Primer half de la temporada. Con ganas de estrenarme, pero en el peor momento físico de las últimas semanas. Después de llevar meses de entreno y la primera vez que seguía una planificación y me había puesto en manos de un entrenador (Álvaro Rance), llevaba dos semanas que me encontraba cansada, débil y dudando de si sería capaz de mantener el tipo durante la carrera.
Bueno, ¡había que intentarlo! Por ganas que no sea.
La carrera empezó bien. Salida primero de las chicas en solitario y ahí me puse en cabeza a la par con otra nadadora. No nos despegamos ni un segundo en los 2km a nado. Eso me dio confianza, pero al subirme a la bici, supe al instante que mi cuerpo no estaba al 100% (más bien ni al 50%) con acabar me conformaba. Esa no es mi actitud, pero cuando el cuerpo no va….difícil tomar otra, y menos en un half.
Me puse a rodar primera en solitaria y afrontar las 2 vueltas de la dura bici que me esperaba.
Poco tardaron en darme caza. Muchos chicos (como era de esperar) y una chica, que rápidamente perdí de vista. ¡Uf! Mi cuerpo no era capaz ni de responder al instinto de apretar al ver que me superaba una rival. Por mucho que mi cabeza diera la orden, mi cuerpo no se inmutaba.
Sufrí, aguanté y encaré la T2 en segunda posición. No estaba mal, en cuanto a la posición se refiere, pero mis piernas estaban exhaustas. Estaban engarrotadas y con amagos de rampa continuos, desde la punta de los pies hasta la cadera. ¡Dios! Correr 20km iba a ser muy duro en ese estado.
El empuje del público me dio un punto de energía pero en 1km se disipo toda. ¡Mis piernas! ¡Qué dolor! Se me rasgaban los cuádriceps. Pensé que me rompía. ¡Qué sensación tan horrible! ¿Sería capaz de correr con ese dolor durante mínimo una hora y media? “Aguanta Judith” decía mi cabeza. «No eres la única que sufre en un half, la gente se arrastra, se para…» No soluciona nada, pero… ayuda.
3 vueltas de carrera en las que me esperaban en cada giro mis padres (siempre están ahí). Y ese día, también buenos amigos que habían venido a verme y animarme: Cate y Alberto, y David, su mujer Laia y sus niños. Eso no pasa todos los días y aunque te van apoyar igual aunque no termines, me sentía en deuda con ellos. Así que…eso hice. Me arrastré hasta cruzar la línea de meta, por ellos, por mi entrenador, por empezar la temporada “acabando” y por mí.
Logré un segundo puesto, suena bien, pero sólo porque me bajé con suficiente ventaja de la tercera para que no me pillara. Eso ayudó a defender la carrera. Aunque la distancia respecto de la primera crecía a la vez que disminuía por detrás de mí.
Sabes de esos días que dices: “¿Por qué hago esto?”, “¿Por qué sufrir tanto?” “¿Compensa?” y tirarías la bici y las bambas a la basura. Pues este fue uno de ellos.
Lo peor: quedarme con malas sensaciones quince días antes de la cita más importante de la temporada: Campeonato de España de Media Distancia.
Mañana será otro día.