CHALLENGE MOGAN GRAN CANARIA

Por fin llegaba la primera del año. Parece que nunca va a llegar. Los meses previos se hacen eternos pensando en ella –que para algo entrenamos–. Pero, por otra parte, cuando llega no puedes evitar pensar: «¿Ya?, ¿Estaré preparada? ¡Igual necesitaba algunos meses más de entreno!». Pero ya no hay vuelta atrás. Con el trabajo hecho, o no -que lo estaba-, llegaba la hora de probarse. Incertidumbre es lo que se siente ante ella. Oyes a tu cuerpo la semana previa y crees que estás bien. Por suerte, no hay nada extraño que diga lo contrario. Pero después de tanto tiempo sin competir, no sabes cómo te vas a encontrar.

En los días previos siempre surgen pequeños percances. A la bici le faltaban unos retoques, pero tengo la suerte que Josep se desvive para que tengamos la Ûnica al 100%, y vino hasta casa para ajustármelo todo. El mono de competir no llegaba a tiempo. Cierto es que hubieron muchos cambios de última hora con sponsors que dejaron de colaborar. Y lo de WITL, que me informa solo un mes antes de empezar a competir que ya no sigue conmigo. Pero afortunadamente, siempre tengo gente que me apoya y tocaba darle visibilidad e incorporarles en el mono. Esperé hasta el último momento, pero no pudo ser. Por suerte, mis suegros, la noche antes de competir, me trajeron un mono cualquiera que me envío Viator; para tener algo.

Aun así, una va teniendo experiencia e intenta que nada de esto me desconcentre ni me saque de carrera. Porque, a pesar de eso, por lo demás todo salió rodado en logística. Llegamos jueves a la isla. Hotel de lujo que nos pone la organización justo delante de la salida. Y eso, es media vida. “¡Muchas gracias!”, porque realmente fue un placer disfrutar de aquello. Pudimos ver el recorrido de ciclismo, donde comprobamos su dureza, no solo por el desnivel que íbamos a acumular, sino también por el calor y el viento que se sumarían a la fiesta. «Aunque a mí lo del calor, tengo que reconocer que me gusta». Pudimos preparar todo con calma y sobretodo, descansar y comer como reyes.

Yo estaba muy tranquila los días anteriores. Supongo que, al ser la primera prueba, era inevitable estar aún un poco fuera de juego. En parte me ayudaba a templar los nervios. También era de esas carreras que no tenía apenas presión, había mucho nivel. Es de las carreras más top que he hecho en cuanto a las rivales. Estaban las mejores del mundo. Primera competición con Daniela Ryf como rival, «bueno: de rival por decir algo, porque aquello es otra liga». Solo hacía falta pasearse por boxes, y ver las máquinas que llevaban, para darse cuenta del nivel. No me refiero a la marca, porque mi única no tiene nada que envidiarle ¡eh! Sino a las ruedas elegidas (lenticular, palos…), al desarrollo con platos enormes, al manillar… Y es que la bici de Natascha Badmann –una veterana de 50 años, varias veces campeona del mundo– no tenía manillar, solo acoples. Pero «¿Cómo podía ir así con este circuito que no tenía ni una recta? ¡Si yo apenas me acople 3 veces en los 90km! Y, ¿Cómo frenaba?». Alucinante, aún no sé cómo controlaba esa bici.

Yo iba hacer mi carrera, como siempre. Es cierto, que los medios comentaban el nivel que había: Daniela Ryf y Emma Pallant como favoritas. –Emma me sacó una minutada ya en Barhéin–, Natascha con su veteranía. Algunas caras y nombres que me sonaban como la que llegó a la T2 en Peguera conmigo, y sabía que en el agua me iba a meter minutos, aunque, si salía como en Mallorca, podría alcanzarla en bici y a priori yo también corría mejor. Sara como otra española, y que ya nos conocemos bien. Y muchas otras Pros que no conocía, pero venían también a dar guerra. Veríamos a ver si, a pesar del cartel, podíamos meternos en el top 5.

Por fin llegaba el día. Suena el despertador después de una noche con muchos ratos en vela, –inevitable–. Pones los pies en el suelo y ves que todo está en orden. No duele nada. Aunque la barriga algo revuelta y un poco de malestar, pero sabes que eso es parte de los nervios y algo habitual ese día. Aun así, te fuerzas por desayunar y seguir las pautas que me había marcado Marta, mi dietista de Kronosport, y que tan importante es tanto en carrera, con la suplementación, como en la dieta los días previos. Desayunar, ir veinte veces al baño, –también habitual– y bajar a boxes a prepararlo todo.

Todo listo a escasos treinta minutos de empezar la prueba. Tiempo de sobras para ajustarse el neopreno, calentar un poco y ponerse ya muy nerviosa. Es lo que toca. El agua estaba genial, 21 grados. Genial para mis manos y mis pies que no llegan a enfriarse, y eso me da subidón. Además, la temperatura ambiente también era muy buena. Me alegro de estar en Canarias, con ese clima tropical y no sentir ese frío que te desespera antes de cada carrera y aun te hace temblar más.

8.00 Salen los chicos pros y un minuto más tarde lo hacemos nosotras. Empieza la prueba. Hago una muy buena salida y me coloco rápido en cabeza sin ningún problema, ni golpe. «Que buena sensación». Aunque pronto me pasa una rival que, en menos de cinco segundos, se aleja sin más. Imaginaba que era Daniela. Ya contaba con ello. Pero en cuestión de segundos me pasan dos más. Que decepcionantemente. Se escapan tan rápido como la primera. Una vez más, pierdo cualquier estela posible y me quedo sola durante todo el sector de natación. Habrá que mirar el lado positivo y es que, por detrás, yo también estaba sacando ventaja respecto al resto.

         

La natación fue dura. A priori el mar estaba en calma. Pero, a medida que te ibas adentrando, el oleaje se hacía más intenso y, ahí, es donde empiezas a meterte en carrera. Ya no recordaba lo que era luchar contra el agua, nadar medio mareada, sin ritmo ni en la brazada ni en la respiración. No recordaba lo que era la falta de orientación cuando te quedas sola sin referencias y no encuentras fácilmente las boyas o el arco en la playa con el sol de cara. Además, el circuito de natación eran dos vueltas, con salida y entrada en el agua de nuevo. En la segunda vuelta me comí a todos los que venían de cara. Mucho estrés en esos 400 metros aproximadamente donde faltó alguna boya en medio para delimitar un poco el recorrido y evitar eso. Aquello fue “CanPixa”.

Fuera como fuese ya lo tenía y completaba la T1 en unos boxes desiertos. Vaya carrera me esperaba más sola que la una. Y nada más lejos de la realidad. Al ver en el primer punto de giro que las tres primeras andaban muy lejos y que por detrás también había sacado una ventaja considerable, al menos por el momento.

     

La bici fue muy muy dura. Tanto que se me fue atragantando más y más en cada vuelta y a punto estuve de tirar la toalla. No iba mal, pero tampoco iba bien, después de los primeros 10km de enlace, eran 4 vueltas a un mismo recorrido de 20km, 10 de ida y 10 de vuelta. Una carretera costera. Un continuo sube-baja donde no podías coger ritmo en ningún momento. Un circuito técnico con alguna curva cerrada que a mí también me penalizó y noté que perdía más tiempo en la bajada que en la subida. Suerte del cambio electrónico porque en este circuito fue clave.

En cada vuelta las piernas picaban más, el cansancio se acumulaba y, para colmo, el viento se iba levantando. Luché por seguir en carrera en todo momento y no oír lo que me decía mi cuerpo. La fatiga, el dolor del tibial anterior izquierdo que con tanta subida me estaba rabiando, el aductor que por querer corregir el dolor del tibial le estaba exigiendo de más y el “no puedo” que cada vez me gritaba más fuerte. Pero esto era competir. Esto era sufrir y luchar contra ello. «¿Ya no te acordabas de lo que era esto eh? ¡Bienvenida de nuevo Judith!».

Cuatro vueltas que se hicieron eternas. No solo para mí porque, por lo visto, Daniela se salió en la tercera creyendo que ya estaba. La única motivación era ir viendo en cada vuelta a Javi y podernos animar. Y escuchar que en la tercera me grita: «¡Esto es muy duro!». Es que realmente fue muy dura. 1.500 de desnivel acumulado. Mis tiempos de strava lo corroboran: primera vuelta: 32’33”, segunda: 33’16”, tercera: 34’28” y cuarta: 36’10”. Eso lo vi luego, aunque mi Garmin ya me enseñaba como cada vez bajaba más la media que pasó de ser de 34km/h, en la primera vuelta, a bajar de 31 en la última. Los watios también bajaban, a pesar de no trabajar con ellos en carrera, pero podía ver cómo iban disminuyendo. La fuerza achicaba.

No me hacían falta números. Mis sensaciones ya me lo decían. Eso, y el ver que las rivales de delante cada vez estaban más lejos. No fui capaz de acortar distancia ni si quiera con la chica que pillé en Peguera. Y eso también me desmoralizó. En cambio, a mí me dieron caza 3 rivales, Emma Pallant en la segunda vuelta, –aunque con ella ya contaba–. Y dos más en la última vuelta. Sintiendo la impotencia de no poder seguirlas porque ya no iba. Y es que fue en la última vuelta donde me desinflé, porque aún venían lejos. Pero en la última me recortaron toda esa ventaja. Tanto es así, que en la T2, veo que tengo pegada a otra rival que ni siquiera había visto. Aunque, para mi sorpresa, llevaba el dorsal rojo, el de grupo de edad y no era rival. Aunque me extrañó y me despistó un poco. No era normal si había salido tres minutos más tarde.

Más que despistarme me hundió en la miseria. Pero, lejos de abandonar, debía afrontar la media maratón con entereza y sacar fuerzas de donde fuese. Una media maratón de cuatro vueltas también y con sube-baja –por si no habíamos tenido bastante–, que empezaba con la rampa más dura y donde pude ver que dos chicos pros ya bajaban andando después de abandonar y donde la gente andaba debido al desaliento.

Me limité a correr. A no pensar en el dolor. Tenía la sensación de que estaba fuera de carrera, pero no iba a tirar la toalla. No quería mirar el reloj. No quería mirar tiempo. Total, con ese desnivel, tampoco importaba mucho. Vi que el top 5 se escapaba y estaba lejos, pero vi como Natscha venía cerca en el primer giro y me dije a mi misma que no podía perder más posiciones. Entonces empecé a correr, más y más rápido. Eran más las ganas de acabar ese infierno de carrera que el buscar algún otro objetivo.

Otro de los alicientes fue ver a Javi como empezaba a correr al pasar yo por la primera vuelta. Nos animamos una vez más y me motivé con ir a por él. Esperaba no hacerlo, sería buena señal para él. Pero en parte quería, aunque fuera para correr juntos.

Y ahí fue donde despegué las alas. No sé si fue ver a Javi, o los ánimos de los canarios situados en la primera rampa, lo que me hicieron volar el resto de la vuelta: “¡vamos mi ñiña!”, “¡vamos gitana!”, “¡Cómo va esa, tiene que ser Pro!”, “Carreron”. Eso era lo que escuchaba en cada paso y en cada vuelta con más emoción y fuerza que me hicieron acelerar el ritmo. –Muchas gracias–. Y es que la gente canaria es majísima. Gracias a ellos, y a los voluntarios del avituallamiento, porque fue la única animación de toda la carrera, exceptuando el paso por vuelta en la zona de boxes y meta que es donde estaba todo el mundo.

Segunda vuelta. Donde vi que tenía a Javi cerca y algo más lejos a dos rivales, pero con la sensación de que se iban quedando y yo en cambio empezaba a marcar un buen ritmo. Tanto fue así que alcancé a Javi en el paso por la segunda vuelta y le digo: «¡Voy a por ellas que están muertas! Engánchate a mí». Hasta yo me sorprendí de ese comentario en voz alta. Habló mi subconsciente. Pero lo dije, y me lo creí. Me lo estaba creyendo. Así que seguí corriendo cada vez más fuerte. Pronto noté como Javi se quedaba y muchos otros competidores que marcaban un ritmo inferior al mío. Yo no me creía lo que estaba pasando ni de dónde habían salido esas fuerzas. «¿Serán los 3 geles Recuperat-ion que me metí en carrera?». Fuera lo que fuese, cada vez corría más rápido, corrí los últimos 10 kms como si cada uno de ellos fuera el último. Viendo cómo iba recortando distancias. Cómo me iba creciendo. Cómo me sentía fuerte y encontraba esas buenas sensaciones que habían tardado 4h en llegar y lo hacían en los últimos 45 minutos de carrera.

En la tercera vuelta di caza a una rival (a la que llegamos juntas a la T2 en Peguera y que por fin pareció no resistirse). Ya estaba en el top 5 de nuevo. Javi, al verlo, me grita que siga a por la otra. No me lo podía creer. Pero, lejos de conformarme, en el paso por la última vuelta vi que tenía otra de las competidoras cerca (la que me había pasado en bici). Bueno…, tenía mis dudas de si estaba cerca, pero no iba a cesar de intentarlo. Solo la veía a ella. Fue mi obsesión hasta que la pillé. Y justo cuando la di caza, a falta de 2kms, me cruzo con Javi que, con un gesto de rabia y emoción, me grita satisfecho. Eso me emociona. Y sé que, tanto a él como a mí, nos sorprende mi capacidad de lucha.

Vuelo en el último km y lo disfruto al ver que ya no me sigue la rival a la que había rebasado un km antes. Lo saboreo satisfecha de la carrera que he hecho con las sensaciones que tuve en bici, con la dureza, con el cansancio. Me emociono al saber que: “a huevos, no me gana nadie”. Y que las carreras no se acaban hasta cruzar la meta. ¡Esto es competición!

Finalmente, quinta. Porque, la competidora que me adelantó en la T2, con el dorsal de grupos de edad, resultó ser Pro.

Top 5. Objetivo conseguido.

 

 

Related Post
70.3 LOS CABOS – MÉJICO
CHALLENGE FORTE VILLAGE, CERDEÑA
IRONMAN BARCELONA
ZARAUZKO TRIATLOIA