Yo no, porque soy Pro, pero la de mi marido sí)… En fin. Tocaba adaptarse.

Viajamos antes de lo previsto para Miami y nos hospedamos en casa de Javi. Estábamos como en casa: anfitrión de lujo, guía, cocinero, peacer… y lo más importante: un tío de “10”. Ahí se nos pasó rápido la tristeza. Estábamos de lujo. El lugar nos encantaba. Estábamos disfrutando del turismo mientras que, a la misma vez, sacábamos buenos entrenos y seguíamos centrados en el mundial. Ese era el principal objetivo en esos momentos: Daytona.

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Y por raro que parezca. Esa misma semana nos anuncian que el 70.3 de Florida del 13 de diciembre también cae. ¡No puede ser verdad! Aunque realmente se venía venir. Bueno, aquí vamos palo tras palo, pero toca adaptarse y seguir con el gran objetivo: el Mundial de la PTO.

Llevaba días sacando buenos entrenos y motivada al 100% para sacar una gran carrera. Me encontraba mejor que nunca. Además, sentía que el viajar antes me había ido genial para adaptarme al clima y olvidar a tiempo el  jet lag. Pero nuestra suerte iba a volver a cambiar.

Jueves 26 de noviembre, día de Acción de Gracias en EEUU. Acabamos de sacar unas buenas series en mi entreno de bici. Estoy contenta por ello. Además, hemos tenido la gran suerte de ver un cocodrilo en mitad de la carretera y más tarde paramos para ver una cría y la he podido tocar con mis manos. Un gran día. Solo nos quedaba rodar fácil hasta casa, poco menos de 30 kilómetros y marcharnos a celebrar nuestro primer “Thanks Giving” con la familia de Javi. Pero, nunca sabes lo que te va a deparar el destino.

Iba rodando en fila detrás de nuestro amigo Javi. Detrás de mí lo hacía mi marido. Íbamos concentrados con ganas de llegar a casa y luchando contra el viento sobre los 36km/h. Todo iba bien. No recuerdo nada extraño cuando de pronto me despierta alguien que me coge del cuello para estirarme en una camilla. <<¿Dónde estoy? ¿Qué ha pasado?>> No entendía nada. Veo que hay un tío vestido de ciclista cerca de mí. No sabía quién era (pero era mi amigo Javi al cual no reconocía). Veo que mi marido está de pie a mi lado con mirada preocupada, pero creo verlo bien. –Menos mal, él no se ha caído– intuí. Veo un policía cortando el tráfico y muchos coches. Muchos servicios de emergencia. No entendía qué había pasado, pero parecía obvio. Veo mi bici tirada en la cuneta. Me viene a la mente que he oído algo como un pinchazo, pero… ¿Cuándo he vivido eso? No lo recuerdo. Siento que me vuelvo a alejar de este mundo. De hecho, siento que me estaba yendo sin enterarme de nada. Sin embargo, alguien parece impedirlo. Un tío me habla para que no me evada. Me pregunta, pero yo no escucho nada. Poco después noto que voy en un vehículo. Pero… ¿Quién me ha metido aquí? ¿Cuándo han hecho esto? Me estoy volviendo loca.  Siento que mi vida se esfuma a intervalos y no me estoy enterado de nada. Me agobio. Todo eso me daba una gran ansiedad. No podía abrir los ojos y no sentía que pudiese ver nada. Lo que quería era buscar en mi cabeza y encontrar mis recuerdos. ¡No los tengo¡ <<¿Dónde estoy? ¿Qué año es? ¿En qué mes estamos?>> ¡No sé nada¡ ¡No recuerdo nada¡ Intuyo que algo ha pasado. Era obvio que me había caído y sabía que había sido en bici, pero no sabía dónde estaba, ni en qué país, ni en qué mes, ni en qué año. Todo era muy extraño. Solo quería averiguarlo. Sin embargo mi cabeza no me daba respuesta alguna y empecé a asustarme de sentir todo eso. <<Pero, estoy viva, ¿no?>>Escucho que me preguntan mi edad. Creo que me la sé y creo que acierto. –“¿Dónde estamos?” pregunto. Me dicen que en Miami. –¿Miami? ¿Qué hacemos aquí?, ¿cuándo hemos venido?, ¿para qué?, ¿por qué? Mientras, siento que me evado pero que vuelvo a la realidad y empiezo a conseguir respuestas (aunque me costaba). Me relajó. Me emociono al notar que de nuevo soy yo. De golpe pregunto en voz alta: –¿Hoy es acción de gracias? Una chica me contesta que sí. Me doy cuenta de que ya no estoy en una ambulancia, estaba en una cama y noto que estoy desnuda. ¿Cuándo me han quitado la ropa? Todo eso era muy extraño. ¿Qué me está pasando? ¿Solo me estoy quedando dormida o me he ido un poco más lejos? Me preguntaba. Pero prefiero no saberlo. Intento relajarme y entonces sí que siento que me duermo. Aunque me fueron despertando varias veces, sin querer: una, noto que me pinchan en el brazo, otras porque noto que me ponen un tubo por la nariz, luego porque me meten en una máquina… Aunque con todo ello no consigo mantenerme despierta. Tenía mucho sueño. Y mucho, mucho frío. De golpe me despierto. Estoy en la habitación de un hospital. Ahí sí que lo veo todo con claridad. Me acuerdo de todo (Bueno, hasta antes de caerme). Mi menté lo último que recuerda es que iba en bici con los dos Javis. ¡Javi!  –grito ¿Y marido? ¿Dónde está? ¿Qué le ha pasado? Me dicen que esta bien y que él también se ha caído. Que le están mirando porque se ha llevado un fuerte golpe en el brazo, pero que por suerte no hay nada roto. ¡Mierda! Se habrá caído por mi culpa. Recordaba que iba detrás de mí. –Quiero verlo. Dije. Necesitaba verlo. Nuestro amigo Javi entra en la habitación. Ahí sí que lo reconocí. Menos mal. Me sentía mal por ello. Después de todo lo que estaba haciendo por nosotros. Se me acerca y me hace una videollamada con Javi que estaba en otra sala y entonces lo pude ver. Y me veo yo. ¡Dios mío! –Me falta media cara. ¡Que horror! Sabía que me dolía todo. Sentía que me había hecho mucho daño. Sin embargo, verme con media cara ensangrentada me hizo pensar que el golpe había sido muy fuerte. Pero ya estoy aquí, me dije. Y lo mejor era que Javi estaba bien, también.

Los médicos me proponen quedarme un día más en observación y me advierten que, aunque las pruebas han salido bien, a veces las cosas se pueden complicar. Aun así, firmo mi consentimiento para salir del hospital. Solo quería irme para casa. Tenía frío. Tenía ganas de lavarme, de ducharme. Quería dormir y no despertarme hasta que esa pesadilla se hubiera esfumado.

 

“Soy Javi. Marido de Judith. Triatleta amateur, y el que en adelante os va a narrar la parte que os falta. Y lo voy hacer por necesidad de sacar lo vivido, lo que sentí en cada momento durante esas tres horas, en las que mi mujer, tuvo esas lagunas de memoria.

No me extiendo. Íbamos en fila. Javi en primer lugar, Judith (acoplada) y yo detrás, también acoplado. La velocidad, no era muy alta, exactamente no os la podría decir, lo que sí que puedo deciros, es que volvíamos suave. Íbamos felices de haber visto cocodrilos y ansiosos de celebrar nuestro primer thanks giving. Alzo la mirada. Veo como Judith percibe algo y levanta su brazo derecho del acople. En ese momento su rueda delantera gira de forma brusca a la izquierda “debió haber topado con algún objeto de una forma totalmente sorpresiva”. Judith, no tiene margen de maniobra y cae de forma parabólica en la misma dirección en la que íbamos. La caída no la llego a ver, pero sé que es fuerte. Muy fuerte. Intento no pasar por encima de mi mujer y, aún acoplado, muevo el cuerpo hacia la derecha pasando por encima de su rueda trasera y cayendo de espaldas a la calzada. El golpe fue fortísimo. Estoy tumbado en medio de la vía, dolorido y sin poder respirar. Alzo la mirada y la busco a ella. La veo a un metro aproximadamente de mi. Sus ojos, medio abiertos, no miran a ningún lugar. Tiene el rostro ensangrentado y de sus labios cae un reguero de sangre. <<No puede ser. Tengo que levantarme>>. Sigo sin apenas poder respirar. Sé que es del golpe y que poco a poco me irá saliendo ese aliento que tanto necesito para ir junto a ella. Sin pensarlo me intento levantar. Javi me grita: <<que hago>>. –Llama a la policía y a una ambulancia. Le digo.

La vista se me nubla. No veo y vuelvo a caerme hacia el arcén. Tengo ganas de vomitar. Mi mente va a mil. Necesito verla. Necesito ponerme bien. ¡Ya!

Un hombre, pregunta: –¿Necesitáis algo? –Le digo: “Agua, agua”. Deja en el suelo dos botellines. Cojo uno con mi brazo derecho, pero, cuando lo intento abrir, me doy cuenta que algo malo tengo en el hombro. No puedo soportar el dolor. Vacío como puedo todo ese botellín de agua sobre mi cabeza. Ahora sí. Parece que mis constantes vuelven a su sitio. Me acerco a ella. Me tumbo a su lado. Le miro la lengua. Miro su respiración y observo su mirada. La cojo poco a poco: “Cariño soy yo. Mírame” –le digo. Parece que reacciona. Su mirada sigue en otra dimensión, en ese lugar donde quiero llegar. La consigo incorporar. Le miro la cabeza. Parece que no tiene ninguna herida sangrante y hago algo que, pensado fríamente, no debía haber hecho. Le quito el casco para poder enfriar su cabeza con agua, como anteriormente había hecho conmigo mismo. Fija su mirada en mí y, de repente, la cambia y observa el entorno. No dice nada. Está calmada. Su rostro me preocupa. En cuestión de dos minutos su cara se ha inflamado muy rápido. Tengo claro que puede haber sufrido una conmoción cerebral fuerte. Eso me preocupa. Y mucho. Tengo miedo. Llegan policías y bomberos. Y, a los diez minutos, los sanitarios. En todo ese transcurso de tiempo me quedo a su lado. Mirándola. Intentado razonar con ella. En no menos de 10, 15 ó 20 ocasiones, me pide que le explique dónde estamos. Que le explique qué ha pasado, quién es toda esa gente, por qué estamos en Miami… Una vez le contesto, aparta la mirada de la mía, vuelve a mirarme y, de una forma muy pausada y tranquilla, me repite las mismas preguntas. Las que yo, incansable, le contesto una y otra vez. Un bombero me coge a parte cuando a Judith le estaban colocando la tabla espinal y el collarín. Me informa que la van a llevar al hospital ya que deben realizarle pruebas. Le digo que no hay problema pero yo voy con ella. Me dice que no. Que por la pandemia del Covid no está permitido trasladar a familiares con los enfermos. Le digo que yo también me he caído y que, de ser así, también quiero que me trasladen para poder hacerme pruebas en el mismo hospital. Me comentan que deben activar a otra ambulancia. Lo siento, pero hasta aquí hemos llegado. Les pido de buenas formas que no pienso separarme de ella. Que haré lo que me digan. Que no controlamos el idioma y que tengo que ir con ella, pase lo que pase. Finalmente, gracias al buen trato con mis compañeros policías, me hacen un hueco en esa inmensa ambulancia y me trasladan con mi mujer.

Sin poder verla, la introducen en una sala y a mí me informan que debo esperar en una salita. Unos cuarenta minutos más tarde, una doctora me dice que Judith está bien. En un principio no tiene lesión interna y que en un rato la podré pasar a ver. Ahí sí lloré. Y mucho. Estaba muy asustado. No quería, pero en mi mente había un pensamiento malo que me decía que me podía quedar sin ella, sin su presencia, sin nuestros día a día. Y no podía soportarlo“.

Javi Cano.

 

Los días siguientes fueron muy duros. De pena. Como podéis imaginar porque seguro todos habréis pasado momentos tan duros como el mío. Las heridas son horribles. No dejan descansar, no dejan dormir y no dejan estar cómodo en ninguna posición. Los dolores eran muy fuertes en varias partes del cuerpo. Sobretodo el hombro donde me llevé un fuerte impacto. Pero la peor parte era en la cabeza. El dolor intenso no desaparecía y era como si algo no parara de dar vueltas dentro de ella. Y eso, además de molestar, me asustaba. ¿Estaría todo bien? Suponía que después de un golpe tan fuerte era normal. Era tanto el dolor de la cabeza como el de pómulo, y el de la sien. Así que solo quedaba pasar el día en cama, descansar, recuperar y comer puré porque ni si quiera podía masticar con normalidad ni abrir mucho la boca por el dolor de la mandíbula. Los días pasaban muy lentos. Se hace muy duro cuando estás así. Pero a la vez pasaban muy rápido. Rápido porque el tiempo se acababa. Se acercaba la hora de competir y la mejoría era lenta día tras día. No sabía si llegaría. No sabía si sería capaz de hacerlo, pero quería intentarlo. Me despertaba cada día con la ilusión de poder conseguirlo. Sin embargo, cuando sentía que solo ir hacer pipi se convertía en una odisea, me costaba creer que pudiera conseguir algo más que eso.

(si no os importa, me he ahorrados todas las fotos desagradables del accidente y la recuperación)

 

Tocaba intentarlo. Tocaba empezar a probarse y lo fui haciendo muy poco a poco. Apenas nada en esos diez días. Además, sentía que todo lo que hiciera restaba más que sumaba. Cada día tenía más claro que iba a estar en la línea de salida, pero a la vez no veía nada claro poder correr con garantías, poder acabar la carrera. Me sentía débil, sin fuerzas. Con falta de energía y reconozco que de pundonor. El cuerpo estaba muy mermado y costaba pedirle a la cabeza que hiciera un esfuerzo estratosférico.

Estábamos a sábado. A menos de un día de mi carrera. Pero ese día, el protagonista era Javi. Hoy le toca a él competir. Me había suplicado que no fuera a verle, que descansara. Pero como comprenderéis, no podía quedarme tumbada en la cama del hotel mientras él competía. Fui a verle, a animarle y a esperarle llegar a la meta. Se lo merecía y yo quería estar allí. Él sufrió mucho con nuestro accidente. Sé que más por mi que por él, pero os aseguro que él también estaba muy dolorido. Así que no podía fallarle ese día. Debía estar a su lado como él ha estado en todo momento por mí. Priorizando mis cuidados a los suyos.

El sábado tarde fue duro. El dolor de cabeza no se me iba. Llevaba así un día entero. Me preocupaba. Me entristecía. Y realmente no veía la hora de salir a competir.

Ahora sí. La historia acaba aquí. Nuestra odisea por las Américas llegó a su fin. Siento a ver sido tan trágica, pero así fue nuestro viaje. Quiero hacer una mención especial a nuestro amigo Javi por cuidarnos tanto y preocuparse por nosotros en todo momento.

Acabó esta temporada. Una temporada tan atípica pero con la satisfacción de haber logrado correr en un mundial inigualable. Tan solo tres carreras este año, pero con una primera inolvidable en la que conseguí el pase a Hawai y con una última para enmarcar.

Todo ello lo mejora el hacerlo al lado de mi gran apoyo: mi marido. Y la suerte de tener grandes patrocinadores y contar con toda esa gente “increíble” que me ayuda sin pedir nada a cambio.

Gracias a mi familia por apoyarme siempre. Sé que os he hecho sufrir en esta última aventura más que nunca. Y lo siento.

Gracias a todos los que me apoyáis día a día: en los momentos buenos y en los no tan buenos. Y gracias por vuestra admiración y cariño.

Gracias a Iván, mi entrenador, por guiarme un año más. Por sacar lo mejor de mí y motivarme tanto.

¡A ver que nos depara el 2021!    Suerte a todos.

 

 

02:30 de la madrugada. Insomnio post carrera. Ya lo había olvidado. Pero, bendito sea. Que ganas de volver a escribir y contar una carrera. ¡He (hemos) vuelto a competir!

 

Y aquí va la crónica…

Cuando por la tarde, antes de competir, te encuentras, en tu mismo hotel, a tus padres por sorpresa… ya sabes que las cosas van a ir bien.

Sí! Ella es mi madre!! (foto: Cris Guerrero)

 

Esta carrera no estaba planeada. No nos engañemos. No la había preparado. Aún estoy saliendo (o espero estar saliendo ya) de una lesión que me ha dejado meses sin correr y sin poder coger la cabra. Y eso, sumado a la falta de carreras por la pandemia, ha hecho que mi estado de forma no fuese óptimo. Falta de volumen, falta de ritmo, no haber podido seguir una planificación estricta y adecuada a la carrera, dejarme un poco con la dieta, etcétera… No quiero poner excusas, nunca lo hago, pero tengo que ser sincera y poneros en la situación real. No digo que no estuviera para competir, podía hacerlo, pero no me sentía al 100% y quizá en otras circunstancias no lo hubiera hecho. Normalmente vas a una carrera porque quieres, porque te sientes fuerte y con energía para lograr tus metas. Sin embargo: ¿no crees que tu meta ahora es volver a competir? – me pregunté a misma.

 

Ese motivo fue suficiente para que dos semanas antes decidiese estar aquí. Iván me dio el visto bueno. Aunque el que me acabó de convencer fue Diego (de Planeta Triatlón). Lo hizo a través de Rocío haciéndome saber que la PTO iba apoyar el evento. No les podía fallar, a ninguno de ellos. Ni a mis patrocinadores que siguen ahí, al pie del cañón y que se merecían que yo también lo estuviera. Y por supuesto, a mí misma. ¡Qué eres triatleta, joder! ¡Qué eres deportista! ¿Compites solo para ganar… o porque te gusta esto? No tenía que convencerme de nada (bueno, un poquito sí. Jejejeje) Pero no es fácil cuando te gusta dar lo mejor de ti. Y en esos momentos sentía que no lo tenía. Sobre todo cuando la lista de inscritas me hacía difícil luchar por el pódium y cuando, la semana de antes, tenía planeado un viaje a Dolomitas con mi marido (por puro placer).

 

Por supuesto, no dejamos de hacerlo, pero la carrera lo condicionó inevitablemente. Intentamos (y no digo que lo consiguiéramos) cuidar un poco más la dieta. Lo que si conseguimos fue meter un poco de carrera a pie y buscar una piscina para, al menos, tocar agua dos de esos ocho días. ¡Aig! Si es que no tenemos remedio. El triatlón corre por nuestras venas.

Por si fuera poco, tanto los medios de comunicación como muchos triatletas me daban como favorita. Se agradece. –Sin presión eh !Buf!– Pero cómo les decía yo, a muchos amigos y compañeros, que no entendían porqué iba como favorita sabiendo de mi lesión y de mi estado de forma…: me lo había ganado a pulso. Mi trayectoria, y sobretodo mis resultaos del 2019, habían hecho que me ganara la condición de favorita y esa etiqueta era algo que debía aceptar. Lejos del peso que supone, tenía que valorar la parte positiva de ello e intentar defender esa condición por muy difícil que fuera. Y ojalá siga partiendo como favorita en muchas carreras. Eso será una gran señal para ver que las cosas van muy bien.

 

Os lo tengo que agradecer. Os quiero agradecer a todos los que apostabais por mí y confiabais en mi victoria. Eso es muy gratificante para mí. Me alagaba un montón leer eso en los días previos y solo por eso ya me sentía una afortunada de poder volver a competir. Y es que, sin duda, lo más bonito fue volver a sentir el cariño de toda la gente. Y de todos los vascos que siempre se vuelcan conmigo. Fue un regalo empezar a recibir tanta cantidad de mensajes los días antes de la carrera. Mensajes de gente que me escribía porque se había alegrado mucho al saber que finalmente iba a competir. Me decían que irían a verme, a animarme, a saludarme… No paré de recibir mensajes de ánimo y sobretodo mucha gente me escribió para ofrecerme su hospitalidad, para hacerme de chofer, de guía, por darme un masaje en su consulta… Era abrumador ¡Gracias a todos! De corazón.

 

Todo eso me hizo darme cuenta de cuánto echaba de menos competir. Y de qué hice bien en estar ahí. Fue realmente emocionante encontrarme con tantos amigos, compañeros, afición, speaker, organización, árbitros… Sí, a los árbitros también se les quiere y se les he echado de menos. Somos personas y el reencuentro con alguno de ellos fue realmente emocionante, como con Marta, que hasta fue inevitable estrujarnos fuerte los antebrazos. O el poder darle un abrazo a Javier Berasategui. Cómo me alegró volverle a ver. Aun me emociona recordar ese momento. Hay que celebrar la vida ¡joder!

 

Lo sé. Las medidas de seguridad fueron, como debe de ser, muy estrictas, y felicito a la organización por todo ello. Gracias a todo eso estamos compitiendo de nuevo. Sin embargo, os mentiría si no os digo que algún abrazo fue inevitable. Fue con mascarilla, tres capas de ropa y aguantando la respiración (jejeje), pero los hubo. Me quedo con el de Aida. No había mejor reencuentro que volver a verla compitiendo y hacerlo juntas de nuevo.

 

Sí. También hubo carrera. Ya empieza.

 

La salida fue en formato contrarreloj cada 3”. Yo salía la segunda detrás de Eva Valero. Así que tenía a todas las triatletas en modo persecución. Que agonía saber que te vienen todas a escasos segundos por detrás intentándote dar caza. Eso si que es presión y no lo de “favorita”. Ahora entiendo al pobre Pello que partía con el dorsal 1 con toda la tropa detrás. Era como estar en un videojuego y ver que te persigue el come—cocos. ¡Qué tensión!

 

La natación fue limpia. A pesar de nadar en la ría (Jejejeje). Fui adelantando a muchos chicos elite sin problema y a pesar de no tener referencias intenté nadar fuerte para mantener mi ventaja. Sin embargo, cuando salí del agua, vi que Anneke Jenkins ya me había tomado la delantera y yo ni me había dado cuenta de su adelantamiento. ¡Guau! Y quizá salió un minuto detrás de mí. ¡Que no cunda el pánico! Venía preparada para esto.

 

El pánico cundió cuando tocó hacer una transición sin sentirme las manos y los pies. Eso es un puro suplicio (por más que lo vivo no me acostumbro a ello): conseguir meter los dedos de los pies en los calcetines, conseguir abrocharme el caso y conseguirmeter los pies en las botas, en marcha, es la auténtica prueba de fuego del triatlón.

Reconozco que el frío fue menor del que esperaba. Sabía que en carrera siempre es soportable y decidí no taparme. Hice bien. No pasé frío. El único problema es que mis manos y pies nunca vuelven del todo a recuperar la sensibilidad y eso me dificulta un poco las cosas. Me costó beber y comer por la falta de precisión y fuerza en las manos. Y me costó frenar y tener tacto con la bici. Y es que, aunque la lluvia también nos respetó bastante, la carretera ya estaba muy mojada y junto a las hojas de pino (y otros árboles) que había, el piso se puso un poco resbaladizo. A mí eso me acojonaba. Y no era una carrera en la que sentía que quería arriesgar tanto como para jugarme el tipo. Además, ver como a algún chico le patinó la bici o le tambaleaba delante de mis narices, hizo que aun tomara más precauciones.

(Foto: Susana Etxebarria)

A pesar de no arriesgar bajando, sentí que iba fuerte. Al menos intenté darlo todo en los llanos y subidas. Me motivó pasar a Anneke sobre el kilómetro 12 y luchar en solitario. Eso era buena señal. Había pasado a muchos chicos elite en el aguay todo el resto de competidores venían muy cerca por detrás. Y ver que iba luchando la carrera prácticamente en solitario y que no me daban caza era buena señal. O eso creía. Realmente iba muy forzada, tanto de cardio como de piernas, pero debía luchar en ese sector si quería estar dentro de carrera y pelear por los puestos de cabeza. Sabía que corriendo iba a tener pocas opciones y había que intentarlo en la bici.

 

No me sentí ágil, no acababa de notar que la cosa fuera fluida en mi pedaleo y en mis sensaciones. Sin embargo, sentía que iba fuerte, que seguía cazando elites y que otros nunca se acababan de ir. A algunos les daba caza en las bajadas y eso hasta me hizo creer que iba bajando muy bien ¡Qué ilusa!

(foto: Gonzalo de las Heras)

 

El kilómetro 63 me devolvió a la realidad. En ese momento me pasó un grupo de unos 8 participantes donde iban Laura y Anneke. Me sorprendió, la verdad. Me descolocó. Y no os voy a negar que me desmoralizó. Estaba viviendo una realidad distinta. Mi cabeza estaba compitiendo en una carrera totalmente diferente y me frustró la sensación de haber hecho un gran esfuerzo en balde. Entre el estupor y el no querer pecar por meterme en zona drafting, vi como se iban alejando sin más con todo el grupo. Me faltó decirles adiós con la manita. Poca picardía la mía quizá.

 

Quizá el exceso de respeto en las bajadas me hizo perder tiempo. No lo sé. O simplemente es porque también están más fuertes que yo en bici. Lo más probable. Y con esos pensamientos me tocó lidiar en los últimos kilómetros donde el viento en contra me lo puso difícil e hizo que ese tramo final se hiciera muy largo.

 

 

Tocaba afrontar la carrera a pie. Se me hacía larga solo de pensarlo. –vamos a ver cómo podemos defenderlo– me dije a mí misma. Estaba claro que, con el ambientazo y la entrega del público en las carreras vascas, la cosa se pone mucho más fácil. Y es que, si creéis que el frío, la lluvia, el viento o la pandemia les condicionó, estáis muy equivocados. Al contrario, salieron con más fuerza y ganas a la calle para volcarse con nosotros. En el momento que empecé a correr y pasé por delante de ellos ya sentí como subían los decibelios. No hay mejor placer, os lo aseguro. Es indescriptible esa sensación de notar como sus gritos te empujan, como se unen a ti, a tu esfuerzo. Una tiene que tratar de controlar esa emoción.

 

No me bajé a correr tan lejos de la cabeza. La gente me gritaba que a un minuto y escasos segundos (y a saber cuánto tiempo más tras la diferencia de la salida). Tuve el impulso de intentar ir a por ellas. Era yo la que tenía la posibilidad de darles caza, pero sentía que no había de dónde tirar. Iba forzada, con el pulso muy alto y sin saber cómo iba a responderme la lesión y “las patas” a medida que pasasen los kilómetros. Debía ser algo conservadora. Al menos al principio. Y asegurarme que podía completar la prueba. Era mi principal objetivo. Además, la ventaja por detrás era grande. Aída, Guru y el resto de chicas venían lejos. Guru venía muy fuerte, estaba segura de que algo le debía haber pasado para estar tan rezagada. Así que era importante correr con cabeza y asegurar ese puesto tan valioso en ese momento. Y más, dadas las circunstancias. Lo único malo, o la única extraña sensación, era sentir que ya estaba fuera de carrera; que poco podía hacer. Entonces… es cuando te acomodas ¿Cómo somos, eh? Siempre queremos lo difícil. Nos va el riesgo.

(foto: Ion Zagusti)

 

Me limité a mantener el tipo. A llevar un ritmo que me permitiera no desfallecer. Traté de disfrutar del ambiente para hacer que los kilómetros fueran más llevaderos. Y es que realmente, mientras corría, valoré lo importante que era el volver a estar compitiendo de nuevo. Me di cuenta que estaba participando en un campeonato de España de Media Distancia. En una carrera de un gran nivel donde, en muy pocas ocasiones, se ha visto algo igual. Parecía que estaba en el paseo de la fama: Javi Goméz Noya, Godoy, Gustavo, Morenito… Anneke, Guru, Aída, Laura…Y Marcel Zamora entre el público. Y es que sentí que además había algo especial y que, por muy tocados que fuéramos, nos íbamos alentando todos con un grito o con un simple gesto o mirada. Y es que el circuito nos permitía vernos en todo momento. Y eso es un lujazo. Sobre todo el poder cruzarme en cada vuelta con Javi y ver lo bien que iba. Realmente estuve muy distraída. Hasta me pasó una cosa curiosa: Y es que no sabía que Eneko, con el que coincidí en el campus de Lanzaorte, tenía un hermano gemelo que estaba viendo la carrera. Pues no sabéis la paranoia mental que me hizo al ver en la primera vuelta a “Eneko” en el público preguntarle con un gesto si estaba bien y después verle corriendo en las vueltas siguientes. Aig Dios mío. No entendía nada. Aún me estoy riendo sola.

Me costó entrar en carrera, pero en la última vuelta no quería que se acabase. Estaba disfrutando mucho y no quería que aquello finalizara. Quería saludar a todo el mundo. Quería agradecer todos aquellos ánimos. Agradecer a mis padres, a Cris e Isa, Itsaso e Iña, Raquel e Iker, Mikel, Alberto…., a muchos, a una larga lista de personas que me ofrecieron tantos ánimos. A muchos no pude verlos, a otros solo conseguí oírles. Y como me pasó con Helene y Axi que, en la última vuelta, sí conseguí localizarles y pude lanzarles un saludo. ¡Que ilusión! Aunque me quedé con ganas de charlar un rato con ellos y saber como estaban.

 

Y finalmente, llegué a la meta. Tercera posición en carrera y segunda en el Campeonato de España. Satisfecha con el resultado y contenta con mi rendimiento. Felicitar a Anneke y Laura por su gran carrera. Sinceramente: ni estando al 100% hubiera podido con ellas, fueron muy superiores. Felicitar al resto de triatletas por defender una carrera nada fácil por las condiciones meteorológicas. A la organización y la FETRI por el gran trabajo. Y a la PTO por su gran apoyo.

 

 

Embrum (Francia), 5.45h de la mañana del 15 de agosto. Estoy a cinco minutos de empezar el Embrunman triathlon. Es de noche todavía. No me lo puedo creer. Realmente es verdad lo que dicen, aquí se nada a oscuras. ¿Pero cómo vamos hacer eso? – me pregunto a mí misma. El acojone se mezcla con la emoción de que, al fin, haya llegado el día. Ese día que tanto he ansiado desde hace meses y que he preparado tan a conciencia. ¡Por fin! Voy a ver si sé disfrutarlo y gestionarlo como se debe. Ese es el objetivo del día.

 

5.50h. Sin demora, suena el bocinazo que nos marca la salida a las chicas. Que sensación tan extraña el correr hacía el agua sin ver absolutamente nada. Sin saber en qué momento cubre, y hacía dónde toca nadar. Pero lo peor… correr con los pies congelados pisando las piedrecitas que te adentran en el lago. A esa hora tan temprana la temperatura era baja. Las manos las tenía bien; frías, pero sin perder la sensibilidad. Sin embargo los pies los había dejado de sentir hacía rato. Me mató el correr hasta el agua esos escasos metros sobre la gravilla. Sentí como mil cuchillas se clavaban en mis plantas provocándome mucho dolor. Por suerte, el agua estaba mejor que nunca: 21 grados; lo cual favoreció a que, en pocos minutos, volviera a sentirlos y se aliviara ese dolor.

La natación fue muy complicada. Esperaba tener más referencias y formas de seguir el circuito, en cambio no fue así. La verdad es que no entiendo por qué en el breafing te explican el recorrido, las boyas que debes hacer… y sin embargo no te explican lo más importante y necesario: cómo llegar a ellas, cómo guiarse en la oscuridad de la noche para completar ese circuito. Aquí solo tienes suerte si logras ir en cabeza. Por desgracia, perdí a las dos favoritas en los primeros metros. Es cierto que yo ni iba a competir como ellas. Aunque suene raro, os puedo asegurar que en esta carrera venía con un objetivo totalmente diferente. Venía a tomármelo con mucha calma. A acabar. Me había dejado la etiqueta de “profesional” en casa. Esa actitud no dejaba de ser todo un reto para mí, pero era totalmente necesario. Así lo sentía.

Me quedé sola en las primeras brazadas. Mi condición de nadadora me permitió, al menos, ir siguiendo la estela o, mejor dicho: para mi gusto, la lucecita tímida que parpadeaba en el kayak que guiaba la carrera. Esa luz se iba alejando cada vez más y complicando más las cosas ya que, cuando cambiaba de dirección al sobrepasar una boya, la perdía de vista por unos instantes. Encontré boyas por el camino que no sabía si tenían sentido o no. En algunas había un kayak controlando y en otras no, y realmente no entendía nada de lo que estaba haciendo y sucediendo. –Todo eso me parecía más propio de una yincana o de una carrera de orientación–. Pero conseguí tomármelo a risa y sentirme satisfecha de atreverme con algo así y disfrutar de un triatlón único por cosas como esa. Aunque aún me dio más la risa en la segunda vuelta de natación. Ya era de día y ya se veían las boyas y conforme iba nadando me daba la sensación que ese recorrido no se parecía en nada al que había hecho la vuelta anterior. ¡Buf! Que locura. La verdad: no sé si hice la mitad o el doble de boyas. No tengo nada claro de lo que pasó durante esa hora en el agua.

A pesar de todo, me sentí súper cómoda. Me sentí a gusto nadando. Me noté rápida nadando fácil, controlando respiración y reservando toda la energía para el resto de la carrera. Nadé en solitario durante todo el recorrido. Exceptuando los metros finales donde encontré todo el pelotón que estaban aún en su primera vuelta. ¡Uf! No quiero pensar lo que fue esa natación para los que les cuesta nadar y/o tienen pánico a las aguas abiertas. Es la primera prueba de fuego de este triatlón. Realmente vi gente muy agobiada, muy desorientada; totalmente perdida en el agua, incluso parados ya en las orillas del lago.

Salir del agua no fue nada fácil tampoco. Entre todo el barullo de gente, el kayak que hacía de guía se había apartado y no sabía para donde debía ir. Tuve que pararme a preguntar dos veces a los árbitros de las canoas. Aunque la respuesta en francés no me ayudó mucho. Y pararme un par de veces más para quitarme las gafas e intentar intuir esa salida del agua. – ¡Que duro por favor! –-. Lo que creí que sería un trámite se convirtió en todo un desafío.

T1. Sin prisa, pero sin pausa. A diferencia de cualquier otro triatlón, decidí ponerme un maillot preparado con los bolsillos llenos. En esta carrera tenía que cuidar muchos detalles y la alimentación en la bici era uno de los puntos más importantes. Así que no me importó perder ese minuto de más. Por el contrario decidí no ponerme nada más. Sentía que había entrado en calor en el agua y que no debía abrigarme. Aunque por desgracia, en ese par de minutos, pisando la fría alfombra, se me volvieron a congelar los pies. Ponerme los calcetines y pisar en suelo mojado lo empeoró y ese calvario me acompañó en más de la mitad de la bici. Y no exagero. No sabéis lo duro que es eso de perder la sensibilidad de los pies durante más de 3h y pedalear así. ¡Horrible!

Por poco pierdo la carrera en boxes. Mientras me vestía, una árbitra no paraba de decirme cosas en francés que no entendía. Yo pensé que me decía que lo dejará todo recogido dentro de la caja, pero el cámara le dijo que yo era española y entonces me dice: ¡El chip!. –¡Por Dios!, no lo llevo en el tobillo. ¿Lo he perdido en el agua? –. Me centré y vi que, por suerte, estaba liado en el neopreno. Que susto. Menos mal que me avisaron sino… habría hecho una carrera en balde.

Me subo a la bici. Empiezan los 188kms y lo hace con un primer puerto de 4kms durísimos. Sin previo aviso. Es muy difícil controlar la emoción: esa euforia que siempre te hace pedalear con fuerza los primeros tramos del recorrido y más aún cuando lo haces rodeada de gente que te anima y aplaude con fuerza. Emocionante. –Creo que sí va a valer la pena estar aquí–me dije a mi misma. Y es que tuve muchas dudas hasta el último momento. Esto no se lo he contado a nadie, ni siquiera a Javi. Pero esta carrera me daba tanto respeto que me hizo dudar en muchas ocasiones de si sería capaz de conseguirlo; si estaba realmente preparada… Lo peor fue estar en Embrun los dos días previos y seguir teniendo esa sensación. Por muy valiente que sea, hasta el último momento tuve mucho pánico escénico. Hasta el punto de querer recular antes de hora. Pero ya estaba allí pedaleando.

Desde el principio me repetía a mí misma a lo que había venido aquí, lo tenía claro y lo estaba gestionando bien. Conseguí levantar el pie. Conseguí disfrutar del recorrido, del paisaje, del ambiente… y olvidarme de la “competición”. Aunque tener la cámara a un metro, grabándome en varias ocasiones, no me lo ponía nada fácil. Yo que quería pasar desapercibida… y al final iba a salir hasta en la tele. La sorpresa fue que esa situación no cambiaba, ninguna chica me daba caza y eso era muy buena señal. Y más cuando me estaba sintiendo tan conservadora.

La bici fue durísima a pesar de ir regulando en todo momento. Es un circuito muy exigente y de muchísimo desgaste. Su perfil habla por sí solo. Pero las piernas no son lo que más se queman, sino la cabeza. Es una prueba de resistencia física y psicológica. Hay que venir muy preparado y entrenado. Para correr aquí, creo que es necesario un trabajo mental brutal y saber qué con quién más vas a luchar es contra tu cabeza. Contra tus demonios. Contra tus miedos.

Vi gente que me pasaba rodando como un tiro y luego, en los puertos, los adelantaba… destrozados. Hay que saber gestionar muy bien esta carrera. Todos nos encontramos con fuerzas en el km 50, y hasta en el 100, sin embargo son 188 a los que, por detrás, había que sumarle una dura maratón. Eso es lo que me daba desconfianza. Eso era lo que no me dejaba

disfrutar del todo la bici. Tenía tanto miedo de bajarme a correr y no ser capaz de hacerlo. Tenía tanto pánico a los problemas de estómago… Ese nudo no me dejaba disfrutar del todo, pero a la vez me ayudaba a controlar aún más la carrera y a seguir luchando, kilómetro a kilómetro, como si fuese el último.

Sobre el kilómetro 80 empieza el ascenso al Izoard, el puerto mítico de la carrera. El puerto en mayúsculas. Catorce kilómetros de ascenso hasta los 2.300 metros de altitud. Una hora de subida. Que duro es eso, que duro resulta mantener la mente fría. Sin embargo logré gozarla. Iba subiendo con control. Aunque, por mucho que quieras guárdate, el desnivel no te deja. Fui restando curvas y kilómetros con ilusión y con buenas sensaciones. Me emocionaba el hecho de haber sido capaz de venir a este duro triatlón y sentir como estaba escalando con mi bici de ruta por una zona verdaderamente espectacular.

Llegué a la cima y coroné el puerto. Sin embargo fue un momento un poco agridulce. La euforia del culminar el ascenso se mezclaba con la realidad y me hacía pensar que me quedaba la mitad del recorrido. La mitad de desnivel positivo.

Aunque estaba deseando lanzarme hacia abajo, era necesario el pit stop en el avituallamiento. Pie al suelo y un voluntario me trae mi bolsa. Recambio bidones. Me pongo el cortaviento y los guantes. Mejor dicho: el guante. –¡Madre mía! ¡Qué tonta!– me dije en voz alta. Llevaba dos guantes de la misma mano ¡Que desastre!. Después de dudar unos segundos, me pongo uno y el otro me lo meto debajo del maillot. ¡Aig! Qué gilipollas soy. En fin… seguía teniendo tan claro a lo que había venido que ese detalle no me preocupó lo más mínimo. Suerte que hizo calor y me sobraba el guante y el cortaviento. Pero bueno…, ya estaba hecho. –Mejor eso que pasar frío en la mano descubierta– . jajajaja.

El descenso fue lo más duro. Casi me mato dos veces. No exagero. La carrera era tráfico abierto y nada más empezar a bajar el puerto, justo con Iñaqui Pena delante, que me acaba de pasar, nos encontramos dos auto caravanas que nos frenan de golpe. Intuí que para dejarnos pasar, pero… ¡buf!. Sin saber cómo, conseguimos esquivarlas cuando justo en el hueco de carretera que quedaba vemos que suben 3 ciclistas. Se tiraron, literalmente, a la cuneta para no comérnoslos. Suerte de eso que sino los hubiéramos arrollado a más de 50km/h. Aun así, dos curvas más tarde, me encuentro con un matrimonio mayor bajando en bici. Los intento adelantar por dentro cuando veo que se me cruzan y al frenar me derrapa la bici y veo como me voy directa para el acantilado. Consigo controlar la bici y sacar el pie al suelo justo cuando la rueda delantera se metía por el terraplén que había. ¡Dios que susto, joder! Ahí empecé a temblar y no de frío. Decidí tomarme las bajadas con mucha calma también y no jugarme la vida. A la vista está que hice todos los descensos más lentos que cuando vine a ver el circuito con Javi, y eso que íbamos tranquilos y con lluvia.

Eso fue lo peor de la carrera: El tráfico. Realmente pase miedo con los coches. Los franceses conducen muy mal, muy agresivos y sin ningún tipo de respeto. Ya no era el hecho de estar compitiendo y no perder tiempo, sino de no jugarte la vida. A la vista está que hubo muchos accidentes, como lo fue el de Víctor del Corral. Eso para mí desvirtúa este espectacular triatlón.

Tocaba seguir y hacerlo con mucho ojo. Que sensación tan extraña el empezar a bajar como si estuviera hecho y en cambio saber que quedan unas 3horas más de bici. No es nada fácil pedalear casi siete horas continuas en solitario. Fui sola toda la carrera, puntualmente me pasaba algún ciclista (no llegó a la veintena) y agradecías (ánimos mutuos). Sobre el 130 me pasó Gorka, y el hecho de intercambiar cuatro palabras con él fue muy gratificante.

El recorrido parecía no tener fin nunca. Cada repecho se hacía un mundo y de alguna manera costaba conservar la motivación. Se hacía difícil mantener a raya los pensamientos negativos y era imposible silenciar las quejas de tu cuerpo. Iba muy bien de piernas, tengo que reconocerlo. Pero las dos últimas horas fueron un verdadero infierno. Las fuerzas mermaban, el calor hacía estragos, y ya no me apetecía comer ni beber más “potingues”. Solo quería agua, o una coca cola bien fresquita. Me dolían las manos, los brazos, los cervicales y sentía como toda mi zona intima estaba tan escocida que no sabía ni cómo sentarme.

  

Luché mucho contra mi cabeza. Me dije varias veces que esta y no más. Pero… ”Esta sí Judith. Esta debemos conseguirlo. Estas haciendo un carrerón. Sigue demostrando de lo que eres capaz.” me iba repitiendo a mí misma. Aun así, a pesar de lo entera que estaba, dentro de todo, mis fantasmas seguían ahí. El miedo a no acabar por problemas de estómago (por tercera vez consecutiva), no dejaban de rondar dentro de mi cabeza y eso me iba consumiendo.

Aunque parecía que nunca iba a llegar, llegó. Llegué a la T2. Pisar esa alfombra me supo a gloria. Y más sentir que las piernas iban. La mejor alegría fue ver y escuchar a mi familia (mi hermana, mi cuñado y mis “niñas” (mis sobrinas)). Eso fue una inyección de energía brutal. Sabía que debía correr por ellos. Javi me animó en boxes y sus palabras me dieron mucha confianza. Lo estábamos haciendo muy bien y podía con ello.

Le dediqué tiempo a la segunda transición para prepararme bien para la carrera. Coger todo lo necesario y tomarme el primperan, que debía ser mi solución en carrera.

Sentir que eres capaz de correr con fuerza después de los durísimos 188km de bici, es la mejor satisfacción que se puede tener. Había algo no me dejaba despegar las alas del todo por el miedo a chocar contra un muro mental en cualquier momento. Pero disfruté de mis buenas sensaciones. Corrí con ganas. Intenté saborear el encanto del recorrido, a pesar de su dureza, y supe disfrutar de los ánimos del público, de los pocos catalanes y españoles que estaban por allí, y de la compañía de Gorka en nuestro mano a mano particular que hizo la carrera mucho más amena. Pero sobretodo: llegar a cada punto donde estaba mi “Team Koraxan” eso fue la mayor satisfacción. Se pusieron estratégicamente para darme ánimos durante unos metros. Primero mi cuñado, luego mi hermana, más tarde Javi y por último mi sobrina Laia. Y eso se repetía dos veces por vuelta. Yo no podía dejar de sonreír al verlos. Su apoyo estaba siendo fundamental y realmente me lo hicieron pasar bien.

Pasar por el final de la segunda vuelta y que mi sobrina de ocho años me gritase: “Tieta, ¡t’estimo molt!”, fue uno de los momentos más mágicos de la carrera. Difícil venirse abajo después de eso. <Va Judith, tienes que conseguirlo, por ellos, llevan once horas sufriendo aquí contigo. Esta vez lo vas a conseguir>. Me repetía a mí misma. Javi estaba como yo, se lo notaba. Estaba emocionado con mi carrera y con mi entereza, pero era prudente porque él me conoce mejor que nadie. Ha vivido conmigo mis problemas de estómago y mis retiradas. La de Sudáfrica en el km 30 la vio en directo. Y él, igual que yo, temía que me volviera a pasar. “Te espero en meta” me dijo al empezar mi última vuelta. Sé que esos 14 kilómetros se le hicieron casi tan largos como a mí y sé que tanto él como yo suplicamos que nada me impidiera llegar hasta la meta. Fuese en el tiempo que fuese y en la posición que se antojara.

Iba muy vacía. Para no provocar al estómago hice solo dos geles (km 2 y 15) y un bidón con 30gr de hidratos. Muy poca gasolina para una maratón. Así que los problemas de estómago se me sumaron a la falta de energía, al miedo de caer redonda en cualquier momento por sentirme completamente exhausta. Y a todo ello los amagos de rampas en todos los músculos de mi tren inferior. La coca cola fue lo que me mantuvo viva hasta el final.

Última vuelta. Todavía 14 eternos kilómetros por delante. No era capaz de ver la meta alcanzable aún, pero os aseguro que iba hacer todo lo imposible por llegar a ella. Y si no…, pues no pasaba nada. Me convencí de ello desde que me apunté a esta carrera y me seguía convenciendo de ello compitiendo. Si algo me caracteriza es que no tengo miedo al fracaso, tengo muy claro que es parte de la competición y yo soy muy buena competidora. La gente me ha tomado por loca al inscribirme a esta carrera sin haber finalizado antes un Ironman. Dos retiradas son lo que marca mi currículum en esta distancia, pero no iba a dejar de intentarlo. No tengo que demostrar nada a nadie, sin embargo, mi orgullo y cabezonería no me permite rendirme sin conseguirlo.

Busqué motivaciones para no oír las quejas de mi estómago que empezaba a reivindicarse contra mí. En la subida me ayudaron las palabras de Álvaro, sus consejos. Y me dio fuerzas para que no dejará de trotar ni un solo paso, para no caer en la trampa de andar. Aunque en esa zona no había nadie que corriera, excepto yo (al menos cuando yo pasaba). Debía luchar por mi entrenador. Le debía parte de la carrera. Nos hemos pasado un mes entrenando juntos, había sacrificado su tiempo y el de su familia por ayudarme; por estar a mi lado en todo momento y hasta me abrió las puertas de su casa. Debía…, tenía…, que acabar para agradecérselo.

Tenía más personas en mente. Más personas que me habían ayudado a preparar esta carrera y sentía que debía de continuar por ellos. Por mis amigos: el “Team Pirinexusss”. Me han ayudado a entrenar, a sufrir, a buscar KOMS (que para nosotros que tiene mucho más significado que un simple record de Strava, porque tienen risas, euforias, piques, luchas, sacrificios, premios, diversión…). Ellos son muy importantes para mí y la excusa de preparar esta carrera nos ha hecho disfrutar de muchos momentos juntos.

Últimos cinco kilómetros. Las ganas de vomitar aguantaban, sin embargo las de ir al baño no. Ni con el fortasec que me había tomado. No veía el momento de parar, no veía ninguna zona para “medio esconderme” sin enseñar el culo a todos los corredores. No veía baños en ningún sitio. –¡Judith aprieta el culo o ¡para! Tienes 20’ de ventaja puedes permitirte andar lo que quieras–. Estaba pisando el pódium. ¿Quién me lo iba a decir? De soñar con acabar la carrera a verme subida en él. –Judith intenta disfrutar de lo que estas logrando. Te lo has currado–. Un mes fuera de casa. Sola. Preparando a conciencia esta carrera. Ha sido muy duro. He sufrido mucho entrenando. He echado mucho de menos a Javi, a mi familia. Y he derramado muchas lágrimas. Tantas como hasta el punto de plantearme si realmente valía la pena. Preguntándome cientos de veces si esto es lo que quiero: entrenar y dejar todo lo demás a un lado. Y todo eso añadiendo el hacer un gran sacrificio económico para costearlo. Porque que nadie piense que esto ha sido gratis. Sin Javi cerca no soy nada, sin ver a mis sobrinas, sin mi gente. Yo amo el deporte, yo adoro entrenar, pero con la motivación y la compañía de los míos. Sino… – ¿vale la pena?- me pregunto.

Pero definitivamente estaba valiendo la pena. El trabajo, la constancia y sobretodo el creer en mi iba a tener su recompensa. Estaba consiguiendo acabar mi primer Ironman, y no uno cualquiera. El tercer intento iba a ser el bueno. Por fin iba a saber lo que significa cruzar la meta y lo iba a vivir en Embrun. Son pocos los que se atreven con esta carrera. Yo me atreví con ella, a pesar de mis antecedentes, y lo estaba bordando. Estaba haciendo historia e iba a sumar mi nombre a un palmarés donde otro español, catalán también, el gran Marcel Zamora era el rey. Él también estuvo presente en mi carrera. Fue mi inspiración desde que llegué a la Cerdaña para preparar esta carrera. Empecé su libro y lo acabé un día antes de competir. Sentía que me daba fuerzas.

Último kilómetro y empezaba a saborear la gloria. Empezaba a sentir que ese sueño se estaba haciendo realidad. Y justo entonces, apareció mi hermana para certificar que era cierto, que eso era real y que lo estaba consiguiendo. No pude devolverle todas las palabras que me regaló en ese momento, pero gracias a ellas conseguí completar los metros finales que me hacían, por fin, cruzar el arco de meta. ¡SOY FINISHER!

    

Embrun no deja indiferente a nadie. Es de esas carreras que hay que vivirlas. Superación, resistencia, agallas, cabeza, valor… muchos adjetivos y sinónimos para describirla. Lástima que hay un PERO muy grande. Los premios económicos de las chicas son muy inferiores a las que reciben los hombres. ¿Por qué? Parece que para ellos no tenemos suficiente mérito las chicas. ¡Qué pena! Por eso quizá se llama Embrun”man”. ¿No?… me pregunto.

Embrun, fue mucho más que una carrera. Fueron unas pequeñas vacaciones en familia. Con la mejor compañía y con bonitos momentos que no cambio por nada. Lástima no quedarnos algún día más después de competir. Pero ya se están haciendo planes para volver el año que viene. ¿Quién competirá entonces? ¿Javi? –Porque… eso de repetir… a día de hoy… no lo veo.

      

Ahora necesito un reset. Reconozco que a pesar del logro y la emoción que ahora siento, esta carrera me ha desgastado mucho. Física y psicológicamente. Antes, durante y después. El post carrera ha sido duro y debo seguir trabajando para solucionar esos problemas de estómago que tanto daño hacen.

  

Llegar a Vitoria siempre es un placer. Desde el momento que pisas la ciudad, la organización te recibe con los brazos abiertos. A mí y al resto.

Venía tranquila, pero fue empezar a sentir la magia de esta carrera y los nervios empezaron a florecer. Y más después de una presentación de lujo (cada año se superan más, si cabe) donde nos hicieron desfilar a los atletas élite por la alfombra azul que nos guiaría hasta la meta en la carrera; en el mismísimo centro de la Plaza España.

Llegué sola a la ciudad. Javi vendría en tren el sábado, después de no poder arreglar el turno del viernes noche. Un gran sacrificio por su parte. Pero, como siempre, iba a estar a mi lado en la carrera. Lo eché mucho de menos ese día. Estuve muy rara sin él. Aunque la verdad es que no me sentí sola en ningún momento. Además de todos los amigos y conocidos que competían, o venían de supporters, estaba Agustí que vino a ver, y apoyar, a dos de sus chicas del TRICBM (a Dolça y a mí). Y a parte de la gran compañía, se preocupó para que no nos faltara de nada. Aunque con una organización como la del Triathlon Vitoria, es difícil no sentirse entre algodones.

Entre los eventos típicos y la logística previa, el domingo llegó casi sin enterarme.

Tocaba luchar por revalidar título y me sentía con fuerzas para ello y con mucha confianza en mí misma. Debía creérmelo y salir a por todas, aunque con cabeza. De hecho, fue la primera vez que me llevaba recambios por si pinchaba. Dios no lo quiera, pero… eso pasa y debía estar preparada por si me tocaba. No quería quedarme fuera de carrera por nada del mundo y estaba dispuesta a darlo todo.

Justo, poco antes del inicio de carrera, dejó de llover. 8.30h y salen los chicos elite. Y un minuto más tarde lo hacemos nosotras.

¡Empieza la carrera!

Salto al agua para pasar de 0 a 100 en un segundo. Por mucha media o larga distancia que sea, nunca se sale tranquila. No tuve tiempo de relajarme porque veía que, desde el principio, Helene se me escapaba. Así que tocó luchar mucho en el agua. Eso sí: muy cómodamente porque este año ha sido un privilegio salir en solitario. Los elites lo hicieron un minuto antes y el resto, tras mí, lo hizo un minuto después. Por lo que me ahorre, como me pasó el año pasado, la de tener que evitar golpes y agobios en el agua. Aunque se nada genial en Landa, no es fácil una natación con tanta gente, así que este año hemos sido unas privilegiadas. Se agradece.

Como digo, la natación se me hizo muy dura y larga. No iba cómoda en ningún momento. Fui muy forzada. Me pesaba el hombro izquierdo  y sentía que iba arrastrándome en el agua (por culpa de no calentar bien y no ajustarme en condiciones el neopreno). Sin embargo, lo peor fue el calor que pasé. El agua estaba al límite, incluso hubo dudas el día previo por si se usaría el neopreno o no. Y aunque a las 8h de la mañana se agradecía enfundarse en él, para meterse en el agua, a los 300 metros de la carrera, sobraba. Fue sofocante y se me hizo un poco infernal completar la natación. No sé si fue por eso, o porque estaba llevando un ritmo estratosférico y viendo que Helene se me escapaba y que María venía pegada a mí. Finalmente 26’20”. Una natación como siempre, ni más ni menos. Siempre nado igual, ya sea en agua dulce o salada, con olas, con corriente… Bueno, no habrá sido tan mala cuando no paré de adelantar a los chicos élite en el agua. Incluso me atrevería a decir que se puede contar con los dedos de una mano los que llegaron a la T1 delante mío. Y eso que nos llevaban un minuto de ventaja.

T1 rápida. A pesar de meterme en un pasillo equivocado. Por la mañana, estando en boxes preparando todo, vi que Helene estaba en el pasillo contiguo al mío y, por lo visto fue en error y finalmente estábamos en el mismo. Eso me despistó. Pero por suerte ella, que también tuvo alguna dificultad para encontrar su bici, me avisó para que corrigiera mi error. Son las cosas que tiene la gran Helene Alberdi: “Compañerismo puro y duro y en mayúsculas. ¡Gracias!

María Pujol también venía a la caza. Pero rápidamente me subí a la bici para escaparme en solitario. Bueno, en solitario en cuanto a la carrera de chicas. Me subí junto a Luarca y, tras rebasarlo mientras él se demoraba colocándose las zapatillas, me volvió a pasar. Sin embargo, lejos de rendirme, me dispuse a intentar seguirle. ¡Uf! Igual fue muy arriesgado por mi parte. Era un suicidio en los primeros kilómetros, pero, a la vez, una motivación y una distracción muy valiosa. Además, al no marcarme los wattios, creo que por tener la brillante idea de poner una pila gastada, me pude permitir el lujo de ir por sensaciones de nuevo, aunque eso pudiera costarme duras consecuencias. Fue duro, pero conseguí mantenerme tras él un par de kilómetros.  Entonces se sumó Eric Merino, y eso me dio un poco de tregua para no perder la estela. Poco más tarde (uno o dos minutos aproximadamente) se unió un elite más y al instante Pedro Andújar. Fuimos durante un tiempo vigilados en todo momento por el juez, y con el miedo de no meterme en zona drafting, pero sin querer pecar de prudente y perder ese “ave” que me estaba haciendo sentir muy fuerte aguantando ahí. Eso sé, con muchos esfuerzos.

Pero el viaje no duró mucho. En el kilómetro 6, pasando el primer pueblo del circuito, vi como Pedro, por evitar baches, y los pivotes del asfalto, invadió sin querer el carril contrario. ¡Gua! Lo vi y se me supo hasta mal cuerpo. Yo era la primera interesada en que las cosas no cambiaran por el momento. Sin embargo, al igual que yo, lo vio el árbitro que un poco más tarde (no sé porque esperó tanto) se puso en paralelo suyo para enseñarle la roja directa. Pedro aceptó resignado reconociendo su error. Fue una leve maniobra, pero le costó la carrera. Y a mí un disgusto. No solo por lo que le pasó a él, sino  porque inevitablemente, mientras Pedro hablaba con el árbitro, el grupo se fue y yo que ya iba al límite, mientras reaccioné y lo adelanté, perdí todas las opciones de seguir luchando con ellos. Poco después me pasó Pedro a toda leche, producto del cabreo que llevaba, y ante eso sí que no pude hacer nada y en menos de 10 kilómetros perdí cualquier referencia en el sector ciclista. Yo fui la principal perjudicada de esa tarjeta. No sé cuánto podría haber aguantado ahí, sé que era muy arriesgado, pero me hubiera gustado intentarlo. No culpo a Pedro por ello, solo faltaría, además tuve el placer de conocerlo y me cayó genial.

El resto del trayecto en bici os lo resumo en una palabra: “Soledad». Fui sola todo el recorrido. Más de ochenta kilómetros pedaleando en la más triste soledad. No digo que no me pasará nadie más, lo hicieron cuatro chicos, espaciados en esas más de dos horas restantes, lo hicieron en cuenta gotas y a un ritmo que ni olí. Eran elites rezagados en el agua que pasaban como rayos. Así que agradecí de sobremanera cuando algún fotógrafo se me acercaba para hacerme unas cuantas instantáneas, incluso hasta el hecho de que una moto de un juez viniera a controlarme desde atrás. Aunque, aun no entiendo por qué tanto control cuando iba más sola que la una. Hecho que se repitió en varias ocasiones y durante un buen rato. Bueno, sus motivos tendrán, obviamente.

La parte negativa de esto, inevitablemente, jugar en desventaja respecto a mis rivales que iban todas en grupo. Pero dentro de la legalidad ¡eh! No malinterpretéis el “ir en grupo”, que yo no soy quién para juzgar a nadie y menos sin saber, para eso están los árbitros. Pero los números hablan por sí solos, ya que pasé de tener una ventaja de 5’ en mitad del tramo ciclista (y eso que salimos juntas del agua) a llegar a la T2 con solo 3’30. Obviamente la culpa es solo mía por querer irme en solitario desde el principio. Jejejeje. Otra cosa negativa fue que, en varios puntos del recorrido, dudé. Sin referencias y con los voluntarios algo dormidos todavía (lo digo con todo el cariño, porque sin ellos esto no sería posible) en una ocasión tuve que realizar una segunda rotonda completa tras desviarme de la trayectoria y no querer hacer una maniobra peligrosa y sancionable. Pero bueno, son puras anécdotas al fin y al cabo.

La parte positiva es que rodar en solitario es prácticamente la dinámica de todas mis carreras. Así que estoy más que acostumbrada. Solo hay una cosa clave: concentración. No hay más que agarrarse a los acoples, agachar la cabeza y mantener esa entereza constantemente, pedalear sin parar, pero con control, y mantener la cabeza fría en todo momento. Y no dejarse llevar por pensamientos negativos y más cuando al sentirte tan sola en la carretera dudas de cosas como: si vas bien…, si vas lenta…, etc.

Hubo momentos buenos. Sobretodo llegando al paso por vuelta cuando escuché que el Garmin me pitaba y leo: teléfono conectado. Eso es que Javi estaba cerca (llevaba mi móvil encima). Fue curioso y eso me dibujó una sonrisa en la cara. Aunque sin ese aviso auditivo lo hubiera visto igual porque la camiseta del Team Koraxan con la que vestía no pasaba desapercibido. Me animó y me cantó esos cinco minutos de margen que llevaba y que me hace mostrarle a una sonrisa aún más grande. Escuchar eso, y llevar tan buenas sensaciones, me dio vida después de la carrera tan aburrida que estaba teniendo. También me alegró ver a Ana, una chica a la que entreno y que vino expresamente a verme desde Barcelona. Soy una persona muy afortunada.

No quiero que parezca que no disfruté de ese sector. Al contrario. Si lo hice, el ir tan sola era una gran señal de que estaba haciendo una buena bici. Además me encontré genial. Iba fuerte y entera en todo momento y permitiéndome gestionar la carrera con cabeza sabiendo que podía llegar a Vitoria con margen. No quería dejarme llevar por las dudas o el miedo y desgastarme más de la cuenta. Y no todo fue soledad en el sector ciclista porque bordear todo el lago es pedalear con un sin fin de aplausos del público que se congregan en esa zona y te hacen vibrar en el paso por Landa para encarar los últimos 30 kilómetros del recorrido. Y donde te regalan fotos como esta:

Segunda transición. Uno de los momentos mágicos del día. Eso ya era otra cosa. Todo el pasillo de la segunda transición está repleto de gente. Y volver a vivir ese momento fue impresionante. Se desviven animando desde el momento en que pones el pie en el suelo y con las piernas temblando de la emoción corrí hasta boxes para calzarme las zapatillas y empezar el último sector de la carrera.

Llegar a boxes y ver a varios chicos sentados tomándose su tiempo para afrontar la carrera a pie me hizo sonreír. Los esquivé como pude para ponerme de pie las zapatillas (yo los calcetines me los pongo siempre en la T1) y salir con ventaja. Aunque quise correr demasiado por querer salir por donde había entrado y ahorrarme la vuelta de rigor. ¡Aig! Hoy no es mi día en boxes. Pero estaba tan contenta, estaba tan confiada con mi rendimiento en carrera, que esos pequeños errores me resultaban graciosos.

¡Uf! Costó mucho contener la emoción en el paso por esa segunda transición y el remate fue volver a ver a Gorka, el alcalde de Vitoria, esperándome de nuevo en la bici para guiarme por las calles de su ciudad. — ¡Ahí está esperándote el alcalde de nuevo! — me grito Aitor, un miembro de la organización. Y es que un año más, el alcalde volvió a implicarse en la carrera, montado en la bici que guía a la primera chica y tuve la suerte de ser de nuevo la afortunada protagonista. Detalles que engrandecen aún más esta impresionante carrera y a su organización.

La emoción y la agonía de saber que por detrás me habían recortado distancia, me hizo correr muy forzada y algo preocupada. Para colmo, no me conectaba el gps y no tenía ni idea de a qué ritmo estaba corriendo. Así que, hice un lap entre el km3 y el 4 para tener una idea y vi que ese kilómetro lo hice en 3’38. ¡Dios! —Igual es por eso que voy un poco ahogada, ¿no?— me dije a mi misma. Es que es imposible controlarse en esta media maratón repleta de gente y con todos esos ánimos de un público que vive con euforia tu carrera. Y de Gorka, que no paró de animarme. A pesar de los amagos de rampas en los cuádriceps y del calor que hacía que me daba una sensación de mareo. Sin embargo, la gente no me dejaba desfallecer. Ver a mis chicas del Team Koraxan, a Javi y a Ana. La sorpresa de encontrarme a Juanan y a Piluka. La espera de ver a Gemma saltando y gritando. Y a todos los corredores que me animaban al pasarles. Todo eso me hizo sentir que volaba. Volar quizá no, pero conseguí volver a aventajarme en la carrera por encima de los cinco minutos de nuevo. Y eso fue el punto extra para que en la segunda vuelta consiguiera olvidarme del reloj, de los ritmos, del miedo de perder la carrera y lograr disfrutar del ambiente, de la gloria y de saborear esa segunda victoria en Vitoria.

Antes de entrar en los 2 kms finales repletos de gente, agradecí una vez más a Gorka su compañía y su gran gesto. Y prácticamente corrí con los ojos cerrados, con los pelos de punta y con el corazón a mil escuchando los gritos y los aplausos del público. Qué bonito es eso. Que lujo es vivir eso. Entrar en la Plaza España, pisar la alfombra azul y ver esos globos de colores cogidos por los niños. Ese es el climax de la carrera. Todo eso y con el colofón final de abrazar a Javi después de levantar la cinta de campeona.

Y ocurrió otra vez. No fui capaz de contener la emoción. Vitoria me volvió a regalar algo mágico e inolvidable. Pasé por el mal rato de no conseguir articular ni una palabra por unos minutos mientras estaba junto al gran speaker (al que apreció mucho). Fue un momento angustioso pero imborrable.

Solo puedo, una vez más, agradecer a Eduardo (director de carrera) y a todo su equipo el trato recibido y la carrera tan espectacular que consiguen hacer. Y a todo el público que lo envuelve como si se tratase de una niebla invisible.

A nivel personal, increíble lo que he conseguido. Cuatro triunfos seguidos en carreras muy importantes. No puedo hacer más que disfrutar de este gran momento que estoy viviendo y agradecer a todos los que me acompañáis, me apoyáis y me felicitáis y me hacéis sentir muy especial, más de lo que os imagináis.

Y a Álvaro: gracias por ayudarme a lograr todo esto.

Después del Half hubo más. Tocaba animar a todos los corredores del Full. En especial a los que tengo la suerte de entrenar y a los que quiero y admiro. Y disfrutar de otra espectacular carrera viviéndola desde fuera. Donde seguí escuchando como muchos atletas me felicitaban interesándose por mi resultado mientras pasaban, sufriendo, por delante mío.

Ellos sí que tienen mérito.

No me puedo ir más contenta y agradecida de Vitoria.

Vídeo resumen de la carrera:

Domingo 10 de junio, una semana antes de la carrera, y ya estábamos situados en Logroño. El motivo de llegar tan pronto fue porque vinimos directamente de Zarautz. Nos lo montamos así para no pegarnos la paliza de coche dos veces en tan poco tiempo. Y, de paso, con la excusa, disfrutar de unos días tranquilos, a pesar de ser una semana pre competición. La verdad es que no pudieron salir mejor las cosas. Gracias a un amigo (David, del triatlón La Rioja y organizador de la prueba), alquilamos en el centro un piso que estaba genial. Poder estar como en casa (cocinar, lavar la ropa, descansar, trabajar…) era una gran ventaja. Y es que, a pesar de sentirnos como en casa, la sensación era estar de vacaciones: turisteando por una bonita ciudad, que no conocía, entrenando lo justo y sobretodo, durmiendo y descansando mucho. También aproveché para cumplir con algunos compromisos profesionales. El jueves grabamos, cerca de allí, el video para “El triatlón de Vitoria en su compromiso con la mujer”. Nos llevaron a un sitio espectacular —estoy deseando ver el vídeo—. Y a pesar del tute que nos metimos, por lo que conlleva grabar algo así, valió mucho la pena. En otra ocasión me hubiera preocupado de ese desgaste físico a solo dos días de una carrera. Pero, estaba tan relajada, que ni me importaba. No es que fuera confiada para la competición; ni mucho menos, pero sí que tenía la sensación de tener los deberes hechos. Venir de ganar en Zarautz había sido una recompensa tan grande que, pasará lo que pasará, ya estaba satisfecha. Y sabía que no iba a ser fácil competir solo una semana más tarde. Por cierto: gracias al reportaje, mientras grabábamos en bici, me di cuenta que no me iba el freno trasero. Supongo que, de tanta lluvia, se oxidaron los cables y se quedaban las pastillas pegadas a la rueda. Así que, suerte a eso, el viernes llevé la bici a un taller y la dejé hasta el mismo sábado por la mañana.

Tenía unas sensaciones muy raras. Estaba en Logroño para competir y debía correr un Half (otro) y sin embargo, supongo que entre la emoción de lo vivido en Zarautz, que aun perduraba, y el estar allí tan, cómoda y relajada, hizo que me sintiera muy tranquila; sin nada de nervios por la carrera y, sobretodo, físicamente muy bien y prácticamente recuperada. Lo único que me quitaba el sueño eran los dos boquetes que tenía en las rodillas (heridas que me hice a consecuencia de una caída en Zarautz). Me estaban dando mucha guerra y me preocupaban para competir. No soportaba ni un roce y me dolía mucho al flexionar la pierna. Ahora, ya os puedo adelantar que, en carrera, ni me enteré; tan solo que vi las estrellas en el momento de quitarme el neopreno, y ya no más.

No fuimos los únicos que nos quedamos allí toda la semana. También lo hicieron Aida y Gus con las peques, con los que compartimos la semana. Y estar con ellos siempre es un placer. Menos lo de intentar seguir entrenando a Gus – jejejeje

Pues, con todo eso y sin darnos cuenta, llegó el momento de competir. Una vez ya en boxes (en las horas previas), sí que fue inevitable no ponerme nerviosa. Sin embargo, aun así, mucho más relajada y confiada que otras veces. Tenía mucha seguridad en mi misma y quería defender la etiqueta de favorita que llevaba para esta carrera. A pesar de no sentirme al 100%.

Fue como un déjà vu el estar poniéndome el neopreno junto a Julio, Jordi, Edu…, mis compañeros del Prat; el club que me abrió las puertas a este deporte y las personas que me enseñaron todo sobre el triatlón. Pero lo más especial, fue que estaba Richard. Y que volvía a ponerse un dorsal después de casi cuatro años. Varias temporadas después de estar en el dique seco por culpa de su lesión de cadera. Y aunque no estaba ni mucho menos entrenado para volver, poder correr y competir, estar ahí, ya era un gran logro. Los que le queremos y lo conocemos desde hace mucho, sabemos lo importante que era para él ese momento. Y muy emocionante para los demás. Bueno…, al menos para mí. Él, desde el principio, ha sido mi referente en este deporte. Me dejó su bici cuando llegué al Prat, sin conocerme de nada, porque yo ni siquiera tenía. Y desde entonces fue mi guía y mi apoyo en este mundillo. Y un gran amigo que tengo la suerte de conservar.

Sin más dilaciones, llegaba el momento de meterse en el Ebro. El agua estaba fresquita (17 grados), pero se agradecía porque el día estaba siendo muy caluroso y estar una hora con el neopreno puesto, por culpa de los timings de carrera, incitaban a remojarse.

Presentación desde el embarcadero, entrada al agua (para colocarnos en la imaginaria línea de salida) y de inmediato el bocinazo. Viendo que era imposible mantenerse en un punto fijo y no irse corriente abajo.

La natación se me hizo muy dura. Remontar el río me desgastó mucho. Luché para que no se escaparan María Pujol y otra chica que no reconocía (era Sara Bonilla) y aunque, al llegar a las boyas de giro, por fin las alcancé, mi mala maniobra me hizo volverlas a perder. ¡Qué horror! Viví el peor momento del día. La primera bien, pero la segunda boya me jugó una muy mala pasada. La corriente te empujaba hacía abajo y no te permitía hacer bien el giro. Me escoré mucho y, cuando quise rodear la boya, la fuerza de la bajada del agua me metió debajo de ella. Al principio se me escapó una carcajada, pero cuando cogida a la cuerda de la boya, sumergida, sentía que no era capaz de sortearla, me acojoné. ¡Qué agonía! Casi me ahogo. Fueron esos segundos que se hacen eternos y que por un momento sientes que se acaba la carrera, que no puedes luchar contra eso y que te dan ganas de soltarte de la boya y dejarte llevar corriente abajo, rendida. Pero de golpe, un click se enciende en el cerebro y te dice que no puedes dejar de luchar. Que no puedes tirar la toalla y te convences a ti misma que puedes con eso. ¡Pues pude! No sé cómo, pero conseguí sortear la maldita boya. Por lo que sé, la gran mayoría no pudo y lo dejaron por imposible. Pero seguro que, a mí, de haberlo hecho, esa infracción me hubiera costado la descalificación. Como es normal.

  

Con la rabia en el cuerpo logré alcanzar a mis rivales (que me habían sacado 15-20 metros). No hay mal que por bien no venga. Y volé corriente abajo hasta la salida del agua. Menos mal que la última boya estaba mejor puesta y, aunque costó salir, era un tramo a nado en diagonal y favorecía la llegada a tierra. 25 minutos largos fue lo que tardé. Prácticamente el mismo tiempo que otro Half (para que os hagáis una idea). Así que imaginaros lo que pudimos tardar en contra y lo que se voló en la vuelta. Increíble. Muy dura esa natación. No quiero pensar el calvario que supuso para el que no es nadador, ¡buf!

Transición larga y que me hizo quedarme atrás por la necesidad de recobrar el aliento. Supongo que mis rivales iban algo más frescas que yo. Eso sí, me quité el neopreno nada más salir del agua para correr más cómoda sin él. Sobre todo por lo de mis rodillas.

A pesar de mi lenta transición. Antes de salir de Logroño, en los primeros 2kms, me puse en cabeza y me marché en solitario. Fue un caos salir del centro. Mucho tráfico y un poco de descontrol por la falta de respeto de conductores y viandantes que casi me cuesta la vida en un par de ocasiones. Sorteando coches, autobuses, conos… Y la moto de la Guardia Civil que abría la carrera y que tenía más dificultades que yo para maniobrar con ese pedazo moto. ¡Qué estrés! Pero rápido pasé, de eso, a la soledad total que tuve en todo el segmento ciclista.

Se me hizo durísima la bici. Fue muy duro luchar, hasta el kilómetro 70, contra el viento. Completamente sola. Muerta de asco. Sufriendo mucho por mantener la entereza, por no dejar de pedalear con fuerza y sin tener ninguna distracción. Realmente lo pasé mal. Pero, paradójicamente, estaba haciendo una carrera espectacular.

Mis sensaciones fueron horribles desde el principio. Me sentía agotada. Sin fuerzas y luchando mucho por coger un ritmo decente que nunca sentí que llegara. Muy atrancada, sin fluidez y con mucho dolor de patas. Pero yo seguía allí. Con mi lucha. Tirando de coco más que nunca y lamentándome de volver a competir solo siete días más tarde. Además, iba muy acalorada y muy sedienta. Al llegar al primer avituallamiento, sobre el kilómetro 25, ya estaba seca. Y lo peor fue no conseguir alcanzar ninguna botella de agua; ni de isotónico. No les echo a ellos la culpa, ni mucho menos, pero los voluntarios eran chicos muy jóvenes y sin práctica en eso, y escondían la mano cuando le cogías la botella (por miedo, los pobres). Y yo, que no soy muy ágil, no logré coger ni una. ¡Buaf! Seca hasta el km 53 (siguiente avituallamiento).

Ir sin agua fue el remate. Pensé que en cualquier momento aparecerían las rampas y la deshidratación me pasaría factura. Pero para colmo, cuando por fin llegué al segundo avituallamiento, casi una hora más tarde y consigo coger un botellín (aquí los chicos tenían más astucia), de golpe, veo que la moto de la Guardia Civil gira a la izquierda calle abajo y yo, sin poder rellenar el bidón delantero, aguanto el botellín con los dientes, para poder maniobrar y después de ese giro (brusco e inesperado), siento que algo no va bien. No era muy lógico el avituallamiento antes de un giro y una bajada. Además, escucho que me gritan mucho los chicos del avituallamiento y, al girarme, veo que me hacen gestos como para que vuelva. Así que decido pasar de la moto, pongo pie en el suelo y, tras unos segundos de desconcierto, tiro el botellín sin rellenar y remonto calle arriba para tomar la dirección correcta. ¡Uf! No me lo podía creer. —<¿Cuánto he perdido aquí? ¿un minuto? ¿Dos? Esto me puede costar la carrera —. ¡Guau! Que impotencia. Porque si se te escapa la carrera, por un minuto, después de algo así… ¿Qué pasa?

La rabia se apoderó de mí. En ese momento crees que has echado a perder la carrera y encima, no por culpa tuya. Poco después, me vuelve adelantar la moto del Guardia Civil para situarse unos 30 ó 40 metros delante de mí, como debía hacer. —Sé que todo el mundo se equivoca, y o te culpo por ello. Pero al menos discúlpate ¿No? —Pensé. Lo único positivo de eso fue que consiguió evadirme durante cinco minutos y quitarme de la cabeza la incansable lucha contra el viento.

Lo raro fue que, ni con esas, me había pasado todavía Gustavo. Y eso sí que fue alucinante. Iba jugando yo sola a apostar en qué kilómetro me pasaría Gus, y que intuía que sería el primer chico en hacerlo. Debía buscar una distracción para lidiar con los pensamientos negativos que me transmitía mi cuerpo. Aposté, teniendo en cuenta cuando me pasó en Zarautz (donde igual que aquí, los chicos salían diez minutos más tarde), y mis malas sensaciones aquí, que lo haría en el kilómetro 30. Cuando pasaba por ese punto kilométrico y aún no me había alcanzado, apostaba por llegar hasta el 35 y así sucesivamente. La sorpresa fue mayúscula al ver que los kilómetros pasaban y seguía liderando la prueba. Con razón la gente que me animaba al pasar lo hacía como si fuera un chico, estaban tan sorprendidos como yo. Así que me lo tomaré como un alago.

Finalmente me rebasó en el km 59. ¡Aig! ¡No llegue al 60! – Jejejeje . Fue brutal. Nos animamos mutuamente y me dijo que llevaba una gran ventaja. En ese momento empecé a creer que las malas sensaciones no eran solo mías sino de todos, y que la bici estaba siendo durísima. No solo por los toboganes, y el calor, sino por el viento. Suerte que en el último avituallamiento, sobre el km 63, conseguí coger una botella de agua. Estaba dispuesta a poner pie a tierra y todo. Pero no hizo falta. Aunque la sed y el agua, que inevitablemente derramas al rellenar el bidón delantero en marcha, hizo que me durara un suspiro. Estaba deseando llegar a la T2 solo para beber.

Los últimos kilómetros sí que empecé a disfrutar. Lo hice porque, una vez que me pasó Gustavo, sabía que lo iban seguir haciendo el resto, aunque algo más rezagados. Pero no, de nuevo los kilómetros pasaban y nadie me alcanzaba. Ni en el 70, ni en el 75, ni en el 80. Así que me emocioné llegando a la segunda transición con solo un chico por delante para sorpresa mía y la de todos los que estaban allí viéndolo. Los comentarios fueron de alucine. Que pasada. Me había vuelto a salir en bici. Y Gustavo también. Porque allí estábamos los únicos dos corriendo y liderando la prueba con una gran diferencia.

En la carrera a pie me encontré bien. Me bajé a correr cansada, pero tenía piernas. Y aunque me puse a correr sobre 4’20, sabiendo que tenía mucho margen y podía regular, no pude evitar crecerme al pasar por el centro. Con el ambientazo que había, y más viendo que estaba completando la primera vuelta sin seguir siendo alcanzada por ningún otro chico. Hasta que en el kilómetro 7, justo al paso por meta, me adelantó Cristóbal, y en mitad de la segunda vuelta lo hizo Alejandro Santamaría.

 

Fue espectacular la carrera. Un circuito muy bonito y entretenido y con muchísimo público. Disfruté mucho de la carrera a pie. No solo porque fui de menos a más, y cada vez me sentía mejor, sino por todos los ánimos de la gente y de los corredores. También por el cruzarme con Javi y verlo todo guapo, estrenando el mismo mono que yo. Y con Richard, que a pesar de estar sufriendo estaba corriendo de nuevo. Y con un montón de conocidos y amigos que estaban en el público, como Guru, que estaba allí. ¡Que grata sorpresa! Y la pude felicitar personalmente por su pase a Hawai.

Realmente ni yo me creo que pudiera hacer una carrera así. Con todo lo que me pasó, con las malas sensaciones que tuve hasta los primeros kilómetros de la carrera a pie, con el tute que traía mi cuerpo de Zarautz… Me alegro de ser capaz de luchar tanto. De crecerme antes las adversidades y de no rendirme ni conformare nunca con menos.

Feliz de llegar a meta con tanta ventaja. De volver a compartir victoria con Gus. De esperar a Richard y verlo cruzar ese arco de nuevo. Y de abrazar a Javi al terminar su carrera.

 

 

Dar la enhorabuena al resto de corredoras y corredores. Y a la organización. Y agradecer todos los ánimos y el cariño recibido.

 

Lo mejor: el post carrera. Disfrutando de la noche de Logroño tapeando por sus míticas calles. Compartiendo un fin de semana con amigos. Y cerrándolo celebrar, nuestro primer aniversario de bodas, con el mejor marido que se puede tener. Y no es ningún cumplido. Es, verídico. Es totalmente cierto.

Tres de la madrugada del domingo 10 de junio. Como viene siendo costumbre, después de una carrera llena de emociones, el insomnio se apodera de mí. Podría irme de pinxos o quedarme en la cama recordando todo lo acontecido, pero no, necesito plasmarlo en el papel.

Empezaré por el principio.

Llegué a Zarautz y, una vez más, me hicieron sentir como en casa. No cabe decir que toda la gente de aquí es espectacular. Pero, además, la organización y todo el municipio, se vuelca con los triatletas. Da gusto llegar aquí y que te reciban así. Hospedados en el Txikipolit, como cada año, disfrutando desde dentro todo lo que conlleva venir a este lugar.

Reencontrarnos con la familia Rodriguez-Valiño al completo, fue el primer regalo. <<Que ganas tenía de verlos>>. Sin embargo, hubo más: conocer a un referente como es Iván Raña, y lo mejor, poder mantener varias conversaciones con él de las que no se paga con dinero. Y os aseguro que de lo que menos hablas con él, es de triatlón. <<Un placer Iván. ¡Y Gracias!>>. Los obsequios fueron muchos más: encuentros con amigos, sorpresas inesperadas, reencontrarme con muchos compañeros, ver muchas caras conocidas, conocer gente que siempre suma y recibir muchísimo cariño y ánimos de mucha gente. Y escuchar de casi todos ellos: —¡Este año sí! ( Zero presión eh! A pesar de que yo tuviera tantas o más ganas que ellos de que fuera mi año).

Presión, la justa, pero nervios… a raudales. No sé qué tiene esta carrera que me pone muy muy nerviosa. Bueno, si sé qué es lo que tiene. Son cosas como: el duro circuito de bici, que además, este año, presentaba cambios y había muchas dudas sobre él y sobre la bici (por prepararla para ese circuito), la previsión de lluvia, que iba a dificultar mucho la carrera y me daba mucha inseguridad, el sentirme, inevitablemente, protagonista junto a otros favoritos, y el querer controlar todas las emociones que sé que se viven dentro y fuera de esta carrera. Pues con todo ello fui lidiando los días previos sin conseguir controlar los nervios. Pero al menos, pudiendo controlar todo lo demás. Al menos a priori.

La mañana de la carrera no podía empezar mejor. Mientras desayunaba, recibí un mensaje de Helene Alberdi (una de mis rivales) en el que me envío, traducido, el cartel de la organización. Me dejó sin palabras y consiguió emocionarme. <<Impresionante tu gran gesto Helene. Muchísimas gracias>> Esto sí que es competición. Rivalidad sana y admiración mutua por los que disfrutamos y luchamos en este deporte, sea al nivel que sea. Además quiero felicitarla por su carrerón. Me he alegrado mucho <<Ya te dije que también seria tu día>>.

(traducción: HOY ES TU DÍA!) Por cierto, gracias a la organización por creer en mi.

 

Llegaba la hora y con ella lo hacía también la lluvia. A pesar de que se contaba con ella, deseábamos que no lo hiciera tan pronto. Nos iba a acompañar desde el principio. Sorprendentemente, los que si se marcharon fueron los nervios. Bueno, me dieron algo de tregua y la templanza justa para poder afrontar la carrera.

14.00h. Pistoletazo de salida. Carrera hasta el agua y a afrontar los casi 3kms que separan la playa de Getaria de la de Zarautz. La natación salió como lo había previsto, por suerte. Seguí los pies de Helene que, como buena anfitriona, me guío durante todo el recorrido y nos permitió llegar en solitario a la T1. Por lo que vi más tarde en el primer cruce de ciclismo, con una ventaja más limitada que otras veces, pero con unas buenas sensaciones en una larga y dura natación.

  

Ella fue más rápida en la transición. Los nervios reaparecieron al escuchar la primera ovación del día al salir en cabeza del agua. Ese ambiente no lo cambio por nada, pero reconozco que me condicionan mucho. Me hace temblar y me sube el pulso, y eso me juega malas pasadas (una detrás de otra). Primero no atino a coger la cinta que me desabrocha el neopreno, después sufro un primer resbalón en la rampa que sube de la playa a boxes (por suerte solo me hace perder un poco el equilibrio). Para seguir rematando (supongo que los nervios van en aumento y lo condiciona todo más) me tiro varios segundos para hacer el “click” en el broche del casco, todo mientras me siento observada por la gente. <<¿Cómo es posible que un gesto tan fácil pueda resultar tan costoso?>> Pero aun quedaba más, faltaba la más gorda. Corriendo, ya bici en mano, resbalé en los adoquines mojados al hacer un giro de 180 grados que debía hacer justo antes de encarar la línea de montaje. Lo hice a lo torero, pero no sé si con tanta clase. No sé si fueron las prisas o los nervios, pero aterricé con las dos rodillas en el suelo haciéndome un boquete en cada una y dándome un fuerte golpe en el empeine. Eso sí, sin soltar la bici y levantándome al instante para subirme en ella como las personas normales. ¡Qué torpe por Dios! <<Bueno, ya he cubierto el cupo por hoy, ¿no?>> —pensé.

  

Reconozco que me hice daño, pero no podía dejar que eso me trastocará ni física ni anímicamente. El dolor se fue rápido, en cuanto calenté un poco. Lo mejor fue conseguir frenar a mi cabeza para que no venirme abajo. <¡Olvídate de eso ya, es agua pasada!> —me convencí a mí misma. Después de que me diera problemas en los primeros toques de piñones, temí que se me hubiera fastidiado el cambio, pero por suerte se quedó en un susto y en tener que perder unos segundos en centrar el puente de freno, mientras pedaleaba, porque me estaba rozando la rueda.

A partir de aquí, me puse a pedalear como sé hacerlo. Me puse a disfrutar de ese sector y en un circuito duro y único como este. Cada vez fui sintiéndome más cómoda a pesar de la dificultad y la tensión que conlleva circular con mucha lluvia. Logré dominar la conducción. Logré controlar el miedo y logré seguir siendo eficaz y competitiva sin poner en peligro mi seguridad ni la de otros. Pero lo mejor fue es que logré ir aumentando la distancia con mis perseguidoras. <Buena decisión la cabra> —me dije. Lo que no conseguí, una vez más, fue controlar la emoción en cada paso por Zarautz. <¡Lográis emocionarme!>.

Completé las dos primeras vueltas con gran solvencia. Con gran ventaja sobre mis rivales y con la satisfacción de que, hasta entonces, tan solo me hubieran pasado tres chicos. Fidalgo (vaya carrerón se estaba marcando), Gustavo (otro que se estaba saliendo, para variar) y David Castro, que estaba haciendo un gran estreno. Miento, quedaba uno por adelantarme antes de empezar la tercera vuelta, Raña. Y lo hizo justo en el paso por Zarautz. ¡Uf! Aquí sí que no pude contener la emoción. Compartir la ovación con un campeón como él, es indescriptible.

Lo mejor es que no solo compartí ese momento, sino varios más, para mi sorpresa. <<Lo siento Iván, sé que ya no estabas compitiendo al 100%, pero a mí me diste la vida. Fuiste mi motivación en la parte más dura y sin duda uno de los mejores regalos de esta carrera>>. Y es que, después de que se me fuera rodando hasta Orio, le vi cerca, subiendo el muro de Aia. A pesar del miedo a esa zona, y con la dificultad añadida de la lluvia, que no permitía ponerte de pie porque patinaba la rueda, tener a Iván cerca fue un gran aliciente. Su estela me llevó hasta la cima. Me ayudó a culminar el duro y temido ascenso. Yo no cabía en mi misma. No me creía lo que estaba viviendo. Pero la competición con Iván aún no había terminado. Se me fue muy fácil en la bajada, pero como seguía eufórica, al menos conseguí no amedrentarme con la bajada más técnica y peligrosa del circuito. Ver a Gemma en la curva final del descenso del muro me dio mucha energía. Tanta que en la parte rodadora conseguí alcanzar y pasar a Iván. <¡Eh! ¡Qué poca gente en el “mundo” puede decir que ha adelantado a Raña en carrera! Jejeje>. Él, como buen competidor, me adelantó al inicio del ascenso al camping. Yo, como buena competidora, le volví a adelantar, permitiéndome el lujo de subir el emblemático alto de Txurruka delante del gran Iván Raña. Y pedalear eufórica y pletórica hasta la T2 en quinta posición de la general.

<Ojo que me faltaba correr>.—Pensé.  Pero las piernas, a pesar del desgaste, se comportaron, manteniendo un ritmo decente que me aseguró seguir en cabeza. El amplio margen que tenía sobre mis perseguidoras me permitió disfrutar de este ESPECTACULAR recorrido a pie. El circuito es bonito, pero lo que lo hace de verdad espectacular, es la gente que se vuelca en él animando. Que gusto disfrutar una vez más de todos sus gritos, de todos sus ánimos, de poder chocar el máximo número de manos posibles; sobre todo, las más pequeñas que sacan tímidamente los niños y que tanto me llenan. Porque correr aquí es una fiesta donde participa gente de todas las edades y se implican con cada uno de los triatletas. Inmejorable ambiente. Sentir como se emocionaban conmigo me transmitió mucha fuerza.

 

Pues, sin dejar de sentirme arropada ni en segundo, sin poder evitar emocionarme con muchos de vosotros, sin parar de escuchar: ¡venga que este año es tuyo! y muchos piropos por el estilo que aún me hacían sentirme más querida y más meritoria de ello, llegué hasta la alfombra que me guiaba hasta meta. Y lo hice andando tranquilamente, intentando devolver todo ese cariño que no había parado de recibir. Crucé el arco que culminaba una gran carrera y cogí la cinta que me alcanzaba hasta la gloria y que me hizo tocar el cielo por unos segundos y cumplir un sueño. Pudiendo hacerlo rodeada de la gente que más quiero (mi marido y mi familia) y que, sin duda, fueron, junto a la victoria, el mejor regalo del día.

  

Por cierto, a Iván Raña no le gané ¡eh! Él me pasó como una bala en los primeros kilómetros de la carrera a pie, como era de esperar. Y a partir de ahí, obviamente, ni rastro suyo.

Gracias a todos los que habéis formado parte de esta carrera, directa o indirectamente. A la organización, una vez más, por montar algo tan espectacular y a todo Zarautz por hacernos sentir tanto. Volveré el año que viene si no hay nada que me lo impida. Espero hacerlo junto a Javi (aunque me encanta tenerle en la barrera), que él aún no ha tenido la suerte de ser uno de los privilegiados en correr aquí. Y un consejo: A los que ni siquiera lo habéis intentado, hacerlo, no sabéis lo que os estáis perdiendo. Esto es puro triatlón.

 

Zarauzko Triatloia 2018 pasará a la historia para mí. Me llevé la ansiada Txapela. Quién la sigue la consigue. Como dije, no era una obsesión, pero si un sueño el ganar aquí. Por fin se ha hecho realidad. Felicitar al resto de competidores que habéis logrado esta hazaña y a todo el público con el mérito que tenía estar animando bajo la lluvia.

   

Sin tiempo para recuperar… cuenta atrás para la siguiente. En menos de una semana volvemos a línea de salida. Toca correr en Logroño, que ganas. Más bien anímicas, porque físicas… ahora mismo… ninguna.   Je,je,je.

Mil gracias a todos los fotógrafos por el trabajo tan bonito y, regalárnoslo. Y más con el día de lluvia que tuvimos.

Gracias: Mikel Taboada, Susana Etxebarria, Xabier Mata y Ona Onari.

 

Desde hacía tiempo tenía ganas de correr aquí. Pero, por motivos de calendario, se me resistía. La suspensión de mi insustituible Bilbao, ha permitido que haya podido estar en la salida. No hay mal que por bien no venga.

Que fácil y cómodo es correr cerca de casa, a poco más de una hora de coche. Además, con el privilegio de tener un apartamento justo delante de boxes. No es nuestro, sino del mejor amigo de Javi. Y tenemos la gran suerte que, siempre que lo necesitamos, nos lo dejan. —Muchísimas gracias Rulo, eso es impagable—.

Los días previos fueron normales. Poco que contar al respecto, que ya sabéis lo que toca. Comer bien, descansar mucho (aunque nunca sabes si es suficiente) y morderse las uñas hasta que llega la hora de competir. Javi me acompañaba; como no. Él aprovechó para entrenar por allí (cosa que le encanta) mientras yo me quedaba descansando en el apartamento.

A esta carrera llegué tranquila, aunque desde el momento en que empiezas a ver movimiento y a coincidir con compañeros, rivales y periodistas… se hace inevitable controlar los nervios. Y más después de que Juanan, el organizador, me diera una calurosa bienvenida llena de elogios por mi participación. Esperaba no defraudarle. —Gracias, aunque me hicieras ruborizar y emocionarme—.

Una de las cosas que más me excitaba de esta carrera, era toda la gente que tenía allí. No solo estaba mi familia, y grandes amigos, sino que competían varias de las personas a las que entreno, con las cuales tengo ya una relación personal, que pesa más que lo puramente profesional. Con lo que siempre cuesta coincidir, resultaba muy ilusionante poder compartir carrera con todos ellos.

La táctica estaba clara. Iba a salir a darlo todo. Iba a jugármela. Debía hacerlo si quería estar delante. Y salió más que bien. Todo me vino de cara. Tuve un día espectacular. Sé que es una prueba muy larga, y que hay que correrla con mucha cabeza, pero me encontraba fuerte. Los entrenos que traía del Ironman me daban confianza para, salir a lucharlo y sufrir en esa distancia. Conocía a algunas rivales y sabía que donde podía marcar la diferencia era en el primer sector, la natación. Así que con la idea de rascar algo de tiempo en la T1 y poder mantenerlo en la bici, afronté la carrera.

7:02h. Bocinazo de salida y saco mi garra para entrar al agua. Como si no hubiese un mañana. Una entrada larga, nos dificulta el empezar a nadar, sin pelearnos antes con las olas, y con la duda de hacerlo andando, nadando, o combinando ambas cosas. Pero, al parecer, no elegí una mala opción y me puse en cabeza. Poco me duró. En menos de cien metros, me pasan dos chicas muy fuertes. —Y eso que yo iba al máximo—. Les aguanto pies hasta la primera boya, pero en el giro, las pierdo <Mea culpa>. No confié en su orientación y decidí seguir mi intuición. Los chicos pros salieron dos minutos antes y me pareció verlos nadar en la dirección que yo creía. Para variar, no se veía la boya. No sé porque cuesta tanto ponernos alguna más de referencia y no solo las de giro que se encuentran a más de 600 metros de distancia, y resulta muy difícil verla en el agua. Aquí no solo entra en juego el más rápido sino el más astuto del día. Aunque, el hecho de elegir la dirección correcta, no sé si es cuestión de astucia o de suerte. Mi cabezonería me dura un rato hasta que me doy cuenta que la corriente nos empuja mar adentro. Veo que soy yo la que está equivocada. Corrijo mi error y lucho por ir a dar caza a mis dos rivales, junto a María Pujol, que nadaba a mi altura. A pesar de ir muy fuerte, consigo dar un punto más. Había salido a lucharlo al máximo y no me iba a desinflar tan pronto. Aunque reconozco que tuve algún amago de rampa y temí por pagar caro ese sobresfuerzo tan pronto. No las llegué a alcanzar, sin embargo, recorté algunos metros y seguía teniéndolas a la vista.

 

Ese empujón en los últimos metros, y orientarme mejor en el último tramo, me permitió adelantar a un grupito de cinco o seis pros chicos y llegar a la playa prácticamente a la par de las chicas que lideraban la prueba —<Bien Judith. Bien luchado. Objetivo cumplido>—. Me dije satisfecha por mi actuación en el agua y más cuando vi que había abierto hueco sobre mis rivales más directas. Pero, no valía hacerse ilusiones. La natación pasa a ser un trámite en estas pruebas y había que seguir dando guerra.

Hago una buena transición. Con sprint incluido en boxes para que no se me escaparan mis predecesoras. Las logro pillar y nos escapamos tres en cabeza mientras, María, se queda algo rezagada. El subidón empieza cuando veo a Javi en la primera rampa del circuito. <¡Me diste alas cariño, no te quepa la menor duda!>

El fuerte ritmo que desde el principio impuso una de las triatletas, hizo que sufriese por seguirla. Después de adelantar a la segunda, que no podía con ella, consigo seguir su estela, pero sufriendo mucho para no perderla. —<¿Has venido a luchar no?>— me dije. Me da por mirar el Garmin y veo que voy a treinta y siete y pico de media. <¡Hoy volamos!>. Sin embargo, veo que no me van los wattios. <¿Otra vez?>. Jolín, no me falla nunca, solo en carrera. Es ponerme a pedalear en competición y no marcarme. Ni en Sudáfrica, ni en Marbella, ni aquí. Si alguien sabe por qué, que me lo explique, por favor. Pues nada, por sensaciones, como a mí más me gusta. A apretar el pie hasta reventar. Ja,ja,ja,ja.

Cierto que de poco me sirvió el GPS en esta carrera. Un circuito rapidísimo de tres vueltas iguales. donde el único objetivo era luchar en todo momento por seguir una buena estela y mucha concentración para no bajar ritmo. Eso sí, con mil ojos porque cada vez nos íbamos juntando más gente y había que controlar por adelantar sin percances y vigilar mucho los giros y las zonas más técnicas y estrechas.

¡Gua! A pesar de la tensión que llevaba, disfruté como una niña pequeña. Me sentía muy fuerte. ¿Sabes cuándo vas dándolo todo, que vas al límite, pero ves que sigues aguantando esa entereza?  Uf, eso aun motiva más. Así fue mi carrera. Cada vuelta de bici me sentía mejor, más rápida. Y era cierto porque iba abriendo hueco con mis perseguidoras. Me puse en cabeza al empezar la segunda vuelta. Cierto, es que adelanté a la primera porque ella bajó mucho el ritmo de golpe. Por lo visto sufrió alguna avería. Completé la segunda vuelta en solitario hasta que me dieron caza el grupo de pros chicos que venía detrás. Fue un grupo al que me pude unir, aunque me costó mucho no perderlos. Llevaban un punto más que yo. Sin embargo, sus dos o tres discusiones con la moto de los jueces, por el tema drafting, me permitió engancharme, y hasta pasarlos en una ocasión. Vaya cabreo llevaban. Pero creo que no es tan difícil ponerse en fila y respetar la distancia. Por lo visto, no se ponían de acuerdo entre ellos, o no lo querían hacer y les llevó varios conflictos. Creo que con sanción incluida a alguno de ellos. Yo alucinaba con el espectáculo desde atrás. Sé que no es fácil con tanta gente y en un circuito así, pero si uno quiere, respeta las normas. Reconozco que me fue muy bien eso para tener guías en la bici, que nunca tengo la ocasión, o prácticamente nunca, y sobretodo, me distrajo e hizo que fueran cayendo los kilómetros sin apenas darme cuenta. Pero también lo sufrí, no solo por seguirlos sino porque esas discusiones con el árbitro casi hacen que me coma dos veces la moto y a punto estuve de tener un accidente. Y más en las últimas vueltas cuando había tanta gente y se complicaban los adelantamientos.

Si la euforia por mi rendimiento era máxima, imaginaros encima, el poder disfrutar varias veces, en cada vuelta, de ver a mi familia. El circuito era ideal para eso, pasando hasta tres veces por el mismo punto. Javi no cabía en sí mismo al verme volar y disfrutar sobre las dos ruedas a pesar de ser un circuito rodador. Hasta le he cogido el gustillo después de esta gran carrera. Jejejeje. Y la magia la pusieron mis padres y mis suegros enfundados con la camiseta del Team Koraxan, que, a pesar de que me da mucha vergüenza estas cosas, me hizo sentirme muy orgullosa. Que suerte tengo de tenerlos siempre a mi lado. Mi madre sufre mucho viéndome y se pone muy nerviosa —ya sé a quién he salido—. Hasta le cuesta mirarme a los ojos en carrera de lo mal que lo pasa. Se lo noto mucho y a pesar de mi cara de concentración constante, intenté sonreírle en un par de ocasiones para que supiera que estaba bien, y lo mejor, que ese día me estaba divirtiendo mucho, a pesar de la agonía constante. Mi padre es todo lo contrario, es la templanza personificada. Sangre fría y entereza total. Me mandaba toda su fuerza en cada paso con su voz apabullante. Sin duda, de lo mejor del día ¡Gracias!

  

2h18’ más tarde me planto en las T2. El tiempo habla por sí solo, me había dejado la piel en el asfalto. Pero el alma seguía intacta. Cojo aire profundo y levanto el pie para darme esa pequeña tregua. Aunque no quería dejar perder ni un segundo, necesitaba ese respiro. Ese momento que te pones de pie después de 90km muy intensos para ver cómo están tus piernas. Parece que se quejan, las oigo, pero no quiero escucharlas. Nada me va a frenar hoy.

Transición rápida y perfecta. Si es que, cuando tienes el día, todo viene rodado. Hay que reconocerlo. Estaba pletórica. Y me pongo a correr a 3’50min/km. Era mi día y me dije que iba a darlo todo. Sufrí en los primeros quilómetros por los amagos de rampas que aparecían en la parte baja del cuádriceps. Supongo que de la bici tan rodadora con un pedaleo tan constante. Pero ese día, hasta me parecía haberme vuelto inmune al dolor. No bajé el ritmo, y por suerte, fueron desapareciendo. Fui ahogada toda la carrera. Iba muy fuerte, lo reconozco. Al límite de mis posibilidades, pero lo mejor es que no encontraba el momento de regular. Me iba creciendo al ver que podía con ese ritmo y que los kilómetros iban pasando rápido. Primera a vuelta a 3’59 de media y nada me frenaba. La segunda bajo a 3’58. <¡Vamos que te estás saliendo Judith!> Es espectacular sentirse así. Me sentía tan libre, tan fuerte. Me fui creciendo al ver como pasaba a la gente, y viendo que, ni los chicos de la distancia short me recortaban. Y sobre todo, que mis perseguidoras no me alcanzaban. A pesar de saber que la ventaja era considerable, no conseguía relajarme. Cómo es la presión. Qué duro es liderar una carrera con margen y seguir sufriendo por si te alcanzan. Agonizante.

La tercera vuelta la completé con una media de 3’59. Me mantenía increíblemente por debajo de cuatro minutos el kilómetro. Realmente era el día perfecto para volar: nada de viento, nublado y una temperatura genial. Todo acompañaba. Sobre todo, el público. Que placer correr en casa, sentir que tanta gente te conoce, te anima, grita tu nombre, tu apellido… Aunque algunos me animaban como si fuera una giry —jejejeje—. Vi muchas caras conocidas entre ellos. Muchos compañeros, familiares, amigos y conocidos. Gracias por todos esos ánimos que tanto se agradecen. A pesar de mi cara de concentración, y sufrimiento, sentía cada uno de vuestros gritos y aplausos. Lo siento si no lo pude demostrar suficientemente. Gracias a Raúl (Zirconio) que ilusión verte. A Opal, a Rafa y Vanesa, a los chicos del Rockets, a Santi… Gracias a todos. Pero no solo me animó el público. Correr en casa hace que conozcas a muchos triatletas, a gente con la que coincides en el gimnasio, en otras carreras, en entrenos, a gente de tu pueblo y a muchos de los que entreno. Me animaron muchísimos, incluso a pesar de ir sufriendo tanto como yo. Fue muy emocionante.

Me quedaba una última vuelta, las fuerzas ya no eran las mismas. Me dolía todo. Tenía los pies sollaos. Y por mucho que los ánimos seguían por las nubes, me era difícil seguir silenciando el dolor. Pero ya casi lo tenía. Solo quedaba una vuelta. Cinco kilómetros en los que solo tenía que disfrutar. Me lo había ganado. Me curré esa carrera desde el minuto uno y tocaba saborear el triunfo. —No tengas miedo Judith, esto ya es tuyo— me dije.

Por si me cabía alguna duda. Al cruzarme con Laura Siddall, al paso por el final de la tercera vuelta, me aplaude y me choca la mano. Gran gesto de una gran triatleta.  Esas son las cosas que engrandecen a este deporte. Me felicita por mi gran carrera y con ese detalle no hace más que transmitirme que ya era mío y que su lucha por intentar estar más adelante se había acabado. ¡Uf! Resulta muy difícil no emocionarse con cosas así. Me quito el sombrero. Grande Laura. Gracias.

Me decía interiormente: <Ahora sí. Disfruta Judith. Vaya carrerón has hecho. Mira Javi como se ha dejado la piel y la voz animándote. Mira a tus padres y a tus suegros, que emoción> . Bueno, aquí tengo que resaltar una cosa: Mi padre, al inicio de la última vuelta, justo al paso por meta, creía que había acabado, que ya estaba. La verdad es que me pareció verlo muy eufórico. Después de haber guardado la entereza durante toda la carrera. Je, je. Nunca se sabe lo que puede pasar. Gracias a eso, me sacó una sonrisa que ya no me pude borrar de la cara en toda la vuelta final. Y aunque los últimos kilómetros se me hicieron muy largos, incluso me bajara la media (finalmente a 4’02min/km), la disfruté como una enana agradeciendo todo el cariño y el apoyo recibido. Fue una llegada muy especial, me emocioné mucho. Pisé eufórica los metros de alfombra roja que me llevaban hasta el arco de meta. Aunque casi la cruzo en plancha, debido a un tropezón en el último metro. ¡Aig! ¡Espero que no haya imágenes de eso!

  

Qué bonito. Que gran carrera. Me atrevería a decir que la mejor hasta el momento. Inmejorable. Para enmarcar. La carrera soñada, la carrera deseada. No puedo ser más feliz después de algo así. Creo que me va a durar la euforia unos cuantos días. No puedo quitarme las imágenes de la cabeza. La emoción vivida en cada momento. El abrazo en meta con mis padres, con Javi. Que suerte tengo de tenerlos a mi lado.

  

Agradecer a los fotógrafos las espectaculares imágenes: Marcosphotosport, Canofotosport y José Luis Horcado

Video resumen:

VIDEO: Challenge Salou 2018

Antes de que el cuerpo, y la mente, se hubieran recuperado del ironman de Sudáfrica, disputado hace menos de dos semanas, tocaba volver a competir.

Aunque no estuviera al 100%, me sentía muy bien. Físicamente las sensaciones eran buenas. Me encontraba fuerte, aunque me faltaba algo de chispa y, aun sabiendo que en carrera acusaría el cansancio, confiaba en que el cuerpo respondiera bien. Anímicamente estaba genial. El Ironman era agua pasada y tenía ganas de volver a competir. Lo hacía con la seguridad que, a priori, en distancia half no me debía preocupar por mis problemas de estómago (al menos durante la carrera). Estaba ilusionada con esta competición. Me motivaba correr por fin en España y me apetecía volver a Marbella acompañada de Javi.

La verdad que para este triatlón fueron todo facilidades. Andrés del “No te pares”, nos llevaba las bicis en furgo. No sabéis que placer llegar al aeropuerto en moto y viajar con una sola mochila y lo mejor, volar sólo durante dos horas. Sin embargo, no era solo eso. Fue llegar a Marbella y tratarnos como reyes. Es lo que tiene que el director de Ironman España sea el “capo” de tu club (TRICBM CALELLA). Gracias a él, Agustí, y a Cristina, su mujer (directora de Triwoman), como también a Javier Mérida (concejal de deportes de Marbella), nos alojamos en un hotelazo de ensueño. Con todas las facilidades y comodidades del mundo, hasta piscina para hacer la activación los días previos. Los tres se preocuparon para que no nos faltara de nada en ningún momento y estoy muy agradecida. Además de haber podido compartir este fin de semana con ellos. Por cierto, permitirme que haga un inciso, en cuanto a Javier Mérida, os tengo que decir que es todo un ejemplo de lucha y superación. Para ello os invito a que lo comprobéis por vosotros mismos (www.javiermerida.com).

 

Iba tranquila porque el nivel era muy alto. Aunque siempre salgas a luchar y a darlo todo por estar lo más arriba posible, el hecho de saber que no eres una de las favoritas, resta presión, inevitablemente. De todas formas, si tengo que elegir, prefiero presión, que eso es señal de que puedo estar delante. Jejeje. Aun así, no pase desapercibida. Al correr en casa me tocó estar en la rueda de prensa, hacer un par de entrevistas y lidiar con los comentarios típicos: “que, a ganar, ¿no?”. Madre mía si yo no veía claro ni el top5. Todas nos vamos conociendo ya y había varias tops mundiales que sabes que si no pasa nada raro, ni las hueles. Cierto es que hubo dos bajas importantes de última hora (Pallant y Hurtelar) y eso me daba opciones para poder meterme entre las cinco primeras. El pódium esta imposible. Al menos sobre el papel, obviamente.

Las horas previas a la carrera fueron duras. Hacía mucho frío. Estuvo toda la madrugada lloviendo y bajaron mucho las temperaturas. Estar tiritando una hora antes y sin sensibilidad en las manos y en los pies es muy desagradable. Además, el agua estaba a 16’5 grados. Así que, meterse allí para calentar fue el remate. Costó mucho habituar a mi cuerpo a ese ambiente. La única ventaja es que habían recortado la natación a 1,5 kilómetros. No debido al frío, sino a la mala mar. Que, aunque desde la orilla no se apreciará, (como mucha gente ha dicho) unos metros más adentro estaba impracticable.

Llegaba el momento. Listas en la línea de salida. Nervios templados, sorprendentemente. Y suena el bocinazo. Soy la más rápida en sortear las olas y me pongo a nadar en cabeza. Eso me hace sonreír. Aunque poco después, me hace dudar el saber si voy en buena dirección. Pero sí, la primera boya está a tiro. En seguida me alcanza Anja Berenek, la esperaba. Sin embargo, lejos de irse, se queda nadando en paralelo conmigo.

La natación fue muy dura por el oleaje, pero tengo que reconocer que se me pasó volando. Lo peor fue la imposibilidad de orientarse mar a dentro, de boya a boya, donde debíamos completar el tramo más largo en línea recta. Era imposible verla con el oleaje y no encontramos ni una embarcación que nos guiara. Lo curioso fue que, al llegar a ella, por fin, y hacer el último giro que nos llevaría hacía la playa, empecé a ver gente que me venía por todos lados. ¡Uf! ¡Creo que más de uno se está colando! — pensé —. Pues, efectivamente, Así fue. La natación fue un caos. Los tiempos lo certifican y los propios atletas (inclusa varias pros) reconocen que se saltaron boyas. No de forma expresa (supuestamente), sino por confusión y dudas en esas condiciones. ¡Aig! Fallo de la organización por no orientar a los atletas y error de los jueces por no tomar medidas al respecto. Es mi opinión.

Fuera como fuese, salí en cabeza junto con Anja pero con cuatro o cinco triatletas pegadas al culo. La T1 aún fue más caótica. Al salir los chicos pros solo un minuto por delante (eran sesenta), nos encontramos una decena de ellos cambiándose en la zona de boxes, y fue muy difícil poder coger la bolsa, cambiarse delante de tu número y volver a colgarla sin problemas. ¡Qué horror! Entre eso y lo que me costó ponerme los calcetines sin sensibilidad en pies y manos, me hicieron perder esos poco segundos de ventaja con mis rivales.

Me subí tercera a la bici, pero viendo cómo se alejaba Anja y otra triatleta que no conseguí reconocer. Y es que meter los pies en las botas fue aun peor que meterlos en los calcetines. No sabéis que sensación tan horrible ver como la orden que envía el cerebro a tus extremidades no se ejecuta. Los pies están dormidos, congelados, y no son capaces de atinar en un espacio que parece muy asequible. Es desesperante. Y más cuando ves que se te escapan tus rivales.

Lejos de rendirme, aunque con resignación, luché por alcanzarlas. Lo estaba dando todo desde el principio. Eso al menos me ayudaría a entrar en calor, o eso esperaba. Pues funcionó. Lo de entrar en calor no (os cuento que los pies no me los sentí hasta el kilómetro cuatro de la carrera a pie, alucinante). Sin embargo, conseguí darles caza. En la subida pasé a la rival que no tenía ubicada y me coloqué justo detrás de Anja. Estaba contenta de haber llegado hasta allí sin grandes esfuerzos y con un subidón tremendo. Lamentablemente, duró poco. Ahí empezaba la parte más dura del sector ciclista. Y no, no, no las perdí. Me quedé en tercera posición, controlando la distancia permitida, con la moto del juez pegada a mí. Mientras que Anja se quedó a tan solo un par de metros después de que se pusiera en cabeza la otra chica, que ya os confieso que era Laura Philip y yo ni me había enterado (sabía que me iba a pillar, pero no esperaba que hubiese salido tan bien del agua).

De esa manera completamos el ascenso. Con la satisfacción de no perder la cabeza de carrera y poder seguir a dos cracks mundiales, aunque con la indignación de que el árbitro no penalizara aquella actitud de Anja. No se despegó de Laura en toda la subida. Pero tampoco lo hizo en la bajada y al termino de ella, finalmente el árbitro denunció la acción. <<¡Por fin! >>

Lo peor fue que, lejos de beneficiarme, (por saber que esa tarjeta me podía hacer ganar un puesto muy valioso), me hizo perder todas las opciones de lucha en el sector ciclista. Porque los segundos en que Anja estuvo discutiendo con el árbitro en paralelo, me obligaron a frenar y me obstaculizaron para seguir la estela de Laura que, en ese tramo tan rápido, crearon una distancia insalvable. Y para colmo, después de la amonestación, Anja arrancó muy fuerte. Tanto que me pilló por sorpresa. Viendo, aun incrédula como Laura se perdía y se me escapaban las opciones de seguir tras ellas. ¡No puede ser! ¡Qué tonta! No daba crédito a lo que estaba pasando. La vez que voy mejor posicionada y luchando codo con codo con las mejores voy y pierdo todas las opciones, y no por mi culpa.

Tocaba seguir, en solitario. En el giro veo que las otras dos favoritas venían cerca, aunque había aumentado la distancia teniendo en cuenta que la primera transición la hicimos juntas. Pero venían muy bien colocadas y, sin embargo, yo me había quedado completamente sola. Tocaba chuparse todo el aire en contra, tocaba pasar penurias durante algo más de veinte kilómetros y tocaba seguir luchando porque quedaba mucha carrera por delante. Iba en segunda posición y aun así me dije: ¡Pero de que te quejas tía! Si te acabas de dar cuenta de que la favorita es la que va en cabeza y no otra. Por lo tanto, una menos de la que preocuparte. Y que a la segunda favorita le han metido un penalty box, y esos cinco minutos la sacan de carrera. Y, además, a las dos que vienen cerca, ya las tenías en cuenta. Así que tira —me dije.

A pesar de tener que lidiar con todos esos pensamientos negativos en carrera y con la extremada dureza del circuito, disfruté muchísimo de este sector. Me encantó el recorrido: bonito, entretenido, seguro y diferente. Cuando más disfruté fue en los últimos quince kilómetros donde solo había que dejarse caer. Miento, disfruté hasta que en el kilómetro 88, me pasan Anja y Diana quitándome las pegatinas. ¿Pero cómo es posible? Anja ha parado cinco minutos en el kilómetro 48 y ya está aquí? Aun me cuesta creérmelo. No entiendo nada. Increíble.

Que contaros de mi carrera a pie. Que, aunque corrí de “puta madre” no sirvió de nada. Me bajé fresca, entera, corriendo a cuatro “pelao” el kilómetro. Estaba ahí, en cuarta posición todavía, pegada a la segunda y a la tercera, y también a la quinta. Marta venía muy fuerte y me adelantó en el tercer kilómetro para acabar colocándose en segunda posición en el primer cuarto de carrera. Me desbancó a la quinta posición a pesar de seguir imponiendo un fuerte ritmo que no creí que fuera capaza de mantener. Pero lo hice. Con la impotencia de ver que no servía para nada mi gran carrera.

El ritmo de mis predecesoras era aún superior al mío. Y aunque por detrás la distancia era inmensa, no quise rendirme. Seguí luchando a pesar de comprender que las cosas no iban a cambiar ya. Sin embargo, quise seguir peleando conmigo misma y quise devolver al público todos los ánimos que me estaban dando. Era la primera española en cabeza y la gente estaba entregada. Muchos conocidos que gritaban mi nombre, mi apellido y más cuando Alberto Montenegro, el speaker, que me conoce muy bien desde hace muchos años, los animaba a que me ovacionaran al pasar. Aunque a los malagueños, con lo “salaos” que son, . poca falta les hacía que les dieran directrices ¡Qué buena gente! Disfruté una jartá corriendo allí. ¡Gracias a todos! Al público Y Alberto, como no.

Crucé la meta en quinta posición. Top5 logrado. A eso veníamos, ¿no? Pero no pude evitar tener una sensación agridulce con la gran carrera que había hecho, porque sentí que merecí más (todo hay que decirlo). Aun así, qué bueno es, que en meta te queden esas sensaciones después de haber hecho una gran carrera, tan solo quince días después de haber corrido un Ironman (casi).

Los momentos más agrios fueron: que Javi cruzara la meta mientras yo pasaba el control antidoping (Eso sí. Como estaba cerca, y lo escuché por megafonía, me puse a llamarlo desesperada desde la carpa, hasta que me vio. A pesar de que la doctora me mirara como a una loca. Llevaba media hora diciéndole: “mi husband is in the race, and I want see you in the finish line”. Sí, sí, ni en Marbella teníamos médicos españoles). Y la otra, que las náuseas volvieran aparecer al término de la carrera (aunque por suerte, fue sufrir un par de horas y volver a ser persona otra vez).

Los momentos más dulces: compartir el post carrera con Javi satisfechos los dos de nuestra competición. Volver a ver a Elvira (una malagueña con la que compartí piso durante un par de años, y le tengo mucho cariño). Disfrutar de recoger el premio de mi quinto puesto y mejor resultado español, aplaudida por todo el público. Y el vivir un gran fin de semana.

     

VIDEO: IRONMAN 70.3 Marbella

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