Llegaba la última del año. Esta no entraba en mis planes, pero Javi iba a correr el IM junto a unos amigos y yo, que prefiero estar dentro del ruedo que verlo desde la barrera, viendo que es el mismo día y que en esta distancia sí que hay profesionales, me animo hacer el 70.3.

En Los Cabos, aterrizamos el lunes previo a la carrera. Mucho margen de tiempo. Pero creerme que era necesario. No es fácil adaptarse al cambio horario, al clima, recuperarse del largo viaje…  No me voy a extender en contaros mi semana previa. Sobre todo, para no daros mucha envidia –jejeje–. Simplemente nos dedicamos a descansar. Principalmente, a ver los respectivos circuitos. Y obviamente, aprovechar para hacer un poco de turismo y disfrutar de lugares únicos como lo es “El Arco de fin de mundo”.

La semana fue bien. Nos fuimos adaptando poco a poco. El calor era soportable. Y más, cuando estás tirada en una tumbona en la piscina o en la cama con el aire acondicionado; aunque se presagiaba que, en carrera, sería insoportable. Yo venía preparada para ello. En Filipinas ya lo sufrí de lo lindo. Pero, aun así, se paga caro.

    

Es cierto que venía sin mucha presión. Era una prueba desconocida para mí. Ni siquiera contaba con ella, pero quería hacer un buen final de temporada y, por lo tanto, una buena carrera y que me dejará buenas sensaciones al bajar la persiana de este año. Así que, a pesar de estar hospedados en régimen de todo incluido, me cuidé más que nunca. Quería sentirme bien. Sentirme fina y lo conseguí. En otras ocasiones lo había pagado el descuidar la dieta por culpa de los viajes y salir de la rutina. Esta vez no estaba dispuesta a ello.  No creáis que lo hicimos por beber y comer todo lo que queríamos. Era la primera vez que cogía algo así y podía ser muy peligroso. Pero es la mejor opción cuando vas a un país desconocido, sin vehículo, en una zona que no prevés que puedas tener muchas opciones de comer sano y además…, si vas sumando las comidas fuera, a la larga sale más caro. Así que no le sacamos mucho partido a la pulserita del todo incluido. Pero…, valió la pena.

Pronto vi que, muy a mi pesar, el nivel era altísimo (tanto en chicos como en chicas). Una lista larga de veinte elites donde había: una ganadora de Hawaii, cinco chicas que corren ITU y varias canadienses y unas americanas que aparecían en la quiniela como favoritas. <¡Aig! Si es que cuando hay pasta… ¡normal!>. Aún no sabía dónde me había metido. Inocente de mí si creía que, por estar en la otra punta del mundo y en las fechas que estábamos, iba a disputar una carrera con poco nivel.

Domingo. Arrancamos las elites rondando a las 6:40h con unos quince minutos de retraso sobre la hora prevista. Cinco minutos después de que lo hicieran los chicos y cinco minutos antes que el resto de atletas del Half. Los del IM aún debían esperar una hora más. El retraso nos dio tregua para que empezáramos a nadar después del amanecer y no antes. Menos mal, porque si ya costó ver las boyas de día… imagínate de noche. Entré al agua con los pies congelados (a pesar del calor, para variar) por culpa de esa larga espera. Aunque como el agua estaba a más de 27 grados, rápido me los hizo entrar en calor. Un lujo nadar sin neopreno. Como a mí me gusta.

La natación fue complicada. Mucho oleaje y muchas “hostias” con mis rivales. Se notaba que había nivel porque éramos seis las chicas que peleábamos por no perder el grupo. Un grupo que creía que era el primero. Pero, por lo visto, había un par de escapadas por delante. Bastante tenía con luchar en mi espacio como para ver lo que estaba pasando allí delante. A pesar de todo, iban cayendo los metros sin perder el grupo. Aunque lo más duro fue salir del agua. La fuerte corriente nos vaciló. Me sentí ridícula braceando a solo 10 metros de la orilla sin ser capaz de avanzar. Creo que fue la parte más dura de la toda la carrera y la que más me desgastó.

                

̶ A 3’ de la cabeza. Me canta Javi al salir del agua y mientras él espera para empezar su carrera. <¡Dios. Eso es mucho tiempo!, ¿Estás que son las de ITU o las de Hawai? Y eso que soy nadadora>. Me decía a mí misma. T1 muy lenta. Como de costumbre. A pesar de no llevar neopreno, me peleo con el traje trampa para sacármelo de los tobillos. Y encima, me demoró más que el resto en ponerme calcetines (requisito imprescindible también en bici para mí). Si ya se me habían alejado un poco, el montaje en bici en una rampa de unos 800 metros y con badenes, ayudó a que perdiera definitivamente el grupo. No atiné a meter el pie en la bota por culpa de romperse la gomita. Y eso me hizo perder todas las opciones de rodar acompañada los primeros kms. Digo solo los primeros porque creo que, aunque las hubiera seguido al principio, hubiera caído rápido. Eran muy superiores.

Una vez más rabia de sentirme tan incompetente en la transición y primeros kms de bici. Y para colmo, vi que el potenciómetro no iba, que el bidón delantero lo tenía ladeado y a duras penas podía beber de la cañita sin moverme del acople. Parecía que era todo el manillar el que estaba torcido y esa sensación me incomodó y provocó que se me fuera cargando la zona lumbar y el lado izquierdo de la cadera por forzar la postura. <¡Concentración Judith, y a tirar con lo que hay!>

Fue una bici dura. Un continuo sube-baja muy matador y que sumaban más de 1.000 de desnivel y con la sensación de no coger ritmo nunca y encima pendiente de la carretera. Muchos badenes. Algún hueco importante y, sobretodo, algún tramo de tierra y placas provisionales por culpa de la tormenta tropical Lidia que sufrieron ahí hacía dos meses y que les levantó todas las carreteras. El calor fue mermando las fuerzas. Pero, a pesar de todo, lo gestioné bien.

No fue una bici totalmente en solitario. Después de quedarme sola al principio, y ver cómo me pasaban dos más (la que quedó primera y segunda) sin poder hacer nada por seguirlas, iba viendo a lo lejos a otra. Le iba recortando en las subidas porque, en el llano y bajada se me iba de nuevo. Ella iba con lenticular. Finalmente le di caza sobre el km 15 y, ya de vuelta, tuvimos un tira y afloja hasta el km 40, donde nos pasó una más. Pero me dije a mi misma que esa iba a ser la última. Y después de ver que mi compañera de viaje no conseguía enlazarla me dejé la vida por hacerlo yo. Y aunque nunca llegué a estar a menos de 15 ó 20 metros de ella, logré no perderla de vista y descolgar finalmente a la primera.

Eso me hizo sentirme competitiva de nuevo. A pesar de los estragos que pasé, por no perder su estela y luchar durante más de 40km detrás de ella, conseguí abrir mucho hueco por detrás y no ver cerca a ninguna rival más. Parecía que el resto, y mi perseguidora del principio, habían desaparecido. Aunque las que se habían esfumado eran las seis primeras que no había quién ni siquiera las pudiera ver. Incluso alcanzaron a chicos pros y todo.

A pesar de mi lucha por no perder a la séptima corredora, en los kms finales se metieron dos grupos de edad entre nosotras (los únicos dos chicos que me pasaron en todo el circuito). Eso, y una moto del juez que nos vigilaba, provocó un hueco insalvable que me alejó de ella pocos kms antes de la T2, donde perdí a los tres en la bajada final (me falta desarrollo).

Transición rápida. La ventaja de llevar los calcetines puestos. Conseguí pasar a los dos chicos que se me fueron con ella en esa parte final y logré volver a tenerle a ella a tiro. Pero poco iba a cambiar la cosa en la carrera a pie.

Una carrera durísima. Supervivencia total. De esas carreras donde no vale para nada mirar el reloj. Donde los kms no pasan y solo esperas llegar de nuevo al siguiente avituallamiento para hidratarte y tirarte de nuevo agua por encima (a pesar de las consecuencias que eso provoca en tus pies). Lo único bueno es ver que todo el mundo va igual, o peor que tú. Y, eso, te alivia. En estas carreras hay que intentar dejar la mente en blanco, vencer el no puedo y: correr, correr y correr sin dejar de hacerlo. Lo has de hacer como puedas, esperando que vayan pasando los kms sin pena ni gloria. Yo iba a tirones. Eran momentos en los que intentas dar un punto más y te vienes arriba, pero pronto, tu cuerpo, echa el freno porque no puede seguir llevándote así. Puede llegar a ser muy triste.

     

Los únicos momentos de agrado fue, el pasar por delante de nuestras chicas y sentir sus ánimos y los instantes de encontrarme con Carlos en carrera y darnos fuerzas mutuamente. Hubo muchos momentos de bajón. Fue una carrera muy, pero que muy dura. Y yo solo me animaba sabiendo que Javi iba a correr el IM. Motivo suficiente por el que no podía tirar la toalla en el Half. Y a la misma vez, sufría mucho por él y por el resto de amigos que estaban corriendo el Full. Porque su maratón sí que iba a ser un verdadero infierno.

Me motivó el hecho de no perder nunca de vista a la rival que perseguí durante casi toda la competición. Aunque no pude alcanzarla y nos separaron solo treinta segundos en meta. Otra ventaja fue que, por detrás, estaban muy lejos y cada vez más rezagadas. No vi que peligrase mi posición (siempre y cuando fuera capaz de llegar a meta). Aunque hubo momentos en los que dudé en conseguirlo porque realmente creí desmayarme del sobreesfuerzo sintiendo náuseas y muchos mareos. Aún así, conseguí rascar una posición adelantando a la que nos sacó 3’ en el agua y que rodó más de medio segmento ciclista en solitario, pero literalmente se murió en la carrera a pie. Eso, y adelantar en el tramo final a los dos chicos que me habían pasado en los primeros kms (los mismos que pasé en la T2) alejándose muy rápido, me hizo cruzar la meta con una media sonrisa.

No fue una carrera mala, ni un mal resultado. Sin embargo no me quedó buen sabor de boca. No disfruté. Sufrí mucho y no me sentí competitiva en ningún momento. La carrera se estaba disputando muy lejos de mí. Y esa sensación te hace sentir totalmente fuera de carrera. Impotente de saber que no lo puedes hacer mejor. Te quedas como si no hubiera servido de nada todo ese esfuerzo. Me quedo, eso sí, con la experiencia vivida. Hay que viajar y competir en todos sitios. Conocer tu nivel y el del resto de las rivales. Ser consciente de donde estás y hasta dónde quieres y puedes llegar. Al menos para intentarlo.

    

Después de mi carrera tocaba seguir a pie del cañón y animar a Javi, a Tomás y  Joan, que estaban corriendo el Ironman. Padecí mucho viendo a Javi correr su maratón. Si mi carrera había sido dura… imaginaros la suya. No solo sufrí de verlo. Sino que, como yo aún estaba pagando caro el sobresfuerzo, tuve que abandonarlo varias veces durante su carrera y hacer varias visitas al wc y tumbarme en la cama por culpa del mareo, de las náuseas y de los problemas de estómago que aún tenía.  < ̶ Lo siento cariño! ̶ >. Suerte que las chicas no nos dejaron solos en ningún momento y cuidaron mucho de nosotros (tanto los del Half como los del Full, dentro y fuera de carrera. <¡Muchas gracias a las tres!>

A pesar de la dureza, finalmente todos conseguimos llegar a meta y muy satisfechos de completar una de las carreras más extremas que hemos hecho. Carlos y yo en el Half y Tomás, Joan y Javi en el Full (que aún tiene mucho más mérito). < ¡Felicidades chicos! >.

Lo mejor de todo, disfrutar de una carrera y del viaje acompañados de buenos amigos. Con muchos momentos buenos para no olvidar. Como la busca de KSI MERITO que me encargó Gonzalo, que nos hizo reírnos durante un buen rato y que lo seguirá haciendo.

      

No puedo olvidarme en este viaje de nuestros amigos mejicanos. Montse y Luis. Que, sin conocernos de nada, no solo nos hicieron de chofer, sino que nos llevaron a cenar al mejor restaurante japonés al que hemos estado nunca. <¡Muchísimas gracias por vuestra hospitalidad!>

Fin de temporada. Un balance muy positivo. Tanto deportivo como personalmente.

Momento también de agradecer a mis sponsors todo el apoyo durante mi temporada.

 

¡GRACIAS A TODOS¡

Esta competición era la única que no entraba en mis planes cuando confeccioné el calendario de la temporada. Ha sido fruto de la improvisación y de una decisión de última hora. La culpa la tiene mi retirada en el Ironman Barcelona. No solo me había quedado con ganas de más, con ganas de competir, sino que después de algo así… necesitas desquitarte. Como no suelo quedarme de brazos cruzados, ni lamentándome de lo que no pudo ser, rápidamente busqué otra vía de escape. Además, había un importante entreno detrás. Un gran trabajo para llegar en plena forma a estas fechas y, si no competía, me quedaba la sensación de haber desaprovechado esa preparación. Además, quería cerciorarme de mi gran estado de forma; o al menos yo sentía que así era. Me encontraba (y me encuentro) fuerte y quería demostrármelo a mí misma.

Tan sólo tres días después del Ironman, con la idea puesta en la cabeza de buscar alguna carrera, miré las opciones que tenía. Eran pocas dadas las fechas en las que estamos y teniendo en cuenta que este domingo partimos a Méjico rumbo a la que, esta vez sí, o al menos por el momento, será la última carrera del año. Así que, por cercanía, precio y logística el Challenge Forte Village en la isla de Cerdeña iba a ser la competición elegida.

Es cierto que no nos salió tan bien la jugada como queríamos. Escribí a la organización y me dijeron que no podía contar con alojamiento gratuito y que tan solo podían ayudarme con el 50% de la inscripción debido a que había muchas Pros invitadas (con eso tampoco contaba). El triatlón se celebra en un gran Resort deportivo-lúdico-festivo donde, además de una estancia de ensueño, el estar instalado en el mismo recinto donde se compite, es una gran ventaja en muchos aspectos. Pero, a pesar de todo, y gracias a Javi, que aún tiene más iniciativa que yo, decidimos ir (aunque se nos fuera de presupuesto). Él sabía que yo quería correr y no lo iba a dejar de hacer por muchos contras que se fueron presentando. Ni tan solo el conocer la start list de Pros del evento me hizo cambiar de decisión, y eso que sabía que el Top5 iba a estar muy caro. <El que no arriesga, no gana>. Conseguimos unos vuelos a buen precio, un hotel cercano decente (obviamente el Forte Village Resort sí que se nos iba de cuentas) y ya teníamos una excusa más para volver a hacer maletas y conocer mundo. Cerdeña es un destino turístico envidiable y aun no lo conocíamos.

Llegamos viernes. Tiempo justo para deshacer maletas, montar bici, recoger dorsal, correr un poquito, cenar y a dormir pronto. El sábado no fue tampoco un día relajado. Con el reloj marcando los timing del día: desayuno, un poco de natación en el mar, breafing, check-in, comer, ver el circuito en coche (y menos mal que lo vi), descansar un poco, preparar todo, cena (pasta party de la organización en el resort que obviamente no defraudo) y temprano: el requisito imprescindible…, a la cama.

Los días previos estuve más tranquila de lo habitual. El día anterior me sentía bien, y hasta dormí genial la noche víspera. Sentía que era una carrera diferente, no estaba tan nerviosa, no tenía nada de presión. Venía a competir conmigo misma. Era como si me debiera algo a mí, solo a mí. Quería devolverme esa confianza perdida en Calella. Y, más que un buen resultado, buscaba una buena carrera a nivel personal.

8:00h. Arrancan los chicos profesionales y solo un minuto más tarde lo hacemos nosotras. Un grupito numeroso de élites, unas veinte, y muchas tops para dar guerra, aunque conseguí estar entre las primeras posiciones desde el principio. Era una natación chula, dos vueltas que incluían salir del agua en el giro con un triángulo de solo 900 metros de perímetro; por lo tanto, los escasos 300 metros de boya a boya se hacían muy llevaderos. El agua, movidita. Iba a ser un día muy duro con fuertes vientos y se notaba en el mar, pero con un fondo espectacular que animaba a meter la cabeza y seguir braceando. Hice toda la natación a pies de la ganadora Heather Wurtele (subcampeona tanto en el mundial de 70.3 como en el de Challenge) y, aunque parezca todo un logro poder seguirla, la natación siempre la hago mejor que ella y eso no me estaba gustando. Además, la primera vuelta la completamos tres chicas en cabeza, pero en el inicio de la segunda perdí referencias con una de ellas. Se desvió mucho hacia fuera y decidí conservar los pies de Heather. Mi sorpresa fue cuando me cantaron, camino de la T1, que iba tercera, porque no sé en qué momento nos pasó. No la volví a ver, ni si quiera sé quién fue (pensar que en la parte final nos fuimos encontrando grupos de edad que estaban completando su primera vuelta). Tampoco le di mucha más importancia porque tenía detrás un grupito de unas cinco integrantes donde estaban las principales favoritas y las posiciones de pódium se iban a desvanecer rápidamente. A pesar de eso, me encontré bien. Una vez más me sentí muy cómoda en el agua.

   

Una transición muy lenta donde tuve problemas para meter el neopreno en la bolsa que nos habían dado. Por culpa del aire se me voló unos metros y me hizo perder esa cierta ventaja que llevaba sobre el grupo perseguidor y alejarme definitivamente de la cabeza de carrera. En los primeros kms de bici me iban pasando rivales y, sin poder de reacción, veía como se alejaban cada vez más. <¿Qué me pasaba?>. Fue un momento duro. Era como si no tuviera fuerzas suficientes para poder engancharme a ellas (a pesar de estar dándolo todo). Es verdad que hacía mucho viento en contra, pero lo hacía para todas. Se me metió la idea en la cabeza de que llevaba la rueda de atrás frenada (pensamiento muy típico en estos casos). Me obsesioné con ello sin conseguir verlo ni comprobarlo (definitivamente no fue así). Sacándome, en ese momento, totalmente de carrera.  <Y yo que hoy venía a demostrarme a mí misma que me encontraba en uno de los mejores momentos de forma ¡Pues empezamos bien!> pensé.

La sorpresa no solo fue mía, sino también de Javi, que a la altura del km12 aproximadamente, volvíamos a pasar por delante del Forte Village y vio incrédulo como había descendido de la tercera a la séptima posición. Él sabía que lo iba a pasar mal con tanto viento y sé que, esa espera de casi tres horas de bici, se le hicieron muy largas sin tener ninguna referencia ni noticias mías.

Me costó centrarme en la carrera después de aquella situación vivida. SI hubiera ido en solitario…, al igual no hubiera sentido lo mismo. Simplemente la incomodidad y la dureza de luchar contra el viento, pero nada más que fallara a simple vista, ni física, ni técnicamente. Aunque reconozco que fue decepcionante ver como todas se me fuesen tan fácil en tan poco tiempo. Pensareis que simplemente eran más buenas que yo, pero es que a estas alturas ya nos conocemos todas y os aseguro que nuestros niveles en bici son muy parejos. La peor sensación es desaprovechar las pocas oportunidades que tienes en una carrera de encontrar un grupito con el que marcarte el ritmo, disputar la carrera, compartir kms y desaprovecharlo por completo. Me lamenté mucho de eso. De hecho, aún lo sigo haciendo. Y mientras me resignaba, antes de empezar el puerto largo llegando al km20, me pasó otra rival más. Por suerte, a ella no la llegué a perder de vista. Es más, la alcancé y la pasé al empezar el descenso. ¡Ah!… también adelanté a otra chica durante el ascenso. <Algo es algo>. Supongo que ahí empezó a pagar el esfuerzo. Pero si creía que lo más duro ya había pasado, estaba equivocada. Una bajada larga, con curvas muy cerradas, y el fuerte viento que parecía ir en aumento, me hicieron “acojonarme” y vivir uno de los peores calvarios en carrera. Y es que cuando se te mete el miedo en el cuerpo, es muy difícil coger confianza de nuevo.

Para mí fue la bici más dura que recuerdo. Ni en Lanzarote hubo tanto viento. Aunque iba totalmente fuera de carrera me convencí de que había venido a competir conmigo misma y que, las circunstancias de alrededor, no podían quitarme las ganas de luchar y darlo todo como siempre. Y es que lo curioso es que, excepto los sustos que tuve por las rachas de viento, me sentía bien a pesar de la dureza del circuito. Se me fueron pasando los kms rápido (supongo que venir de competir los 180 de la distancia Ironman hace que la mitad te parezca muy fácil). Me encontraba bien físicamente. Tenía la sensación de estar controlando bien los ritmos, la suplementación… Igual sí que salieron algunos wattios menos, pero no era un día ni un circuito para hacerle mucho caso. Solo hubiera cambiado mi falta de seguridad que fue la que me hizo levantar el pie en muchos momentos. Sobretodo bajando. Y lo peor… apretar el freno más de la cuenta. A modo de curiosidad os cuento que la rival que llevaba pegada, finalmente me pasó en el último puerto, sobre el km75 y, junto a ella, Tina Deckers (ganadora de Embrun este año, entre otras muchas cosas) y vi cómo se alejaban pronto. La sorpresa no fue que Tina se me fuera fácil, siendo una excelente escaladora, sino que aun estuviera detrás de mí a esas alturas visto lo visto de mi pésima actuación en bici. Pero a pesar de eso, conseguí el KOM en Strava del todo el circuito. Se ve que soy la única frikie de las Pros. –jejeje-

Llegué a la T2 en octava posición, fuera de carrera totalmente, y muy alejada de mis rivales, aunque las ganas de seguir compitiendo no faltaban. Al contrario, llegué con mucha fuerza y con mucha rabia. A pesar de notar que no tenía nada que hacer, salí a muerte. La cara de Javi fue un poema. Pasó de la preocupación de no verme llegar en bici, al asombro al verme salir con esa garra a correr. Creí que ese fuerte ritmo no duraría mucho. Empecé a correr a menos de 4 minutos el kilómetro, pero, aunque descendió, fue muy pocos segundos.

Corrí como si no hubiera un mañana. Corrí solo para mí porque no veía ninguna posibilidad de alcanzar a nadie por muy bien que lo hiciese. Estaban muy lejos. Pero me lo debía a mí. Yo nunca tiro la toalla. Y aun me faltaba demostrarme que realmente me sentía fuerte. Disfruté de sentir que volaba, hasta corría bien técnicamente <puede que no fuese así, pero… lo que hace la cabeza>. Me vine arriba cuando me pasó Chente y me emocionó tanto que me animara como el verlo volar y llevarse la carrera con una ventaja tan aplastante. ¡Impresionante!

Pasé a una rival en el kilómetro seis (más o menos). La misma que había estado más tiempo en bici conmigo. Creía que sería la única, el resto andaban muy lejos. Pero aun no me daba por vencida. Javi, en mi paso por el km10, me gritó que le había recortado 10 segundos a Tina <eso no es nada> –me dije. Pero no se refería en la primera vuelta; sino en un pequeño bucle que hacíamos dentro de la zona de boxes. <A un minuto y medio> –me dice.  <Eso es mucho. Pero lo voy a seguir intentando> –me digo a mi misma. Javi estaba alucinando con mi carrera. Lo sé. <¡Yo también eh!>. Pero me da mucha fuerza cuando veo que él se asombra con mi capacidad de lucha (aunque no me juegue nada). Bueno sí. Iba en séptima posición y cobraban las seis primeras. Un buen aliciente para intentarlo.

No sé si fue la pasta, la rabia que traía de la bici, el empuje en cada cruce con el resto de compañeros españoles, la ayuda de Javi, o el escozor que llevaba en el tobillo por culpa de un portachip asesino que me estaba destrozando, pero el ritmo no cesaba a pesar de que las fuerzas empezaban a flaquear. Aunque…, a algunas más que a otras. Y eso me sirvió de ayuda. Acercándome al km15, último giro de la carrera, veo que hay una rival que va muy tocada, (creo que fue la que salió primera del agua) y que, aunque a Tina no la alcance, a ella sí. Tina iba detrás. En el giro vi que le había recortado, aunque no tanto como para alcanzarla. Se le veía bien y nos quedaban escasos cinco kilómetros. Es de esos días que quieres que la carrera sea más larga para poder alcanzar más rivales <– ¿Tú te crees? ¡Somos masocas!>. Cuando voy a coger un vaso de Red Bull, la chica del avituallamiento se despista y me quedo sin él. Bueno, solo por el momento, porque un chico de la organización que se había dado cuenta, se pega un sprint cámara en mano para alcanzarme y darme el deseado vaso con taurina. <¡Mil gracias!,> –pensé y, a pesar de no tener aliento, le di las gracias tres veces seguidas y de forma encarecida por su gran gesto. Y es que el Red Bull realmente me dio alas. No sé si por su vitalidad o por el escozor que sentía en las heridas del tobillo al derramarse el líquido por encima cuando bebía (es inevitable al hacerlo corriendo y con un vaso).

Km 17 y veo a lo lejos a Tina. No sabía si alegrarme porque ya no me quedaban piernas <¡Judith lucha lo que puedas, un último esfuerzo! Puedes alcanzar a la ganadora de Embrun>. Eso me motivaba. Conseguí llegar a ella. Me puse tras ella sin que se diera cuenta…, como si estuviera jugando al escondite…., preparando el ataque. Cogí aire, me armé de valor, y la pasé intentando correr al máximo para que no tuviera tiempo de reacción, ni fuerzas para seguirme. Lo conseguí y maté dos pájaros de un tiro, porque pasé tanto a Tina como a la otra chica que iba muerta. Yo también lo estaba pero supe disimularlo lo justo para irme en esos 2kms finales y conseguir un top 5 impensable. Que se lo digan a Javi que aún no se explica cómo lo hice. Conseguir recortar más de 4 minutos a mis rivales.

Pletórica de haber conseguido el objetivo y de hacer una buena carrera. Y vaya que si la hice. Me atrevería a decir que mi mejor sector a pie junto al de Rimini. Por lo visto, Italia, siempre me da buenas carreras. Orgullosa de nuevo de superarme a mí misma y de darlo todo hasta la línea de meta. Pasé lo que pasé.

Lo que es la competición: Se vive la cara y la cruz en una misma carrera.

Lo peor del día: La muerte de un triatleta en el sector de la natación.

Mi más sentido pésame.

FOTOS DE JOSÉ LUIS HORCADE

La carrera de Zarautz empezó justo al acabar en Samorin. El querer recuperarme en tan sólo una semana, acabó siendo una prueba de fuego.

Eran tantas las ganas de volver a Zarautz que, el mismo lunes, ya creí sentirme más recuperada que nunca. Pero, en cuestión de horas, la cosa cambió por completo. Empecé a encontrarme mal. A dolerme la garganta. Cogí frío de los aires acondicionados y los cambios bruscos de temperatura. Imagino que mi cuerpo, bajo de defensas, contribuyó a que pillara un gran trancazo. Pasé de la euforia a la decepción en un solo día. De golpe me encontré metida en la cama con la impotencia de no poder hacer nada al respecto. Digo nada porque, expuesta a los controles antidoping, no sabía ni que era lo que podía tomarme.

<Mejor no tomes nada. No te arriesgues> Esa fue la respuesta de mi entrenador al preguntarle, desesperada, si al menos podía tomarme un iboprufeno. Así que estuve a base de propolio. Lo hice para aliviar el dolor de garganta, y dormir todo el día esperando a que, en cuestión de días, mi cuerpo recuperase su estado normal. Pero los milagros no existen. Y por más que yo quisiera estar al 100%, no lo conseguí. Al menos rasqué un 50% de fuerzas que me llevó a querer estar en la línea de salida a pesar de las consecuencias.

No me gusta quejarme. Al menos de puertas para fuera. Ni os voy a describir la mala sensación de estar metida en la cama hasta el día antes, sin saber qué hacer, y ver como tu objetivo pasa, de querer ganar una carrera, a querer, al menos, estar en ella. Pero, si no os explico esto, no sería una crónica real. Además de que fue el desencadenante de todo. Me arriesgué a competir. No quería dejar de intentarlo a pesar de las consecuencias. Se lo debía a la organización, que un año más me habían invitado. No podía faltar, y menos, después de saber que la gente se pelea para conseguir una inscripción que se agota en menos de un minuto.

    

Sábado. 14.00h. Arranca la competición desde la playa de Getaria. Empiezan los casi 3 km de natación que nos separan de la playa de Zarautz y consigo aguantar los pies de Helena Alberdi (Una nadadora excelente que iba a marcar el ritmo en este sector y que para mi sorpresa pude aguantar su estela). Una gran natación detrás de su fuerte batido de pies que me guiaron continuamente y que me hicieron disfrutar de esa bonita, pero dura natación. Solo la perdí a falta de un 1 km donde ella se desvió hacia la derecha pegándose a las rocas. Aun así, llegó antes que yo a la última boya y se me alejó un poco. Lo peor fue el tramo final. Con mucho oleaje y una gran resaca. Pero, después de llevarme un buen revolcón con la primera ola, que me pilló desprevenida, con el resto, me dejé llevar medio surfeando y hasta disfrutando como una niña.

Prueba superada. Natación hecha. Con el objetivo más que cumplido (poder seguir a Helena y aventajarme sobre el resto). Lo que nunca pensé que tanto. Conseguí sacarles a Saleta y Brea cinco minutos. <¡Qué pasada!>.

             

Empiezo la bici con mucha cautela sabiendo que mi estado de forma no era el mejor, pero eufórica por irme encontrando bien y estar, en ese momento, liderando la prueba con autonomía. Decidí controlar y hacer la bici más conservadora de lo que lo he hecho nunca. Disfruté de esas dos primeras vueltas donde iba recordando el circuito. Me sentía ágil, cómoda y con fuerzas (a pesar de todo). Me estaba guardando un par de puntos y aun así estaba siendo muy superior al resto. No solo lo comprobé con las chicas, sino que me adelantó Cesc en el inicio de la primera vuelta y Gus no me pasó hasta veinticinco kilómetros después. Y ningún chico más hasta los últimos 6 km de ciclismo (para ser exactos, sólo dos más). Eso nunca fue así en las dos ediciones anteriores. Pero, cuando más bien me lo estaba pasando, llegó el momento más duro. Por sorpresa y sin previo aviso.

     

El segundo paso por Zarautz es uno de los momentos únicos de esta carrera. Un cordón interminable de gente, que te grita y te aplaude, donde es muy difícil controlar la emoción. Y más cuando sientes que estás volando sin gran esfuerzo. Y sin desgastarte, sabiendo que, tú batería, hoy, está medio cargada. Con la cabeza fría, e intentando controlar la situación, no puedo evitar emocionarme cuando veo a Javi y Aída y me cantan que les llevo diez minutos a mis rivales. <¿Qué? No puede ser. ¡Qué pasada!>. Madre mía. Si es que…, ni en el mejor de los sueños. Pero aun así, yo, conocedora de mi debilidad, no quería hacerme ilusiones. Sin embargo, sí que me podía permitir el seguir regulando para no desgastarme más de la cuenta, ya que, de momento, la cosa iba muy bien.

Iba muy bien. Hasta ahí. Llegué, al temido muro de Aya, más fresca que ningún año. Empecé a subirlo con pausa, pero con ganas y todavía con fuerzas a nivel anímico. El calor empezaba a hacerme mucho daño y a castigarme mucho en la subida. Notaba como no paraba de chorrearme, literalmente, el agua por todo el cuerpo. Poco a poco iba avanzando y superando la parte más dura de toda la carrera. Parecía que lo tenía, que coronaba Aya, cuando, de golpe, noto como, mi cuádriceps derecho, se empieza a enrampar sin poder controlarlo. Pedaleando, y solo haciendo fuerza con la izquierda (para por lo menos llegar arriba), provoco la misma reacción en el otro cuádriceps y a duras penas consigo salvar el ascenso.

Todo se me desmoronó de golpe. Cuando creía que iba mejor, y que estaba salvando la prueba, todo se fue a pique. Miedo de no llegar ni a la T2 e impotencia de no poder controlar esas rampas a pesar de sentirme bien. Quería buscar un por qué: el calor, la falta de hidratación, el sobreesfuerzo−<¿No será por el simple hecho de que estás mala Judith?> me preguntaba a mí misma. Pero, en ese momento, a mí eso no me servía de nada. Diez kilómetros de auténtico infierno donde recé en cada pedaleada por controlar esas rampas dejándome llevar en las bajadas. Mínimo esfuerzo en el llano y agonía en las subidas. Notando como se iba endureciendo y subiendo la pierna. Rompiéndose fibras y agonizando por el dolor. Lo peor fue el no poder disfrutar de la subida a Txurruka donde solo pude cerrar los ojos e implorar que mi cuerpo, por lo menos, me acompañara hasta arriba. Lo conseguí gracias a un público que se deja la piel mientras tú te retuerces en la última subida.

Todo cambió en ese momento. Llegué a la T2 con lágrimas en los ojos y viendo que mis piernas ya no respondían. Solté piernas antes de calzarme las bambas, pero nada podía aliviar los calambres. Sabía que me podía pasar. Que, en ese estado, no fuese capaz mi cuerpo de soportar un esfuerzo tan grande como el de un half tan duro. Pero no quería tirar la toalla. Lo tenía que dar todo hasta desvanecerme.

Veinte kilómetros muy, muy largos. Marcados por un gran dolor en las piernas y en el estómago que se me revolvió todo. Con ganas de vomitar, mareos, vista borrosa y, para colmo, las plantillas de las bambas que se me ladearon una vez más. Yo agonizaba. Solo pensaba en avanzar, aunque parecía no poder hacerlo. No sabía si corría. Únicamente me dejaba llevar tratando de acabar con ese sufrimiento, pero tenía que hacerlo en la línea de meta, y no antes. Sabía que la primera posición se me estaba escapando con Brea, que sé que corre muchísimo y que estaba recortando una distancia que parecía insalvable para todos, menos para mí viendo mi estado físico. Finalmente, sin poder hacer nada más que felicitarla, me dio caza a falta de poco más de dos kilómetros para meta.

    

¡Llegué!. En Zarautz era imposible no llegar a meta. Lo hice en una meritoria segunda posición, a pesar de todo. Quise disfrutar de los últimos metros y de la entrada a meta saboreando la singularidad que te brinda correr en Zarautz con todo el mundo entregado en la calle. En ese momento sabía que eso no podía perdérmelo. En ese momento comprobé, una vez más, que ese es uno de los momentos más mágicos que puede vivir un deportista, correr en Zarautz. Y solo por ese momento, donde todo lo demás pasa a un segundo plano (posición, resultado, tiempo, sufrimiento…), solo por eso, valió la pena competir.

    

Si hubiera venido a ganar, no estaría aquí. Pero, tengo la gran suerte de amar este deporte y ver más allá de una victoria. Hago esto porque me gusta, porque me apasiona, es porque es mi hobbie y no mi profesión. Me hubiera arrepentido mucho de no haber corrido este sábado. Me siento orgullosa, una vez más, de mi lucha. De no tener miedo a nada ni a nadie.

     

Me quedo con la frase de mi entrenador al acabar la prueba (que también corrió): <“Si te digo la verdad, nunca creí que serías capaz de hacer lo que has hecho con el tute que llevas y la semana que has pasado”>

Si puedo, volveré el año que viene. No a buscar la txapela, sino a para volver a vivir, de nuevo, la carrera más impresionante que existe. Para volver a disfrutar de un fin de semana en compañía de mi pareja y de mis amigos y de volver a vivir esos grandes momentos que me llevo de este fin de semana.

    

 

Pues aquí estoy escribiendo la crónica de mi primer mundial. Una de las que más ilusión hace y sé que muchos la esperáis. Seré breve e iré al grano que no quiero alargarme mucho. Además, los precedentes a la carrera suelen ser muy parecidos, aunque cambiando el escenario.

Reconozco que la semana previa fue dura, me encontraba muy cansada y muy baja de fuerzas. Imagino que parte de la culpa era del calor que estaba haciendo. Solo quería dormir y descansar y a duras penas iba sacando los entrenos. No me preocupaba entrenar bien, esa semana no importaba, pero sí llegar con fuerzas a la carrera. Tanto era el cansancio que llegué a plantearme si era mejor no ir. Por suerte, poco a poco fui encontrándome mejor y llegué a Eslovaquia con ganas y con fuerzas para disfrutar de este gran evento que valía la pena vivir.

Quitando la logística del viaje: llegar a Viena, coger coche y conducir hasta Eslovaquia; y los traslados de Samorin al pueblo donde dormíamos, que estaba a treinta minutos de trayecto, la cosa fue bien. Exceptuando la noche previa que, si ya cuesta dormir, una boda celebrada en la pensión donde nos alojábamos, nos fastidió la noche. La música y la juerga no cesaron hasta las tres de la mañana. Eso fue lo peor de todo el fin de semana, con diferencia. Es que hospedarse en el X-Bionic, lugar donde se celebraba el evento, era descomunalmente caro. Un complejo deportivo espectacular que aún le dio mayor magnitud al evento.

Yo había venido a Samorin con la idea de disfrutar de todo aquello: ver el nivel que había, la cantidad de Pros de todas las distancias y nacionalidades, el ambiente espectacular, la organización de diez, todos los preparativos, el despliegue de medios…; aquello había que vivirlo. Y lejos de pensar en un resultado, quería saborear mi primer mundial y valorar que era una de esas pros que estaban allí y que tanto mérito tenia. Los pronósticos se los dejaba a los demás y aunque algunos confíen mucho en mí y esperaban que estuviera delante, yo venía a por el top10 que, siendo realista, era el objetivo y un gran resultado.

Llegaba el día de carrera. El calor apretaba fuerte desde primera hora de la mañana y hasta se agradecía meterse en el agua del Danubio a 18 grados de temperatura para refrescarse y calentar un poco. Las sensaciones eran buenas y los nervios controlados. Tenía ganas de luchar más que nunca, aunque sabía que iba a ser una de las pruebas más difíciles. Y desde el principio se iba a imponer un fuerte ritmo con corredoras que marcarían la diferencia.

Efectivamente, arrancamos la prueba y varias nadadoras se ponen en cabeza. Trato de no perder comba e intento buscar esa estela que empieza alejarse. <Hoy la natación va a ser divertida>, pensé en los primeros metros. Consigo enlazar con ese grupito que pronto se convierte en una fila de uno, menos en mi puesto donde parece ser que me tocaba compartir posición. Una rival que lejos de colocarse delante o detrás, como todas, se queda pegada a mi impidiéndome nadar cómodamente, con enganchadas constantes. <Ves cómo iba a ser divertida>. Suerte que al menos la tenía a la izquierda y podía respirar con facilidad. El intentar despegarme de ella y no perder el grupo me llevó a dar un punto más, el último que me quedaba. Pero dio resultado, conseguí deshacerme de ella y engancharme a tres nadadores que llevaban un alto ritmo, aunque no era el grupo de cabeza. Me costó seguirlas, pero sabía que era clave hacer una buena natación para poder tener referencias en bici. Aunque de poco me sirvió luego.

Salí del agua exhausta. Me temblaban las piernas. Pero contenta de la buena natación que sabía que había hecho, al menos por el mero hecho de haber aguantado a ese segundo grupo. Y más al ver que una de ellas era Ane quien ganó en Rímini y me metió más de 1’30 en el agua.

Transición muy larga, que lejos de coger aliento, me quita el que me quedaba, pero lucho por no perder esas ruedas. Séptima – me cantan – a 3’30 de la cabeza de carrera. <¡Uf! Eso era mucho tiempo ya, y eso que había nadado muy bien>. El único consuelo fue saber que esa cabeza de carrera era donde estaban las favoritas y el haber salido más cerca, tampoco se hubiera significado nada. Me centro en lo mío, en no perder ese grupo, aunque alguna se descuelga en los primeros kilómetros y también nos alcanza otra rival que nos adelanta rápido. Su actuación provoca la reacción de las dos corredoras que tenía delante. Y yo, como si fuera una espectadora, veo como impotentemente se distancian cada vez más en los primeros 10 kilómetros de ciclismo.

Ahí empezó mi calvario. Lo que me temía. Una bici totalmente en solitario, durísima por el calor y por el terreno totalmente llano. Sí, sí, durísima por el llano, es lo peor, al menos para mí. Rodar en la misma posición desgasta muchísimo, no solo físicamente sino el factor psicológico es el que más queda dañado. Molesta el culo, las cervicales, duelen muchos las patas…pero lo más duro es mantener esa concentración de pedaleo continuo, de querer imponer un fuerte ritmo y de no querer bajar la media ni un solo punto. Una bici con un recorrido sin pena ni gloria, en un terreno completamente árido donde la única distracción fue llegar a los 3 avituallamientos del recorrido y los 10kms antes del giro pegados al Danubio donde el asfalto era malísimo y tocaba concentrarse para evitar todos aquellos baches y surcos marcados con grafiti. Lo único que conseguí al pasar por allí fue una ampolla en el dedo de cogerme tan fuerte al acople y ver como la media me había bajado más de un punto y medio. Lo más triste fue, incrédula de mí, creer que llevaba el viento en contra, poco viento hacía, pero eso poco creía era en contra. Pues lejos de mi ignorancia, rápido supe que estaba equivocada. <Qué horror por Dios, esto está siendo un suplicio>. Quería llorar, quería tirar lo toalla, no sabía que motivación darle a mi cabeza, lo intenté todo: buscar una distracción jugando con los kilómetros que llevaba y me quedaban, buscar algo positivo a esa soledad y valorar positivamente el hecho de que al menos no me había pasado nadie más, ni Emma Pallant que la esperaba desde hacía rato, ¿o habría nadado más rápido que yo?. <No eso no te ayuda Judith, piensa en otra cosa>.

No os exagero, es la bici más dura que he hecho nunca, y la peor. Más de dos horas de soledad con una interminable lucha interna. La cabeza pudo conmigo, la fatiga me vencía y las ganas de levantarme del acople por la tensión cervical también. Intenté no desistir, pero desde el km75 solo pensaba en llegar a la T2, en bajarme de la bici, en acabar aquella pesadilla. Solo me salvó el empezar a ver a los grupos de edad que comenzaban la bici y encontrarme a un pro que iba peor que yo y pasé rápido. Descontando los kilómetros como único aguante y sin ganas ya de pedalear, me alcanzó una rival. Lejos de lamentarme, hasta se lo agradecí, fue un último revulsivo para llegar hasta boxes con un ritmo algo decente y al menos distraer la mente esos 8kms finales de ciclismo.

Nada estaba hecho. Quedaba correr 21kms muy baja de fuerzas, hundida de moral y bajo un sol abrasador que fue fulminando a los corredores con retiradas constantes y cadáveres andantes. Suerte que tuve a Javi animándome, si no es por él y por todos los que sé que me estabais siguiendo en directo y que Javi me nombraba al pasar, no hubiera aguantado. Corrí por él, por mi familia, por mi entrenador, por mi gente y por vosotros. No creía que fuera capaz de hacerlo por mí misma.

El peor momento lo tuve antes de llegar al km 2. Justo venía el primer avituallamiento y estaba muerta de sed, pero necesitaba tomarme un gel ya. A ver si esa inyección de azúcar me ayudaba a levantar los pies y el ánimo. Pero con la boca tan seca y el aire tan justo, se me va por el otro lado y noto como me ahogo. El ácido del gel me escuece en la garganta y presa del pánico me paro y levanto los brazos pidiendo ayuda, pero allí no había nadie. Nerviosa del susto, intento tranquilizarme y parar unos segundos hasta que consigo que el aire vuelva a mis pulmones y retomo la carrera. <No Judith, no vale la pena, acaba con esto, no tienes necesidad de sufrir así>, me gritaba mi subconsciente. Por un momento me daba igual todo: el mundial, el top 10, el resultado, mi orgullo…Pero había algo que no me daba igual, y es que Javi había renunciado una vez más a sus entrenos, a su rutina para estar ahí conmigo. Si por alguien debía luchar y acabar era por él. Ese pensamiento fue el que me mantuvo en carrera, me lo repetí una y otra vez y me reafirmaba cada vez que me cruzaba con él. El ritmo no me importaba, solo sobrevivía.

Me bajé a correr décima enganchada a la novena y con la onceaba pegada a mí, a escasos treinta segundos. Supe que me iba a pillar dada mi condición, pero Javi me gritaba que luchara por el top 10. Debía hacerlo. Y lo hice. Una primera vuelta algo contrariada con mi debilidad y mi sufrimiento, donde me dediqué a aguantar un ritmo constante viendo cómo se alejaba la novena y se me acercaba la onceaba. Pero en el momento que más cerca la tenía, por fin, volví a ser yo, y me dije que no podía echar a perder ese top 10 tan valioso en mi primer mundial. Apreté, mejoré ritmo, no mucho, pero lo suficiente para marcharme de mi perseguidora y demostrarle que ese puesto era mío. Estaba terminando mi segunda vuelta, estaba corriendo, luchando de nuevo. Y Javi debió verme tan bien que me grita: Bien cariño, muy bien, venga que la Vodickova va muerta. <¡Uf! ¡Y yo! No te jode> -. Porque no tenía aliento, sino le envío a freír espárragos. <¿Que no ves cómo voy cariño?> pensé. ¡Pobre! No sé si fue la rabia de ese comentario que hasta pareció dolerme, pero aumenté más el ritmo, 5km para el final de la carrera y empecé a correr como si fuera el sprint a meta, me crecí.

Aún no sé ni cómo ni porque lo hizo porque realmente no creía que podía pillar a Radka quién iba todavía en octava posición la última vez que me crucé con ella y a bastante distancia. Pero debía intentarlo. Javi me lo decía por algo. Así que seguí corriendo fuerte, comprobando como efectivamente Radcka ya había pérdida su octava posición y corría perjudicada. Estaba aún lejos, pero quería intentarlo. Me puso a 3’50min/km para mi sorpresa y eso aún me motivo más. Me olvidé de los avituallamientos para no perder ni un segundo, aunque estaba muerta de sed, pero podía aguantar. La empecé a ver, le iba recortando. ¡A quince segundos!, me canta Javi emocionado a poco menos de 2km para meta. Y la alcancé, la pasé justo delante de Javi viviendo el momento más emocionante de la carrera. Y saboreé un último kilómetro de una de las carreras más sufridas que nunca creí acabar.

Lloré mucho al cruzar la meta, quería hacerlo para sacar toda esa agonía vivida. Una carrera con mucho desgaste psicológico que me hizo sacar lo peor de mí, pero si algo saqué bueno, fue una vez más la lucha, la tenacidad y la constancia. Muchas lecciones me dio esta carrera. Una vez más, la media distancia la gana la psicología.

Fotos de James Mitchell

Jueves 8 de diciembre. Aterrizo en Bahrein para competir el sábado en el 70.3 de dicho país. Campeonato del Sudeste asiático, muchos puntos en juego y buenos premios económicos. Ese fue el argumento que me dio mi entrenador, Álvaro Rance, cuando me propuso que podía participar en él. Lo que no me dijo, es que el nivel iba a ser altísimo. Aunque, ni él ni nadie se lo imaginaba. Cantidad y calidad de pros como si fuese un campeonato del mundo. Pero…, había que estar ahí. Ya no me da miedo salir de la zona de confort, como dice Javi. Y mucho menos el competir con grandes rivales. Es lo que toca. Luchar con las mejores, ver dónde estamos y enfrentarse a las mayores adversidades. Está claro que todo el mundo se mueve y, aunque yo no me dedico a esto, no iba a ser menos. Costase lo que costase.

Horas de viaje, Jet lag, cambio de clima, de cultura, poco tiempo de adaptación, muchos cambios y mucho desconocimiento. Pero con la premisa clara de disfrutar de la experiencia. De sumar un viaje más a mi diario personal y una carrera a mi trayectoria profesional (sin duda cada vez más exigente).

La situación ya era rara –o muy diferente de lo habitual–, porque nunca antes había competido en diciembre (en plena pretemporada para mí). Cuando solo hacía dos meses que había finalizado la última competición y con solo dos semanas de descanso, me estaba poniendo las pilas para preparar esta carrera que, de por sí, iba a resultar ser toda una experiencia. El poco tiempo de margen, y un accidente en bici que me dejo un par de semanas sin poder cumplir con los entrenos, y lo peor, volver a coger miedo en bici, complicaban aún más las cosas y sabía que no llegaría al 100%.

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Al llegar a Bahrein, las cosas no fueron fáciles. La logística de la prueba era complicada. El brefing era en el hotel donde se daría la salida de la prueba. Un hotel de lujo donde, obviamente, no estábamos hospedados; aunque digno de ver como todo el país y su cultura. La T2 era en la otra punta, a 50km en el Circuito Internacional de Fórmula 1 de Bahrein. Espectacular y donde tendríamos el privilegio de competir. Pero tanto ajetreo estresa y cansa. Además, el tráfico era denso y peligroso. Así que ni locos nos íbamos a poner a pedalear por esas carreteras. Dos días previos muy movidos donde la regla que me vino la noche del viernes y un malestar general que se sumaba a ello. Supongo que, por el cansancio, bajada de defensas y algo de frío que pillé al llegar, esperando que el clima fuese más cálido, lo acabaron de rematar.

No me gusta llorar, pero tengo que contar como fueron las cosas y las sensaciones previas que, sin duda, marcan la prueba. No solo a nivel físico, sino psicológicamente. A pesar de todo, seguía convenciéndome de que debía disfrutar de todo eso; de esas vivencias y de ver el despliegue de la prueba donde, el propio Príncipe de Bahrein era el protagonista principal (anfitrión y participante); seguido de los tres reyes del triatlón (los campeones del mundo: Daniela Ryf, Jan Frodeno y Javier Gómez Noya), los cuales iban a participar haciendo relevos y eso hacía mucho más emocionante tenerlos cerca y competir sabiendo que te iban a adelantar en cualquier momento. Aunque ya os adelanto que eso no llegó a pasar, jejeje. Frodeno, que era el que completaba el relevo con la carrera a pie, llegó pocos minutos detrás mío. Obviamente salieron más tarde y fueron a medio gas (si no…, de qué). Anécdotas que son las que te quedan para el recuerdo. Fueron muchas las que viví junto a Javi, Oriol y Silvia, de principio a fin. Y son las que completaban este viaje. Javi y Oriol también competían.

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Llegó el día. Madrugón, o mejor dicho…, noche corta y en vela. Nervios al ver que el desayuno no nos lo servían a las 5h (como nos habían prometido la noche anterior en el hotel). Y más nervios cuando el taxi de las 5.30h que, con Oriol y Silvia (que se hospedaban en otro hotel cercano), nos tenía que venir a buscar, no aparecía. Sin wifi y en un país extranjero, con un idioma y cultura diferente, complica mucho más las cosas. Sin embargo, aunque con algo de retraso, se solucionó y nos dirigimos hacía el hotel de la salida.

Hora previa caótica y de máxima tensión como siempre, pero todo controlado. Una de las carreras más a ciegas que he hecho. No conocía nada de los circuitos (de ninguno de los tres segmentos) y sin hablar inglés, la falta de comprensión es aún mayor. Lo único que sabía, y contábamos con ello, era con el viento, aunque mucho más del que esperaba. Viento que, a pesar de ser un día soleado, y empezar la prueba a las 6.58h de la mañana, enfriaba el ambiente.

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Chicas dentro del agua, esperando la orden del juez, y en pocos segundos arrancamos la prueba. Salgo fuerte para coger hueco. Hueco que, siendo tan alto el nivel y con esas competidoras, estaba difícil. Aun así, consigo ponerme en cabeza de un grupo que enseguida se divide en otro paralelo y que en la primera boya ya nos juntamos. Golpes, corriente y con un aire que levantaba las olas y que nos advierten, desde el principio, que hoy la natación no va ser nada fácil. Y, aunque me alegro de estar en el grupo de cabeza, y con varias rivales luchando juntas, me asusta el no poder nadar cómoda.

A mitad del recorrido acuático una de las rivales se escapa en solitario y el resto permanecemos juntas. Boya tras boya, siento, veo e intuyo que vamos todas juntas «hoy la prueba va ser interesante» –me digo por cómo se notaba el nivel–. Solo, hasta falta de una boya, vemos que una rival se escapa, pero no por delante, sino que se salta radicalmente la última boya y cruza una diagonal perfecta hasta la salida, recortando literalmente. Se esperaba que la descalificasen. Aunque, sin saber, ni poder ver quien era, sí que aprecié que salió del agua y siguió la prueba como si nada. Alucinante (más tarde, tras la reclamación de varias competidoras y del público, anunciaron que estaba descalificada, aunque desconozco de quién se trataba).

Natación completada y, por primera vez, salgo con un grupo de diez rivales para hacer la primera transición. Aunque pronto me quedé sola. Sí. Fui la más torpe y las más lenta de todas. Cogí la bici rezagada y, aunque rápidamente pillé a algunas, perdí la oportunidad de rodar en cabeza y poder intentar seguir una buena estela y; por qué no: disputar la carrera (al menos durante el segmento ciclista).

Pero el viento remató mi indignación cuando, en los primeros kilómetros, donde debíamos completar un bucle con giros y rachas de viento lateral, mi inseguridad y los bandazos que me daba la bici con la lenticular trasera y perfil 60 delante, hicieron que las rivales que tenía cerca se fueran alejando; demostrando una destreza mucho mayor que la mía. Una vez más tuve que pedirle a mí cabeza que me diera fuerzas para dominar la situación y controlar esos latidos que se disparaban por el miedo y no por el esfuerzo físico que, sin duda, no llegaba a alcanzar al tener que levantar el pie más de lo deseado.

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A pesar de todo, los kms iban cayendo y, en el km 20, la parte más técnica ya estaba hecha. Aunque el viento seguía soplando lateralmente (unos tramos a favor y otros tramos en contra). Pensar que teníamos más de 40km/h. Venían 60kms prácticamente llanos donde la única motivación era pedalear con fuerza e ir intentando dar caza a las rivales que, a excepción de dos que adelanté en pocos minutos, ni si quiera las veía a lo lejos.

Fue una bici muy dura «¡Cómo odio los circuitos llanos!». Desgastan mucho muscularmente manteniéndote todo el rato sentado, acoplado y siempre en la misma posición. Pero, psicológicamente, aun te desgastan más. La lucha contra el viento fue odiosa. Mucha la tensión por aferrarte a unos acoples que parecían ser tu salvación a cada bandazo de aire. Bandazos de aire que se multiplicaba con más fuerza cada vez que nos rebasaba un vehículo grande; temiendo que el rebufo me sacara de la carretera al sentir que me hacía perder el control.

Circuito duro y aburrido en el que tocaba luchar contra uno mismo y buscar motivaciones donde, a medida que pasaban los kilómetros, eran más difíciles de encontrar. Me fueron salvando las ganas de seguir atrapando rivales a las que iba viendo a lo lejos. El afán por cogerlas me ayudaba a mantener un ritmo alto –hasta que mis piernas me pidiesen tregua–. Pasé a dos o tres, no más. Y veía que el resto (llegué a contar siete en los tramos que nos cruzábamos) estaban muy lejos de mi alcance.

Verte lejos de cabeza, aunque era lo que esperaba en esta carrera, y cansada de luchar contra el viento castigador, hicieron que los últimos 10 kms fueran eternos. Solo me compensaba mi lucha personal contra el Garmin donde no quería que la media bajara de los 40kms/h. Había conseguido, con mucho esfuerzo, subirla hasta ellos. Incluso llegué a ver los 40.1kms/h. ¡Que pasada! Bici rápida, aunque se me hizo eterna.

Sin embargo, cuando parecía que ya lo tenía, vino lo peor. Ya me dirigía hacia el Circuito Internacional de Bahrein, para completar los últimos 5kms del recorrido ciclista, y un fuerte dolor apareció en los aductores. «¡Maldita sea, para un día que no me molesta mis partes íntimas, ni roces, ni presión… me toca esto!». No era capaz de seguir pedaleando. Me puse de pie en varias ocasiones, intentando que bajara el dolor. Unas ganas de llorar, a la que se une una enorme frustración, cuando ves el final y no consigues alcanzarlo. Al menos el de la bici; el correr ya se vería. Luché por resistir ese dolor con la preocupación de no poder conseguirlo. Complete la vuelta al circuito sin poder disfrutar de esa experiencia. Esperando que cada curva fuera la última y viendo, ya sin importarme, como la media me iba bajando llegando a los 38.8kms/h.

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Decepción por esa pérdida de tiempo, pero contenta por haber pisado suelo justo en la T2, y no antes. Tocaba calzarse las bambas y empezar un recorrido a pie de una solo vuelta, totalmente en solitario, por una carretera desierta que te llevaba hasta un parque nacional, aún más desértico, donde no vi ni a los animales (que se supone que habitan en él); a excepción de dos monos en su jaula.

Una carrera a pie donde no dejé que mi desazón frenase las ganas de correr y de convencerme que estaba haciendo una buena carrera y que aún estaba dentro del top 10. Un top 10 que vi peligrar en varias ocasiones con dos rivales que venían cerca y sin tener ninguna a la vista por delante para intentar darle caza y seguir estando en carrera.

¡Como es la cabeza! Empecé a correr los primeros 4kms rondando los 4’15-4’30 de media, sintiendo un fuerte dolor de barriga debido a la menstruación que me revolvió el estómago al empezar a correr. Creyendo que iba a llegar el día de verme con la obligación de tener que hacer una parada técnica. Y con la sensación de soledad total, en ese zoológico donde solo me acompañaba el pitido del Garmin en cada km y algún chico que me pasaba rápido (la mayoría corredores de relevos que salían frescos desde la T2). Pero de golpe, cambié el chip. Me convencí a mí misma que podía correr más rápido; como lo llevaba haciendo en las últimas carreras.

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Y lo hice. La media fue bajando. Los kms empezaban a marcarme el 4 “pelado” en cada pase. Y yo, como si hubiera resurgido de no sé de dónde, me sentí cada vez más fuerte y rápida. Un poco estúpida por no haberlo intentado antes, pero contenta de estar haciéndolo en ese momento. Con la esperanza de ver alguna rival por delante y sintiendo como las de atrás ya perdían la oportunidad de pillarme. Con la única motivación de que cada kilómetro fuera más rápido que el anterior y que la media siguiera bajando. Incluso después de perder la ilusión de que algún animal apareciera en carrera, tal y como nos habían dicho. Aunque si os digo la verdad, no sé si prefería que no ocurriese eso. ¡Me cago!

Pues, sí. Alcancé a una rival en km 13. Y aunque aún quedaba mucho, el salir del parque marcaba que nos dirigíamos a la parte final de la carrera, donde el sol picaba fuerte pero el viento seguía engañando. Lugar en el que efectuábamos el último punto de giro antes de dirigirnos al circuito de nuevo para llegar a meta y donde pude ver al resto de rivales. Logré ver la cabeza de carrera. Tres chicas luchando por las posiciones de pódium que, muy aventajadas del resto ya lo tenían conquistado. Tres rivales más, algo rezagadas, pero muy lejos de mi alcance, y una corredora en séptima posición que, para mi sorpresa, andaba muy cerca mío. Eso me dio alas en los kilómetros finales y fuerzas para intentar luchar por subir una posición en la clasificación. Aunque no lo conseguí finalmente.

Logré mantenerme luchando hasta el final de carrera y asegurarme una octava posición de la cual me sentía más que satisfecha dadas las circunstancias. Y sobre todo, orgullosa una vez más de mi lucha y perseverancia en carrera.

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Contenta de haber vivido esta experiencia. De haber participado en este triatlón con una esencia tan propia, y con un nivel tan alto, donde he visto que queda mucho por hacer si quiero estar luchando con las mejores del mundo. Pero, es que eso: se dice muy fácil cuando es mucho lo que he logrado. Y sin duda, después de esta carrera, estamos un pasito más cerca de mundial. El cual, cada vez lo veo más asequible si las cosas me siguen saliendo así.

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No solo el resultado fue bueno para mí, sino que Javi había conseguido slot para el mundial en su grupo de edad. Por lo tanto, él ya tiene el pase asegurado. Ahora me falta a mí.

Ahora, desde el avión de vuelta, la madrugada posterior a la prueba, toca hacer balance. Un balance después de esta carrera y de un año excepcional, algo que era impensable para mí. Y aunque esta carrera ya pertenezca a la temporada que recién empieza, es la última de un 2016 lleno de éxitos deportivos y personales donde me siento muy orgullosa, y muy agradecida, de todo el apoyo y cariño recibido.

Gracias a todos.

Challenge Peguera, última competición de la temporada. El año no había podido ir mejor; muy regular. Con muy buenos resultados y con grandes carreras. Eso podría generarme presión, pero, lejos de eso, llegaba a Mallorca con la sensación de haber cumplido; como si los deberes estuvieran hechos. Hasta parecía que pudiera permitirme un fallo después de lo bien que me había ido todo hasta ahora.

Es curioso, pero esas eran mis sensaciones la semana previa a la carrera. No estaba tan nerviosa como en otras. No esperaba un gran resultado y no buscaba un objetivo concreto. Además, esa no era mi liga. No me jugaba puntos (busco la clasificación para el mundial en el circuito Ironman, independiente al Challenge). Obviamente, venía a darlo todo y luchar por estar en lo más alto. Además, después de la carrera de Lanzarote, me encontraba en buen estado de forma y con buenas sensaciones.

Ese estado tenía su parte buena –fuera nervios y fuera presión–. Aunque esa sensación, casi de pasotismo los días previos, tampoco me acababa de gustar. Me encontraba bien física y anímicamente. El parón de las dos semanas de vacaciones en Filipinas –el mes de agosto– me había cargado las pilas para esa recta final de la temporada y, sin embargo, mi cabeza me daba tregua para esta carrera. Era como si me preparara de antemano por si la carrera no me fuese bien (problemas técnicos, físicos….); eso siempre ayuda a que el bajón no sea tan grande. Aunque, por otro lado, fallar en la última, a pesar de haber tenido una temporada excelente, duele mucho y te deja un mal sabor de boca para todo el invierno.

Con todas esas sensaciones llegué el jueves a Mallorca, temprano. La idea era hacer una vuelta del circuito de bici ya que era un circuito muy técnico y va bien conocérselo. Pero la lluvia no nos deja y no nos queda más remedio que hacerlo en coche. Un circuito en el que tienes que estar muy pendiente en todo momento. Hay muchos giros. Te metes por zonas rurales y por pueblos donde hay muchos badenes, baches, alcantarillas… Un recorrido no muy duro, pero exigente. Con un constante sube y baja que no te permite rodar fuerte durante un tramo largo.

Me quedé con un plus de confianza después de ver el circuito y no ir tan a ciegas, pero con mucho respeto porque no era nada fácil. Era muy técnico y ya sabemos que la técnica no es mi fuerte. Además, hacía dos años que competí aquí y no disfruté. Recuerdo haber ido con mucho miedo, muy pendiente de la carretera y sin poder coger ritmo en ningún momento. Eso aún pesaba en mí y, aunque me seguía dando respeto el circuito, esperaba sentirme más cómoda y más segura que la vez anterior y poderle sacar un poco más de jugo a ese sector ciclista que es donde debo sacar minutos si quiero luchar por la carrera.

Viernes ya. Día previo a la carrera. Parece que la lluvia nos da tregua, pero hoy es el viento el que tiene ganas de guerra. Salgo a rodar 20-30’ para probar la bici y activarme un poco. Javi alarga un poco más. Aquí cada uno usa su propia táctica y busca sus sensaciones el día previo. Aunque esas sensaciones, el día antes, nunca son buenas. Es curioso. Te sientes lento y pesado, pero es algo común, así que lo tomo como “parte del juego”. «Malo será el día que me sienta bien el día previo. Je,je». Lo importante es que la bici va bien. Como siempre, hay percances, y el jueves, al llegar y montar las bicis, se rompió el obús de una rueda, pero pudimos arreglarla esa misma tarde –bueno, nosotros no, un mecánico de bicis–. Esto siempre pasa al salir de casa para competir. Uno se acostumbra.

Lo de la rueda fue un imprevisto, pero lo de las zapatillas no. Aún no había pegado las plantillas. Quería arreglar el problema para que no se me volvieran a ladear mientras corría. Salgo a trotar 10’ después de probar la bici y la idea era comprar pegamento en el super, pero justo vi un zapatero y, por suerte, me las pegó al momento. Bueno, me pidió 10’, así que, me  fui a duchar descalza y después volví a por ellas.

Con todos los problemas técnicos arreglados, cogemos todo y nos vamos para Peguera (dormíamos en Palmanova en casa de unos primos de Javi. Gracias por la hospitalidad). Como es normal, el día previo toca: reunión técnica, prensa, dejar todo el material… Empiezo a ver rivales, aunque a excepción de las dos españolas, Sara Loehr y Anna Noguera, no conocía a nadie. Sara, al haber ganado el año pasado, era la gran favorita; y un par de extranjeras, que ni les ponía cara, ni nombre. Yo seguía en mi actitud de “0” presión y poco me importaban las rivales. Yo a lo mío como siempre.

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A las 16.30h ya lo teníamos todo listo y por fin vamos a casa a descansar. Relax total. Piernas en alto, hidratarse, comer bien y concentración para la carrera. Tarde tranquila y una noche previa que, sorprendentemente, duermo algo más de lo normal.

Ahora  sí que sí. Como siempre pasa cuando llega el momento. Una hora antes de la carrera, y ya en boxes preparándolo todo: ¡Qué fallo! La noche anterior había llovido y las botas de bici, y los calcetines, que había dejado en las bolsas de transición, estaban chorreando. ¡Uf! Aunque por suerte traía calcetines de recambio. Pero para mayor suerte, no dejé las newton. A nadie le gusta ir con los pies mojados, pero yo, con el frío que paso siempre en los pies, todavía menos. Hacía frío a esa hora de la mañana. Tanto que nos anuncian que finalmente se permite el uso del neopreno. Había bajado mucho la temperatura, y más con los días de lluvia. Para el día de hoy daban sol y calor. «Mejor» pensé. Y poco viento «¡Genial!». Con lo que habría que lidiar era con la mala mar que teníamos y en bici con una carretera mojada. Eso sí que no me gustaba nada.

Todo listo y preparada en línea de salida. Último abrazo a Javi. Concentración a tope y nervios templados «¡qué raro!».  Y Por fin… suena el bocinazo que nos da la salida. Empiezo bien. No era una entrada fácil con esas olas pero me pongo en cabeza con dos más. Suerte de eso, porque las olas no nos dejan ver las boyas, así que, entre una y otra, nos vamos guiando. Parece que nos desviamos porque los árbitros nos pitan y, por suerte, viene una canoa a darnos algo de indicaciones. «Gracias, no tengo ganas de nadar más de la cuenta con este mar». Aunque la primera se escapa, y la canoa con ella, yo me quedo con otra rival y, cuando llegamos al punto de giro, veo que además de las olas, que nos vuelven a quitar referencias hacia las boyas de vuelta, el sol matutino no me deja ver nada. Pérdida y luchando con el oleaje, como el resto, imagino, no me vengo abajo. Nado con fuerza para no perder segundos con ese despiste y veo que hasta me alejo un poco de mi perseguidora. Por fin puedo buscar referencias en la línea de costa y poco a poco voy viendo el arco de salida en la playa.  Así que nado fuerte hasta él.

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Primer sector completado «una cosa menos». Acabé algo borracha de tanta resaca marina. Aun así, hago una transición rápida dejando atrás a mi perseguidora en el agua y sin ver más rivales cerca. «Vamos Judith. A por la bici» me ánimo a mí misma. Las sensaciones al principio malísimas; pulso alto y piernas engarrotadas. Decido poner plato pequeño para no destrozarme muscularmente en los primeros kms que ya tienden a subir. Por suerte, esas malas sensaciones también las tenemos todos. En eso es en lo que hay que pensar para no venirse abajo.

Empieza la bajada y la parte técnica del circuito donde entramos ya en algún pueblo. Con poca chispa y mucha precaución le digo a mi cabeza que hoy no valen los miedos; aunque me cuesta convencerla. Mientras sigo rodando, y llegando al punto de giro, veo que la primera ya vuelve. «bueno, no está tan lejos». Eso me da confianza y aprieto. Y más cuando, una vez giro, veo que el resto de rivales no vienen lejos. Primero la tercera, que salió conmigo del agua, y luego un grupo de unas 6 triatletas donde estaban Sara y Anna. Por cierto, vaya punto de giro: 180 grados de golpe en mitad de una carretera estrecha y con muy poco margen de maniobra. Por los pelos de irme al arcén de tierra, pero lo salvo ¡rezando! Lo peor era que tenía que volver a pasar por ahí.

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Antes de encarar el desvío veo a Javi. –Je,je,je, le dije que no nos veríamos, que yo iría más rápido que él–. «¡Qué bien cariño! Seguro que vas pensando lo mismo». No es por quitarle mérito a Javi, pero pensé que yo podría estar perdiendo tiempo al ser un circuito tan técnico y mi excesiva prudencia por miedo. Pero, a pesar de eso, en el siguiente punto de giro (este por suerte más asequible) vi que la primera estaba cerca. «¡La tengo a tiro! O al menos a la vista». Me convencí a mí misma y, cuando parecía que me estaba acercando venían un par de curvas o giros y se me escapaba de nuevo. «¡qué mala soy, por Dios!». Eso me frustra mucho en carrera, pero lejos de venirme abajo pedaleo más fuerte. Hasta que en mitad de la segunda vuelta por fin la alcanzo y la adelanto. Nada fácil por eso. Tuve que levantar el pie y desistir varias veces para respetar la distancia.

Le adelanté justo antes del giro peligroso –que ejecuto algo mejor–. «¡Uf! Ahora sí. Prueba superada». Me fue bien colocarme delante en ese tramo técnico, así no se me escapaba. De vuelta, veo a cuatro perseguidoras donde está Sara; creo que más o menos a la misma distancia que antes y me lamento a mí misma de ver que no he podido ampliar ventaja. Lo corroboro cuando veo a Javi en el mismo sitio. Que bien, él estaba volando. Este circuito es bueno para él y además va motivadísimo con su lenticular.

En el siguiente punto de giro veo que sí, que he ampliado ventaja. En ese paso ni las veo antes del desvío. «Bien, así sí». Plus de motivación para el último tramo de bici que siempre se empieza a atragantar y que, entre eso, la lucha con mi rival –con un par de adelantamientos mutuos– y el circuito tan técnico que te hace estar concentrado al 100%, hace que la bici se me haya pasado rapidísimo. Bueno, es que fueron 2h35’sólo y eso es rápido.

T2 más rápida aún que la primera y me pongo a correr en solitario. ¡Guau! No quería que la emoción me embargara tan rápido, pero el griterío del público al ponerme a correr primera y el de la misma organización que lo anuncia por megafonía, hace que salga volando. Y, por si me faltaban alas, ahí sí que alucino, al ver a mis suegros allí. Habían venido desde Barcelona a vernos por sorpresa. ¡Muchas gracias! Se me hizo un nudo en la garganta. Je, je. Así no se puede correr, no es sano.

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Parecía que no solo era la emoción lo que me hacía correr tan fuerte, sino que el cuerpo me respondía y la euforia y las ganas de seguir liderando esa carrera –si era posible– hasta meta. Porque soy consciente de que tenía rivales muy fuertes detrás y estoy acostumbrada a que me rebasen corriendo, pero deseaba que llegará el día que eso no pasase, que pudiera liderar la prueba hasta el final y por qué no… Ese podía ser el día.

La verdad es que el ver desde la primera vuelta que mi más cercana perseguidora se quedaba rezagada, y que la ventaja con el resto era amplia, me daba confianza, pero eran 4 vueltas y aún quedaba mucho. Mi ritmo era alto y no quería bajarlo, pero reconozco que desde la segunda vuelta empecé a tener amagos de rampas en los cuádriceps. ¡Uf! que miedo me dio empezar a sentir aquello. Aun así, mi cabeza no quería escucharlo. Quería seguir corriendo tan rápido como lo estaba haciendo y procuré beber bien, acortar el tiempo de los geles que llevaba y añadir uno extra de los avituallamientos para el tramo final.

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La anécdota fue que cuando me lo fui a tomar en mitad de la tercera vuelta, buscando ese último plus de energía que ya tenía bajo mínimos, no sabía cómo se abría. Un formato diferente a lo común y no veía como era el sistema ni por donde abrirlo. Había oído hablar de ellos y cómo se hacía, pero no era capaz. Apunto estuve de peguntar a alguien, pero por fin lo conseguí. ¡Uf! Ese momento fue el más duro, a mitad de la penúltima vuelta, en el km 14 aproximadamente y era cuando empezaba a venirme abajo. Se me empezaban a ir los ritmos. Notaba ese sudor frío y esa flojera que te empieza a invadir. Aunque, por suerte, las rampas no aparecían y pude seguir corriendo decentemente.

Ahí es cuando te empieza a entrar el pánico, cuando crees que te van alcanzar tus rivales porque la fatiga ya hace mella –con lo que duele que te pasen el parte final después de todo lo que has luchado–. Pero haciendo uso de la razón, en el giro me puse a controlar lo que le llevaba a mis perseguidoras y calculé que a Sara Loehr, que ya se había puesto segunda, le llevaba unos 4’, pero con la italiana muy cerca, detrás de ella, con un ritmo altísimo y muy superior al mío.

Última vuelta de infarto. 5 largos kms donde ya solo luchas con el corazón. Aunque la razón quiere convencerte de que tienes ventaja suficiente para llevarte el triunfo y tu cuerpo te intenta convencer para no tirar la toalla, las piernas ya no van y la respiración tampoco.

Sufrí mucho, pero vi la luz. Pisé la alfombra roja. Escuché y disfruté los gritos del público y saboreé una llegada a meta soñada. Un triunfo inesperado pero merecido. Esta carrera fue mía, me la había ganado.

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Broche de oro a una temporada de ensueño donde solo tengo palabras de agradecimiento para todos los que me habéis apoyado. Para todos mis sponsors que me han ayudado a llegar hasta aquí. A mi trabajo, donde me han puesto todas las facilidades necesarias para que pudiera competir. A mi entrenador, Álvaro Rance, por sacar lo mejor de mí. A David y a Juanjo que han dedicado horas a ayudarme desinteresadamente. Y por supuesto, a mi familia, que nunca me falla. Y en especial a Javi, que vive y sufre su carrera y la mía. Gracias.

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EN OTRO CONTINENTE.

Martes 2 de agosto, 13h del mediodía hora local (en España seis horas menos). Aterrizo en Filipinas; Concretamente en Cebú, ciudad donde se ha de celebrar la competición del domingo 7 de agosto —IRONMAN 70.3 PHILIPPINES ASIA-PACÍFIC CHAMPIONSHIP—. Una aventura nueva y desconocida para mí donde la competición iba a ser la excusa para viajar y conocer mundo. Como lo está siendo hasta ahora (por eso competimos, je,je).

Desde que llegué, supe que esto iba a ser más que una aventura. Las altas temperaturas y la humedad resultaban insoportables; más difíciles de llevar de lo que me pensaba. Además, me encontré con el consabido y temido problema del “jet lag”; situación que hasta ese momento no conocía y que hizo que me pasara las noches en vela. Era desesperante. Y más cuando has venido a competir y lo que necesitas es descansar. Lo peor… que, entre el sueño y el calor, estaba “KO”. Me encontraba muy floja. Agotada. «Esperemos que me acostumbre a esto porque… si no…, va a ser imposible competir así ¡No me aguanto en pie!» —me decía a mí misma.

Otras de las dificultades que me encontré, fueron las infraestructuras. Cebú es una ciudad caótica. Las calles no tienen ni arcén. Allí conviven en dos carriles cientos de vehículos (motos, tuctucs, carros, taxis, coches…) que se cruzan, pitan y paran constantemente. Los peatones que andábamos por allí, íbamos por un ladito, rezando para que no nos atropellasen. «Pero… ¿Dónde me he metido?… ¡Ni loca voy en bici por aquí! »

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Viendo cómo estaban las cosas, sin atreverme a coger la bici y agotada para poder correr, decido probar suerte con la parte de natación. Pues…, por surrealista que os pueda parecer, tampoco pude. Las playas aquí son privadas. Las compran los hoteles (los de cuatro y cinco estrellas, claro. Los otros no alcanzan a esas posibilidades) y solo tienes acceso si te hospedas en alguno de ellos. No era mi caso. Yo estaba en uno más modesto y asequible económicamente, como podréis comprender (Filipinas es barato…, salvo que quieras vivir como un rey).

Después de un día de impedimentos, al día siguiente, decido ir al hotel de la organización (uno de los hoteles más “tops” de Cebú), a pesar de que se encontraba a 4 kilómetros del nuestro. Y…, para rizar el rizo (si es que cabían más cosas), Van y me dicen que si no estamos hospedados en ese hotel, no se puede entrar a nadar; que será a partir del viernes cuando los competidores tendremos acceso. Y además, que solo en horarios concretos. «¡Fantástico! Lo que nos faltaba».

Intentando que esas pegas no me afectasen, de cara a la competición, cambié el chip. Le di un giro de 180 grados y decidí que, a partir de ese momento, mis vacaciones empezaban a ser una prioridad frente a la carrera. «Ya haré un paréntesis para competir y… ¡¡¡Qué sea lo que Dios quiera!!!». Así que: mochila y hacer turismo dos días por todos aquellos lugares. «¡Hasta el viernes!» Dos días inolvidables donde vi playas y rincones de encanto. Y la experiencia única de bañarnos con tiburones ballenas. Alucinante.

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Llegó el viernes. Volvemos al hotel de la organización y nada más llegar veo un cartel gigante donde salimos los Pros. ¡Impresionante! Yo allí fotografiada junto a las, y a los, más grandes. Aquello era otro mundo ya. Nadamos,por fin, en la increíble playa donde iba a competir. Ahí, fue el momento en el que me di cuenta de que había valido la pena venir a esa competición. Solo por nadar en ese mar, con un agua cristalina, con peces de colores, con estrellas de mar y coral en el fondo… Os lo aseguro. Vale la pena. Eso sí, el agua, a 27 grados. «¡Como para cocerse!».

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14.30 horas. Brefing de Pros donde, además de cerciorarme del nivel y la cantidad de Pros que había, me doy cuenta que, sin inglés, no se puede ser Pro. No solo por no enterarme bien de las cosas (algo importantísimo para la carrera) sino porque te sientes ridícula…, fuera de lugar. Es cierto que yo allí era una desconocida para todos. Solo había que ver (en la presentación que nos hicieron) que todas tenían un gran palmarés y unos excelentes resultados internacionales. Y sin embargo, en mi ficha, solo constaba mi currículum profesional y tres resultados destacables de este año en España (Tal y como os lo cuento. Y no será por carreras que he hecho. Digo yo…).

A pesar de ello, me sentía orgullosa de estar allí y poder competir junto a las mejores en una carrera de tanto nivel y repercusión internacional y vivir esa experiencia. «Ya lucharé por sumar buenos resultados a mi palmarés» —Me dije.

Aunque reconozco que lo que peor llevo de las competiciones son las ruedas de prensa y el sentirme un poco el centro de atención; en aquel momento fue una inyección de moral para la carrera. Me dio la sensación que las fuerzas empezaban a llegarme ¡Por fin!.

Sábado. Metida ya en la carrera. Cogí la bici desde mi hotel para ir a boxes. Iba “acojonada” por los 4kms que tenía que hacer. Por suerte, llevaba a mi guardaespaldas, Javi iba detrás escoltándome con un taxi. «¡Que haría sin él!». Sobreviví, pero parecía que los hándicaps seguían ahí como sombras que no ves; y… en los últimos metros…, pinché. ¡Buaf! Lo que me faltaba, «La Ley de Murphye» —Pensé. La suerte está vez no iba conmigo. Pero con la intención de que nada de eso me desconcertara, me fui al bike point a que me lo arreglaran. Tengo que reconocer que por ser pro, me dieron prioridad. Y en una hora, en la que aproveché para darme un último baño en la playa, y ver el recorrido, la fui a recoger y la dejé en boxes. Aunque me hubiera gustado probarla, pero ya no se podía hacer más y…, lo que quedaba de tiempo…, tocaba descansar.

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Domingo. Me despierto con ganas, preparo todo y, al salir del hotel, se me cae un bidón Recuperat-ion y se me raja por el culo. «Pero…¿Qué me pasa a mí en esta carrera? ¿Tengo la negra o qué?».Quería ir a lo seguro y llevar mis bidones y mis sales controladas. Con ese clima y sin convencerme los avituallamientos en carrera, no quería arriesgarme. Intenté conseguir en boxes un bidón pero no hubo suerte. Aunque una chica de la organización (una que se dedicaba exclusivamente para atender a los Pros) me dijo que me conseguiría uno, el bidón no llegaba. Me dijo que me marchase tranquila al agua y que me lo traería y me lo cambiaría por el mío. Yo había dejado el bidón boca abajo medio metido en el portabidones, para que no perdiera líquido, y ella solo tenía que transferirlo. Por supuesto, ya os lo adelanto, el bidón nunca llegó, y en la T1 me deshice de él.

Bueno…, tocaba ir a la línea de salida y olvidarse de todo aquello. Mira que estaba siendo anecdótico y raro todo lo que me estaba pasando. Tanto, que ni fui al baño; cuando siempre suelo ir al menos tres veces. ¡Era Increible!

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6.22 horas. Bocinazo de salida y empieza la prueba. Rápidamente me coloco bien y veo que estoy nadando junto a las dos favoritas. Aunque, en cuestión de metros, empezamos a comernos filipinos. Lo siento por la expresión que he utilizado, pero fue literal. Habían salido dos minutos antes que nosotras (los filipinos élite y el resto de pros). En ese momento pierdo los pies de Vodickova y los de Steffen y me quedo con otra que rápido dejo atrás. Hago toda la segunda recta de vuelta en solitario viendo de lejos la estela de las que, intuyo, son las primeras. Recta, con mar movido, pero con unas espectaculares vistas que incluso lograron sacarme una sonrisa en el agua al ver aquel espectáculo en competición.

Una Natación muy limpia y cómoda, y con muy buenas sensaciones, en el día de mi estreno con él Sailfish Rebbel.

Llego a la T1 y veo que justo en ese momento Vodickova salía con la bici. Creí que Steffan por delante ya, pero por lo visto (Me lo dijo Javi. Yo ni me enteré) ella salió a 10”de mí. Me adelantó estando en la T1 sin enterarme. Imaginaros si hice la transición lenta que ni la vi, pero ni a lo lejos ya una vez en la bici. Lo de ellas dos era otra liga. Aunque yo estaba ahí. Habia salido del agua en posiciones de pòdium y… por lo que vi en la T1, abriendo algo de hueco por detrás.

Bici muy rápida y muy llana. Una carretera larga sin más por donde hacíamos un recorrido de ida y vuelta en la que sufrimos el viento en una única dirección y lo disfrutamos a favor en la contraria. Ahí pude sacarle provecho a la lenticular y rodar por encima de los 44 km/h en muchos tramos (cuando el viento iba favor, claro. Y sin nada de bajada). Un circuito muy aburrido de no haber sido por el público. Durante el recorrido de bici no había ni un palmo de la carretera en el que no hubiera gente (no os exagero). Pensar que eran 60km a lo largo y que en los dos extremos de la carretera había un cordón continuo de personas. Era asombroso. Si hasta costaba ver los avituallamientos.

Bici dura psicológicamente donde te obligaba a pedalear constantemente. Yo, me estaba dejando la vida. Pero tuvo su recompensa al ver que mantenía la tercera posición. Por delante el hueco era cada vez mayor, y por detrás también. Es cierto, que la cuarta se mantenía cerca y apretando, sin embargo la quinta lo hacía algo más rezagada y la sexta ni se veía. Iba contenta por encontrarme dentro del Top 5 y todavía en posiciones de pódium.

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La parte final se me hizo eterna. Cansada ya de pedalear (por suerte más psicológica que físicamente) y con mucho dolor en mis partes íntimas (de mantener la misma posición y por ser una carretera con un mal asfalto y mucho bache). Tanto era así, que en uno de ellos, del golpe, se me bajo el manillar «¡Otra vez no!»-. Suerte que ya estaba en el km 80.

10 kilómetros finales muy largos donde apenas podía acoplarme por culpa de haberme quedado el manillar tan bajo y sin poder beber más porque no llegaba a la pajita del bidón delantero. Para colmo me encontraba con algo de ganas de vomitar. Sensación que había aparecido poco antes y que… los olores de comida de los puestos en la calle a lo largo del recorrido (algo muy típico ahí), no me ayudaban nada. Eso hizo que fuese con algún minuto de pérdida en ese tramo, pero por fin llegaba a la T2.

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Transición lenta de nuevo, donde no era capaz de sacar el Garmin de la bici y pude ver como la cuarta estaba muy cerca.

Venía lo más duro. Prueba de fuego en este último sector. Empiezo a correr y ya intuía que aquello iba a ser muy, pero que muy duro. Las piernas no iban mal, el resto del cuerpo tampoco, sin embargo, “la torta” que te mete el calor de golpe es indescriptible. En ese instante veo a Javi, «¡Por fin”». Me dice que tengo a toda mi familia siguiéndome por Internet (debían de ser las 3.30 de la madrugada en España). Solo por eso tenía que luchar hasta el final, y gracias a eso también saqué las fuerzas de donde no sabía que las tenía. El pensar que tenía a toda mi familia trasnochando, pendientes de mí, me ayudó a correr e intentar evadirme durante algunos momentos de ese sufrimiento que empezaba a pesar como una losa. En esos momentos hay que buscar una motivación por lo que luchamos…, por lo que sufrimos…, si no, lo que hacemos no tiene ningún sentido.

Los kms parecían que no pasaban y solo por el km 3, empiezo a notar algo raro en los pies, en las zapatillas. Creía que se me estaban deshaciendo (qué ilusa). Era como si corriera por el suelo, descalza. Resultó ser que las plantillas se me habían ladeado; imagino que fue por todo el agua que me había echado por encima ya para tratar de refrescarme. Eso sí. Hay que reconocerlo. La organización excelente y no había un kilómetro en el que no recibiéramos bebida, esponjas y cubetas de agua fría para echarte por encima. Un baño constante, literalmente. Muy incómodo correr así, pero totalmente necesario. No te habías echado agua por encima que ya estabas deseando llegar al siguiente puesto de hidratación, para volver a repetirlo. Lo único malo que te podía pasar era que, justo el corredor de delante de ti, cogiera los dos cubos que daban, y que encima los lanzará y te quedases sin. Porque yo…, parar…, no quería ni en los avituallamientos. Sabía que si lo hacía no arrancaría de nuevo.

Supervivencia total fueron los 21kms. Una vez me pasó la tercera, en el km 6, sin poder hacer nada para seguirla, me dediqué a luchar…, luchar… y luchar… por seguir corriendo; por sobrevivir en aquel infierno donde estaba metida. Por continuar estando en carrera y por no venirme abajo. El único aliciente: volver a ver a Javi en el paso por vuelta, en el km 10, y el público que, igual que en bici, habían llenado el sector a pie y con tramos donde ofrecían música y animación.

Los kms no pasaban, ni los metros. Miraba el Garmin por si se le había olvidado pitar y avisarme del paso por el km pero no, solo que aún no lo había completado. Y así uno tras otro. Para colmo, me pitaba y el cartel del km en carrera llegaba casi 300 metros después (y ese era el bueno, el que realmente valía) ¡Con lo que duele eso! Mi ritmo era muy lento y cuando creía que iba bien miraba el reloj emocionada, como si estuviera corriendo por debajo de 4 m/km. Pero no, como mucho conseguía correr por debajo de 5’. Aquello fue horrible. Aun así, aun estaba en el top 5; mi objetivo. La sexta venía muy lejos pero a la quinta no la conseguía ver. Yo ya iba ciega y esperaba que, el no verla, fuese porque venía lejos.

Pues pos suerte así fue, lo conseguí. Defendí mi cuarta posición durante casi toda la carrera y estaba acabando una de las carreras más duras que he tenido. Ansiada meta la que por momentos creía que no iba a poder cruzar. Emoción al hacerlo, con el pensamiento puesto a toda mi familia que estaban esperando ese momento para poderse ir a la cama, pobres, y que la noche en vela hubiera valido la pena.

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Emoción en la llegada y más, cuando varios árbitros y organizadores me felicitan por mi carrera y alucinando de que hubiera estado hay delante siendo una auténtica desconocida. Ahora ya me conocen. Igual que mis rivales, que también me felicitaron.

Abrazo ansiado a Javi con el que puedo descargar esa euforia y ese sufrimiento de 4h31’12”. A él le tengo que agradecer el estar aquí, el salir de nuestra zona de confort, como él dice y vivir experiencias nuevas en las cuales a veces también se sufre. Pero todo esto es lo que nos hace crecer y sobretodo, “vivir”, que por algo estamos aquí.

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Agradecer a la organización por el trato recibido (aunque a ver si para la próxima me ponen en el hotel de la organización como al resto de pros, jeje). A todos los que habéis estado siguiendo y esta vez con más motivo que nunca dada la diferencia horaria.

Y con la satisfacción de saber que, por esta cuarta plaza en una competición tan importante, me llevo 920 puntos KPR. Puntos que empiezo a sumar con la intención de clasificarme para el mundial para el próximo año. Lucharé por ello y toca seguir haciéndolo en 70.3 de Lanzarote. Próxima parada.

Ahora toca desconectar y disfrutar de dos semanas de vacaciones en este paraíso.

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Llegaba “la cita” del año. Zarautz ya marcó un antes y un después el año pasado y ha hecho que se convierta en unos de los triatlones más importantes de la temporada; en uno de esos que marcas en el calendario en rojo y que estás deseando que llegue y poder hacer una buena carrera.

Correr en el País Vasco es siempre un aliciente, y más en Zarautz, donde creo que está el mejor público –Para mí es la meca del triatlón–. Si ya es importante esta competición, por todo lo que conlleva (dureza de la prueba, nivel, repercusión, etc.), a eso, en esta ocasión, faltaba sumarle que se trataba de la XXX Edición y la fiesta pintaba que iba a ser de lo más grande. Un cartel de lujo y con el mayor premio económico dado en un triatlón nacional.

El nivel era impresionante, tanto en chicos como en chicas. Corredores de mucho renombre tanto a nivel nacional como internacional. Olímpicos y corredores de ITU. Gente a la que admiro y yo formaba parte de ese cartel. Eso me impresionaba aun más. La gran favorita a la cita: Ainhoa Murua, que además corría en casa. Con el dorsal 2, Line Thams, una danesa corredora internacional y campeona en su país en distancia sprint (a ver cómo se le iba a dar esta distancia). Después de ellas, entrabamos el resto, la “triarmada” catalana (Sara Loher, Dolça, Anna, Mercé y yo) y Ruth Brito que también venía a dar guerra.

La semana previa no fue buena. Un virus estomacal y el calor me hicieron sentirme muy floja. Si algo bueno tuvo eso, fue que el cansancio me hizo dormir más de la cuenta. Tanto que hizo que apenas estuviera nerviosa los días previos y pudiera conciliar bien el sueño. Así que, descansada si llegaba.

Cuando quise darme cuenta ya estaba ahí el gran día. ¡Si es que hasta la noche previa dormí de lujo! Que sensación más rara. Me sentía bien. Con ganas, con fuerza y con la ilusión de volver a estar en Zarautz rodeada de corredores buenísimos.

Poco antes de las 12h ya me encontraba en boxes preparando material. Allí te encuentras con todas tus rivales y los nervios ya son irrefrenables. Comentas la jugada. Te das ánimo con el resto de corredores y conocidos. Gente que tú no conoces y que te desea suerte. Aún no soy consciente que la gente empieza a conocerme. Es ilusionante.

12.30h. Toca subirse al autocar que nos lleva hasta la playa de Getaría. La sensación era como cuando te vas de convivencias en el cole y tus padres vienen a despedirte. Otros de los momentos mágicos que tiene esta carrera. Me despido de Javi con un fuerte abrazo -casi estaba tan nervioso como yo–. Sentada junto a Mercé, marchamos. Ella, al ser su estreno aquí, estaba con un poco más de respeto que yo. No es una prueba fácil, pero, viendo que este año no llovía, ya estaba tranquila.

La hora previa a la carrera es cardíaca. Todos allí en la playa esperando que quede poco para la salida y poder enfundarte el neopreno y entrar al agua. Que nervios se pasan cuando bajas del autocar y esperas, con ansia, que la hora pase rápido.

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Pues ahora sí. A escasos 2’ para la salida. Línea de llamadas. Últimos mensajes de ánimo entre nosotras (porque somos rivales, pero ante todo, somos compañeras y venimos a luchar por lo mismo. A disfrutar de una carrera única). Veo a Álvaro –mi entrenador y que también compite–. Me observa y me desea suerte; tal y como habíamos comentado: la natación iba a ser clave. Debía lucharla más que nunca.

Preparadas ante las órdenes del juez. Cuenta atrás -que se hace eterna–. Tembleque en la pierna y pulso a 200. Y por fin…, bocinazo de salida. ¡Al agua!

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Buena salida. Me escapo rápido del grupo, aunque Ainhoa, como ya esperaba, aún lo hace más veloz y veo como se me va ya en los primeros metros. Demuestra su potencial desde el principio. Sabía que iba estar incontestable. Su estela me ayuda para tener referencias. Rápido me alcanza Line –también la esperaba– que va seguida de Dolça. Ese era el tren que yo tenía que pillar; aunque era más bien el Ave. Sufro mucho por aguantar sus ritmos, pero lo consigo.

Una de las nataciones más duras que he hecho. Un fuerte ritmo que, aunque con momentos en los que creía que me quedaba, consigo aguantarlas. Era la clave. Hacer una buena natación hoy era tener posibilidades para pisar el pódium.

Fatigada. Llego a la playa y, al correr hacia la T1, noto un pinchazo en el gemelo ¡Uf! ¿Qué es eso? Me pregunto. Creo que nunca había hecho tantos pies nadando en un triatlón. Debía de ser la consecuencia de ello. Aunque Line hace una rapidísima transición, y Dolça la sigue, yo estoy ahí con ellas. Me subo a la bici teniendo a las dos a la vista. De Ainhoa ni rastro ya.

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Aquí llega uno de los momentos más críticos de la carrera. Paso a Dolça empezando a subir el Alto de Meagas y, aunque en alguna curva veo a Line, en la bajada ya dejo de verla. Solo llevaba dos curvas bajando y Dolça me adelanta. El problema no era ella. Era yo que me bloqueo ya en la primera bajada del circuito. Un momento muy duro que me hace temblar y plantearme muchas cosas. Siempre he sido miedica bajando, pero… desde la caída de Mallorca…, mucho más. «¡No puedo dejar que esto me supere!, ¡Y menos hoy!» Me digo, lucho contra mí misma y, al acabar la bajada, ruedo con más fuerza que nunca. Tanto, que paso a Dolça y consigo alcanzar a Line.

«¡Bien Judith! Esa es la actitud». Me vengo arriba y me demuestro, una vez más, que la asignatura de psicología la apruebo y con matrícula de honor. Ahí sí que empiezo a disfrutar. Viene la parte más rodadora del circuito y me siento fuerte, aunque intuyo que Line viene cerca porque escucho como un árbitro le pita para advertirle que mantenga la distancia permitida respecto a mí.

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Paso de vuelta por Zarautz que, aunque me lo espere, consiguen emocionarme de nuevo. No hay una explicación posible para ese momento ¡Pero qué grande es ese público! Para más inri, me gritan que Ainhoa está a menos de un minuto ¡Eso es muy poco! Aunque no la fuese a pillar, el saber que estaba cerca de ella era una satisfacción muy grande. Significaba que estaba volando y eso que bajo fatal. Veo a Javi como me grita. Digo veo, porque casi no lo oigo ¡Estaba afónico! «Pero cariño. Si es la primera vez que paso ¿Cómo estás ya sin voz?» Pobre, que nervios estaba pasando con mi carrera. Emocionante.

La segunda vuelta no hizo más que aumentar mi confianza y, aunque Line seguía detrás – porque volví a escuchar cómo le advertían -, al menos no me pasó ni en la bajada. Buena señal. Paso de nuevo por Zarautz y el público vuelve a ponerme los pelos de punta. Euforia. Voces que gritan mi nombre. Me dicen que Ainhoa sigue ahí delante (aunque nunca la vi ¡Je, je!). Javi está aún más afónico. Aida que me ánima. Brutal. Que sensación.

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Yo no sé si fueron todos los ánimos y la emoción, que estuve intentado contener, pero el circuito me estaba pareciendo mucho más fácil que el año anterior. Me sentía que volaba y que los km pasaban rapidísimos. Hasta que en el km 65, el Muro de Aia, me devolvió a la realidad. Esto sí que me seguía pareciendo igual de duro ¿Cómo pueden hacer carreteras con tanta pendiente? Pero… ¡Si esto no lo sube nadie! Pues, por supuesto, aunque sufriendo mucho, lo subí; y eso quería decir que la bici estaba llegando a su fin.

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Sin embargo, aún me quedaba un momento muy duro. Y no era la subida al camping (Txurruka), sino la bajada. Momento que aprovechó Line para pasarme y, no contenta con eso, también marcharse. Que rabia; después de ir delante de ella durante más de 70km, se me iba a ir al final sin poder hacer nada por seguirla. No podía bajar más rápido de lo que yo confiaba. Pero no tiré la toalla. Luché en el tramo que volvía a ser llano/ascendente y, al menos, aunque a lo lejos, volví a verla.

Ahí sí que la bici estaba llegando a su fin. Quedaba lo mejor porque, aunque sea una subida, no quieres perdértela. La subida al camping es donde la gente hace un embudo y pasas casi rozándote con ellos. Sientes que te empujan con sus ánimos y hacen que tus piernas ni noten el vertiginoso ascenso. La boca seca de la emoción. Así que aprovecho en los últimos km rodadores hasta boxes, ya en Zarautz, para beber. Pero…, aquí viene la anécdota de la carrera: Cuando me acoplo y busco con la boca la cañita compruebo que no llego a ella. «¿Pero qué está pasando? ¿Se me ha encogido el cuello, o qué?». Varios intentos sacando un poco la pajita, sacando el culo del sillín, pero… nada. Fue un momento surrealista que me dio por reír por no llorar. Suerte que la bici se acababa. (Resultó ser que, en un badén, en la bajada, del bote, se me había bajado el manillar.)

Bueno. Empieza la parte más dura del triatlón. Al menos eso era antes, porque esta fue mi mejor carrera. Cada vez corro mejor. Qué bueno es sentir que lo que antes era un suplicio ahora hasta lo disfruto y siento que soy capaz de correr más rápido y lucharlo mejor. Parecía que solo faltaba creérmelo. Que sensación tan buena el ver que eres tú la que adelantas posiciones y no al revés. Pasará de todo en las siguientes, pero he conseguido ganar confianza y motivación en mi peor sector y, con eso, la carrera a pie, la afrontas de otra manera.

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Pues eso fue lo que pasó en los 20km. Salí fuerte sabiendo que estaba en posiciones de pódium, aunque con corredoras muy fuertes por detrás. Además tenía por delante a Lian a un minuto. Así que ese era el día para dejarme la vida por intentar cazarla. Lo conseguí. Mitad de la primera vuelta y la consigo adelantar. Como pasa en estos casos: te vienes arriba. Iba segunda y distanciándome cada vez más de la tercera y del resto. La euforia vino cuando Javi, en el paso por vuelta, me grita que Dolça está a más de 4’ y Sara a 9’30”.

Euforia es poco. Tuve que contenerme durante toda la carrera porque estaba siendo muy emocionante. Que fuerte me sentía. Miraba el reloj y alucinaba viendo como la media iba bajando y los km rondaban a 4’/km. Hasta vi algún 3’20 (en bajada, sí, pero… aun así, flipante).

Los quilómetros volaban como lo estaba haciendo yo; sobre una nube gracias al público que no cesó de gritar ni un solo instante. Muchas caras y voces que no puedo olvidar. La de mi entrenador, Aida, Guru, Robert, Javi, Argiñano, corredores, Siscu, conocidos… ¡Eso hay que vivirlo!

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Llegada a meta en segunda posición. Abrazo con Ainhoa que me estaba esperando. Colofón a una carrera única e inolvidable. La mejor para mi hasta ahora, ¡Sin duda!

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Gratificante saludar y subir al pódium junto a los mejores triatletas de este país. Tener el privilegio de conocerlos y competir con ellos. Les deseo lo mejor en Río.

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No soy de comparar tiempo porque depende de muchas circunstancias: lluvia, viento, calor, corrientes, mareas… Pero, me he sorprendido a mí misma de la mejora en un año:

ZARAUZKO TRIATLOIA     2015    –    2016

Natación                       41’21          38’08

Ciclismo                      2h35’01       2h27’42     (2015 con lluvia)

Carrera                       1h26’41        1h21’20

Muy contenta con la progresión en un año. Con la certeza que queda mucho por mejorar. No solo a nivel físico, sino técnico, como lo son las bajadas en bici, que estoy segura que es cuestión de tiempo y que volveré a ganar esa confianza perdida. Y en las transiciones, que también toca mejorar.

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Contenta con los resultados llego a la mitad de la temporada. Momento para darme un respiro competitivo y disfrutar con lo que estoy viviendo.

Gracias a todos los que me seguís y me apoyáis.

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¡Primer triatlón de la temporada!

Por más años que lleves en esto, los nervios no cesan. Estaba como el primer día de colegio; nerviosa, con ganas, pero con esa mezcla de incertidumbre sin saber lo que te espera.

Además de que no conocía la prueba, aunque ya me habían advertido de su dureza en el tramo a pie, venía sin saber cómo me iba a encontrar. Con mucha seguridad en mi misma ya que me encontraba fuerte y todo el ciclo de entrenamiento había sido bueno, pero con esa falta de chispa que se pierde cuando llevas tantos meses sin competir.

El nivelazo que había no ayudaba a tranquilizarse. Y más cuando ya empiezas a salir con dorsales bajos y ser una de las candidatas a luchar por llevarte la carrera. ¡La presión ya pesa! Pero yo tenía que hacer mi carrera, como siempre. Sara Loehr era la favorita, yo tenía que ir a defender mi dorsal número 2, difícil con el palmarés del resto de competidoras.

A pesar de todo, la logística la controlé bien. Estaba todo listo y ya en la arena esperando ansiosa empezar la carrera. Aunque con 20 minutos de retraso, pero por fin sonó la bocina. Ya en el agua, luchando por coger un hueco y poder controlar el ritmo y la respiración. No hice mala salida, me encontré cómoda y rápidamente busqué un grupo que me ayudó a marcar un buen ritmo. Salíamos con los chicos elite y realmente no sabía cómo estaba situada respecto de las chicas. Me paso Dolça al paso de la primera bolla, pero no pude seguirla. Aun así, llegué a la T1 segunda, viendo a Dolça justo por delante y con la ventaja suficiente para coger la bici sin que ninguna más me diera caza.

La bici, a pesar de empezar con una rampa muy fuerte al salir de boxes, era muy llana, muy rodadora, y eso no me beneficiaba. Si quería luchar por estar delante, tenía que hacer una bici fuerte e intentar marcar ahí la diferencia, la táctica de siempre.

Así lo hice. Me escapé desde el principio pasando a Dolça en la primera subida y me concentré durante todo el sector ciclista para no dejar escapar ni un segundo, eran claves! Aunque la bici era muy rápida, se hace muy larga cuando ruedas completamente sola, sin apenas referencias respecto a otros corredores en todo el recorrido. Luchando contra el viento y contra el crono por no dejar escapar tiempo. Las sensaciones eran buenas y más cuando veía que iba ampliando distancia por detrás.

Si soy realista, no esperaba sacar tanta diferencia en un circuito rodador, me sorprendí de hacer esa bici tan fuerte y llegar bastante entera a la T2. Aunque alucinada de llevar 4’ de ventaja respecto a Sara, sabía que no era ventaja suficiente para ser perseguida por un “guepardo” como ella! Aun así, había que luchar por ello y defender hasta el máximo ese primer puesto.

Corrí bien, hasta que llegué al infierno de las escaleras y supe que la carrera iba a ser muy dura. Por más que te lo imagines (y eso que yo he hecho carreras de subir escalera), no cuentas como “mata” a nivel muscular y como el pulso se dispara y aparece la agonía. Son esos momentos que piensas: “¡madre mía, ¿quién ha inventado este circuito?! ¡No era necesario!” y te planteas porque te gusta tanto sufrir y competir.

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Pues allí seguía, corriendo, empezando la segunda vuelta con la certeza que Sara me iba a dar caza en cualquier momento, en la primera vuelta ya me había recortado 2’30”. Me dediqué a seguir mi ritmo hasta que me cazó antes del segundo tramo de escaleras. Después de animarnos mutuamente, me conciencie de que había que mantener la entereza y defender la segunda plaza.

Así lo hice. Disfruté de los últimos kms de carrera sabiendo que había luchado y que lo había dado todo una vez más. Era una buena carrera y un buen inicio de la temporada. Quizá algunos esperaban más de mí, y se lo agradezco, pero yo sabía que Sara estaba muy por encima y hay que felicitarle por ello. Igual que al resto de corredoras.

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Lo mejor, llegar a meta sabiendo que Javi, Richard y María habían estado acompañándome y sufriendo conmigo durante toda la carrera. Supporters de lujo! Que para mí dice mucho. Su compañía durante todo el fin de semana hizo que un mero viaje de competición se convierta una vez más en un viaje inolvidable, lleno de anécdotas, risas, buenos y “malos” momentos (es que la carrera fue tan dura que me paso factura a nivel estomacal y la vuelta fue dura).

La anécdota de la carrera: cuando un juez se me acerca en moto sobre el km 70 de bici y me dice con ironía: “¿estas segura que vas bien? ¿No te habrás equivocado de recorrido?” como imagináis, muy desconcertante. Suerte que en la rotonda siguiente venia el giro que me desviaba a la parte final y me cercioré de que iba bien. Aunque seguía desconcertada. Por supuesto, al final de carrera le pedí explicaciones (porque él en ningún momento se vino a disculpar) y aun sabiendo de su error (no sabía que iba primera yo en bici) me dijo: “¡bueno yo te digo, pero tu sigue, no me hagas caso!” ¡Y eso que es un árbitro de la FETRI!

Agradeceros a todos los que me estuvisteis siguiendo en directo, para mí fue muy emocionante recibir decenas de mensajes y fotos mientras me seguíais. A todos por los ánimos y felicitaciones. Por creer en mí.

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A mi entrenador Alvaro Rance por seguir ayudándome día a día.

A todos mis patrocinadores, a los que ya me ayudabais la temporada pasada (Laica  y Portubienestar.com, xwin, Alimmenta y Sailfish) y los nuevos (Recuperat-ion, Newton, Big Mat Garro Sant Boi, Unîca Bikes, Speedsix, Catlike, Odeclas y Viator) y a los que me cuidan (Centreafit y Cyclistlab) y por su puesto a mi club Where Is the Limit? Sin vosotros no sería posible. He podido estrenar bici, ruedas, neopreno, casco, tritraje, zapatillas…gracias a vosotros! Y el estreno ha sido increíble. Gracias a Viator por acogerme y enseñarme que detrás de una gran marca ahí una gran familia que he tenido el placer de conocer.

A por la siguiente!

Segunda prueba importante de la temporada. A pesar de sólo dos semanas después de Francia, me encontraba fuerte y recuperada. Iba a ser una carrera con mucho nivel pero eso tenía un aliciente extra. Sabiendo que el top 5 era inalcanzable, volvía con el objetivo de buscar un top 10 y poder estar ahí, en carrera, luchando con el resto.

Correr en casa siempre tiene una motivación extra. Te da más seguridad, a pesar de no conocer la prueba, y lo más importante que ves muchas caras conocidas, mucho público, mucha afición y gente que te anima, es lo mejor! Mi chico estaba ahí de supporter y mis suegros habían venido a verme por primera vez, se agradece.

Una carrera muy madrugadora con una salida a las 7:00h para los chicos Pros y 7:02h para nosotras. EL resto como siempre, iría saliendo minutos más tarde por detrás nuestro. Buen ambiente desde la salida, con música y presentación oficial incluida, que nervios! Pero que subidón! Pero algo me tenia inquieta desde antes de la salida y eso inevitablemente iba a condicionar mi carrera desde el principio. El gorro que me habían dado, resbalaba mucho y me iba más bien pequeño. Desde antes de tirarme al agua ya noté como se me iba escurriendo y eso iba a ser un problema.

Pistoletazo de salida, arrancada en los primeros metros y 5 chicas vamos en cabeza empezando a dejar algo de distancia respecto al resto. Comienzo bien, aunque antes de llegar a la primera boya ya se van 3 y yo me quedo mano a mano con otra. Fue la peor compañera que me pude buscar, iba muy desorientada, cambiaba de dirección constantemente. Me despistaba, me molestaba y hasta me hizo comerme una boya que solo era de referencia porque creería que habría que bordearla también. Me separé de ella, la perdí de vista y me quedé nadando sola. Pocos metros después empezó mi calvario, el gorro se empezaba a escurrir! Iba nadando y parando a las pocas brazadas para bajármelo tirando de él. Eso me hizo perder tiempo y motivación. Para colmo, fue hacer el giro de cambio de sentido y ver como el sol matutino deslumbrara y no veía absolutamente nada! No era capaz de distinguir ninguna boya ni tenía ninguna referencia. Un poco frustrada seguí nadando, intentando intuir cual sería el camino y mientras seguía acomodándome el gorro. Pocos minutos más tarde me empezaron alcanzar perseguidores, ya venían chicos de grupos de edad y entre ellos también veo una chica Pro. Podría alegrarme de tener compañía y referencias hasta la salida del agua pero el bajón de sentir como estaba perdiendo mucho tiempo en mi mejor sector me hundió. Faltaban 500 metros para llegar y desistí de seguir colocándome el gorro, no quería perder ese grupo y en unos metros más el gorro se me calló.

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Salí con un mosqueo increíble del agua y perdí bastante tiempo en la T1  por ese motivo. Tocaba cambiar el chip, no podía condicionarme la carrera ese percance con todo lo que quedaba por delante. Aún así salí del agua 4ª para mi sorpresa! (eso me indicó Javi cuando salí pero realmente 5ª). Una T1 lenta hizo que llegaran más chicas y la verdad que perdí la cuenta pero al menos estaba en carrera e iba a subirme con referencias en bici.

Así como la natación fue un desastre, el sector ciclista fue muy bien. Me noté fuerte, confiada técnicamente y lleve un ritmo alto y constante desde principio hasta el final. Fui fuerte pero aún así me sentía que tenía un puntito más en la reserva para poder correr bien. Lo mejor fue sentir que estaba en carrera que, pude seguir la estela de alguna rival y luchar con ellas. Hice algún adelantamiento y a la vez también tuve que ver cómo me adelantaban a mí!

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Llega a la T2 con ganas, hice una rápida transición y me puse a correr 6ª. “Está muy bien!” , me dije a mi misma. Y los primeros 3km me crecí al ver el ambiente de público y escuchar cómo me animaban, muchos amigos, muchos conocidos y además mi entrenador Alvaro Rance que había venido a verme!

Iba corriendo bien de ritmo pero desde el principio notaba una molestia en el tendón de Aquiles del pie izquierdo. Iba a más y en el km 4 se hacía ya muy molesto. Pensaba que tenía el calcetín mal puesto o alguna piedra que me estaba rozando. Decidí parar para colocármelo bien, quedaba mucha carrera y valía la pena perder unos segundos. Pero la sorpresa fue que todo estaba en orden, esa molestia era interna, muscular. Me plantee retirarme, es cierto que dolía pero podía aguantarlo “de momento”, pero tampoco quería lesionarme! Decidí esperar al cruce con mi entrenador y que él me asesorara pero, antes de llegar a ese punto (km 12) ya mi cabeza se había impuesto y había decidido seguir y luchar. Iba 7ª en ese momento, había perdido una posición y se acercaban rivales con más ritmo que yo pero quería llegar a meta, acabar y más corriendo en casa, con gente que había venido a verme y sentía que debía hacerlo por ellos.

Unos últimos 5 quilómetros muy duros, no solo por el dolor del tendón sino porque iba fundida. El calor y  la falta de hidratación/suplementación me hizo venirme a bajo y me fueron superando rivales en el último tramo sin poder evitarlo. Entre ellas Anna Rovira, la otra española que corría. Eso me dolió más!

Al final un 11ª puesto y 2ª española. Sabor agridulce por las sensaciones que tuve pero orgullosa una vez más de mi capacidad de lucha. Cuando las cosas son más difíciles y cuando hay que demostrar lo fuerte que eres.

Una lección aprendida: a partir de la siguiente competiré con dos gorros!

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