Pues aquí estoy escribiendo la crónica de mi primer mundial. Una de las que más ilusión hace y sé que muchos la esperáis. Seré breve e iré al grano que no quiero alargarme mucho. Además, los precedentes a la carrera suelen ser muy parecidos, aunque cambiando el escenario.

Reconozco que la semana previa fue dura, me encontraba muy cansada y muy baja de fuerzas. Imagino que parte de la culpa era del calor que estaba haciendo. Solo quería dormir y descansar y a duras penas iba sacando los entrenos. No me preocupaba entrenar bien, esa semana no importaba, pero sí llegar con fuerzas a la carrera. Tanto era el cansancio que llegué a plantearme si era mejor no ir. Por suerte, poco a poco fui encontrándome mejor y llegué a Eslovaquia con ganas y con fuerzas para disfrutar de este gran evento que valía la pena vivir.

Quitando la logística del viaje: llegar a Viena, coger coche y conducir hasta Eslovaquia; y los traslados de Samorin al pueblo donde dormíamos, que estaba a treinta minutos de trayecto, la cosa fue bien. Exceptuando la noche previa que, si ya cuesta dormir, una boda celebrada en la pensión donde nos alojábamos, nos fastidió la noche. La música y la juerga no cesaron hasta las tres de la mañana. Eso fue lo peor de todo el fin de semana, con diferencia. Es que hospedarse en el X-Bionic, lugar donde se celebraba el evento, era descomunalmente caro. Un complejo deportivo espectacular que aún le dio mayor magnitud al evento.

Yo había venido a Samorin con la idea de disfrutar de todo aquello: ver el nivel que había, la cantidad de Pros de todas las distancias y nacionalidades, el ambiente espectacular, la organización de diez, todos los preparativos, el despliegue de medios…; aquello había que vivirlo. Y lejos de pensar en un resultado, quería saborear mi primer mundial y valorar que era una de esas pros que estaban allí y que tanto mérito tenia. Los pronósticos se los dejaba a los demás y aunque algunos confíen mucho en mí y esperaban que estuviera delante, yo venía a por el top10 que, siendo realista, era el objetivo y un gran resultado.

Llegaba el día de carrera. El calor apretaba fuerte desde primera hora de la mañana y hasta se agradecía meterse en el agua del Danubio a 18 grados de temperatura para refrescarse y calentar un poco. Las sensaciones eran buenas y los nervios controlados. Tenía ganas de luchar más que nunca, aunque sabía que iba a ser una de las pruebas más difíciles. Y desde el principio se iba a imponer un fuerte ritmo con corredoras que marcarían la diferencia.

Efectivamente, arrancamos la prueba y varias nadadoras se ponen en cabeza. Trato de no perder comba e intento buscar esa estela que empieza alejarse. <Hoy la natación va a ser divertida>, pensé en los primeros metros. Consigo enlazar con ese grupito que pronto se convierte en una fila de uno, menos en mi puesto donde parece ser que me tocaba compartir posición. Una rival que lejos de colocarse delante o detrás, como todas, se queda pegada a mi impidiéndome nadar cómodamente, con enganchadas constantes. <Ves cómo iba a ser divertida>. Suerte que al menos la tenía a la izquierda y podía respirar con facilidad. El intentar despegarme de ella y no perder el grupo me llevó a dar un punto más, el último que me quedaba. Pero dio resultado, conseguí deshacerme de ella y engancharme a tres nadadores que llevaban un alto ritmo, aunque no era el grupo de cabeza. Me costó seguirlas, pero sabía que era clave hacer una buena natación para poder tener referencias en bici. Aunque de poco me sirvió luego.

Salí del agua exhausta. Me temblaban las piernas. Pero contenta de la buena natación que sabía que había hecho, al menos por el mero hecho de haber aguantado a ese segundo grupo. Y más al ver que una de ellas era Ane quien ganó en Rímini y me metió más de 1’30 en el agua.

Transición muy larga, que lejos de coger aliento, me quita el que me quedaba, pero lucho por no perder esas ruedas. Séptima – me cantan – a 3’30 de la cabeza de carrera. <¡Uf! Eso era mucho tiempo ya, y eso que había nadado muy bien>. El único consuelo fue saber que esa cabeza de carrera era donde estaban las favoritas y el haber salido más cerca, tampoco se hubiera significado nada. Me centro en lo mío, en no perder ese grupo, aunque alguna se descuelga en los primeros kilómetros y también nos alcanza otra rival que nos adelanta rápido. Su actuación provoca la reacción de las dos corredoras que tenía delante. Y yo, como si fuera una espectadora, veo como impotentemente se distancian cada vez más en los primeros 10 kilómetros de ciclismo.

Ahí empezó mi calvario. Lo que me temía. Una bici totalmente en solitario, durísima por el calor y por el terreno totalmente llano. Sí, sí, durísima por el llano, es lo peor, al menos para mí. Rodar en la misma posición desgasta muchísimo, no solo físicamente sino el factor psicológico es el que más queda dañado. Molesta el culo, las cervicales, duelen muchos las patas…pero lo más duro es mantener esa concentración de pedaleo continuo, de querer imponer un fuerte ritmo y de no querer bajar la media ni un solo punto. Una bici con un recorrido sin pena ni gloria, en un terreno completamente árido donde la única distracción fue llegar a los 3 avituallamientos del recorrido y los 10kms antes del giro pegados al Danubio donde el asfalto era malísimo y tocaba concentrarse para evitar todos aquellos baches y surcos marcados con grafiti. Lo único que conseguí al pasar por allí fue una ampolla en el dedo de cogerme tan fuerte al acople y ver como la media me había bajado más de un punto y medio. Lo más triste fue, incrédula de mí, creer que llevaba el viento en contra, poco viento hacía, pero eso poco creía era en contra. Pues lejos de mi ignorancia, rápido supe que estaba equivocada. <Qué horror por Dios, esto está siendo un suplicio>. Quería llorar, quería tirar lo toalla, no sabía que motivación darle a mi cabeza, lo intenté todo: buscar una distracción jugando con los kilómetros que llevaba y me quedaban, buscar algo positivo a esa soledad y valorar positivamente el hecho de que al menos no me había pasado nadie más, ni Emma Pallant que la esperaba desde hacía rato, ¿o habría nadado más rápido que yo?. <No eso no te ayuda Judith, piensa en otra cosa>.

No os exagero, es la bici más dura que he hecho nunca, y la peor. Más de dos horas de soledad con una interminable lucha interna. La cabeza pudo conmigo, la fatiga me vencía y las ganas de levantarme del acople por la tensión cervical también. Intenté no desistir, pero desde el km75 solo pensaba en llegar a la T2, en bajarme de la bici, en acabar aquella pesadilla. Solo me salvó el empezar a ver a los grupos de edad que comenzaban la bici y encontrarme a un pro que iba peor que yo y pasé rápido. Descontando los kilómetros como único aguante y sin ganas ya de pedalear, me alcanzó una rival. Lejos de lamentarme, hasta se lo agradecí, fue un último revulsivo para llegar hasta boxes con un ritmo algo decente y al menos distraer la mente esos 8kms finales de ciclismo.

Nada estaba hecho. Quedaba correr 21kms muy baja de fuerzas, hundida de moral y bajo un sol abrasador que fue fulminando a los corredores con retiradas constantes y cadáveres andantes. Suerte que tuve a Javi animándome, si no es por él y por todos los que sé que me estabais siguiendo en directo y que Javi me nombraba al pasar, no hubiera aguantado. Corrí por él, por mi familia, por mi entrenador, por mi gente y por vosotros. No creía que fuera capaz de hacerlo por mí misma.

El peor momento lo tuve antes de llegar al km 2. Justo venía el primer avituallamiento y estaba muerta de sed, pero necesitaba tomarme un gel ya. A ver si esa inyección de azúcar me ayudaba a levantar los pies y el ánimo. Pero con la boca tan seca y el aire tan justo, se me va por el otro lado y noto como me ahogo. El ácido del gel me escuece en la garganta y presa del pánico me paro y levanto los brazos pidiendo ayuda, pero allí no había nadie. Nerviosa del susto, intento tranquilizarme y parar unos segundos hasta que consigo que el aire vuelva a mis pulmones y retomo la carrera. <No Judith, no vale la pena, acaba con esto, no tienes necesidad de sufrir así>, me gritaba mi subconsciente. Por un momento me daba igual todo: el mundial, el top 10, el resultado, mi orgullo…Pero había algo que no me daba igual, y es que Javi había renunciado una vez más a sus entrenos, a su rutina para estar ahí conmigo. Si por alguien debía luchar y acabar era por él. Ese pensamiento fue el que me mantuvo en carrera, me lo repetí una y otra vez y me reafirmaba cada vez que me cruzaba con él. El ritmo no me importaba, solo sobrevivía.

Me bajé a correr décima enganchada a la novena y con la onceaba pegada a mí, a escasos treinta segundos. Supe que me iba a pillar dada mi condición, pero Javi me gritaba que luchara por el top 10. Debía hacerlo. Y lo hice. Una primera vuelta algo contrariada con mi debilidad y mi sufrimiento, donde me dediqué a aguantar un ritmo constante viendo cómo se alejaba la novena y se me acercaba la onceaba. Pero en el momento que más cerca la tenía, por fin, volví a ser yo, y me dije que no podía echar a perder ese top 10 tan valioso en mi primer mundial. Apreté, mejoré ritmo, no mucho, pero lo suficiente para marcharme de mi perseguidora y demostrarle que ese puesto era mío. Estaba terminando mi segunda vuelta, estaba corriendo, luchando de nuevo. Y Javi debió verme tan bien que me grita: Bien cariño, muy bien, venga que la Vodickova va muerta. <¡Uf! ¡Y yo! No te jode> -. Porque no tenía aliento, sino le envío a freír espárragos. <¿Que no ves cómo voy cariño?> pensé. ¡Pobre! No sé si fue la rabia de ese comentario que hasta pareció dolerme, pero aumenté más el ritmo, 5km para el final de la carrera y empecé a correr como si fuera el sprint a meta, me crecí.

Aún no sé ni cómo ni porque lo hizo porque realmente no creía que podía pillar a Radka quién iba todavía en octava posición la última vez que me crucé con ella y a bastante distancia. Pero debía intentarlo. Javi me lo decía por algo. Así que seguí corriendo fuerte, comprobando como efectivamente Radcka ya había pérdida su octava posición y corría perjudicada. Estaba aún lejos, pero quería intentarlo. Me puso a 3’50min/km para mi sorpresa y eso aún me motivo más. Me olvidé de los avituallamientos para no perder ni un segundo, aunque estaba muerta de sed, pero podía aguantar. La empecé a ver, le iba recortando. ¡A quince segundos!, me canta Javi emocionado a poco menos de 2km para meta. Y la alcancé, la pasé justo delante de Javi viviendo el momento más emocionante de la carrera. Y saboreé un último kilómetro de una de las carreras más sufridas que nunca creí acabar.

Lloré mucho al cruzar la meta, quería hacerlo para sacar toda esa agonía vivida. Una carrera con mucho desgaste psicológico que me hizo sacar lo peor de mí, pero si algo saqué bueno, fue una vez más la lucha, la tenacidad y la constancia. Muchas lecciones me dio esta carrera. Una vez más, la media distancia la gana la psicología.

Fotos de James Mitchell

Por fin llegaba la primera del año. Parece que nunca va a llegar. Los meses previos se hacen eternos pensando en ella –que para algo entrenamos–. Pero, por otra parte, cuando llega no puedes evitar pensar: «¿Ya?, ¿Estaré preparada? ¡Igual necesitaba algunos meses más de entreno!». Pero ya no hay vuelta atrás. Con el trabajo hecho, o no -que lo estaba-, llegaba la hora de probarse. Incertidumbre es lo que se siente ante ella. Oyes a tu cuerpo la semana previa y crees que estás bien. Por suerte, no hay nada extraño que diga lo contrario. Pero después de tanto tiempo sin competir, no sabes cómo te vas a encontrar.

En los días previos siempre surgen pequeños percances. A la bici le faltaban unos retoques, pero tengo la suerte que Josep se desvive para que tengamos la Ûnica al 100%, y vino hasta casa para ajustármelo todo. El mono de competir no llegaba a tiempo. Cierto es que hubieron muchos cambios de última hora con sponsors que dejaron de colaborar. Y lo de WITL, que me informa solo un mes antes de empezar a competir que ya no sigue conmigo. Pero afortunadamente, siempre tengo gente que me apoya y tocaba darle visibilidad e incorporarles en el mono. Esperé hasta el último momento, pero no pudo ser. Por suerte, mis suegros, la noche antes de competir, me trajeron un mono cualquiera que me envío Viator; para tener algo.

Aun así, una va teniendo experiencia e intenta que nada de esto me desconcentre ni me saque de carrera. Porque, a pesar de eso, por lo demás todo salió rodado en logística. Llegamos jueves a la isla. Hotel de lujo que nos pone la organización justo delante de la salida. Y eso, es media vida. “¡Muchas gracias!”, porque realmente fue un placer disfrutar de aquello. Pudimos ver el recorrido de ciclismo, donde comprobamos su dureza, no solo por el desnivel que íbamos a acumular, sino también por el calor y el viento que se sumarían a la fiesta. «Aunque a mí lo del calor, tengo que reconocer que me gusta». Pudimos preparar todo con calma y sobretodo, descansar y comer como reyes.

Yo estaba muy tranquila los días anteriores. Supongo que, al ser la primera prueba, era inevitable estar aún un poco fuera de juego. En parte me ayudaba a templar los nervios. También era de esas carreras que no tenía apenas presión, había mucho nivel. Es de las carreras más top que he hecho en cuanto a las rivales. Estaban las mejores del mundo. Primera competición con Daniela Ryf como rival, «bueno: de rival por decir algo, porque aquello es otra liga». Solo hacía falta pasearse por boxes, y ver las máquinas que llevaban, para darse cuenta del nivel. No me refiero a la marca, porque mi única no tiene nada que envidiarle ¡eh! Sino a las ruedas elegidas (lenticular, palos…), al desarrollo con platos enormes, al manillar… Y es que la bici de Natascha Badmann –una veterana de 50 años, varias veces campeona del mundo– no tenía manillar, solo acoples. Pero «¿Cómo podía ir así con este circuito que no tenía ni una recta? ¡Si yo apenas me acople 3 veces en los 90km! Y, ¿Cómo frenaba?». Alucinante, aún no sé cómo controlaba esa bici.

Yo iba hacer mi carrera, como siempre. Es cierto, que los medios comentaban el nivel que había: Daniela Ryf y Emma Pallant como favoritas. –Emma me sacó una minutada ya en Barhéin–, Natascha con su veteranía. Algunas caras y nombres que me sonaban como la que llegó a la T2 en Peguera conmigo, y sabía que en el agua me iba a meter minutos, aunque, si salía como en Mallorca, podría alcanzarla en bici y a priori yo también corría mejor. Sara como otra española, y que ya nos conocemos bien. Y muchas otras Pros que no conocía, pero venían también a dar guerra. Veríamos a ver si, a pesar del cartel, podíamos meternos en el top 5.

Por fin llegaba el día. Suena el despertador después de una noche con muchos ratos en vela, –inevitable–. Pones los pies en el suelo y ves que todo está en orden. No duele nada. Aunque la barriga algo revuelta y un poco de malestar, pero sabes que eso es parte de los nervios y algo habitual ese día. Aun así, te fuerzas por desayunar y seguir las pautas que me había marcado Marta, mi dietista de Kronosport, y que tan importante es tanto en carrera, con la suplementación, como en la dieta los días previos. Desayunar, ir veinte veces al baño, –también habitual– y bajar a boxes a prepararlo todo.

Todo listo a escasos treinta minutos de empezar la prueba. Tiempo de sobras para ajustarse el neopreno, calentar un poco y ponerse ya muy nerviosa. Es lo que toca. El agua estaba genial, 21 grados. Genial para mis manos y mis pies que no llegan a enfriarse, y eso me da subidón. Además, la temperatura ambiente también era muy buena. Me alegro de estar en Canarias, con ese clima tropical y no sentir ese frío que te desespera antes de cada carrera y aun te hace temblar más.

8.00 Salen los chicos pros y un minuto más tarde lo hacemos nosotras. Empieza la prueba. Hago una muy buena salida y me coloco rápido en cabeza sin ningún problema, ni golpe. «Que buena sensación». Aunque pronto me pasa una rival que, en menos de cinco segundos, se aleja sin más. Imaginaba que era Daniela. Ya contaba con ello. Pero en cuestión de segundos me pasan dos más. Que decepcionantemente. Se escapan tan rápido como la primera. Una vez más, pierdo cualquier estela posible y me quedo sola durante todo el sector de natación. Habrá que mirar el lado positivo y es que, por detrás, yo también estaba sacando ventaja respecto al resto.

         

La natación fue dura. A priori el mar estaba en calma. Pero, a medida que te ibas adentrando, el oleaje se hacía más intenso y, ahí, es donde empiezas a meterte en carrera. Ya no recordaba lo que era luchar contra el agua, nadar medio mareada, sin ritmo ni en la brazada ni en la respiración. No recordaba lo que era la falta de orientación cuando te quedas sola sin referencias y no encuentras fácilmente las boyas o el arco en la playa con el sol de cara. Además, el circuito de natación eran dos vueltas, con salida y entrada en el agua de nuevo. En la segunda vuelta me comí a todos los que venían de cara. Mucho estrés en esos 400 metros aproximadamente donde faltó alguna boya en medio para delimitar un poco el recorrido y evitar eso. Aquello fue “CanPixa”.

Fuera como fuese ya lo tenía y completaba la T1 en unos boxes desiertos. Vaya carrera me esperaba más sola que la una. Y nada más lejos de la realidad. Al ver en el primer punto de giro que las tres primeras andaban muy lejos y que por detrás también había sacado una ventaja considerable, al menos por el momento.

     

La bici fue muy muy dura. Tanto que se me fue atragantando más y más en cada vuelta y a punto estuve de tirar la toalla. No iba mal, pero tampoco iba bien, después de los primeros 10km de enlace, eran 4 vueltas a un mismo recorrido de 20km, 10 de ida y 10 de vuelta. Una carretera costera. Un continuo sube-baja donde no podías coger ritmo en ningún momento. Un circuito técnico con alguna curva cerrada que a mí también me penalizó y noté que perdía más tiempo en la bajada que en la subida. Suerte del cambio electrónico porque en este circuito fue clave.

En cada vuelta las piernas picaban más, el cansancio se acumulaba y, para colmo, el viento se iba levantando. Luché por seguir en carrera en todo momento y no oír lo que me decía mi cuerpo. La fatiga, el dolor del tibial anterior izquierdo que con tanta subida me estaba rabiando, el aductor que por querer corregir el dolor del tibial le estaba exigiendo de más y el “no puedo” que cada vez me gritaba más fuerte. Pero esto era competir. Esto era sufrir y luchar contra ello. «¿Ya no te acordabas de lo que era esto eh? ¡Bienvenida de nuevo Judith!».

Cuatro vueltas que se hicieron eternas. No solo para mí porque, por lo visto, Daniela se salió en la tercera creyendo que ya estaba. La única motivación era ir viendo en cada vuelta a Javi y podernos animar. Y escuchar que en la tercera me grita: «¡Esto es muy duro!». Es que realmente fue muy dura. 1.500 de desnivel acumulado. Mis tiempos de strava lo corroboran: primera vuelta: 32’33”, segunda: 33’16”, tercera: 34’28” y cuarta: 36’10”. Eso lo vi luego, aunque mi Garmin ya me enseñaba como cada vez bajaba más la media que pasó de ser de 34km/h, en la primera vuelta, a bajar de 31 en la última. Los watios también bajaban, a pesar de no trabajar con ellos en carrera, pero podía ver cómo iban disminuyendo. La fuerza achicaba.

No me hacían falta números. Mis sensaciones ya me lo decían. Eso, y el ver que las rivales de delante cada vez estaban más lejos. No fui capaz de acortar distancia ni si quiera con la chica que pillé en Peguera. Y eso también me desmoralizó. En cambio, a mí me dieron caza 3 rivales, Emma Pallant en la segunda vuelta, –aunque con ella ya contaba–. Y dos más en la última vuelta. Sintiendo la impotencia de no poder seguirlas porque ya no iba. Y es que fue en la última vuelta donde me desinflé, porque aún venían lejos. Pero en la última me recortaron toda esa ventaja. Tanto es así, que en la T2, veo que tengo pegada a otra rival que ni siquiera había visto. Aunque, para mi sorpresa, llevaba el dorsal rojo, el de grupo de edad y no era rival. Aunque me extrañó y me despistó un poco. No era normal si había salido tres minutos más tarde.

Más que despistarme me hundió en la miseria. Pero, lejos de abandonar, debía afrontar la media maratón con entereza y sacar fuerzas de donde fuese. Una media maratón de cuatro vueltas también y con sube-baja –por si no habíamos tenido bastante–, que empezaba con la rampa más dura y donde pude ver que dos chicos pros ya bajaban andando después de abandonar y donde la gente andaba debido al desaliento.

Me limité a correr. A no pensar en el dolor. Tenía la sensación de que estaba fuera de carrera, pero no iba a tirar la toalla. No quería mirar el reloj. No quería mirar tiempo. Total, con ese desnivel, tampoco importaba mucho. Vi que el top 5 se escapaba y estaba lejos, pero vi como Natscha venía cerca en el primer giro y me dije a mi misma que no podía perder más posiciones. Entonces empecé a correr, más y más rápido. Eran más las ganas de acabar ese infierno de carrera que el buscar algún otro objetivo.

Otro de los alicientes fue ver a Javi como empezaba a correr al pasar yo por la primera vuelta. Nos animamos una vez más y me motivé con ir a por él. Esperaba no hacerlo, sería buena señal para él. Pero en parte quería, aunque fuera para correr juntos.

Y ahí fue donde despegué las alas. No sé si fue ver a Javi, o los ánimos de los canarios situados en la primera rampa, lo que me hicieron volar el resto de la vuelta: “¡vamos mi ñiña!”, “¡vamos gitana!”, “¡Cómo va esa, tiene que ser Pro!”, “Carreron”. Eso era lo que escuchaba en cada paso y en cada vuelta con más emoción y fuerza que me hicieron acelerar el ritmo. –Muchas gracias–. Y es que la gente canaria es majísima. Gracias a ellos, y a los voluntarios del avituallamiento, porque fue la única animación de toda la carrera, exceptuando el paso por vuelta en la zona de boxes y meta que es donde estaba todo el mundo.

Segunda vuelta. Donde vi que tenía a Javi cerca y algo más lejos a dos rivales, pero con la sensación de que se iban quedando y yo en cambio empezaba a marcar un buen ritmo. Tanto fue así que alcancé a Javi en el paso por la segunda vuelta y le digo: «¡Voy a por ellas que están muertas! Engánchate a mí». Hasta yo me sorprendí de ese comentario en voz alta. Habló mi subconsciente. Pero lo dije, y me lo creí. Me lo estaba creyendo. Así que seguí corriendo cada vez más fuerte. Pronto noté como Javi se quedaba y muchos otros competidores que marcaban un ritmo inferior al mío. Yo no me creía lo que estaba pasando ni de dónde habían salido esas fuerzas. «¿Serán los 3 geles Recuperat-ion que me metí en carrera?». Fuera lo que fuese, cada vez corría más rápido, corrí los últimos 10 kms como si cada uno de ellos fuera el último. Viendo cómo iba recortando distancias. Cómo me iba creciendo. Cómo me sentía fuerte y encontraba esas buenas sensaciones que habían tardado 4h en llegar y lo hacían en los últimos 45 minutos de carrera.

En la tercera vuelta di caza a una rival (a la que llegamos juntas a la T2 en Peguera y que por fin pareció no resistirse). Ya estaba en el top 5 de nuevo. Javi, al verlo, me grita que siga a por la otra. No me lo podía creer. Pero, lejos de conformarme, en el paso por la última vuelta vi que tenía otra de las competidoras cerca (la que me había pasado en bici). Bueno…, tenía mis dudas de si estaba cerca, pero no iba a cesar de intentarlo. Solo la veía a ella. Fue mi obsesión hasta que la pillé. Y justo cuando la di caza, a falta de 2kms, me cruzo con Javi que, con un gesto de rabia y emoción, me grita satisfecho. Eso me emociona. Y sé que, tanto a él como a mí, nos sorprende mi capacidad de lucha.

Vuelo en el último km y lo disfruto al ver que ya no me sigue la rival a la que había rebasado un km antes. Lo saboreo satisfecha de la carrera que he hecho con las sensaciones que tuve en bici, con la dureza, con el cansancio. Me emociono al saber que: “a huevos, no me gana nadie”. Y que las carreras no se acaban hasta cruzar la meta. ¡Esto es competición!

Finalmente, quinta. Porque, la competidora que me adelantó en la T2, con el dorsal de grupos de edad, resultó ser Pro.

Top 5. Objetivo conseguido.

 

 

Challenge Peguera, última competición de la temporada. El año no había podido ir mejor; muy regular. Con muy buenos resultados y con grandes carreras. Eso podría generarme presión, pero, lejos de eso, llegaba a Mallorca con la sensación de haber cumplido; como si los deberes estuvieran hechos. Hasta parecía que pudiera permitirme un fallo después de lo bien que me había ido todo hasta ahora.

Es curioso, pero esas eran mis sensaciones la semana previa a la carrera. No estaba tan nerviosa como en otras. No esperaba un gran resultado y no buscaba un objetivo concreto. Además, esa no era mi liga. No me jugaba puntos (busco la clasificación para el mundial en el circuito Ironman, independiente al Challenge). Obviamente, venía a darlo todo y luchar por estar en lo más alto. Además, después de la carrera de Lanzarote, me encontraba en buen estado de forma y con buenas sensaciones.

Ese estado tenía su parte buena –fuera nervios y fuera presión–. Aunque esa sensación, casi de pasotismo los días previos, tampoco me acababa de gustar. Me encontraba bien física y anímicamente. El parón de las dos semanas de vacaciones en Filipinas –el mes de agosto– me había cargado las pilas para esa recta final de la temporada y, sin embargo, mi cabeza me daba tregua para esta carrera. Era como si me preparara de antemano por si la carrera no me fuese bien (problemas técnicos, físicos….); eso siempre ayuda a que el bajón no sea tan grande. Aunque, por otro lado, fallar en la última, a pesar de haber tenido una temporada excelente, duele mucho y te deja un mal sabor de boca para todo el invierno.

Con todas esas sensaciones llegué el jueves a Mallorca, temprano. La idea era hacer una vuelta del circuito de bici ya que era un circuito muy técnico y va bien conocérselo. Pero la lluvia no nos deja y no nos queda más remedio que hacerlo en coche. Un circuito en el que tienes que estar muy pendiente en todo momento. Hay muchos giros. Te metes por zonas rurales y por pueblos donde hay muchos badenes, baches, alcantarillas… Un recorrido no muy duro, pero exigente. Con un constante sube y baja que no te permite rodar fuerte durante un tramo largo.

Me quedé con un plus de confianza después de ver el circuito y no ir tan a ciegas, pero con mucho respeto porque no era nada fácil. Era muy técnico y ya sabemos que la técnica no es mi fuerte. Además, hacía dos años que competí aquí y no disfruté. Recuerdo haber ido con mucho miedo, muy pendiente de la carretera y sin poder coger ritmo en ningún momento. Eso aún pesaba en mí y, aunque me seguía dando respeto el circuito, esperaba sentirme más cómoda y más segura que la vez anterior y poderle sacar un poco más de jugo a ese sector ciclista que es donde debo sacar minutos si quiero luchar por la carrera.

Viernes ya. Día previo a la carrera. Parece que la lluvia nos da tregua, pero hoy es el viento el que tiene ganas de guerra. Salgo a rodar 20-30’ para probar la bici y activarme un poco. Javi alarga un poco más. Aquí cada uno usa su propia táctica y busca sus sensaciones el día previo. Aunque esas sensaciones, el día antes, nunca son buenas. Es curioso. Te sientes lento y pesado, pero es algo común, así que lo tomo como “parte del juego”. «Malo será el día que me sienta bien el día previo. Je,je». Lo importante es que la bici va bien. Como siempre, hay percances, y el jueves, al llegar y montar las bicis, se rompió el obús de una rueda, pero pudimos arreglarla esa misma tarde –bueno, nosotros no, un mecánico de bicis–. Esto siempre pasa al salir de casa para competir. Uno se acostumbra.

Lo de la rueda fue un imprevisto, pero lo de las zapatillas no. Aún no había pegado las plantillas. Quería arreglar el problema para que no se me volvieran a ladear mientras corría. Salgo a trotar 10’ después de probar la bici y la idea era comprar pegamento en el super, pero justo vi un zapatero y, por suerte, me las pegó al momento. Bueno, me pidió 10’, así que, me  fui a duchar descalza y después volví a por ellas.

Con todos los problemas técnicos arreglados, cogemos todo y nos vamos para Peguera (dormíamos en Palmanova en casa de unos primos de Javi. Gracias por la hospitalidad). Como es normal, el día previo toca: reunión técnica, prensa, dejar todo el material… Empiezo a ver rivales, aunque a excepción de las dos españolas, Sara Loehr y Anna Noguera, no conocía a nadie. Sara, al haber ganado el año pasado, era la gran favorita; y un par de extranjeras, que ni les ponía cara, ni nombre. Yo seguía en mi actitud de “0” presión y poco me importaban las rivales. Yo a lo mío como siempre.

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A las 16.30h ya lo teníamos todo listo y por fin vamos a casa a descansar. Relax total. Piernas en alto, hidratarse, comer bien y concentración para la carrera. Tarde tranquila y una noche previa que, sorprendentemente, duermo algo más de lo normal.

Ahora  sí que sí. Como siempre pasa cuando llega el momento. Una hora antes de la carrera, y ya en boxes preparándolo todo: ¡Qué fallo! La noche anterior había llovido y las botas de bici, y los calcetines, que había dejado en las bolsas de transición, estaban chorreando. ¡Uf! Aunque por suerte traía calcetines de recambio. Pero para mayor suerte, no dejé las newton. A nadie le gusta ir con los pies mojados, pero yo, con el frío que paso siempre en los pies, todavía menos. Hacía frío a esa hora de la mañana. Tanto que nos anuncian que finalmente se permite el uso del neopreno. Había bajado mucho la temperatura, y más con los días de lluvia. Para el día de hoy daban sol y calor. «Mejor» pensé. Y poco viento «¡Genial!». Con lo que habría que lidiar era con la mala mar que teníamos y en bici con una carretera mojada. Eso sí que no me gustaba nada.

Todo listo y preparada en línea de salida. Último abrazo a Javi. Concentración a tope y nervios templados «¡qué raro!».  Y Por fin… suena el bocinazo que nos da la salida. Empiezo bien. No era una entrada fácil con esas olas pero me pongo en cabeza con dos más. Suerte de eso, porque las olas no nos dejan ver las boyas, así que, entre una y otra, nos vamos guiando. Parece que nos desviamos porque los árbitros nos pitan y, por suerte, viene una canoa a darnos algo de indicaciones. «Gracias, no tengo ganas de nadar más de la cuenta con este mar». Aunque la primera se escapa, y la canoa con ella, yo me quedo con otra rival y, cuando llegamos al punto de giro, veo que además de las olas, que nos vuelven a quitar referencias hacia las boyas de vuelta, el sol matutino no me deja ver nada. Pérdida y luchando con el oleaje, como el resto, imagino, no me vengo abajo. Nado con fuerza para no perder segundos con ese despiste y veo que hasta me alejo un poco de mi perseguidora. Por fin puedo buscar referencias en la línea de costa y poco a poco voy viendo el arco de salida en la playa.  Así que nado fuerte hasta él.

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Primer sector completado «una cosa menos». Acabé algo borracha de tanta resaca marina. Aun así, hago una transición rápida dejando atrás a mi perseguidora en el agua y sin ver más rivales cerca. «Vamos Judith. A por la bici» me ánimo a mí misma. Las sensaciones al principio malísimas; pulso alto y piernas engarrotadas. Decido poner plato pequeño para no destrozarme muscularmente en los primeros kms que ya tienden a subir. Por suerte, esas malas sensaciones también las tenemos todos. En eso es en lo que hay que pensar para no venirse abajo.

Empieza la bajada y la parte técnica del circuito donde entramos ya en algún pueblo. Con poca chispa y mucha precaución le digo a mi cabeza que hoy no valen los miedos; aunque me cuesta convencerla. Mientras sigo rodando, y llegando al punto de giro, veo que la primera ya vuelve. «bueno, no está tan lejos». Eso me da confianza y aprieto. Y más cuando, una vez giro, veo que el resto de rivales no vienen lejos. Primero la tercera, que salió conmigo del agua, y luego un grupo de unas 6 triatletas donde estaban Sara y Anna. Por cierto, vaya punto de giro: 180 grados de golpe en mitad de una carretera estrecha y con muy poco margen de maniobra. Por los pelos de irme al arcén de tierra, pero lo salvo ¡rezando! Lo peor era que tenía que volver a pasar por ahí.

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Antes de encarar el desvío veo a Javi. –Je,je,je, le dije que no nos veríamos, que yo iría más rápido que él–. «¡Qué bien cariño! Seguro que vas pensando lo mismo». No es por quitarle mérito a Javi, pero pensé que yo podría estar perdiendo tiempo al ser un circuito tan técnico y mi excesiva prudencia por miedo. Pero, a pesar de eso, en el siguiente punto de giro (este por suerte más asequible) vi que la primera estaba cerca. «¡La tengo a tiro! O al menos a la vista». Me convencí a mí misma y, cuando parecía que me estaba acercando venían un par de curvas o giros y se me escapaba de nuevo. «¡qué mala soy, por Dios!». Eso me frustra mucho en carrera, pero lejos de venirme abajo pedaleo más fuerte. Hasta que en mitad de la segunda vuelta por fin la alcanzo y la adelanto. Nada fácil por eso. Tuve que levantar el pie y desistir varias veces para respetar la distancia.

Le adelanté justo antes del giro peligroso –que ejecuto algo mejor–. «¡Uf! Ahora sí. Prueba superada». Me fue bien colocarme delante en ese tramo técnico, así no se me escapaba. De vuelta, veo a cuatro perseguidoras donde está Sara; creo que más o menos a la misma distancia que antes y me lamento a mí misma de ver que no he podido ampliar ventaja. Lo corroboro cuando veo a Javi en el mismo sitio. Que bien, él estaba volando. Este circuito es bueno para él y además va motivadísimo con su lenticular.

En el siguiente punto de giro veo que sí, que he ampliado ventaja. En ese paso ni las veo antes del desvío. «Bien, así sí». Plus de motivación para el último tramo de bici que siempre se empieza a atragantar y que, entre eso, la lucha con mi rival –con un par de adelantamientos mutuos– y el circuito tan técnico que te hace estar concentrado al 100%, hace que la bici se me haya pasado rapidísimo. Bueno, es que fueron 2h35’sólo y eso es rápido.

T2 más rápida aún que la primera y me pongo a correr en solitario. ¡Guau! No quería que la emoción me embargara tan rápido, pero el griterío del público al ponerme a correr primera y el de la misma organización que lo anuncia por megafonía, hace que salga volando. Y, por si me faltaban alas, ahí sí que alucino, al ver a mis suegros allí. Habían venido desde Barcelona a vernos por sorpresa. ¡Muchas gracias! Se me hizo un nudo en la garganta. Je, je. Así no se puede correr, no es sano.

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Parecía que no solo era la emoción lo que me hacía correr tan fuerte, sino que el cuerpo me respondía y la euforia y las ganas de seguir liderando esa carrera –si era posible– hasta meta. Porque soy consciente de que tenía rivales muy fuertes detrás y estoy acostumbrada a que me rebasen corriendo, pero deseaba que llegará el día que eso no pasase, que pudiera liderar la prueba hasta el final y por qué no… Ese podía ser el día.

La verdad es que el ver desde la primera vuelta que mi más cercana perseguidora se quedaba rezagada, y que la ventaja con el resto era amplia, me daba confianza, pero eran 4 vueltas y aún quedaba mucho. Mi ritmo era alto y no quería bajarlo, pero reconozco que desde la segunda vuelta empecé a tener amagos de rampas en los cuádriceps. ¡Uf! que miedo me dio empezar a sentir aquello. Aun así, mi cabeza no quería escucharlo. Quería seguir corriendo tan rápido como lo estaba haciendo y procuré beber bien, acortar el tiempo de los geles que llevaba y añadir uno extra de los avituallamientos para el tramo final.

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La anécdota fue que cuando me lo fui a tomar en mitad de la tercera vuelta, buscando ese último plus de energía que ya tenía bajo mínimos, no sabía cómo se abría. Un formato diferente a lo común y no veía como era el sistema ni por donde abrirlo. Había oído hablar de ellos y cómo se hacía, pero no era capaz. Apunto estuve de peguntar a alguien, pero por fin lo conseguí. ¡Uf! Ese momento fue el más duro, a mitad de la penúltima vuelta, en el km 14 aproximadamente y era cuando empezaba a venirme abajo. Se me empezaban a ir los ritmos. Notaba ese sudor frío y esa flojera que te empieza a invadir. Aunque, por suerte, las rampas no aparecían y pude seguir corriendo decentemente.

Ahí es cuando te empieza a entrar el pánico, cuando crees que te van alcanzar tus rivales porque la fatiga ya hace mella –con lo que duele que te pasen el parte final después de todo lo que has luchado–. Pero haciendo uso de la razón, en el giro me puse a controlar lo que le llevaba a mis perseguidoras y calculé que a Sara Loehr, que ya se había puesto segunda, le llevaba unos 4’, pero con la italiana muy cerca, detrás de ella, con un ritmo altísimo y muy superior al mío.

Última vuelta de infarto. 5 largos kms donde ya solo luchas con el corazón. Aunque la razón quiere convencerte de que tienes ventaja suficiente para llevarte el triunfo y tu cuerpo te intenta convencer para no tirar la toalla, las piernas ya no van y la respiración tampoco.

Sufrí mucho, pero vi la luz. Pisé la alfombra roja. Escuché y disfruté los gritos del público y saboreé una llegada a meta soñada. Un triunfo inesperado pero merecido. Esta carrera fue mía, me la había ganado.

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Broche de oro a una temporada de ensueño donde solo tengo palabras de agradecimiento para todos los que me habéis apoyado. Para todos mis sponsors que me han ayudado a llegar hasta aquí. A mi trabajo, donde me han puesto todas las facilidades necesarias para que pudiera competir. A mi entrenador, Álvaro Rance, por sacar lo mejor de mí. A David y a Juanjo que han dedicado horas a ayudarme desinteresadamente. Y por supuesto, a mi familia, que nunca me falla. Y en especial a Javi, que vive y sufre su carrera y la mía. Gracias.

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