Llegaba la última del año. Esta no entraba en mis planes, pero Javi iba a correr el IM junto a unos amigos y yo, que prefiero estar dentro del ruedo que verlo desde la barrera, viendo que es el mismo día y que en esta distancia sí que hay profesionales, me animo hacer el 70.3.

En Los Cabos, aterrizamos el lunes previo a la carrera. Mucho margen de tiempo. Pero creerme que era necesario. No es fácil adaptarse al cambio horario, al clima, recuperarse del largo viaje…  No me voy a extender en contaros mi semana previa. Sobre todo, para no daros mucha envidia –jejeje–. Simplemente nos dedicamos a descansar. Principalmente, a ver los respectivos circuitos. Y obviamente, aprovechar para hacer un poco de turismo y disfrutar de lugares únicos como lo es “El Arco de fin de mundo”.

La semana fue bien. Nos fuimos adaptando poco a poco. El calor era soportable. Y más, cuando estás tirada en una tumbona en la piscina o en la cama con el aire acondicionado; aunque se presagiaba que, en carrera, sería insoportable. Yo venía preparada para ello. En Filipinas ya lo sufrí de lo lindo. Pero, aun así, se paga caro.

    

Es cierto que venía sin mucha presión. Era una prueba desconocida para mí. Ni siquiera contaba con ella, pero quería hacer un buen final de temporada y, por lo tanto, una buena carrera y que me dejará buenas sensaciones al bajar la persiana de este año. Así que, a pesar de estar hospedados en régimen de todo incluido, me cuidé más que nunca. Quería sentirme bien. Sentirme fina y lo conseguí. En otras ocasiones lo había pagado el descuidar la dieta por culpa de los viajes y salir de la rutina. Esta vez no estaba dispuesta a ello.  No creáis que lo hicimos por beber y comer todo lo que queríamos. Era la primera vez que cogía algo así y podía ser muy peligroso. Pero es la mejor opción cuando vas a un país desconocido, sin vehículo, en una zona que no prevés que puedas tener muchas opciones de comer sano y además…, si vas sumando las comidas fuera, a la larga sale más caro. Así que no le sacamos mucho partido a la pulserita del todo incluido. Pero…, valió la pena.

Pronto vi que, muy a mi pesar, el nivel era altísimo (tanto en chicos como en chicas). Una lista larga de veinte elites donde había: una ganadora de Hawaii, cinco chicas que corren ITU y varias canadienses y unas americanas que aparecían en la quiniela como favoritas. <¡Aig! Si es que cuando hay pasta… ¡normal!>. Aún no sabía dónde me había metido. Inocente de mí si creía que, por estar en la otra punta del mundo y en las fechas que estábamos, iba a disputar una carrera con poco nivel.

Domingo. Arrancamos las elites rondando a las 6:40h con unos quince minutos de retraso sobre la hora prevista. Cinco minutos después de que lo hicieran los chicos y cinco minutos antes que el resto de atletas del Half. Los del IM aún debían esperar una hora más. El retraso nos dio tregua para que empezáramos a nadar después del amanecer y no antes. Menos mal, porque si ya costó ver las boyas de día… imagínate de noche. Entré al agua con los pies congelados (a pesar del calor, para variar) por culpa de esa larga espera. Aunque como el agua estaba a más de 27 grados, rápido me los hizo entrar en calor. Un lujo nadar sin neopreno. Como a mí me gusta.

La natación fue complicada. Mucho oleaje y muchas “hostias” con mis rivales. Se notaba que había nivel porque éramos seis las chicas que peleábamos por no perder el grupo. Un grupo que creía que era el primero. Pero, por lo visto, había un par de escapadas por delante. Bastante tenía con luchar en mi espacio como para ver lo que estaba pasando allí delante. A pesar de todo, iban cayendo los metros sin perder el grupo. Aunque lo más duro fue salir del agua. La fuerte corriente nos vaciló. Me sentí ridícula braceando a solo 10 metros de la orilla sin ser capaz de avanzar. Creo que fue la parte más dura de la toda la carrera y la que más me desgastó.

                

̶ A 3’ de la cabeza. Me canta Javi al salir del agua y mientras él espera para empezar su carrera. <¡Dios. Eso es mucho tiempo!, ¿Estás que son las de ITU o las de Hawai? Y eso que soy nadadora>. Me decía a mí misma. T1 muy lenta. Como de costumbre. A pesar de no llevar neopreno, me peleo con el traje trampa para sacármelo de los tobillos. Y encima, me demoró más que el resto en ponerme calcetines (requisito imprescindible también en bici para mí). Si ya se me habían alejado un poco, el montaje en bici en una rampa de unos 800 metros y con badenes, ayudó a que perdiera definitivamente el grupo. No atiné a meter el pie en la bota por culpa de romperse la gomita. Y eso me hizo perder todas las opciones de rodar acompañada los primeros kms. Digo solo los primeros porque creo que, aunque las hubiera seguido al principio, hubiera caído rápido. Eran muy superiores.

Una vez más rabia de sentirme tan incompetente en la transición y primeros kms de bici. Y para colmo, vi que el potenciómetro no iba, que el bidón delantero lo tenía ladeado y a duras penas podía beber de la cañita sin moverme del acople. Parecía que era todo el manillar el que estaba torcido y esa sensación me incomodó y provocó que se me fuera cargando la zona lumbar y el lado izquierdo de la cadera por forzar la postura. <¡Concentración Judith, y a tirar con lo que hay!>

Fue una bici dura. Un continuo sube-baja muy matador y que sumaban más de 1.000 de desnivel y con la sensación de no coger ritmo nunca y encima pendiente de la carretera. Muchos badenes. Algún hueco importante y, sobretodo, algún tramo de tierra y placas provisionales por culpa de la tormenta tropical Lidia que sufrieron ahí hacía dos meses y que les levantó todas las carreteras. El calor fue mermando las fuerzas. Pero, a pesar de todo, lo gestioné bien.

No fue una bici totalmente en solitario. Después de quedarme sola al principio, y ver cómo me pasaban dos más (la que quedó primera y segunda) sin poder hacer nada por seguirlas, iba viendo a lo lejos a otra. Le iba recortando en las subidas porque, en el llano y bajada se me iba de nuevo. Ella iba con lenticular. Finalmente le di caza sobre el km 15 y, ya de vuelta, tuvimos un tira y afloja hasta el km 40, donde nos pasó una más. Pero me dije a mi misma que esa iba a ser la última. Y después de ver que mi compañera de viaje no conseguía enlazarla me dejé la vida por hacerlo yo. Y aunque nunca llegué a estar a menos de 15 ó 20 metros de ella, logré no perderla de vista y descolgar finalmente a la primera.

Eso me hizo sentirme competitiva de nuevo. A pesar de los estragos que pasé, por no perder su estela y luchar durante más de 40km detrás de ella, conseguí abrir mucho hueco por detrás y no ver cerca a ninguna rival más. Parecía que el resto, y mi perseguidora del principio, habían desaparecido. Aunque las que se habían esfumado eran las seis primeras que no había quién ni siquiera las pudiera ver. Incluso alcanzaron a chicos pros y todo.

A pesar de mi lucha por no perder a la séptima corredora, en los kms finales se metieron dos grupos de edad entre nosotras (los únicos dos chicos que me pasaron en todo el circuito). Eso, y una moto del juez que nos vigilaba, provocó un hueco insalvable que me alejó de ella pocos kms antes de la T2, donde perdí a los tres en la bajada final (me falta desarrollo).

Transición rápida. La ventaja de llevar los calcetines puestos. Conseguí pasar a los dos chicos que se me fueron con ella en esa parte final y logré volver a tenerle a ella a tiro. Pero poco iba a cambiar la cosa en la carrera a pie.

Una carrera durísima. Supervivencia total. De esas carreras donde no vale para nada mirar el reloj. Donde los kms no pasan y solo esperas llegar de nuevo al siguiente avituallamiento para hidratarte y tirarte de nuevo agua por encima (a pesar de las consecuencias que eso provoca en tus pies). Lo único bueno es ver que todo el mundo va igual, o peor que tú. Y, eso, te alivia. En estas carreras hay que intentar dejar la mente en blanco, vencer el no puedo y: correr, correr y correr sin dejar de hacerlo. Lo has de hacer como puedas, esperando que vayan pasando los kms sin pena ni gloria. Yo iba a tirones. Eran momentos en los que intentas dar un punto más y te vienes arriba, pero pronto, tu cuerpo, echa el freno porque no puede seguir llevándote así. Puede llegar a ser muy triste.

     

Los únicos momentos de agrado fue, el pasar por delante de nuestras chicas y sentir sus ánimos y los instantes de encontrarme con Carlos en carrera y darnos fuerzas mutuamente. Hubo muchos momentos de bajón. Fue una carrera muy, pero que muy dura. Y yo solo me animaba sabiendo que Javi iba a correr el IM. Motivo suficiente por el que no podía tirar la toalla en el Half. Y a la misma vez, sufría mucho por él y por el resto de amigos que estaban corriendo el Full. Porque su maratón sí que iba a ser un verdadero infierno.

Me motivó el hecho de no perder nunca de vista a la rival que perseguí durante casi toda la competición. Aunque no pude alcanzarla y nos separaron solo treinta segundos en meta. Otra ventaja fue que, por detrás, estaban muy lejos y cada vez más rezagadas. No vi que peligrase mi posición (siempre y cuando fuera capaz de llegar a meta). Aunque hubo momentos en los que dudé en conseguirlo porque realmente creí desmayarme del sobreesfuerzo sintiendo náuseas y muchos mareos. Aún así, conseguí rascar una posición adelantando a la que nos sacó 3’ en el agua y que rodó más de medio segmento ciclista en solitario, pero literalmente se murió en la carrera a pie. Eso, y adelantar en el tramo final a los dos chicos que me habían pasado en los primeros kms (los mismos que pasé en la T2) alejándose muy rápido, me hizo cruzar la meta con una media sonrisa.

No fue una carrera mala, ni un mal resultado. Sin embargo no me quedó buen sabor de boca. No disfruté. Sufrí mucho y no me sentí competitiva en ningún momento. La carrera se estaba disputando muy lejos de mí. Y esa sensación te hace sentir totalmente fuera de carrera. Impotente de saber que no lo puedes hacer mejor. Te quedas como si no hubiera servido de nada todo ese esfuerzo. Me quedo, eso sí, con la experiencia vivida. Hay que viajar y competir en todos sitios. Conocer tu nivel y el del resto de las rivales. Ser consciente de donde estás y hasta dónde quieres y puedes llegar. Al menos para intentarlo.

    

Después de mi carrera tocaba seguir a pie del cañón y animar a Javi, a Tomás y  Joan, que estaban corriendo el Ironman. Padecí mucho viendo a Javi correr su maratón. Si mi carrera había sido dura… imaginaros la suya. No solo sufrí de verlo. Sino que, como yo aún estaba pagando caro el sobresfuerzo, tuve que abandonarlo varias veces durante su carrera y hacer varias visitas al wc y tumbarme en la cama por culpa del mareo, de las náuseas y de los problemas de estómago que aún tenía.  < ̶ Lo siento cariño! ̶ >. Suerte que las chicas no nos dejaron solos en ningún momento y cuidaron mucho de nosotros (tanto los del Half como los del Full, dentro y fuera de carrera. <¡Muchas gracias a las tres!>

A pesar de la dureza, finalmente todos conseguimos llegar a meta y muy satisfechos de completar una de las carreras más extremas que hemos hecho. Carlos y yo en el Half y Tomás, Joan y Javi en el Full (que aún tiene mucho más mérito). < ¡Felicidades chicos! >.

Lo mejor de todo, disfrutar de una carrera y del viaje acompañados de buenos amigos. Con muchos momentos buenos para no olvidar. Como la busca de KSI MERITO que me encargó Gonzalo, que nos hizo reírnos durante un buen rato y que lo seguirá haciendo.

      

No puedo olvidarme en este viaje de nuestros amigos mejicanos. Montse y Luis. Que, sin conocernos de nada, no solo nos hicieron de chofer, sino que nos llevaron a cenar al mejor restaurante japonés al que hemos estado nunca. <¡Muchísimas gracias por vuestra hospitalidad!>

Fin de temporada. Un balance muy positivo. Tanto deportivo como personalmente.

Momento también de agradecer a mis sponsors todo el apoyo durante mi temporada.

 

¡GRACIAS A TODOS¡

Esta competición era la única que no entraba en mis planes cuando confeccioné el calendario de la temporada. Ha sido fruto de la improvisación y de una decisión de última hora. La culpa la tiene mi retirada en el Ironman Barcelona. No solo me había quedado con ganas de más, con ganas de competir, sino que después de algo así… necesitas desquitarte. Como no suelo quedarme de brazos cruzados, ni lamentándome de lo que no pudo ser, rápidamente busqué otra vía de escape. Además, había un importante entreno detrás. Un gran trabajo para llegar en plena forma a estas fechas y, si no competía, me quedaba la sensación de haber desaprovechado esa preparación. Además, quería cerciorarme de mi gran estado de forma; o al menos yo sentía que así era. Me encontraba (y me encuentro) fuerte y quería demostrármelo a mí misma.

Tan sólo tres días después del Ironman, con la idea puesta en la cabeza de buscar alguna carrera, miré las opciones que tenía. Eran pocas dadas las fechas en las que estamos y teniendo en cuenta que este domingo partimos a Méjico rumbo a la que, esta vez sí, o al menos por el momento, será la última carrera del año. Así que, por cercanía, precio y logística el Challenge Forte Village en la isla de Cerdeña iba a ser la competición elegida.

Es cierto que no nos salió tan bien la jugada como queríamos. Escribí a la organización y me dijeron que no podía contar con alojamiento gratuito y que tan solo podían ayudarme con el 50% de la inscripción debido a que había muchas Pros invitadas (con eso tampoco contaba). El triatlón se celebra en un gran Resort deportivo-lúdico-festivo donde, además de una estancia de ensueño, el estar instalado en el mismo recinto donde se compite, es una gran ventaja en muchos aspectos. Pero, a pesar de todo, y gracias a Javi, que aún tiene más iniciativa que yo, decidimos ir (aunque se nos fuera de presupuesto). Él sabía que yo quería correr y no lo iba a dejar de hacer por muchos contras que se fueron presentando. Ni tan solo el conocer la start list de Pros del evento me hizo cambiar de decisión, y eso que sabía que el Top5 iba a estar muy caro. <El que no arriesga, no gana>. Conseguimos unos vuelos a buen precio, un hotel cercano decente (obviamente el Forte Village Resort sí que se nos iba de cuentas) y ya teníamos una excusa más para volver a hacer maletas y conocer mundo. Cerdeña es un destino turístico envidiable y aun no lo conocíamos.

Llegamos viernes. Tiempo justo para deshacer maletas, montar bici, recoger dorsal, correr un poquito, cenar y a dormir pronto. El sábado no fue tampoco un día relajado. Con el reloj marcando los timing del día: desayuno, un poco de natación en el mar, breafing, check-in, comer, ver el circuito en coche (y menos mal que lo vi), descansar un poco, preparar todo, cena (pasta party de la organización en el resort que obviamente no defraudo) y temprano: el requisito imprescindible…, a la cama.

Los días previos estuve más tranquila de lo habitual. El día anterior me sentía bien, y hasta dormí genial la noche víspera. Sentía que era una carrera diferente, no estaba tan nerviosa, no tenía nada de presión. Venía a competir conmigo misma. Era como si me debiera algo a mí, solo a mí. Quería devolverme esa confianza perdida en Calella. Y, más que un buen resultado, buscaba una buena carrera a nivel personal.

8:00h. Arrancan los chicos profesionales y solo un minuto más tarde lo hacemos nosotras. Un grupito numeroso de élites, unas veinte, y muchas tops para dar guerra, aunque conseguí estar entre las primeras posiciones desde el principio. Era una natación chula, dos vueltas que incluían salir del agua en el giro con un triángulo de solo 900 metros de perímetro; por lo tanto, los escasos 300 metros de boya a boya se hacían muy llevaderos. El agua, movidita. Iba a ser un día muy duro con fuertes vientos y se notaba en el mar, pero con un fondo espectacular que animaba a meter la cabeza y seguir braceando. Hice toda la natación a pies de la ganadora Heather Wurtele (subcampeona tanto en el mundial de 70.3 como en el de Challenge) y, aunque parezca todo un logro poder seguirla, la natación siempre la hago mejor que ella y eso no me estaba gustando. Además, la primera vuelta la completamos tres chicas en cabeza, pero en el inicio de la segunda perdí referencias con una de ellas. Se desvió mucho hacia fuera y decidí conservar los pies de Heather. Mi sorpresa fue cuando me cantaron, camino de la T1, que iba tercera, porque no sé en qué momento nos pasó. No la volví a ver, ni si quiera sé quién fue (pensar que en la parte final nos fuimos encontrando grupos de edad que estaban completando su primera vuelta). Tampoco le di mucha más importancia porque tenía detrás un grupito de unas cinco integrantes donde estaban las principales favoritas y las posiciones de pódium se iban a desvanecer rápidamente. A pesar de eso, me encontré bien. Una vez más me sentí muy cómoda en el agua.

   

Una transición muy lenta donde tuve problemas para meter el neopreno en la bolsa que nos habían dado. Por culpa del aire se me voló unos metros y me hizo perder esa cierta ventaja que llevaba sobre el grupo perseguidor y alejarme definitivamente de la cabeza de carrera. En los primeros kms de bici me iban pasando rivales y, sin poder de reacción, veía como se alejaban cada vez más. <¿Qué me pasaba?>. Fue un momento duro. Era como si no tuviera fuerzas suficientes para poder engancharme a ellas (a pesar de estar dándolo todo). Es verdad que hacía mucho viento en contra, pero lo hacía para todas. Se me metió la idea en la cabeza de que llevaba la rueda de atrás frenada (pensamiento muy típico en estos casos). Me obsesioné con ello sin conseguir verlo ni comprobarlo (definitivamente no fue así). Sacándome, en ese momento, totalmente de carrera.  <Y yo que hoy venía a demostrarme a mí misma que me encontraba en uno de los mejores momentos de forma ¡Pues empezamos bien!> pensé.

La sorpresa no solo fue mía, sino también de Javi, que a la altura del km12 aproximadamente, volvíamos a pasar por delante del Forte Village y vio incrédulo como había descendido de la tercera a la séptima posición. Él sabía que lo iba a pasar mal con tanto viento y sé que, esa espera de casi tres horas de bici, se le hicieron muy largas sin tener ninguna referencia ni noticias mías.

Me costó centrarme en la carrera después de aquella situación vivida. SI hubiera ido en solitario…, al igual no hubiera sentido lo mismo. Simplemente la incomodidad y la dureza de luchar contra el viento, pero nada más que fallara a simple vista, ni física, ni técnicamente. Aunque reconozco que fue decepcionante ver como todas se me fuesen tan fácil en tan poco tiempo. Pensareis que simplemente eran más buenas que yo, pero es que a estas alturas ya nos conocemos todas y os aseguro que nuestros niveles en bici son muy parejos. La peor sensación es desaprovechar las pocas oportunidades que tienes en una carrera de encontrar un grupito con el que marcarte el ritmo, disputar la carrera, compartir kms y desaprovecharlo por completo. Me lamenté mucho de eso. De hecho, aún lo sigo haciendo. Y mientras me resignaba, antes de empezar el puerto largo llegando al km20, me pasó otra rival más. Por suerte, a ella no la llegué a perder de vista. Es más, la alcancé y la pasé al empezar el descenso. ¡Ah!… también adelanté a otra chica durante el ascenso. <Algo es algo>. Supongo que ahí empezó a pagar el esfuerzo. Pero si creía que lo más duro ya había pasado, estaba equivocada. Una bajada larga, con curvas muy cerradas, y el fuerte viento que parecía ir en aumento, me hicieron “acojonarme” y vivir uno de los peores calvarios en carrera. Y es que cuando se te mete el miedo en el cuerpo, es muy difícil coger confianza de nuevo.

Para mí fue la bici más dura que recuerdo. Ni en Lanzarote hubo tanto viento. Aunque iba totalmente fuera de carrera me convencí de que había venido a competir conmigo misma y que, las circunstancias de alrededor, no podían quitarme las ganas de luchar y darlo todo como siempre. Y es que lo curioso es que, excepto los sustos que tuve por las rachas de viento, me sentía bien a pesar de la dureza del circuito. Se me fueron pasando los kms rápido (supongo que venir de competir los 180 de la distancia Ironman hace que la mitad te parezca muy fácil). Me encontraba bien físicamente. Tenía la sensación de estar controlando bien los ritmos, la suplementación… Igual sí que salieron algunos wattios menos, pero no era un día ni un circuito para hacerle mucho caso. Solo hubiera cambiado mi falta de seguridad que fue la que me hizo levantar el pie en muchos momentos. Sobretodo bajando. Y lo peor… apretar el freno más de la cuenta. A modo de curiosidad os cuento que la rival que llevaba pegada, finalmente me pasó en el último puerto, sobre el km75 y, junto a ella, Tina Deckers (ganadora de Embrun este año, entre otras muchas cosas) y vi cómo se alejaban pronto. La sorpresa no fue que Tina se me fuera fácil, siendo una excelente escaladora, sino que aun estuviera detrás de mí a esas alturas visto lo visto de mi pésima actuación en bici. Pero a pesar de eso, conseguí el KOM en Strava del todo el circuito. Se ve que soy la única frikie de las Pros. –jejeje-

Llegué a la T2 en octava posición, fuera de carrera totalmente, y muy alejada de mis rivales, aunque las ganas de seguir compitiendo no faltaban. Al contrario, llegué con mucha fuerza y con mucha rabia. A pesar de notar que no tenía nada que hacer, salí a muerte. La cara de Javi fue un poema. Pasó de la preocupación de no verme llegar en bici, al asombro al verme salir con esa garra a correr. Creí que ese fuerte ritmo no duraría mucho. Empecé a correr a menos de 4 minutos el kilómetro, pero, aunque descendió, fue muy pocos segundos.

Corrí como si no hubiera un mañana. Corrí solo para mí porque no veía ninguna posibilidad de alcanzar a nadie por muy bien que lo hiciese. Estaban muy lejos. Pero me lo debía a mí. Yo nunca tiro la toalla. Y aun me faltaba demostrarme que realmente me sentía fuerte. Disfruté de sentir que volaba, hasta corría bien técnicamente <puede que no fuese así, pero… lo que hace la cabeza>. Me vine arriba cuando me pasó Chente y me emocionó tanto que me animara como el verlo volar y llevarse la carrera con una ventaja tan aplastante. ¡Impresionante!

Pasé a una rival en el kilómetro seis (más o menos). La misma que había estado más tiempo en bici conmigo. Creía que sería la única, el resto andaban muy lejos. Pero aun no me daba por vencida. Javi, en mi paso por el km10, me gritó que le había recortado 10 segundos a Tina <eso no es nada> –me dije. Pero no se refería en la primera vuelta; sino en un pequeño bucle que hacíamos dentro de la zona de boxes. <A un minuto y medio> –me dice.  <Eso es mucho. Pero lo voy a seguir intentando> –me digo a mi misma. Javi estaba alucinando con mi carrera. Lo sé. <¡Yo también eh!>. Pero me da mucha fuerza cuando veo que él se asombra con mi capacidad de lucha (aunque no me juegue nada). Bueno sí. Iba en séptima posición y cobraban las seis primeras. Un buen aliciente para intentarlo.

No sé si fue la pasta, la rabia que traía de la bici, el empuje en cada cruce con el resto de compañeros españoles, la ayuda de Javi, o el escozor que llevaba en el tobillo por culpa de un portachip asesino que me estaba destrozando, pero el ritmo no cesaba a pesar de que las fuerzas empezaban a flaquear. Aunque…, a algunas más que a otras. Y eso me sirvió de ayuda. Acercándome al km15, último giro de la carrera, veo que hay una rival que va muy tocada, (creo que fue la que salió primera del agua) y que, aunque a Tina no la alcance, a ella sí. Tina iba detrás. En el giro vi que le había recortado, aunque no tanto como para alcanzarla. Se le veía bien y nos quedaban escasos cinco kilómetros. Es de esos días que quieres que la carrera sea más larga para poder alcanzar más rivales <– ¿Tú te crees? ¡Somos masocas!>. Cuando voy a coger un vaso de Red Bull, la chica del avituallamiento se despista y me quedo sin él. Bueno, solo por el momento, porque un chico de la organización que se había dado cuenta, se pega un sprint cámara en mano para alcanzarme y darme el deseado vaso con taurina. <¡Mil gracias!,> –pensé y, a pesar de no tener aliento, le di las gracias tres veces seguidas y de forma encarecida por su gran gesto. Y es que el Red Bull realmente me dio alas. No sé si por su vitalidad o por el escozor que sentía en las heridas del tobillo al derramarse el líquido por encima cuando bebía (es inevitable al hacerlo corriendo y con un vaso).

Km 17 y veo a lo lejos a Tina. No sabía si alegrarme porque ya no me quedaban piernas <¡Judith lucha lo que puedas, un último esfuerzo! Puedes alcanzar a la ganadora de Embrun>. Eso me motivaba. Conseguí llegar a ella. Me puse tras ella sin que se diera cuenta…, como si estuviera jugando al escondite…., preparando el ataque. Cogí aire, me armé de valor, y la pasé intentando correr al máximo para que no tuviera tiempo de reacción, ni fuerzas para seguirme. Lo conseguí y maté dos pájaros de un tiro, porque pasé tanto a Tina como a la otra chica que iba muerta. Yo también lo estaba pero supe disimularlo lo justo para irme en esos 2kms finales y conseguir un top 5 impensable. Que se lo digan a Javi que aún no se explica cómo lo hice. Conseguir recortar más de 4 minutos a mis rivales.

Pletórica de haber conseguido el objetivo y de hacer una buena carrera. Y vaya que si la hice. Me atrevería a decir que mi mejor sector a pie junto al de Rimini. Por lo visto, Italia, siempre me da buenas carreras. Orgullosa de nuevo de superarme a mí misma y de darlo todo hasta la línea de meta. Pasé lo que pasé.

Lo que es la competición: Se vive la cara y la cruz en una misma carrera.

Lo peor del día: La muerte de un triatleta en el sector de la natación.

Mi más sentido pésame.

FOTOS DE JOSÉ LUIS HORCADE

No es fácil escribir la crónica de una carrera en la cual no conseguí llegar a la línea de meta. Pero me gusta explicar no sólo lo que vivo en la competición, sino también el antes y el después. Aunque no consiguiera finalizar, no dejaron de ser más de seis horas de carrera con muchas cosas por contar. Muchas vivencias. Tanto en los días previos, como en los posteriores. Y también esto quiero compartirlo. Además, se lo debo, os lo debo, a todos los que formasteis parte de ella de una manera u otra.

Llegaba el momento de debutar en Ironman. Elegí Barcelona porque consideraba importante el poder correr en casa. Principalmente por poder estar arropada por los míos que era el mayor aliciente. Además de otras muchas ventajas, como una logística más cómoda, la fecha (al ser al final de temporada, y después de cumplir los objetivos principales, sería un más a más) y el circuito (creyendo que una bici más “fácil”) sería una buena elección para dar el salto a esta distancia.

Puede que no fue una prueba preparada como se debía. Hubo varios hándicaps: la lesión del tendón cuando empezaba a tocar subir volumen en la carrera, el mundial y el viaje a Estados Unidos tres semanas antes, el resto de competiciones… En cualquier caso, me sentía preparada y lo más importante, con muchas ganas de probarlo. Eso sí, quería afrontarlo como cualquier otra persona en su debut: objetivo ser “finisher”, sin más. Aunque eso era lo más difícil.

El correr como Pro en media distancia durante el año te obliga hacerlo también en long distance. Lo tenía claro y creo que era donde debía estar. Pero sí que hubiera preferido pasar un poco más inadvertida en cuanto a los medios de comunicación. Ya era mucha la presión que me ponía yo misma, como para tener que lidiar con más. Aunque sé que a estas alturas es difícil, pero no dejo de reconocer que es muy bonito que te tengan en cuenta y te valoren. Aun así, después de alguna insistencia, preferí declinar la invitación a la rueda de prensa con el claro argumento de que era mi primer Ironman y no quería tanto protagonismo. Lo entendieron perfectamente y me concedieron ese beneplácito.

Llegué a Calella el jueves tarde justo para escuchar el breafing (aunque este podía habérmelo saltado porque no me perdí nada). Tiempo justo para saludar a compañeros, que también participaban, y algunos amigos que estaban por allí. Luego…, a cenar y a dormir prontito. Javi debía marcharse a trabajar el viernes por la mañana, pero aun así, como siempre hace, prefirió acompañarme aunque tuviera que ir y venir con el coche, madrugar y lo peor…, renunciar a sus entrenos.

Viernes. Desayuno y salgo a trotar un rato. Como es de costumbre las sensaciones son malas, te sientes pesada. Siempre te duele algo y con sensación de fatiga. Y tú, luchando contra ello sabiendo que es normal sentirse así (bueno, al menos eso es lo que comentamos siempre con Javi y otros compañeros) e intentando llevar un ritmo muy fácil que no te quite ni una gota de energía. Energía que quieres guardar para la carrera. Y lo peor de todo: los nervios. Nervios que ya se han instalado para quedarse hasta que arranque la carrera y que, por más que lo intentes, no desaparecen. Manteniéndose ese cosquilleo en el estómago y los latidos incontrolables. Si no fuera por tantos nervios, hubiera sido uno de los días previos más tranquilos que he vivido nunca. Me limité a estar estirada en la cama excepto para ir a comer y hacer el check in. Comí sola en un restaurante japonés cercano. No fui sola porque quise, sino porque sé que, durante el día previo, la logística se va complicando y al final no conseguí quedar con nadie, ni con quien lo había hablado previamente. Y eso que recibí también alguna invitación de última hora. Pero cada uno tiene sus horarios, sus rituales, sus preferencias culinarias… Y fue difícil cuadrarlo. Fue extraño. Por una parte, me sentía bien cumpliendo mi timing sin agobios, sin estrés. Pero por otra, echaba mucho de menos a Javi y me sentía rara sin compañía Y puede que más nerviosa al no tener una distracción. Sola, sin dejar de pensar en la carrera y sin dejar de leer cientos de mensajes que me enviaban deseándome lo mejor. La verdad que cuesta explicar que se siente recibiendo tanto cariño.

A las 14h fui a dejar la bici tal y como había quedado con Jordi Gil (quién dirige y presenta Temps D’aventura en Esport3). De ellos sí que no me libre (Jejejeje). Pero, a pesar de la vergüenza que me da, lo hice encantada. No solo porque te gusta que den difusión a tus hazañas, sino porque, a nivel personal, a Jordi le tengo un cariño especial. Él también competía a pesar de estar currando al mismo tiempo. Por cierto: le fue genial y me alegro mucho. A quién también le fue muy bien fue a MercéTusell. Estaba allí grabando también su entrada a boxes. Las dos en nuestro debut en larga y echas un matojo de nervios. Mercé, enhorabuena por tu gran carrera.

Una vez dejada la bici y bolsas en boxes, y grabada la entrevista, volví al hotel para seguir descansando. Solo eran las 15h y la única preocupación era tumbarme y esperar a que pasaran esas horas previas (tan largas) hasta el inicio de carrera. Se hizo eterno. Además, mi úlcera empezó a quejarse por culpa de esos nervios. «Judith, tranquila, no te juegas nada. Irá bien », me decía intentando convencerme a mí misma. Suerte que pronto llegó Javi y eso me relajó. También pasó a vernos Edu (uno de los mejores amigos de Javi), mi hermana y mi cuñado con mis sobrinas a las que tenía muchas ganas de ver y con los que me sentía especialmente ilusionada de que los cuatro estuvieran allí. Finalicé las visitas del día con Álvaro y su familia. Afortunada de tener allí a mi entrenador y que me diera los últimos conejos antes de irme a dormir (o intentarlo).

Por fin llegó el momento. Me levanté con muchas ganas y con mucha confianza. Estaba eufórica y con la adrenalina corriendo por todo mi cuerpo. Más que nervios era entusiasmo por vivir todo aquello. Lo tenía todo controlado. Ningún imprevisto de última hora, y eso me tranquilizaba. Reconozco que me emocioné mucho antes de irme hacía la cámara de llamadas. Me sobreexcité al ver allí a toda mi familia. Me costó controlar las lágrimas porque me hacía especial ilusión que estuvieran viviendo conmigo esa aventura. Me entusiasmó las caras de mis sobrinas observando todos mis movimientos previos, sobretodo Laia que con 8 años ya es toda una amante del deporte y no paraba de preguntarme porque hacía cada cosa. «Jejeje. ¡Aig! ¡Como la quiero!».

   

Mi familia no fue la única que me hizo emocionarme. También el abrazo con Eli y Marc, una pareja que entreno y que, con ellos más que con nadie, había compartido todas las inquietudes los meses previos. No solo por ser su entrenadora, sino porque lo que a día de hoy compartimos es más que una simple relación laboral. «¡Enhorabuena cracks!. Y no lo digo solo por la gran carrera que hicisteis los dos sino por como sois». Hay que decir que ella, no solo debutaba en la distancia, sino que lo hacía a menos de un año de haber sido madre. «¡Chapeau! ». Del mismo modo tuve la suerte de encontrarme con Jordi Gil y darnos un abrazo de ánimo y ver a personas como Tere Fullana, que hacía tiempo que no veía y que me ilusionó mucho. La admiro con profesional, pero más como persona. Después de muchos saludos más durante los minutos previos, abrazos con Helena y Mercé y alguna foto con Mikel Taboada (que aún no había visto), llegaba el momento de la salida.

Por suerte fue muy rápida. Que bien, ni tiempo a que me entrara el tembleque previo de la pierna mientras aguanto la cuenta atrás en la misma línea de playa. Salida limpia y desde el principio escojo unos buenos pies que me guíen. La primera boya llega muy rápido y toca ir a por la segunda que está a más de 1500 metros. ¡Qué horror! Reconozco que se me hizo largo y nunca veía el punto de giro. Iba algo incómoda por la pereza que me da nadar con neopreno y las malas sensaciones que tengo siempre con él. Suerte que el Sailfish G-Range se ajusta como un guante y aún hace que sea más llevadero que con cualquier otro, comprobado. Además, odio nadar en el mar, y aunque no había mucho oleaje, ni corriente, siempre cuesta controlar la técnica y llevas un vaivén constante que marea y hace que tragues agua de vez en cuando. Sobretodo con las olitas de las barcas de la organización cuando pasan cerca. La suerte que no vi medusas, como predecían, y el agua estaba cristalina hasta el punto que me permitió disfrutar del mar como nunca hago en competición. Los metros iban pasando. Mi limité a seguir unos pies que me llevaron muy, muy cómoda. Hasta pensé que estaba columpiándome demasiado, pero creo que debía ser cauta. Tampoco era plan de desgastarme más de la cuenta ni ponerme a tirar si tampoco iba a servirme de mucho. Así que a pesar de la falta de costumbre de nadar casi 4km del tirón, en aguas abiertas, y con neopreno, estaba completando el primer sector del Ironman y se me iba dibujando una sonrisa cuando veía, por fin, que quedaba poco para alcanzar la playa. Cincuenta y dos minutos, me cantó Javi. Pues sí que he nadado bien. ¡Toma ya!

La transición fue un poco confusa. Nos juntamos varios pros por allí. Las cinco chicas que salimos en el primer grupo junto a un par de chicos que alcanzamos en los últimos metros y que, entre que todos queríamos quitarnos justo el neopreno delante de nuestra bolsa y que era una tarima de madera muy resbaladiza, aquello provocó un momento caótico. Además, el chico de delante mío, por error, cogió la bolsa roja que es la de la T2 y casi hizo equivocarme. Suerte que me di cuenta a tiempo antes de llegar a descolgarla del todo. Fue gracioso porque yo siempre tenía la duda de si la transición de un Ironman era más lenta o más tranquila que una distancia más corta. Pero por lo visto no.

Me subí a la bici en segunda posición, pero dejé rápido que la primera se marchara. Debía controlar más que nunca y olvidarme del resto. Era el reto más largo al que me había enfrentado nunca y debía tener la cabeza bien fría para regular el sector ciclista. Controlar mis watios y guardarme un poquito. Pero es cierto que no quería verme sola. Aunque, muy a mi pesar, fue así durante toda la primera vuelta. Me pasaron las tres favoritas. Una por una a lo largo de los primeros 50 kms, pero no hice ningún intento de seguirlas. Puede que fuese una mala elección, pero no quería sobrepasarme en ningún momento. Una primera vuelta donde te sientes sola. Pero, concienciada de lo mucho que te queda y como cambias el chip respecto a las distancias que estas acostumbrada, los kms pasan rápido. Aunque tengo que decir que fue como estar en dos competiciones diferentes. Mientras yo pedaleaba en solitario iba viendo a la vuelta como los pelotones iban avanzado. ¿Pero qué es esto? Nunca lo había visto tan claro en carrera. Fue alucinante. Ni siquiera fui capaz de distinguir al resto de chicas pros que venían detrás de mí. No me gusta entrar al trapo en este tema y me cansa ver todas las publicaciones en redes sociales sobre el drafting, pero vivirlo desde dentro por primera vez me causó mucha impotencia e indignación. Y la peor sensación fue ver como tú te estás desgastando solita (como debe ser, o al menos a más de 12 metros de otro corredor) mientras el resto pedalea en grupo como si nada. Cierto que vi muchos árbitros, escuché muchos pitos, vi mucha gente discutir con ellos mientras enseñaban tarjetas y vi mucha gente parada en los penalti box. Y sé que en un circuito así, y con tanta gente, es muy complicado. Pero, si uno quiere, se puede. Se trata que cada uno cumpla la ley y no haga trampa.

    

Por supuesto, el ir sola, era cuestión de tiempo y a pocos kms de empezar la segunda vuelta fui absorbida por los grupos. Que fuerte, la gente enganchadita. Encima se hacían señas para avisarse de un obstáculo… ¡Gua! ¡Es que aún estoy alucinando! Si a mí me da igual lo que haga el resto. El problema es que yo solo hacía que levantar el pie, para respetar los 12 metros al ser adelantada, mientras veía como otro me pasaba para ponerse delante y no perder la rueda del grupo. Así se hacía imposible seguir rodando a mi ritmo y empezó a bajarme la media y los watios. La única opción fue ponerme a la izquierda y así ir en paralelo al grupo. La verdad que fue un momento tenso, circunstancia que te saca de carrera y por lo que no entiendes el por qué la gente no sabe competir como toca. Había un pro español en el grupo, Imanol, y también estaba desesperado. Intentaba explicarle al resto a base de gritos que dejaran de chupar rueda y que hicieran una fila respetando la distancia. Pero, ni caso. Sus gritos y aspavientos consiguieron advertir a los árbitros y pronto vino una moto a poner orden y sacarle tarjeta a todo el pelotón. Todos indignados por supuesto. Pero sirvió para que pudiera seguir compitiendo cómodamente. Aproveché la estela de Imanol, que era muy buena, y me concentré en no perderle de vista. Finalicé la segunda vuelta con buenas sensaciones y a buen ritmo. Lo pasé a pocos kms del giro, en la subida, él se quejaba de problemas musculares y le di ánimos. El viento a favor de vuelta a Calella se notaba y eso, más que gustarme, me preocupaba al saber que la tercera vuelta iba a ser muy dura. Y así fue. Solo quedaban poco más de 30kms y fueron los peores. El cansancio empezaba a notarse (aunque iba más entera de lo que hubiera esperado nunca) y las molestias de tantas horas en la misma posición se agravan. Lo peor fue ver cómo me pasaban dos chicas, junto a un grupo, sin saber ni siquiera de dónde habían salido. Que impotencia. Encima, no me dio tiempo ni a reaccionar y me quedé sola de nuevo, comiéndome todo el viento que ya era fuerte y desgastaba más de la cuenta. Me concentré en seguir manteniendo el ritmo e intentando no venirme abajo. A pesar de que las fuerzas empezaban a ausentarse, los kms iban pasando, y llegaba el último punto de giro tan esperado.

El último tramo de vuelta, sabiendo que ya lo tenía y con viento a favor, fue más asequible. Pero aunque las piernas y la cabeza estaban respondiendo muy bien, fue el estómago el que empezó a quejarse. ¡uf! ¿Qué pasa aquí? Había cuidado muy bien la alimentación en la bici, o eso creía sabiendo que era clave. Aunque hubiera preferido poder tirar más de avituallamiento propio y no de la organización, la logística no te lo permite. A pesar de eso, me sentí bien hasta la parte final del ciclismo y fue cuando decidí coger un plátano (en el último avituallamiento). De esa manera evitaba un gel, creyendo que me ayudaría a que se me asentara el estómago. No sé si fue el plátano, o cualquier otra ingesta, pero algo provocó una reacción en mi cuerpo y empecé a tener dificultades para controlar eso que, de ninguna manera, quería ser asimilado provocándome un gran malestar, una terrible angustia y unos fuertes dolores estomacales.

La segunda transición era el momento más deseado para mí en mi debut. Sabía que una vez empezase a correr, iba a luchar por llegar a meta como fuera. Pero…, no pudo ser. A pesar de llegar mejor de piernas de lo que esperaba y hacer una transición rápida y motivada por empezar a correr, fue el estómago el que no quiso que lo pudiera hacer. Unos fortísimos pinchazos en la zona abdominal me impedían ponerme recta. Y, a eso, se le sumaban las arcadas y los momentos de angustia. Fue el peor momento que he vivido nunca en carrera. No solo por el malestar físico, sino por no poder luchar contra ello y ni siquiera poder disfrutar del entorno y de toda la gente que estaba allí animándome.

No me voy a alargar mucho en contaros mi calvario durante los únicos 6kms que fui capaz de aguantar en pie. Distancia que a regañadientes pude aguantar hasta que mi cuerpo decidió echarlo todo y provocarme unos fuertes dolores en el estómago que me obligaron a pararme. Tampoco os voy a relatar el mal rato que pasé, tirada en un portal, hasta que vinieron los servicios médicos a atenderme. Les dije que no quería ir al hospital y opté por llamar a mi familia gracias a un agente de Policía que estaba allí conmigo y me prestó su teléfono. Esperé en su coche de patrulla hasta que Javi vino a recogerme con Rafa. No sé cómo me lo monto, pero, cuando no he podido continuar en carrera, siempre termino en un coche de las FCSE (después de la carrera de Mallorca acabé en un coche de la Guardia Civil porque las ambulancias no daban abasto). Evidentemente, y por suerte no detenida, sino esperando a que vengan a recogerme.

Explicaros el resto es contaros penurias, que no quiero. Simplemente os diré que anduve, de la cama al baño, hasta que mi estómago, unas cuantas horas después, decidió calmarse. En esos momentos no tenía mucho tiempo ni fuerzas para pensar en lo ocurrido. Solo quieres recuperarte. No ayuda el estar así, pero al menos te consuela ver que en esas condiciones no podías seguir y te ayuda a que el duelo sea más llevadero. El problema es que, cuando uno empieza a recuperarse físicamente, es más difícil convencer a la cabeza de si diste todo de ti. Y quieres encontrar cuál fue el error que cometiste y si estuvo en tus manos solucionarlo de otra manera. Eso igual me costará unos días, y sé que pronto pasaré página y buscaré otra carrera para volver a intentarlo.

Mi mayor decepción no fue el abandono, el cual no pude evitar dadas las circunstancias, sino el no haber podido acabar por todos los que estaban allí y por todos los que fueron expresamente a verme. Toda mi familia, mi entrenador, muchísimos amigos, compañeros, todo el equipo de RCTRI… Y todos luciendo una camiseta con mi foto y un mensaje de fuerza. Por cierto, en la foto había dibujada una bomba y ponía ¡BOOM! Pues sí que hubo explosión sí (Jejejeje).  -Dani, perdona. Creo que fue idea tuya. Con todo el cariño.  Hay que reírse de esto sino…

   

Siento no haber estado a la altura. Siento el viaje que habéis hecho en balde. Y lo siento no solo por vosotros, sino también por mí. Por no haberos podido disfrutar en carrera ni veros siquiera al acabar. Gracias por estar ahí y demostrarme tanto apoyo y cariño. Eso es el mayor regalo y consuelo después de mi estrepitoso debut en la distancia reina.

Aunque si algo me llevo, es todo lo bueno que viví. El disfrutar de una carrera en casa, con toda mi gente, con muchas caras conocidas, con no dejar de recibir ánimos en todo el sector ciclista de otros corredores que me cruzaba y que alguno no conseguí ni siquiera reconocer o que ni siquiera conocía, de gente que estaba como voluntarios en los avituallamientos, del público… Fue brutal cada paso por Calella, donde fue difícil controlar la emoción y no pisar un poco más fuerte el pedal. Todas esas emociones no me las quita nadie. Aún sigo recibiendo muestras de cariño y eso es impagable. Ver que la gente te quiere y te aprecia es la mejor medicina que uno puede recibir. Y más cuando recibes mensajes y consejos de gente entendida como entrenadores o triatletas expertos en la distancia que te apoyan sabiendo que todos han pasado por eso alguna vez.

  

Las carreras… o se gana o se aprende. Y yo… he aprendido muchas cosas de ésta y sobre todo he ganado también muchas otras.

IMÁGENES DE MIKEL TABOADA PARA TRIATLETASENRED.COM

Es un placer tener la oportunidad de escribir la crónica de mi primer World Championship Ironman 70.3. No solo por el privilegio de participar en él, sino por toda la aventura que ello conlleva.

El campeonato empezó mucho antes. No os puedo contar todos los detalles, pero, para mí, era el resultado del trabajo de todo un año. Buscando la suma de puntos carrera tras carrera y poder conseguir la clasificación. En junio, por fin, se confirmó mi participación. Iba a tener el privilegio de ser la única española en haberlo conseguido (como pro). Yo y Javi Gomez Noya (nada más y nada menos) ya que, a nivel masculino, era el único en las mismas circunstancias. Eso era un aliciente muy especial y que magnificaba aún más la carrera. Aunque, si había algo por lo que me sentía más afortunada, era por el hecho de que Javi (mi marido) también hubiese logrado clasificarse. Que los dos hubiéramos conseguido estar ahí, en nuestro primer mundial (y encima recién casados), era un gran regalo. Sería la luna de miel ideal. Viajar por deporte haciendo lo que más nos gusta. Además, resultaba la excusa perfecta para pisar y conocer los Estados Unidos.

 

Pero no íbamos a viajar solos. Mis padres no querían perderse (como en otras tantas ocasiones), el acompañarme en una competición tan importante para mí. Y mucho menos si eso les permitía hacer un viaje que, seguramente, ellos solos no hubieran hecho jamás. Me alegro de que vinieran. Para mí, es siempre un gran apoyo. Tenerlos cerca y haber compartido un viaje así, aún más. Sí, sé que una luna de miel con suegros o con padres no es lo más idílico, pero bueno…, así tenemos una buena excusa para buscar otro viaje (Jejejeje). Bueno, no solo nos acompañaban mis padres, sino que la expedición también la formaban Tomás y Oriol. Y otros amigos que también participaban. Y por supuesto…, sus parejas Mónica y Silvia. Qué bien lo pasamos y qué grandes momentos vivimos. Da gusto poder compartir experiencias con gente a la que aprecias y que enriquece la aventura.

El mundial lo empecé a saborear cuando nos agregaron al grupo de WhatsApp de españoles. Faltaban algunos, pero éramos muchos. Aún sin conocer a casi nadie, se podía palpar la emoción de todos. Fue bonito el ir intercambiando inquietudes e impresiones. Fue muy chulo. Y más aún cuando se decidió hacer una camiseta para ir todos iguales el día del desfile inicial por países. Fernando se encargó de ello –Muchas gracias. Un detallazo–. Como mola hacer piña. Cada cual con su respectiva particularidad de edad, sexo, proveniencia, destino… Pero todos con la misma nacionalidad y con las mismas ganas. Irse encontrando con los españoles, durante los días previos, fue una de las cosas más chulas con las que nos encontramos al llegar a Chattannooga. Sobretodo el jueves, día en que nos juntamos todos vestidos con “la roja” para el desfile. Sorprendida de ver gente a la que conoces y que no te esperas encontrar allí. Contenta de conocer a nuevos compañeros. Abrumada por la admiración de muchos y sus gestos de cariño. Intimidada por el que quisieran que fuese yo la “abanderada”. Y emocionada por vivir ese gran momento. Realmente fue muy especial. Disfrutar de todo ello me hizo sentir aún más mundialista. Fue uno de los grandes momentos que envolvió la carrera – Gracias chicos. Fue un placer conoceros a todos–. Me llevo emociones vividas con ellos, he tenido el placer de conocer a personas estupendas. Como a Rocío, con quién tuve una conexión especial, y a chicos, como Pelayo, que me hizo partícipe de sus historias (llegando a hacerme sonrojar); o como César, un español afincado en New York, al que es imposible no cogerle cariño en el mismo instante en el que le conoces. Pero si había un español al que quería conocer, con todo el respeto hacia el resto, era a Javi Gómez Noya. Esperaba ese momento y llegó. Pero no cómo me lo había imaginado, nos encontramos el jueves por la mañana (al ir a nadar) y fue él quien vino a saludarme. <¿Os podéis imaginar mi emoción…?> Fue la guinda al pastel y la inyección de motivación que me faltaba para centrarme en carrera. Que gran persona y que ilusión que ganara. Fue impresionante verlo en directo.

           

Reconozco que no fue una carrera preparada a conciencia. Quería llegar al 100% y hacerlo lo mejor posible, pero no dejó de ser una competición más en mi temporada en cuanto a entrenamiento se refiere. Más que nada porque el 30 de septiembre me toca correr mi primer Ironman y, por lo tanto, tenía que dedicar los meses previos al mundial y entrenar bien esa ful distance. A la vuelta no quedaría tiempo. Así que el verano lo dediqué más a pensar y preparar el Ironman que el mundial. Obviamente entrenada llegaba, sin duda. Pero, a nivel de planificación, no le di una gran importancia a esta carrera. El hecho de ir sin presión, y sabiendo el gran nivel que había, donde el top10 iba a estar muy lejos, me daba cierta sensación de tranquilidad. Quería disfrutar de esa experiencia y poder sacar lo mejor de mí.

Es cierto que llegaba fuerte. Me encontraba muy bien físicamente. Solo la continua molestia del tendón de Aquiles me impide sentirme bien corriendo. Pero, por lo demás, tenía buenas sensaciones. Las tres semanas en altura parecían haberme dado un plus; no sé si físico, pero sí a nivel mental. Junto a nuestro entrenador, con el que siempre es difícil coincidir estando lejos, hicimos un buen stage. Así que me iba con la seguridad de estar al 100%. ¡Aclaro!: me iba, no llegaba. Y es que una semana en EEUU puede cambiar muchos las cosas: el tute del viaje, el cambio de horarios, el de las comidas, la falta de entreno… De todo un poco. No os contaré con detalle los días previos porque si no, no llegaría nunca a explicaros la carrera. Sin embargo, nos metimos una buena paliza de coche, de andar y de comer. Era lo que tocaba. No iba a renunciar a eso porque venía a disfrutar del viaje con todos los pros y los contras; aunque eso me hiciera llegar en peores condiciones.

Pensaba que, una vez en Chattanooga, sí que podría coger el ritmo normal a la precarrera, pero tampoco fue del todo así: el primer día que quisimos nadar, llegamos a quince minutos del cierre y no nos dejaron ni tirarnos. La logística nos alteraba un poco los horarios. Aunque la anécdota más curiosa fue cuando me perdí, por error, el breafing. Me dejé embaucar por Tomás y Javi que me invitaron a acompañarles al desayuno para los que son “AWA”. Era de 8 a 10:30 en un barco amarrado al lado de la expo. Salimos de nadar a las 9:15 y, como quedaban cuarenta y cinco minutos para la reunión, decidí acompañarles un rato. Pero, cuando estábamos allí, cinco minutos después de subirnos, sin previo aviso, ni ningún tipo de información, el barco empezó a moverse río a dentro. Tendríais que haber visto la cara de tontos que se nos quedó a los tres… No podíamos dar crédito. No sabíamos si saltar y tirarnos al agua (evidentemente no lo hicimos). Total, que nos tuvimos que comer con patatas un paseo por el río Tennessee. Una hora de reloj observando incrédulos lo que nos había pasado. En fin, historietas que, con el tiempo, te sacan una carcajada. No sólo sufrí por la importancia de no asistir a la reunión (obligatoria para los pros), sino que estaba más avergonzada por haberle dicho a Noya, tan solo dos horas antes, cuando lo acaba de conocer, que me sentaría a su lado por si necesitaba ayuda (por lo de mi dificultad para entender el inglés). ¡Aig! No podía dejar de imaginar la silla vacía a su lado y él pensando: <¿esta tía donde está?>. Arribamos a las 10:40. Corrimos para llegar al final de la reunión, y lo conseguimos. Aunque tan al final, que fue abrir la puerta y escuchar los aplausos. Yo solo quería firmar e irme de ahí de la vergüenza que sentía. Pero Tomás insistió en contarle a Javi Noya nuestra aventura. A parte de saber si habían dicho algo interesante. Que bochorno pasé. Javi me contó únicamente que habían cambiado el bucle de bici. ¡Bingo!, basta que te saltes la reunión, como para que haya cambios. Pues vaya que si era importante la asistencia. Me cuenta Tomás, del breafing de grupo de edades, que el dorsal no se lleva en bici sino que solo corriendo y que el gorro te lo dan el momento de la salida… –¡Aig! ¡Pues sí que me he perdido cosas! Verás como la lío en carrera- Que mal rollo, que inseguridad. Pues en carrera no sé, pero antes…, sí que la iba a liar. Me presento viernes tarde para hacer el chek in con mi bici y mis bolsas con todo preparado (bambas, calcetines, gps, comida…) porque el sábado no se podía acceder a ellas y veo que soy la más pardilla de todas. Las pros éramos unas privilegiadas y podíamos dejar todo el mismo día de carrera. Además, nosotras no funcionábamos con bolsas, sino que teníamos nuestro sitio especial; con nuestra caja y todo. ¡Madre mía que novata! Como se nota que tengo poco de “pro”. Bueno, ya que estaba, aproveché y lo dejé todo, aunque fui la única de las cincuenta y ocho chicas élite. A parte de la incredulidad, eso me preocupó sabiendo que podía cometer más errores. Así que el sábado por la mañana, solo una hora antes de la carrera, no paré de mirar al resto de pros para saber qué, cuándo y cómo tenía que hacer las cosas. Pasé de ir a competir muy tranquila y sin presión a ponerme muy nerviosa e insegura. Estaba muy pérdida y desubicada. Ahí supe que, a pesar de querer hacerlo bien, esto iba a ser una toma de contacto porque iba un paso por detrás del resto. Además, el no poder entenderme en mi idioma dificultaba aún más las cosas.

7:10. Veinte minutos para empezar la carrera, veo que las pros tienen su gorro rosa. Todas menos yo, claro. Pregunto y me dicen que espere cinco minutos que me lo traen. Mientras, veía como el resto ya se iban hacia la cámara de llamada. ¡Aig Dios! ¿Pero qué he hecho mal? Es que, si os digo la verdad, no sé ni dónde ni cuándo tenía que recoger mi gorro. No entendía nada. Y aún menos cuando veo que me traen un gorro con otro número y que tienen que pintar como pueden mi número encima. – Pero…, ¿ni siquiera estaba mi gorro? -. Surrealista total. Al menos la organización un diez. Todo hay que decirlo. Esperar, que queda más. Veo que se tiran a calentar (cuando habían dicho que no se podía). Pero, por lo visto, las pros sí. Pues para el agua que voy y caliento cinco minutos, aunque solo sea para centrarme un poco después de tanto lío. Pero ni con esas, porque, estando en el agua, me doy cuenta que no tengo ni pajolera idea de que boyas ni como había que seguirlas. No era un circuito obvio, pero bueno, aquí iba a llevar a muchas chicas delante, así que al menos tendría referencias, o eso esperaba.

Reconozco que me sentí ridícula hasta justo antes del pistoletazo de salida. Porque por primera vez en mi vida, salíamos por carriles dibujados en la moqueta. Después de llamar a las diez primeras, el resto debíamos ponernos correlativamente en cada cajón marcado. Sin saberlo, quise ponerme a la derecha detrás de las favoritas, y entonces vi cada carril. Cuando quise irme hacía la izquierda se me fueron colando y tuve que ponerme en los últimos puestos, los más alejados de la boya. ¡Por favor que esto empiece ya porque voy de mal en peor!

Por suerte, la carrera fue bien. Sin percances. Ya había cometido todos los errores, o casi todos y, aunque tengo que reconocer que algo descentrada, el resto pareció ir todo más rodado.

La natación fue bastante limpia. Tuve que salir muy fuerte para poder esquivar chicas e irme metiendo a la derecha. Conseguí enlazar con el segundo grupo y, a pesar de dividirse, remonté desde la cola pasando a un par que se quedaban rezagas y pude seguir al resto, aunque a unos metros de distancia. El primer grupo se fue rápido. Contaba con ello. Al menos no me quedé sola. Eso me ayudó a no bajar el ritmo y a seguir el circuito que, entre el sol de cara, y mi desconocimiento, resultaba dificultoso.

Me sentí fuerte. Me sentí rápida a pesar de la corriente en contra. Pero cómoda al nadar en agua dulce, como una piscina y calentita. Sin neopreno, como a mí me gusta, pero con mi Rebel. Una natación, algo lenta por la corriente que no aprecié, pero que se me pasó muy rápido y sin percances. Salí rondando la posición diez y, aunque sabía que eso iba a empeorar, ya estaba pedaleando y con algunas chicas como referencia.

El sector ciclista sí que me lo conocía. Una bici dura, como a mí me gusta. Aunque realmente la dureza estaba toda al principio y la segunda parte era mucho más rodadora. Salí con precaución, debía controlar porque nos esperaban más de mil metros de desnivel con un puerto y varias rampas duras y una carrera a pie que aún sería peor. Así lo hice. Controlé el ritmo y me fijé en los watios que ya empiezo a trabajar y conocer. Regulé e hice mi carrera a pesar de ver como algunas rivales me pasaban. Es cierto que con algunas contaba, pero con otras no, aunque también hice algún adelantamiento y, con un par, jugué al gato y al ratón durante algún tramo. A pesar de no encontrar una liebre fija me sentí competitiva al irme encontrando gente en carrera y eso ayudó a mantenerme alerta e ir descontando kilómetros más rápido de lo esperado. Realmente pocas veces, por no decir ninguna, me he encontrado tan cómoda durante todo el sector ciclista. Ni un bajón anímico, a pesar de perder un gel Recuperation por el camino y no lograr que me lo dieran en el siguiente avituallamiento. Iba crecida al encontrarme tan bien y no podía evitar pensar en el Ironman y poder tener esas mismas sensaciones. El único momento que me desmoralicé fue en la parte más fácil y rápida. Un tramo de unos diez kilómetros en mitad del recorrido donde mi desarrollo no daba para más y por no tener más piñones que poner, me pasaban rivales que había adelantado en la subida y eso me dio mucha rabia. Y más cuando no dependía de mis piernas. Pero por lo demás, estoy contenta de mi sector ciclista. A pesar de no verme delante ni luchando por la carrera, muy lejos ya del top10, disfruté del recorrido y me sentí a gusto. Aunque, a posteriori, me queda la duda de si debí haber sufrido un poco más, como suelo hacer, y haber intentado estar más adelante.

El guardarme un punto fue clave para la carrera a pie. Aunque no empezó bien. Hice un invento (de esos que no se deben hacer) y mezclé con mis sales un shot de energía que nos dieron con el dorsal. Justo al salir de la T2 me lo tomé. ¡Dios, como picaba! ¡Uf! Qué llevaba eso…, ¿avispas…? (Creo que era jengibre). Que mal momento pasé. Y, a pesar del agua del primer avituallamiento, me duró el picor un buen rato. Aunque reconozco que creo que fue eso lo que me dio la vida para la carrera. Sorprendentemente me seguía encontrando muy fuerte, como en la bici. Que bien se corre cuando ves que vas de menos a más, cuando puedes disfrutar de una media maratón dentro del sufrimiento inevitable. Era muy dura, con tres rampas matadoras, pero aun así me encontré ágil en todo momento. En cada subida pensé en Álvaro y recordaba su consigna: “cuerpo hacia adelante, pasitos cortos y ayuda de brazos”. –Gracias. No solo me sirvió de mucho, sino que me motivó tenerte en mente–.

Los ánimos de todos los españoles, y en especial los de mi equipo de supporters, me dieron ese empujón que me faltaba y, con sus gritos, me ayudaron a adelantar rivales, a no desfallecer en ningún momento, a sonreír a pesar de dejarme el aliento en cada paso y disfrutar de estar corriendo mi primer mundial. Porque, realmente disfruté. Son de esas carreras en las que te diviertes. Me acompañaron las buenas sensaciones en todo momento. Poder cruzar la alfombra con esa entereza es uno de los mejores regalos. Y más, cuando tienes tu primer Ironman en menos de un mes y ya no te lo puedes quitar de la cabeza. Ojalá me acompañen las mismas fuerzas.

        

La “Top20” del mundo. Sé que muchos esperabais más de mí. Eso quiere decir que me tenéis aprecio y confianza. Os lo agradezco de corazón. Pero yo sabía que mi liga era esa; La de intentar meterme en el Top20 y lo conseguí. Venía con la posición 27, así que no puedo pedir más. Obviamente queda mucho por hacer y quiero luchar por estar delante y seguiré trabajando por ello.

Puedo decir que ha sido “LA CARRERA” del año por excelencia. Mentiría si os dijese que el resultado no pasó a un segundo plano. Nunca imaginé que correr mi primer mundial iba a ser tan gratificante. Vivir todo el ambiente, estar luchando con las mejores, tener una buena carrera y lo mejor de todo: poder compartirla con la gente que quieres y aprecias, eso no tiene precio. Y es que, si a eso, le sumas un viaje increíble lleno de anécdotas, grandes momentos y descubrir New York, Washington y Philadelphia: no se puede pedir más.

  

No me quiero extender más, pero no puedo acabar esta crónica sin agradecer a todas las personas que han aportado su granito de arena para que haya llegado aquí en las mejores de mis condiciones. Mención especial para esa gente que me ha ayudado desinteresadamente: David de Bikehome (que se ha dejado la piel en dejarme la bici lista y modificarme el último día el puente de freno para que me entrara la rueda nueva de speedsix), a mis fisios particulares y amigas, Susana y Mª José (por haberme visitado cualquier día, a cualquier hora y sin ninguna condición, consiguiendo que pudiera correr),a mi familia (por todo). Y a mi marido, que se dejó la piel animándome (a pesar de tener que competir al día siguiente, igual que Tomás). –¡Gracias a los dos!.

Y gracias a todos y cada uno de vosotros que me escribisteis antes, durante y después de la carrera. Aún estoy sorprendida de vuestros mensajes (desde cualquier red social o aplicación), por todo vuestro apoyo y muestras de cariño. Por seguirme en directo durante toda la carrera. Sin palabras. De todo corazón.

De verdad: esa es la mejor recompensa.  

Las semanas de competición siempre son difíciles. Aparecen los nervios, las inseguridades, las molestias físicas, la presión… y más cuando para muchos eres la principal favorita; aunque días antes me dijeron que la olímpica, Bárbara Riveros, nada más y nada menos, se había inscrito a última hora. Con ello, todas las aspiraciones de ganar, porque yo quería ganar, se esfuman. Aun así, eso no me quitaría las ganas que tenía de que llegara esta carrera y poder dar, una vez más, lo mejor de mí. Tenía clavada una espinita desde la última carrera, el half de Zarautz, y me la quería quitar. Y es que la carrera anterior siempre condiciona mucho y, al visualizar la competición, siempre aparecen los fantasmas, si los hubo, de la carrera anterior. Zarautz fue muy dura, Sufrí mucho. Es cierto que estaba enferma y que además venía de competir dos semanas seguidas. Pero, igualmente condiciona. Las rampas que tuve desde la parte final de la bici y todo el malestar físico que me hizo padecer cada kilómetro de la media maratón, aún seguían rondando en mi cabeza. Además, arrastraba unas molestias en los tendones de Aquiles que no me estaban dejando correr con normalidad y me preocupaba de cara a la carrera.

Llegamos con más tiempo que nunca a Vitoria. El miércoles al mediodía ya estábamos allí. A lo pro total. Sin duda fuimos los primeros y lo hicimos por varios motivos: principalmente porque queríamos hacer el circuito de bici y a mí me agobia hacerlo los días previos a la carrera cuando lo que toca es priorizar el descanso a los entrenos largos; por lo tanto, quería recuperar bien. Pero, como teníamos un aliciente especial en este viaje, ya que Javi y yo nos conocimos en esta carrera hace tres años, queríamos disfrutar de la estancia en Vitoria y vivir nuestra pequeña “Luna de miel”.

Tranquilos, relajados. Hasta que… Estando en la habitación, organizándolo todo, nos damos cuenta que nos habíamos dejado los neoprenos en casa. <¡Vaya par!>. Bueno, cosas que pasan. Lo raro es no olvidarse nada. Suerte que mis suegros venían el sábado y nos lo podían traer. Así que cambiamos los planes de ir a nadar al lago y ya está. No valía la pena darle más importancia. Todo sea eso.

Jueves tarde-noche. Empiezan a llegar el resto de pros. Menos Bárbara Riveros que me confirma la organización que finalmente no viene. <¡Uf! ¡Qué nervios, pero qué alegría!>. Aunque los verdaderos nervios llegaron el viernes en la rueda de prensa. No solo por la vergüenza que paso en esos actos por tener que hablar en público, sino por lidiar con la etiqueta de favorita, que tanto gusta, pero que acarrea mucha responsabilidad. Además, me sentía muy pequeñita respecto al resto. No solo por la soltura que ellos tenían, y su dilatada experiencia, sino porque son triatletas a los que admiro y los sentía muy superiores a mí. La verdad es que es una de las mejores cosas que me llevo de este tri, poder compartir con ellos grandes momentos y disfrutar como una niña por estar junto a ellos: Iván, Santamaría, Aguayo, Carlos Aznar, Leiva, Dapena, Fidalgo… y por supuesto Víctor del Corral con el que pude compartir muchos momentos junto a Carlitos y Javi.

La verdad es que me sentía como una reina. Desde antes de llegar la organización nos había tratado con mucha atención y cariño; y al llegar allí no fue menos. Cuidaban de todos los detalles para que estuviéramos mejor que en casa y lo consiguieron. Entre eso y todas las muestras de cariño que siempre percibo en el País Vasco, y que también llegaban de todos lados, es imposible no estar eufórica, y muy nerviosa también. Fue un no parar de estímulos positivos continuos. Y es que Vitoria tiene algo especial y parecía que todos nos habíamos puesto de acuerdo para estar allí y disfrutar de esa gran fiesta. El video con Dani Race, el que no deje de saludar a trialtetas y compañeros que me hacía mucha ilusión volver a ver, a amigos con los que empecé en el Prat hace años, a Mikel que vino expresamente a verme, a la familia de I3, a mis pupilos, a santboianos, a ex nadadores y nadadoras olímpicas como Jessica Valls, a Diego y Mimi, a Almagro, Arrate, Matos, a Mireia que se estrenaba en el full…  ¡Uf! No pararía de decir nombres. Fue muy emocionante.

La verdad que poder disfrutar de tan buenos momentos hace mucho más llevadero los nervios pre carrera y sobretodo entiendes el por qué te gusta competir y te gusta practicar este bonito deporte. Por todos esos momentos que también se viven fuera de carrera y que tantas satisfacciones me da.

El sábado fue un día duro. Es una carrera muy bonita, pero con principio y fin en dos lugares distintos y eso implica dos transiciones en diferentes sitios. Dos boxes separados por unos 30km que hace que la logística del día previo se haga más dificultosa y agotadora. Y, por lo visto, algo complicada. Y si no, que se lo digan algunos de los participantes que, escuchando las preguntas del brefing, mostraron su falta de entendimiento. Que risas nos echamos. Con todo el cariño, pero fue uno de los momentos más divertidos: <¿Pero…, si el autocar me lleva al lago. Luego quién me trae?> Esa fue una de las preguntas más divertidas. Mientras todos los participantes teníamos claro que el trayecto del lago hasta Vitoria era parte del recorrido ciclista, a alguno aún no le quedaba claro a menos de 24 horas de la carrera. Seguramente son los nervios que hacen que te entren muchas dudas y no entiendas nada. Bueno, en cualquier caso, y aunque mucha gente se queje, para mí es un triatlón con mucho encanto, con tres segmentos muy bonitos que, a pesar de la complicación de ir de un lado a otro, yo no cambiaría nada. Así que tocaba dedicar el sábado a prepararlo todo. Dejarlo todo en las dos transiciones, sin olvidar nada, sobre todo en la T2, y a dormir lo más pronto posible.

Domingo 05:00h. Suena el despertador. Como es habitual, pocas horas de sueño encima. Pero con ganas y fuerzas para afrontar la carrera. Desayuno, viaje en autocar hasta el lago, y a dejar todo listo en boxes. Sin mucho tiempo de sobras, y menos cuando el ir al lavabo una vez más suponen 10 minutos de cola. Sin embargo todo controlado y con tiempo para calentar un poco antes de acudir a la cámara de llamadas. Últimos saludos. Últimos abrazos. Y el más especial, como no, para Javi; que nos despedimos transmitiéndonos fuerza y dándonos los mejores deseos el uno al otro.

A los pros nos llaman uno por uno, tanto a chicos como a chicas. Este día salíamos todos juntos. Iba a ser una natación divertida. La verdad es que, la natación no, pero los momentos previos en la línea de salida sí que lo fueron. Qué risa con Pablo Dapena que lo tenía a mi lado. Yo como un flan y el tío súper tranquilo; hasta con las gafas en la frente a falta de menos de un minuto para empezar. Le dije: <ponte las gafas que no queda nada>. ¡Uf! Me estaba poniendo nerviosa. Que tranquilidad, pero que envidia. El mejor momento fue cuando empieza la cuenta atrás y cuentan en vasco. A Pablo se le escapa un: <¡Mierda!>, en el plan: <¡No entiendo nada!>. Yo pensé lo mismo. Que gracioso. Luego comentó Pablo que, para la próxima; se aprendía los números en vasco. Qué razón tenía. Y es que esa ventaja se notó, porque Jon, que estaba a mi otro lado y es vasco, al escuchar el 1 reaccionó y arranó hacia el agua siendo el más listo de la clase.

 

     

Pues sin más preámbulos dan la salida y me meto en el agua con la agonía de saber que tengo a mil personas detrás y que no podía dejar de nadar muy rápido, al menos hasta que fuera encontrando mi sitio. Tardé en hacerlo. Fue una natación muy dura. Salir con chicos y tanta gente dificultó mucho el nadar cómodo. No me preocupaba ni el tiempo ni el estilo, pero si los muchos momentos que tuve de agobio por los agarrones y golpes. Y, sobre todo por el pánico de que, en un momento dado, no consigas controlar la respiración y sufras un colapso. Tuve un momento muy duro en los primeros metros y tenía la necesidad de parar y salir de esa avalancha claustrofóbica. Solo me motivó a no hacerlo el hecho de que, parar, sería peor. Y que, igual me engullía la gente sin la posibilidad de sobrevivir. Lo superé y pensé: <Si yo lo estoy pasando tan mal aquí delante, ¿Cómo lo estará pasando el resto detrás?> . Sobre todo pensaba en Javi que ya ha sufrido varios agobios en la natación de los triatlones y era uno de sus miedos. <¡Vamos cariño, esto no nos puede superar!> -pensé. Me animaba también a mí misma.

    

Fue una natación complicada, pero reconozco que el nadar con tanta gente también ayuda a que tengas referencias y no bajes el ritmo. Y sobre todo a que se te pase más rápido. Además, desde los primeros metros, vi que Helena Alberdi estaba en mi grupo y eso era señal de que estábamos encabezando la carrera femenina. Conseguí aguantarla y aunque se me escapó algunos metros en la parte final, después de una buena transición, con calcetines incluidos, le rebasé en el momento de montarnos a la bici.

  

Empezaba mi sector ciclista en solitario ¡para variar!. Y una vez más, con la presión de ir en cabeza y querer sacar ventaja a las rivales con el peligro de pasarme de vueltas. Pensé que por el hecho de salir con los chicos, y con mil participantes a la vez, iba a tener más compañía en la carretera. Sin embargo no fue así. Los pocos chicos que me pasaron lo hicieron a un ritmo muy alto; tanto que ni si quiera pude intentar seguirles. Exceptuando la parte final del sector ciclista, donde nos juntábamos con los participantes del full, y los rezagados del half y, aunque con mil ojos de no tener ningún percance con tanta gente y evitar el drafting, fue el momento más ameno de la bici. Además, coincidí con muchos conocidos y pudimos animarnos mutuamente: Jose Esquinas, Juan el loco, Paco Y Helena del I3…

Me gustó, disfruté en la bici. Era una bici rápida, 37’5km/h de media, imagínate. Pero no era fácil. De esas de no parar de dar pedales. De esos circuitos que a mí no me gustan demasiado. Pero salió bien. Tuve un buen día y con buenas sensaciones. No sé si podría haber ido más rápido, en cambio era uno de esos días en los que te sientes cómoda pedaleando a ritmos altos y, a pesar de mi soledad en carrera, mi estado anímico era muy bueno. Eso ayudó a que los kilómetros fueran pasando rápidos y pudiera disfrutar del magnífico circuito como en pocas carreras puedo hacer. En un par de ocasiones se me escapó una sonrisa afirmando lo que pensaba, y es que Vitoria tiene un encanto especial y me sentía contenta de volver a estar allí. Solo había algo que me borraba la sonrisa y era el miedo. Los fantasmas de las rampas de Zarautz no dejaban de aparecer. El miedo a que en cualquier momento me dieran los calambres y no pudiera seguir. Eso me preocupó mucho. Por suerte eso no llego a pasar y además me sirvió para cuidar más y mejor la hidratación, la suplementación y, sobre todo, el ritmo.

  

Subidón al llegar a la T2. Aclamo popular que hace que las piernas te tiemblen y el pulso se te acelere. Aun así la emoción me duró poco. Tan solo un minuto después, mientras salía de boxes para empezar a correr, de nuevo escucho sonoros aplausos que indicaban la llegada de la segunda chica. <¿Ya? ¿Tan cerca? ¿Quién es?> . Era Aitzane. Me sorprendió; no os voy a engañar. Ni la esperaba a ella en segunda posición y muchos menos tan cerca.

Volvieron los miedos. Volvió ese pánico que se siente cuando tienes una rival tan cerca y saber que hasta que no te alcance, no va a dejar de intentarlo. Obviamente. <Pero Judith. Que esto es la competición. ¿Qué te creías? ¿Que siempre vas a llegar a la T2 con ventaja suficiente para correr tranquila?>. Soñar es gratis.

  

Pues hoy no. Hoy no iba a ser el día que se cumplieran todos los pronósticos. No solo iba a ser capaz de mantener el liderato durante toda la carrera, sino que además lo iba hacerlo más cómoda que nunca; ampliando la ventaja y permitiéndome el lujo de disfrutar del ambiente inmejorable que te brinda Vitoria. Y es que eso lo percibes rápido. En el momento que te pones a correr, sabes si va ser un buen día o no. Lo sentí desde el primer kilómetro. Se me olvidaron los fantasmas de Zarautz y hasta los de perder esa primera plaza. En cada kilómetro que pasaba me sentía más fuerte, más ágil y más rápida. Podía ver como Aitzane se distanciaba y yo me venía más arriba. Fue de las pocas carreras que conseguí creerme que iba a ganar.

No solo mis buenas sensaciones y el acierto con las mejoras en la suplementación gracias a mi dietista Marta de Kronosport me estaban ayudando, sino que fue imposible no volar en carrera con tanta gente animando y con tantos estímulos positivos que recibía en cada kilómetro, con el hecho de cruzarte con muchos amigos y conocidos que estaban corriendo como lo eran Carlitos, Jordi Arias, Iván…, el encontrarme con Javi, uno de los chicos a los que entreno, y que debutaba en esta distancia; el ver a Gema dejándose la piel animándome (es una de las últimas chicas que entreno y aún no la conocía en persona), también a Miguel Ángel y Javi y al resto de supporters del I3, a Ainhoa Murua animándome y dándome referencias… Fue un subidón tras otro que hasta me hicieron olvidarme un poco del dolor del tendón de Aquiles que me dejó tres días coja y que, después de diez días, aún no me dejaba correr bien.

 

   

Pero si hubo un momento especial en carrera, fue cuando me enteré que el alcalde era el que iba en la bici que me estaba guiando en carrera. Y que no solo no dejó de animarme a mí, sino al resto de participantes que pasábamos y nos pasaban. <¡Chapeau!>. Para mí no solo fue un honor y un privilegio, sino que creo que es un gesto que dice mucho como persona y que te ayuda a entender el por qué Vitoria se vuelca tanto con el deporte. Mi admiración máxima hacia él y a su gran ciudad.

   

Vitoria ha sido y será una de las mejores carreras que he vivido. Es difícil disfrutar tanto en carrera como lo hice aquí. En carrera es complicado saborear el triunfo antes de llegar a meta. Pero lo logré. A falta de 2kms ya me creía invencible y pude saborear ese ambiente indescriptible. La gente gritaba eufórica, Vivían la carrera conmigo. Quería mirarles a los ojos a todos y agradecerles los ánimos, los aplausos. Fue un baño de masas. Parecía que estaba viviendo un sueño. Recuerdo, como si fuera ayer, esos metros finales en los que, cuando pasaba por la plaza de meta, no podía dejar de aplaudir. Quería devolverles todos esos aplausos. Quería dedicarle mi carrera a cada una de esas personas que tanto me habían ayudado y que tanto me habían hecho sentir.

Llegué a la alfombra azul, agradecí al alcalde su compañía y seguí aplaudiendo a toda una plaza abarrotada de gente. Lo hice hasta que alcé la deseada cinta de campeona.

La carrera no acabó aquí. Tocaba seguir disfrutando de esta gran ciudad y de ese gran ambiente. Saborearlo con Javi y mis suegros. Con el resto de amigos y conocidos. Tocaba también animar a todos los conocidos, y a los no conocidos, del Full. Tocaba darle mi último aliento a Ruth, que me hizo emocionarme viéndola correr. Eneko que también estaba sufriendo con ella, corriendo de lado a lado, en una de esas ocasiones me grita: <¡Felicidades!>, <¡igualmente!>. A lo que pude responderle, segundos después, por haberme quedado sin palabras con ese gesto.

Esta ha sido una de las crónicas que escrito con más retraso por falta de tiempo. Pero no he olvidado ni uno de los momentos que viví en esa carrera. Me ha costado conciliar el sueño varios días. Me ha costado borrarme la sonrisa de la cara. Sonrisa que aún asoma cuando pienso en ella. Sé que esta gran carrera será mi motivación para preparar mis próximos objetivos. Nada más y nada menos que el mundial 70.3 y el Ironman Barcelona.

 

 

 

 

 

 

La carrera de Zarautz empezó justo al acabar en Samorin. El querer recuperarme en tan sólo una semana, acabó siendo una prueba de fuego.

Eran tantas las ganas de volver a Zarautz que, el mismo lunes, ya creí sentirme más recuperada que nunca. Pero, en cuestión de horas, la cosa cambió por completo. Empecé a encontrarme mal. A dolerme la garganta. Cogí frío de los aires acondicionados y los cambios bruscos de temperatura. Imagino que mi cuerpo, bajo de defensas, contribuyó a que pillara un gran trancazo. Pasé de la euforia a la decepción en un solo día. De golpe me encontré metida en la cama con la impotencia de no poder hacer nada al respecto. Digo nada porque, expuesta a los controles antidoping, no sabía ni que era lo que podía tomarme.

<Mejor no tomes nada. No te arriesgues> Esa fue la respuesta de mi entrenador al preguntarle, desesperada, si al menos podía tomarme un iboprufeno. Así que estuve a base de propolio. Lo hice para aliviar el dolor de garganta, y dormir todo el día esperando a que, en cuestión de días, mi cuerpo recuperase su estado normal. Pero los milagros no existen. Y por más que yo quisiera estar al 100%, no lo conseguí. Al menos rasqué un 50% de fuerzas que me llevó a querer estar en la línea de salida a pesar de las consecuencias.

No me gusta quejarme. Al menos de puertas para fuera. Ni os voy a describir la mala sensación de estar metida en la cama hasta el día antes, sin saber qué hacer, y ver como tu objetivo pasa, de querer ganar una carrera, a querer, al menos, estar en ella. Pero, si no os explico esto, no sería una crónica real. Además de que fue el desencadenante de todo. Me arriesgué a competir. No quería dejar de intentarlo a pesar de las consecuencias. Se lo debía a la organización, que un año más me habían invitado. No podía faltar, y menos, después de saber que la gente se pelea para conseguir una inscripción que se agota en menos de un minuto.

    

Sábado. 14.00h. Arranca la competición desde la playa de Getaria. Empiezan los casi 3 km de natación que nos separan de la playa de Zarautz y consigo aguantar los pies de Helena Alberdi (Una nadadora excelente que iba a marcar el ritmo en este sector y que para mi sorpresa pude aguantar su estela). Una gran natación detrás de su fuerte batido de pies que me guiaron continuamente y que me hicieron disfrutar de esa bonita, pero dura natación. Solo la perdí a falta de un 1 km donde ella se desvió hacia la derecha pegándose a las rocas. Aun así, llegó antes que yo a la última boya y se me alejó un poco. Lo peor fue el tramo final. Con mucho oleaje y una gran resaca. Pero, después de llevarme un buen revolcón con la primera ola, que me pilló desprevenida, con el resto, me dejé llevar medio surfeando y hasta disfrutando como una niña.

Prueba superada. Natación hecha. Con el objetivo más que cumplido (poder seguir a Helena y aventajarme sobre el resto). Lo que nunca pensé que tanto. Conseguí sacarles a Saleta y Brea cinco minutos. <¡Qué pasada!>.

             

Empiezo la bici con mucha cautela sabiendo que mi estado de forma no era el mejor, pero eufórica por irme encontrando bien y estar, en ese momento, liderando la prueba con autonomía. Decidí controlar y hacer la bici más conservadora de lo que lo he hecho nunca. Disfruté de esas dos primeras vueltas donde iba recordando el circuito. Me sentía ágil, cómoda y con fuerzas (a pesar de todo). Me estaba guardando un par de puntos y aun así estaba siendo muy superior al resto. No solo lo comprobé con las chicas, sino que me adelantó Cesc en el inicio de la primera vuelta y Gus no me pasó hasta veinticinco kilómetros después. Y ningún chico más hasta los últimos 6 km de ciclismo (para ser exactos, sólo dos más). Eso nunca fue así en las dos ediciones anteriores. Pero, cuando más bien me lo estaba pasando, llegó el momento más duro. Por sorpresa y sin previo aviso.

     

El segundo paso por Zarautz es uno de los momentos únicos de esta carrera. Un cordón interminable de gente, que te grita y te aplaude, donde es muy difícil controlar la emoción. Y más cuando sientes que estás volando sin gran esfuerzo. Y sin desgastarte, sabiendo que, tú batería, hoy, está medio cargada. Con la cabeza fría, e intentando controlar la situación, no puedo evitar emocionarme cuando veo a Javi y Aída y me cantan que les llevo diez minutos a mis rivales. <¿Qué? No puede ser. ¡Qué pasada!>. Madre mía. Si es que…, ni en el mejor de los sueños. Pero aun así, yo, conocedora de mi debilidad, no quería hacerme ilusiones. Sin embargo, sí que me podía permitir el seguir regulando para no desgastarme más de la cuenta, ya que, de momento, la cosa iba muy bien.

Iba muy bien. Hasta ahí. Llegué, al temido muro de Aya, más fresca que ningún año. Empecé a subirlo con pausa, pero con ganas y todavía con fuerzas a nivel anímico. El calor empezaba a hacerme mucho daño y a castigarme mucho en la subida. Notaba como no paraba de chorrearme, literalmente, el agua por todo el cuerpo. Poco a poco iba avanzando y superando la parte más dura de toda la carrera. Parecía que lo tenía, que coronaba Aya, cuando, de golpe, noto como, mi cuádriceps derecho, se empieza a enrampar sin poder controlarlo. Pedaleando, y solo haciendo fuerza con la izquierda (para por lo menos llegar arriba), provoco la misma reacción en el otro cuádriceps y a duras penas consigo salvar el ascenso.

Todo se me desmoronó de golpe. Cuando creía que iba mejor, y que estaba salvando la prueba, todo se fue a pique. Miedo de no llegar ni a la T2 e impotencia de no poder controlar esas rampas a pesar de sentirme bien. Quería buscar un por qué: el calor, la falta de hidratación, el sobreesfuerzo−<¿No será por el simple hecho de que estás mala Judith?> me preguntaba a mí misma. Pero, en ese momento, a mí eso no me servía de nada. Diez kilómetros de auténtico infierno donde recé en cada pedaleada por controlar esas rampas dejándome llevar en las bajadas. Mínimo esfuerzo en el llano y agonía en las subidas. Notando como se iba endureciendo y subiendo la pierna. Rompiéndose fibras y agonizando por el dolor. Lo peor fue el no poder disfrutar de la subida a Txurruka donde solo pude cerrar los ojos e implorar que mi cuerpo, por lo menos, me acompañara hasta arriba. Lo conseguí gracias a un público que se deja la piel mientras tú te retuerces en la última subida.

Todo cambió en ese momento. Llegué a la T2 con lágrimas en los ojos y viendo que mis piernas ya no respondían. Solté piernas antes de calzarme las bambas, pero nada podía aliviar los calambres. Sabía que me podía pasar. Que, en ese estado, no fuese capaz mi cuerpo de soportar un esfuerzo tan grande como el de un half tan duro. Pero no quería tirar la toalla. Lo tenía que dar todo hasta desvanecerme.

Veinte kilómetros muy, muy largos. Marcados por un gran dolor en las piernas y en el estómago que se me revolvió todo. Con ganas de vomitar, mareos, vista borrosa y, para colmo, las plantillas de las bambas que se me ladearon una vez más. Yo agonizaba. Solo pensaba en avanzar, aunque parecía no poder hacerlo. No sabía si corría. Únicamente me dejaba llevar tratando de acabar con ese sufrimiento, pero tenía que hacerlo en la línea de meta, y no antes. Sabía que la primera posición se me estaba escapando con Brea, que sé que corre muchísimo y que estaba recortando una distancia que parecía insalvable para todos, menos para mí viendo mi estado físico. Finalmente, sin poder hacer nada más que felicitarla, me dio caza a falta de poco más de dos kilómetros para meta.

    

¡Llegué!. En Zarautz era imposible no llegar a meta. Lo hice en una meritoria segunda posición, a pesar de todo. Quise disfrutar de los últimos metros y de la entrada a meta saboreando la singularidad que te brinda correr en Zarautz con todo el mundo entregado en la calle. En ese momento sabía que eso no podía perdérmelo. En ese momento comprobé, una vez más, que ese es uno de los momentos más mágicos que puede vivir un deportista, correr en Zarautz. Y solo por ese momento, donde todo lo demás pasa a un segundo plano (posición, resultado, tiempo, sufrimiento…), solo por eso, valió la pena competir.

    

Si hubiera venido a ganar, no estaría aquí. Pero, tengo la gran suerte de amar este deporte y ver más allá de una victoria. Hago esto porque me gusta, porque me apasiona, es porque es mi hobbie y no mi profesión. Me hubiera arrepentido mucho de no haber corrido este sábado. Me siento orgullosa, una vez más, de mi lucha. De no tener miedo a nada ni a nadie.

     

Me quedo con la frase de mi entrenador al acabar la prueba (que también corrió): <“Si te digo la verdad, nunca creí que serías capaz de hacer lo que has hecho con el tute que llevas y la semana que has pasado”>

Si puedo, volveré el año que viene. No a buscar la txapela, sino a para volver a vivir, de nuevo, la carrera más impresionante que existe. Para volver a disfrutar de un fin de semana en compañía de mi pareja y de mis amigos y de volver a vivir esos grandes momentos que me llevo de este fin de semana.

    

 

Pues aquí estoy escribiendo la crónica de mi primer mundial. Una de las que más ilusión hace y sé que muchos la esperáis. Seré breve e iré al grano que no quiero alargarme mucho. Además, los precedentes a la carrera suelen ser muy parecidos, aunque cambiando el escenario.

Reconozco que la semana previa fue dura, me encontraba muy cansada y muy baja de fuerzas. Imagino que parte de la culpa era del calor que estaba haciendo. Solo quería dormir y descansar y a duras penas iba sacando los entrenos. No me preocupaba entrenar bien, esa semana no importaba, pero sí llegar con fuerzas a la carrera. Tanto era el cansancio que llegué a plantearme si era mejor no ir. Por suerte, poco a poco fui encontrándome mejor y llegué a Eslovaquia con ganas y con fuerzas para disfrutar de este gran evento que valía la pena vivir.

Quitando la logística del viaje: llegar a Viena, coger coche y conducir hasta Eslovaquia; y los traslados de Samorin al pueblo donde dormíamos, que estaba a treinta minutos de trayecto, la cosa fue bien. Exceptuando la noche previa que, si ya cuesta dormir, una boda celebrada en la pensión donde nos alojábamos, nos fastidió la noche. La música y la juerga no cesaron hasta las tres de la mañana. Eso fue lo peor de todo el fin de semana, con diferencia. Es que hospedarse en el X-Bionic, lugar donde se celebraba el evento, era descomunalmente caro. Un complejo deportivo espectacular que aún le dio mayor magnitud al evento.

Yo había venido a Samorin con la idea de disfrutar de todo aquello: ver el nivel que había, la cantidad de Pros de todas las distancias y nacionalidades, el ambiente espectacular, la organización de diez, todos los preparativos, el despliegue de medios…; aquello había que vivirlo. Y lejos de pensar en un resultado, quería saborear mi primer mundial y valorar que era una de esas pros que estaban allí y que tanto mérito tenia. Los pronósticos se los dejaba a los demás y aunque algunos confíen mucho en mí y esperaban que estuviera delante, yo venía a por el top10 que, siendo realista, era el objetivo y un gran resultado.

Llegaba el día de carrera. El calor apretaba fuerte desde primera hora de la mañana y hasta se agradecía meterse en el agua del Danubio a 18 grados de temperatura para refrescarse y calentar un poco. Las sensaciones eran buenas y los nervios controlados. Tenía ganas de luchar más que nunca, aunque sabía que iba a ser una de las pruebas más difíciles. Y desde el principio se iba a imponer un fuerte ritmo con corredoras que marcarían la diferencia.

Efectivamente, arrancamos la prueba y varias nadadoras se ponen en cabeza. Trato de no perder comba e intento buscar esa estela que empieza alejarse. <Hoy la natación va a ser divertida>, pensé en los primeros metros. Consigo enlazar con ese grupito que pronto se convierte en una fila de uno, menos en mi puesto donde parece ser que me tocaba compartir posición. Una rival que lejos de colocarse delante o detrás, como todas, se queda pegada a mi impidiéndome nadar cómodamente, con enganchadas constantes. <Ves cómo iba a ser divertida>. Suerte que al menos la tenía a la izquierda y podía respirar con facilidad. El intentar despegarme de ella y no perder el grupo me llevó a dar un punto más, el último que me quedaba. Pero dio resultado, conseguí deshacerme de ella y engancharme a tres nadadores que llevaban un alto ritmo, aunque no era el grupo de cabeza. Me costó seguirlas, pero sabía que era clave hacer una buena natación para poder tener referencias en bici. Aunque de poco me sirvió luego.

Salí del agua exhausta. Me temblaban las piernas. Pero contenta de la buena natación que sabía que había hecho, al menos por el mero hecho de haber aguantado a ese segundo grupo. Y más al ver que una de ellas era Ane quien ganó en Rímini y me metió más de 1’30 en el agua.

Transición muy larga, que lejos de coger aliento, me quita el que me quedaba, pero lucho por no perder esas ruedas. Séptima – me cantan – a 3’30 de la cabeza de carrera. <¡Uf! Eso era mucho tiempo ya, y eso que había nadado muy bien>. El único consuelo fue saber que esa cabeza de carrera era donde estaban las favoritas y el haber salido más cerca, tampoco se hubiera significado nada. Me centro en lo mío, en no perder ese grupo, aunque alguna se descuelga en los primeros kilómetros y también nos alcanza otra rival que nos adelanta rápido. Su actuación provoca la reacción de las dos corredoras que tenía delante. Y yo, como si fuera una espectadora, veo como impotentemente se distancian cada vez más en los primeros 10 kilómetros de ciclismo.

Ahí empezó mi calvario. Lo que me temía. Una bici totalmente en solitario, durísima por el calor y por el terreno totalmente llano. Sí, sí, durísima por el llano, es lo peor, al menos para mí. Rodar en la misma posición desgasta muchísimo, no solo físicamente sino el factor psicológico es el que más queda dañado. Molesta el culo, las cervicales, duelen muchos las patas…pero lo más duro es mantener esa concentración de pedaleo continuo, de querer imponer un fuerte ritmo y de no querer bajar la media ni un solo punto. Una bici con un recorrido sin pena ni gloria, en un terreno completamente árido donde la única distracción fue llegar a los 3 avituallamientos del recorrido y los 10kms antes del giro pegados al Danubio donde el asfalto era malísimo y tocaba concentrarse para evitar todos aquellos baches y surcos marcados con grafiti. Lo único que conseguí al pasar por allí fue una ampolla en el dedo de cogerme tan fuerte al acople y ver como la media me había bajado más de un punto y medio. Lo más triste fue, incrédula de mí, creer que llevaba el viento en contra, poco viento hacía, pero eso poco creía era en contra. Pues lejos de mi ignorancia, rápido supe que estaba equivocada. <Qué horror por Dios, esto está siendo un suplicio>. Quería llorar, quería tirar lo toalla, no sabía que motivación darle a mi cabeza, lo intenté todo: buscar una distracción jugando con los kilómetros que llevaba y me quedaban, buscar algo positivo a esa soledad y valorar positivamente el hecho de que al menos no me había pasado nadie más, ni Emma Pallant que la esperaba desde hacía rato, ¿o habría nadado más rápido que yo?. <No eso no te ayuda Judith, piensa en otra cosa>.

No os exagero, es la bici más dura que he hecho nunca, y la peor. Más de dos horas de soledad con una interminable lucha interna. La cabeza pudo conmigo, la fatiga me vencía y las ganas de levantarme del acople por la tensión cervical también. Intenté no desistir, pero desde el km75 solo pensaba en llegar a la T2, en bajarme de la bici, en acabar aquella pesadilla. Solo me salvó el empezar a ver a los grupos de edad que comenzaban la bici y encontrarme a un pro que iba peor que yo y pasé rápido. Descontando los kilómetros como único aguante y sin ganas ya de pedalear, me alcanzó una rival. Lejos de lamentarme, hasta se lo agradecí, fue un último revulsivo para llegar hasta boxes con un ritmo algo decente y al menos distraer la mente esos 8kms finales de ciclismo.

Nada estaba hecho. Quedaba correr 21kms muy baja de fuerzas, hundida de moral y bajo un sol abrasador que fue fulminando a los corredores con retiradas constantes y cadáveres andantes. Suerte que tuve a Javi animándome, si no es por él y por todos los que sé que me estabais siguiendo en directo y que Javi me nombraba al pasar, no hubiera aguantado. Corrí por él, por mi familia, por mi entrenador, por mi gente y por vosotros. No creía que fuera capaz de hacerlo por mí misma.

El peor momento lo tuve antes de llegar al km 2. Justo venía el primer avituallamiento y estaba muerta de sed, pero necesitaba tomarme un gel ya. A ver si esa inyección de azúcar me ayudaba a levantar los pies y el ánimo. Pero con la boca tan seca y el aire tan justo, se me va por el otro lado y noto como me ahogo. El ácido del gel me escuece en la garganta y presa del pánico me paro y levanto los brazos pidiendo ayuda, pero allí no había nadie. Nerviosa del susto, intento tranquilizarme y parar unos segundos hasta que consigo que el aire vuelva a mis pulmones y retomo la carrera. <No Judith, no vale la pena, acaba con esto, no tienes necesidad de sufrir así>, me gritaba mi subconsciente. Por un momento me daba igual todo: el mundial, el top 10, el resultado, mi orgullo…Pero había algo que no me daba igual, y es que Javi había renunciado una vez más a sus entrenos, a su rutina para estar ahí conmigo. Si por alguien debía luchar y acabar era por él. Ese pensamiento fue el que me mantuvo en carrera, me lo repetí una y otra vez y me reafirmaba cada vez que me cruzaba con él. El ritmo no me importaba, solo sobrevivía.

Me bajé a correr décima enganchada a la novena y con la onceaba pegada a mí, a escasos treinta segundos. Supe que me iba a pillar dada mi condición, pero Javi me gritaba que luchara por el top 10. Debía hacerlo. Y lo hice. Una primera vuelta algo contrariada con mi debilidad y mi sufrimiento, donde me dediqué a aguantar un ritmo constante viendo cómo se alejaba la novena y se me acercaba la onceaba. Pero en el momento que más cerca la tenía, por fin, volví a ser yo, y me dije que no podía echar a perder ese top 10 tan valioso en mi primer mundial. Apreté, mejoré ritmo, no mucho, pero lo suficiente para marcharme de mi perseguidora y demostrarle que ese puesto era mío. Estaba terminando mi segunda vuelta, estaba corriendo, luchando de nuevo. Y Javi debió verme tan bien que me grita: Bien cariño, muy bien, venga que la Vodickova va muerta. <¡Uf! ¡Y yo! No te jode> -. Porque no tenía aliento, sino le envío a freír espárragos. <¿Que no ves cómo voy cariño?> pensé. ¡Pobre! No sé si fue la rabia de ese comentario que hasta pareció dolerme, pero aumenté más el ritmo, 5km para el final de la carrera y empecé a correr como si fuera el sprint a meta, me crecí.

Aún no sé ni cómo ni porque lo hizo porque realmente no creía que podía pillar a Radka quién iba todavía en octava posición la última vez que me crucé con ella y a bastante distancia. Pero debía intentarlo. Javi me lo decía por algo. Así que seguí corriendo fuerte, comprobando como efectivamente Radcka ya había pérdida su octava posición y corría perjudicada. Estaba aún lejos, pero quería intentarlo. Me puso a 3’50min/km para mi sorpresa y eso aún me motivo más. Me olvidé de los avituallamientos para no perder ni un segundo, aunque estaba muerta de sed, pero podía aguantar. La empecé a ver, le iba recortando. ¡A quince segundos!, me canta Javi emocionado a poco menos de 2km para meta. Y la alcancé, la pasé justo delante de Javi viviendo el momento más emocionante de la carrera. Y saboreé un último kilómetro de una de las carreras más sufridas que nunca creí acabar.

Lloré mucho al cruzar la meta, quería hacerlo para sacar toda esa agonía vivida. Una carrera con mucho desgaste psicológico que me hizo sacar lo peor de mí, pero si algo saqué bueno, fue una vez más la lucha, la tenacidad y la constancia. Muchas lecciones me dio esta carrera. Una vez más, la media distancia la gana la psicología.

Fotos de James Mitchell

El insomnio propio que prosigue a una carrera llena de emociones, me ha sacado de la cama y me ha llevado a escribir la crónica tan solo unas horas después de finalizar la competición. Todo ello con la necesidad de plasmar los grandes momentos vividos en el día de hoy. Y es que Bilbao ha vuelto a emocionarme. Os cuento desde el principio:

El viernes al mediodía, a menos de 24h de la prueba, llegamos a Bilbao. El conocer la carrera, y participar por tercer año consecutivo, fue lo que nos llevó a tomar esa decisión. Fuimos directos al hotel Meliá, donde nos hospedaríamos por cortesía de la organización que, una vez más, nos trataba como reyes. Una vez allí, por fin, tenía el mono aero de Viator que este año se estaba haciendo de rogar; que por cierto me acababan de enviar. Decidimos ir a comer algo cerca y volvernos enseguida a la habitación; yo a descansar y Javi a correr. Aprovechó porque él, este año no participaba.

Estando en la habitación tocaba centrarse en la carrera. Empezaban a llegarme cientos de mensajes de apoyo; las ganas y la emoción iban en aumento. Y más, después de la llamada de mi entrenador Álvaro Rance, con él que comentamos la táctica. La verdad es que esto, es una de las cosas que cambian. Antes iba más a lo loco, a verlas venir y actuar sobre la marcha. Pero ahora, a estas alturas, lo que es cierto, es que hay que estudiar a las rivales, y las posibilidades de estar ahí luchando por la carrera. Las conclusiones sobre el papel fueron: Emma Billham <Es la que se supone que va a dominar la carrera. Debo intentar seguirla en el agua, luchar por aguantarla en bici y, llegando juntas a las T2 podré disputar la carrera donde debería ser su punto más débil>. Del resto de rivales no sabíamos mucho más. Contábamos con el factor sorpresa, aunque a veces, por mucho pronóstico que hagas, nada va según lo planeado. Y muchos menos, en carreras tan largas. De todos modos, confiaba en que se podía.  Después de hablar con Álvaro, me sentí con más ganas y fuerzas que nunca.

La tarde previa, solo quedaba recoger dorsal e ir a la reunión técnica. Esperé a que viniera Javi de entrenar y llamamos a Aida para vernos e ir juntos. <Que ganas de verla y conocer a la pequeña Noa>. Aida es una de las mejores personas que he conocido gracias a este deporte y, junto a su pareja, Gus, mantenemos una bonita amistad. Llevábamos tiempo sin vernos y a Noa aún no la conocíamos en persona. Pero por fin llegó el momento. A Gus no lo vimos hasta el sábado porque se quedó preparando todo.

Me encontré con el dorsal número 1. ¡Buf! Era el que me tocaría defender. ¡Ahí es nada! Palabras mayores. No solo por la presión del número, sino por el gesto de la organización habiéndomelo asignado a mí.  Es de agradecer y lo hice en ese mismo instante, donde me encontré con Eneko (el organizador) y Endika (de prensa), y otros muchos participantes y compañeros que ya me mostraban su apoyo para la carrera. En ese momento sí que se palpaba ambiente de competición y los nervios aumentaban.

Después de asistir a la reunión, Javi y yo nos fuimos a cenar a un restaurante japonés –para variar–. Y pronto a la cama. Tocaba enfrentarse a otra larga noche como lo son todas las previas a una carrera. Pero esta, afortunadamente, iba a ser mucho más larga porque, hasta cerca de las 9h, no debería sonar el despertador. < ¡Es que Bilbao tiene muchas cosas buenas, y el hecho de competir a las 12h del mediodía, es una de las mejores! >. Que alegría da eso: saber que, a pesar de los nervios, vas a descansar lo suficiente. Obviamente, horas antes de que el reloj sonara, estaba despierta y pensando en la carrera.

9.00. Hora prevista para activarse y preparase. Protocolo habitual, sin ninguna incidencia, y los nervios a olvidarse algo esencial. La mañana era fría y amenazaba lluvia. Es más, lo había estado haciendo horas antes y el suelo estaba mojado. Eso no me gustaba nada, pero confiaba en que, tal y como anunciaban las previsiones, a la hora de salida ya luciese el sol y aumentara la temperatura. Sobre todo, por nuestra seguridad en bici, que no lloviera.

Llego a boxes para colocar mi Ûnica y todo el material. Los medios se acercan a entrevistarme. La gente me mira, me reconocen, y el que no, me observa después de ver el número 1 que llevo dibujado en el brazo y la pierna. Eso es a lo que nunca me acostumbro. < ¡Qué vergüenza! >, pero se agradecen todas esas muestras de cariño, de ánimo, de afecto, de admiración… Me lo dicen y me sonrojo porque no sé qué decir ante eso. <¡Gracias!>. No puedo decir más. Después de ese momento abrumador, donde no paro de saludar a gente y ver a caras conocidas (Carol, Conchi, Pelu, Dani, Octavi, Mireia, Tabita…, y a Gus, ¡por fin! Aun no lo había visto), me centro en que todo esté listo en boxes y abandonarlos para ir hacia la salida.

El día empezaba a despejarse y el sol aparecía con fuerza, aunque no era suficiente para calentar el agua de la ría que, a solo 13-14 grados, iba a marcar el punto de inflexión de la prueba. Más fría y más oscura que nunca. Y para colmo, con la corriente en contra en el tramo más largo. <Con lo bien que se había nadado los años anteriores>. Ya no había excusas ni vuelta atrás.

Foto: Manu Cecilio //

12.45h. Bocinazo de salida y las chicas arrancamos la carrera. Rápido nos escapamos tres. Aunque en pocos segundos pasamos a ser dos después de que una se escapase en solitario. Mi compañera de natación iba a ser Emma que, cumpliendo con los pronósticos, pude aguantarla. Eso me dio moral y creo que es la única natación en un half que he hecho acompañada. Bueno, no solo fue Emma quien me acompañó, sino que Javi se pasó todo el sector de natación a mi altura animándome y gritándome: <¡No se escapa, no se escapa!> Emocionándome y recordándome a mi hermana que hizo lo mismo el año pasado con mi sobrina en brazos. Otra de las cosas únicas de Bilbao, completar el sector de natación viendo al público encima de ti.

Esa ayuda de Javi fue clave para completar un sector de natación muy duro por el frío, y muy largo al tener que luchar contra la corriente que, aunque no se noté en exceso nadando, desgasta mucho. Pero el momento clave del día estaba por venir. En los últimos metros Emma se quedaba y le saqué algo de ventaja. Llegué a la escalinata para salir del agua y auguré lo que ya sentía desde que empecé a nadar. Mis manos y pies estaban totalmente dormidos. Con mi enfermedad al frío (Raynaud), no pude aguantar la baja temperatura del agua, y cuando quise tirar del velcro del neopreno, fui incapaz. <¡No por favor, otra vez no! No me hagas esto. Dame tan solo algo de fuerza para poder despegar un simple velcro> No sé a quién me recomendaba: a mis manos, a mis adentros… Lo intenté una y otra vez sin suerte. Se me enrampaba el bíceps al intentarlo. Mis dedos no eran capaces de hacer pinza y separar esos dos simples trozos de tela. Fue el momento más duro de la carrera. Se me caían las lágrimas de impotencia. Miraba al público angustiada, como reclamando ayuda, y dejé de correr por la alfombra para, parada, intentar conseguirlo. A punto de echarme al suelo presa del pánico. En ese instante me alcanza Emma. Se dio cuenta de mi agonía y, me animó. <Muchas gracias> Fue un gesto de compañerismo que está por encima de la rivalidad. Y finalmente pude tirar del neopreno por el cuello y bajármelo con facilidad. Llegué a mi bici justo cuando Emma salía. Con mucha dificultad, me puse los calcetines y el casco y logré subirme a la bici.

  

Los primeros kilómetros pedaleé muy fuerte para volver a enganchar a Emma y no perderla en bici. Vi que le iba recortando. Justo en la primera rampa del Vivero la enganché. Algo le pasaba, veo que se pone de pie y que casi se cae, como si no le acabará de entrar un piñón. Le pregunté: ¿Are you ok?  Y me contesta algo como que la bici no le acaba de ir bien. <¡Losiento, Emma! No puedo hacer nada por ti. Me sentía en deuda con ella y no quería que le pasará nada después del gesto que había tenido. A pesar de su problema veo que sigue pedaleando y eso me deja más tranquila. Me alegraba adelantarla, pero no así. Seguí, y seguí con ganas, con fuerza. Sintiéndome muy cómoda y más segura que nunca. Sobre todo, en la bajada, donde disfruté sin miedos, sin viento y emocionada de recordar el circuito al ser mi tercera participación ahí. Me encuentro con Javi que había subido hasta allí a verme y, emocionado, me canta que tengo la primera a tiro. <¡Gua! La tenía>. La vi y fui a por ella. Le aguanté todo el paso por el centro de Bilbao. Eso me sirvió para recuperar un poco porque había hecho una primera vuelta muy fuerte. En la rampa, que da inicio a la segunda vuelta, justo a la altura de la transición, se queda y aprovecho para atacar. Y por lo que veo en el giro, unos 10kms más adelante, ya se había quedado rezagada y que detrás de ella, a mayor distancia, viene Emma.

Disfruté en esa segunda vuelta liderando la prueba con algo de renta. La subida al Vivero se hizo muy larga y sufrida por el ritmo tan alto que llevaba y apenas sin fuerzas. Luché gracias a los ánimos que recibía durante todo el recorrido. La gente me gritaba: ¡venga este año es tuya! Impresionante las muestras de cariño por parte de todos. Vi a Javi de nuevo sin esperármelo en esa segunda vuelta y me transmitió su satisfacción al verme tan bien. Momentos únicos que te dan las carreras.

Por fin llegaba a la T2. Pero como no podía ser menos, con algún percance. <Si es que en Bilbao estoy gafada con las transiciones>. Me bajé bien de la bici. Pero, entre los pies aún fríos, los nervios, el cansancio y todas las miradas del público en ese instante, me hicieron perder el control y, aunque esta vez no llegué a besar el suelo, me pegué un tajo en la pierna con el plato que no quise ni mirar.

Quedaba un último paso. Un paso largo y agónico por eso. Supe que había forzado mucho en bici desde que me bajé a correr. Y con amago de rampas en los primeros kilómetros sufrí pensando no poder acabar la carrera. <¡No, lo pienses Judith!> me decía a mí misma obviando el mensaje que transmitían mis cuádriceps. Debía usar la razón, la lógica. Llevaba cuatro minutos de ventaja y eso no entraba en mis planes. Esa era mucha renta.

Foto: Manu Cecilio //

Supe gestionarla. Aunque fui corriendo a tirones. Aprovechaba el calor del público que me empujaba gritando mi nombre. Y en cambio, en otros momentos, me derrumbaba por el cansancio, el calor y el miedo a que pudieran alcanzarme. Así fueron mis tres vueltas de carrera: una lucha entre la lógica y el miedo. Una carrera muy agónica donde, a pesar de estar liderando la carrera con diferencia, mi cuerpo estaba vacío. Suerte que tenía a mi chico que corrió de lado a lado de la ría y lo llegué a ver hasta cinco veces. Los ánimos de Aida y la emoción de ver a Gus liderando también la prueba y soñar con poder conseguir el triunfo con él. Todos los conocidos que me encontré y todos los triatletas que, al cruzarnos, perdían su último aliento en animarme. Los kilómetros pasaban y la ventaja seguía prácticamente intacta. El ambiente de Bilbao me ayudó a conseguir la victoria.

Conseguí la victoria y con ello la deseada txapela. ¡A la tercera va la vencida!

Bilbao nunca defrauda, y ha vuelto a darme momentos mágicos. Por encima de la victoria me quedó con todo el cariño recibido. Con todas las muestras de cariño. Con el abrazo, en meta, de Eneko contento con mi victoria. Y con la euforia de Javi.

Llegaba a Italia con una sensación rara. Muy desconectada. Y es que como nos pasaba ya semanas atrás, no contábamos con esta carrera. La incluimos a última hora y después de haber planificado el calendario; por ese motivo, sin querer, casi se nos pasaba por alto.

Javi, investigando, me lo propuso viendo que teníamos casi un mes entre el Challenge de Mogán y el Half de Bilbao. Pensamos que podía ser una buena idea. Los vuelos estaban bien de precio, no era muy lejos y se trataba de una prueba que no habíamos hecho y siempre gusta conocer un lugar nuevo.  Así que decidimos apuntarnos. Pero, cada vez que recordábamos el calendario, a los dos se nos olvida que estaba el Challenge de Rimini incluido en él. <Vaya dos>.

Pues allí estábamos. El día antes de la prueba, ya en Rimini, seguíamos comentando esa extraña situación que teníamos. Parecía que habíamos ido a pasar el fin de semana y no a competir. Porque…, era para vernos la noche de antes cenando en un japo buenísimo que encontramos; allí los dos como un sábado noche cualquiera. Aunque tengo que decir que la prueba, sorprendentemente, empezaba a las 10h de la mañana, y por eso estábamos tan relajados.

Supongo que el hecho de no conocer la prueba, los circuitos, e ir un poco a la aventura, agravaban la situación. Pero, fuese por lo que fuese, en parte a mí me estaba bien esa sensación para no sentirme tan nerviosa o estar pensando continuamente en la prueba que, aunque sea lo que toca, desgasta mucho.

A pesar de todo, la logística salió bien, exceptuando el olvido que tuve de dejarme los geles en casa. <¡Aig! Fallo gordo>. Lo salvamos comprando otros allí, pero ya no eran mis geles Recuperat-ion; que son sagrados.

El día de antes, un poco de activación por la mañana y luego prácticamente todo el día descansando en la habitación. Llovía y hacia frio, así que no era día para salir. Y como el material se dejaba el mismo domingo en boxes, a parte de la reunión técnica y recogida de dorsales, no teníamos ningún trámite más, quedarnos en la habitación preparando todo; leyendo, viendo alguna peli y descansando. Era el plan perfecto. <Me encanta esa sensación el día previo de cero estrés y descanso total>. Me fue bien para concentrarme, visualizar la carrera y creerme por fin que estaba allí para competir. Lo que pasa es que cuesta visualizar algo de lo cual no tienes apenas fotogramas. Conoces la zona de salida, boxes y llegada, porque ya estás allí, pero poco más. Los circuitos te los intentas imaginar por lo que te han contado en el programa y lo poco de lo que has podido ver de la carrera a pie. Además, tampoco conocía a las rivales, solo a una, a la italiana Sara Dossena, una de las favoritas y que sabía cómo corría (bueno, más bien volaba). Quedó segunda, detrás de mí, en Peguera el año pasado. Y la única manera de ganarle era sacándole mucha, mucha, mucha ventaja en la T2. Miento, también conocía a Natashca Batman, una veterana de 50 años varias veces campeona del mundo y con la que competí en Canarias. A parte de ellas, una alemana que quedó 5ª en el mundial de Hawai en octubre o la mujer que más veces ha bajado de las 9h en distancia Ironman. <¡Como si nada! Y otras muchas triatletas que completaban el cartel.

La noche previa fue tranquila. Dormí bastante más de lo normal. Estaba tranquila –o un poco más de lo habitual– y el hecho de poder dormir hasta las 7h de la mañana el día de la prueba era un lujo. Íbamos tan relajados que desayunamos tranquilamente; bajamos a dejarlo todo a boxes y volvimos a la habitación a prepararnos con una hora de margen todavía. Y es que estábamos a solo una calle de la salida. Así que eso nos permitió estar hasta última hora “relajados” en el hotel, ir al baño las veces que hiciese falta y bajar con lo puesto para la salida: Neopreno, gorro y gafas y directos a competir sin más. <Más fácil imposible>.

Se acercaba la hora. Se presentaba una natación difícil con un mar muy movido donde las olas ya nos iban a dar problemas desde el inicio. La temperatura del agua tampoco acompañaba al bienestar y es que estaba a tan solo 17 grados. <¡Fresquita!>, pero, por suerte, no llovía. Y aunque había nubes amenazantes, la temperatura era agradable y sin apenas viento.

A pocos minutos de empezar la prueba y, a pesar de todo, estaba bastante tranquila. Bueno, el pulso acelerado y la boca seca, pero me encontraba confiada, sin miedos y con más templanza de lo habitual. Hasta me asustaba esa sensación; era como si estuviera fuera de carrera, pero me gustaba esa seguridad que sentía en mi misma.

10.02 en la línea de salida y, sin más preámbulos, escucho el bocinazo de salida que nos pilla casi por sorpresa. Bueno, a mí no porque me fijé que con los chicos hicieron lo mismo. Ni cuenta atrás, ni aviso previo. Así que yo estaba preparada para arrancar en cualquier momento. Y así fue. Salí corriendo tomando la delantera, aunque no sirvió para mucho.

Aquello no fue nadar; fue supervivencia. Una lucha continua contra las olas. Una agonía por poder respirar sin ahogarte. La entrada ya fue muy dura; olas muy grandes y con tanta fuerza que te impedían empezar a bracear. Intentaba esquivarlas por debajo; buceando cada vez que venía una, pero lo triste es que seguíamos haciendo pie. Veía como mis rivales se desperdigaban y, mientras unas seguían intentando entrar andando, otras lo hacían nadando con el desconcierto de ver qué era lo mejor y más rápido.

Dos se escaparon por la izquierda en los primeros metros y una se acercó por la derecha y pasé, de tener sus pies en la cara, a perderlas de vista en la ola siguiente. Impotencia una vez más en el primer sector donde no soy capaz de engancharme a nadie y, con ese mar, era primordial. Pues lo pagué caro. Aunque hasta la primera boya –a 450 metros– aún las veía. Pero fue girar y perderlas totalmente de vista. <¡Pero, ¿cómo era posible?, ¿Dónde están?, ¡Si estaban aquí mismo!>. No entendía nada. Y aunque seguía avanzando torpemente hacía donde creía que se encontraba la siguiente boya –a 900 metros ni más ni menos y sin referencia alguna– me encontré perdida completamente. Avanzaba intentando trazar una línea recta paralela a la costa, pero por lo visto la boya estaba en diagonal hacía la playa. Me habían engañado con el dibujo del programa y no me estaba haciendo ninguna gracia.

Llegué a agobiarme mucho. Hasta ganas de llorar tuve; porque no es solo que tuviese la sensación de que estaba echando a perder la carrera, sino porque llegué a asustarme al encontrarme sola allí en medio del oleaje, sin referencias, sin boyas ni rivales a la vista. Y peor aún, sin ninguna embarcación cerca. Pero… <¿estamos locos?, ¿el agua está bien para competir, pero no para que no haya ni una sola barca controlando la prueba?>

En vistas de la situación, decido pararme, levantar la cabeza y resituarme antes de seguir nadando a la deriva. Por fin localizo la segunda boya en otra dirección hacía la que me dirigía y sigo nadando con más rabia que nunca. Aunque las olas seguían impidiendo coger ritmo alguno. En esos momentos es cuando te acuerdas de la gente que te dice: <pero si tú eras nadadora, para ti eso no es nada>. Y pienso: < de piscina. Y mi prueba era los 50 metros>. Eso de que en situaciones así un nadador se encuentra como pez en el agua, es mentira, os lo aseguro.

Por fin llego a la segunda boya, que nunca creí alcanzar, y sobrevivo hasta la línea de playa sin dejar de desorientarme unas cuantas veces, tragar agua e intentar controlar el mareo. Mira que le había dicho a Javi que se orientara bien, que se fijará en algún punto alto de la playa…. Pero os aseguro que no hubo manera de tomar referencia alguna con esas olas y que la única manera era pararse un segundo y esperar a que bajara la ola para ver algo. <Con lo fácil que se ve todo desde la playa>.

Después de completar una de las nataciones más duras que he hecho, decido que toca olvidarse ya de ello y pasar página; a pesar de creer que me habían pasado todas las rivales en el agua. Pero mi indignación aumenta cuando al llegar delante de mi bici no veo el casco en el manillar colocado como lo había dejado y me lo encuentro tirado por el suelo y con la visera por otro lado. <¡¡¡MIERDA!!!, ¿Quién ha sido?>. No lo iba a saber nunca. <Mejor para ella…, porque sino…>. No sé cómo afrontar la situación. Me pongo muy nerviosa y se va al traste toda la secuencia establecida. <Mira que te pasas horas visualizando y practicando las transiciones, pero luego aparece el factor sorpresa y se tuercen todos los planes>. Decido empezar por el casco, ya que estoy de rodillas recogiéndolo –a pesar de ser el último paso–, lo giro, me lo coloco y lo abrocho torpemente por los nervios y las manos heladas que no ayudan nada. Y cojo la visera creyendo que al ser imantada sería capaz de ponérmela ágilmente, pero no lo consigo. Varios intentos fallidos donde crece mi desesperación mientras notaba como el tiempo corría como el de una bomba de relojería, en su cuenta atrás, a punto de estallar. Me siento observada nerviosa por el público al otro lado de la valla y mientras las rivales van llegando y saliendo, hasta que escucho por megafonía como nombran a Sara Dossena que acababa de salir del agua. <¡No podía ser, ya estaba aquí!>. Eso me hace perder la paciencia y decido tirar la visera y marcharme sin ella. Lo peor es que, presa de la desesperación, casi me voy sin calcetines y eso sí que me podría haber penalizado mucho.

Empiezo la bici pedaleando con mucha rabia y sin dejar de pensar en lo que me había pasado con el casco. Era como si quisiera dar caza a la culpable y pedirle explicaciones. Presa de la ira no pensaba en otra cosa. Hasta que, en el km17, me adelanta una rival. <¡Gua! ¿Pero qué estaba pasando Judith? Había que poner remedio. <¡Pero si lo estaba dando todo!>

Os puedo asegurar que esa sí que no se me escapaba. Aunque a una distancia, que en momentos parecía ser irreparable, conseguí no perderla de vista. Aunque tuviera que luchar más después de un tramo técnico donde aumentaba mi desventaja, luché a muerte la bici y me obsesioné con ir a por ella. Me olvidé del recorrido, de los kms…, y por el camino pasamos a dos rivales. Iba en cuarta posición porque me lo cantó el poco público que encontramos justo en uno de los pueblos por el que pasábamos y donde culminábamos una crono escalada de 4kms.

La bici era un recorrido de ida y vuelta por el mismo camino y, cuando me di cuenta, ya estaba en mitad del recorrido y tocaba volver. Eso siempre es gratificante y más cuando hasta aquí casi todo tendía a subir. Por lo tanto, tocaba bajar, pero eso no sé si podía jugar en mi contra. Aunque por suerte no era un circuito muy técnico. Lo único era que el asfalto no era muy bueno y había que prestarle mucha atención. Además, sin la visera no veía nada. Con la velocidad se me caían las lágrimas y también notaba como se me iban metiendo cosas en los ojos. Pero estaba orgullosa de haber superado aquella situación. Me reía porque Javi decidió ponerse la visera transparente por la amenaza de lluvia y yo le decía que ni hablar, que con la transparente no vería nada si me daba el sol en la cara. Pues, paradójicamente, allí estaba, pedaleando sin visera <¡Ni polarizada, ni transparente. Por hablar!>.

Me crecí en la vuelta. Me encontré fuerte. Empecé a disfrutar de la bici y de ese circuito que me estaba encantando. A pesar de llevar algo de tensión con tanto bache, volví a creer en el “sí se puede” y rebasé a la tercera competidora. Estaba en posiciones de pódium. <¡Ojo que no estamos tan mal!>. Sabía que no iba a despegarme de ella. Escuchaba como levantaba el pie para evitar pegarse a mí y jugarse la tarjeta; aunque ya me estaba bien, mientras estuviera detrás ya era buena señal. Pero, se acostumbró mucho a ese rebufo, demasiado tiempo y demasiado cerca. Yo levantaba el pie, pero lejos de pasarme, ella hacía lo mismo. Indignada y con las piernas cansadas, por tratar de subir la media, iba recortando quilómetros. Quedaban poco más de 5 cuando entrábamos en la parte final del ciclismo y el viento soplaba en contra con fuerza. Así que me levanté del acople, me tomé un último gel y me hidraté bien. Por fin se dio por aludida y con mi actitud, me adelantó. Y yo cogí algo de oxígeno para llegar a la T2 dispuesta a darlo todo corriendo.

Así fue. En boxes ya la perdí de vista y corrí desde el primer km dejándome la piel. Tanto que no las tenía todas conmigo de poder aguantar ese ritmo. Y más cuando, en la primera vuelta, al pasar por su lado, el speaker comentó que mi cara de sufrimiento lo decía todo.

Primera vuelta. Donde veo que la líder va sobrada y a la segunda, aunque fatigada, muy lejos de mí y aparentemente inalcanzable. Pero lo que la tercera plaza también peligraba. Vi que venía otra rival cerca y con intención de darme caza; había adelantado a la que llegó conmigo a boxes y me amenazaba con la mirada. Detrás, tres seguidas, y Sara Dossena algo más rezagada en la primera vuelta, pero con un ritmo apabullante.

Yo no sé de donde saqué las fuerzas ese día. A pesar de sentirme forzada en la primera vuelta, corriendo a 4min/km, a cada kilómetro que pasaba me sentía más rápida, más fuerte, más ágil. Lo curioso es que era más una lucha personal que el buscar ganar o no perder posiciones. Me ayudaron mucho los ánimos de los españoles: Ignasi en carrera y su acompañante, Ricardo y su familia, el público con el que notaba que crecía su sorpresa al ver mi carrera y, por supuesto, Javi; que en cada cruce de miradas por vuelta me daba alas.

Para mi sorpresa, en la segunda vuelta veo que recorto distancia por delante y que me despegó un poco de las de atrás. Sin embargo seguía creyendo que no podía alcanzar la segunda plaza. Aun así, el ritmazo de Sara me preocupaba, pero no estaba dispuesta a bajarme del pódium. Reconozco que estaba disfrutando con mi carrera, con mis increíbles sensaciones y me tenía que quedar con eso pasase lo que pasase. Vaya, que me intentaba animar a mí misma, y no desmoralizarme, por si Sara me alcanzaba. Pero no sería justo. Estaba haciendo un carrerón, la mejor hasta ahora. Tanto era así que, acabando la tercera vuelta logro alcanzar a la segunda. Emoción máxima. Ahí si creí que el pódium no se escapaba, pero ansiaba esa segunda plaza.

No os puedo explicar como de emocionante fue para mí esa última vuelta. Sufrí en cada paso. Y aunque la media bajó a 3.59, que por cierto, no daba crédito, no quería que subiera. Ya no sabía de dónde sacar fuerzas. Las piernas flojeaban. Jadeaba fatigada. Saboreaba la sangre y sufría el temor de que Sara me alcanzase en el último suspiro. Pero me sentía eufórica con mi carrera –yo y el chico que acompañaba en bici a la segunda chica–. Él me decía: <¡Easy. Easy. Very good race!>, pero yo, presa de la desesperación en los últimos 3 kms, le decía a él: <¡No, que viene Sara!>. Lo cierto es que me ayudó. Su apoyo fue de gran ayuda para luchar esos quilómetros finales en los que sentía que Sara me daba caza y donde pareces rendirte en esos metros finales. Pero lo logré; aunque fuera por un margen de tan solo 30”. Y conseguí esa segunda posición, por la que no hubiera dado un duro horas antes, creciéndome ante la adversidad y dejándome la piel hasta el último suspiro.

Es muy gratificante una carrera así. Es una inyección de motivación para el siguiente reto.

Las fotos están tomadas de Triathlon Channel/José Luis Hourcade

Por fin llegaba la primera del año. Parece que nunca va a llegar. Los meses previos se hacen eternos pensando en ella –que para algo entrenamos–. Pero, por otra parte, cuando llega no puedes evitar pensar: «¿Ya?, ¿Estaré preparada? ¡Igual necesitaba algunos meses más de entreno!». Pero ya no hay vuelta atrás. Con el trabajo hecho, o no -que lo estaba-, llegaba la hora de probarse. Incertidumbre es lo que se siente ante ella. Oyes a tu cuerpo la semana previa y crees que estás bien. Por suerte, no hay nada extraño que diga lo contrario. Pero después de tanto tiempo sin competir, no sabes cómo te vas a encontrar.

En los días previos siempre surgen pequeños percances. A la bici le faltaban unos retoques, pero tengo la suerte que Josep se desvive para que tengamos la Ûnica al 100%, y vino hasta casa para ajustármelo todo. El mono de competir no llegaba a tiempo. Cierto es que hubieron muchos cambios de última hora con sponsors que dejaron de colaborar. Y lo de WITL, que me informa solo un mes antes de empezar a competir que ya no sigue conmigo. Pero afortunadamente, siempre tengo gente que me apoya y tocaba darle visibilidad e incorporarles en el mono. Esperé hasta el último momento, pero no pudo ser. Por suerte, mis suegros, la noche antes de competir, me trajeron un mono cualquiera que me envío Viator; para tener algo.

Aun así, una va teniendo experiencia e intenta que nada de esto me desconcentre ni me saque de carrera. Porque, a pesar de eso, por lo demás todo salió rodado en logística. Llegamos jueves a la isla. Hotel de lujo que nos pone la organización justo delante de la salida. Y eso, es media vida. “¡Muchas gracias!”, porque realmente fue un placer disfrutar de aquello. Pudimos ver el recorrido de ciclismo, donde comprobamos su dureza, no solo por el desnivel que íbamos a acumular, sino también por el calor y el viento que se sumarían a la fiesta. «Aunque a mí lo del calor, tengo que reconocer que me gusta». Pudimos preparar todo con calma y sobretodo, descansar y comer como reyes.

Yo estaba muy tranquila los días anteriores. Supongo que, al ser la primera prueba, era inevitable estar aún un poco fuera de juego. En parte me ayudaba a templar los nervios. También era de esas carreras que no tenía apenas presión, había mucho nivel. Es de las carreras más top que he hecho en cuanto a las rivales. Estaban las mejores del mundo. Primera competición con Daniela Ryf como rival, «bueno: de rival por decir algo, porque aquello es otra liga». Solo hacía falta pasearse por boxes, y ver las máquinas que llevaban, para darse cuenta del nivel. No me refiero a la marca, porque mi única no tiene nada que envidiarle ¡eh! Sino a las ruedas elegidas (lenticular, palos…), al desarrollo con platos enormes, al manillar… Y es que la bici de Natascha Badmann –una veterana de 50 años, varias veces campeona del mundo– no tenía manillar, solo acoples. Pero «¿Cómo podía ir así con este circuito que no tenía ni una recta? ¡Si yo apenas me acople 3 veces en los 90km! Y, ¿Cómo frenaba?». Alucinante, aún no sé cómo controlaba esa bici.

Yo iba hacer mi carrera, como siempre. Es cierto, que los medios comentaban el nivel que había: Daniela Ryf y Emma Pallant como favoritas. –Emma me sacó una minutada ya en Barhéin–, Natascha con su veteranía. Algunas caras y nombres que me sonaban como la que llegó a la T2 en Peguera conmigo, y sabía que en el agua me iba a meter minutos, aunque, si salía como en Mallorca, podría alcanzarla en bici y a priori yo también corría mejor. Sara como otra española, y que ya nos conocemos bien. Y muchas otras Pros que no conocía, pero venían también a dar guerra. Veríamos a ver si, a pesar del cartel, podíamos meternos en el top 5.

Por fin llegaba el día. Suena el despertador después de una noche con muchos ratos en vela, –inevitable–. Pones los pies en el suelo y ves que todo está en orden. No duele nada. Aunque la barriga algo revuelta y un poco de malestar, pero sabes que eso es parte de los nervios y algo habitual ese día. Aun así, te fuerzas por desayunar y seguir las pautas que me había marcado Marta, mi dietista de Kronosport, y que tan importante es tanto en carrera, con la suplementación, como en la dieta los días previos. Desayunar, ir veinte veces al baño, –también habitual– y bajar a boxes a prepararlo todo.

Todo listo a escasos treinta minutos de empezar la prueba. Tiempo de sobras para ajustarse el neopreno, calentar un poco y ponerse ya muy nerviosa. Es lo que toca. El agua estaba genial, 21 grados. Genial para mis manos y mis pies que no llegan a enfriarse, y eso me da subidón. Además, la temperatura ambiente también era muy buena. Me alegro de estar en Canarias, con ese clima tropical y no sentir ese frío que te desespera antes de cada carrera y aun te hace temblar más.

8.00 Salen los chicos pros y un minuto más tarde lo hacemos nosotras. Empieza la prueba. Hago una muy buena salida y me coloco rápido en cabeza sin ningún problema, ni golpe. «Que buena sensación». Aunque pronto me pasa una rival que, en menos de cinco segundos, se aleja sin más. Imaginaba que era Daniela. Ya contaba con ello. Pero en cuestión de segundos me pasan dos más. Que decepcionantemente. Se escapan tan rápido como la primera. Una vez más, pierdo cualquier estela posible y me quedo sola durante todo el sector de natación. Habrá que mirar el lado positivo y es que, por detrás, yo también estaba sacando ventaja respecto al resto.

         

La natación fue dura. A priori el mar estaba en calma. Pero, a medida que te ibas adentrando, el oleaje se hacía más intenso y, ahí, es donde empiezas a meterte en carrera. Ya no recordaba lo que era luchar contra el agua, nadar medio mareada, sin ritmo ni en la brazada ni en la respiración. No recordaba lo que era la falta de orientación cuando te quedas sola sin referencias y no encuentras fácilmente las boyas o el arco en la playa con el sol de cara. Además, el circuito de natación eran dos vueltas, con salida y entrada en el agua de nuevo. En la segunda vuelta me comí a todos los que venían de cara. Mucho estrés en esos 400 metros aproximadamente donde faltó alguna boya en medio para delimitar un poco el recorrido y evitar eso. Aquello fue “CanPixa”.

Fuera como fuese ya lo tenía y completaba la T1 en unos boxes desiertos. Vaya carrera me esperaba más sola que la una. Y nada más lejos de la realidad. Al ver en el primer punto de giro que las tres primeras andaban muy lejos y que por detrás también había sacado una ventaja considerable, al menos por el momento.

     

La bici fue muy muy dura. Tanto que se me fue atragantando más y más en cada vuelta y a punto estuve de tirar la toalla. No iba mal, pero tampoco iba bien, después de los primeros 10km de enlace, eran 4 vueltas a un mismo recorrido de 20km, 10 de ida y 10 de vuelta. Una carretera costera. Un continuo sube-baja donde no podías coger ritmo en ningún momento. Un circuito técnico con alguna curva cerrada que a mí también me penalizó y noté que perdía más tiempo en la bajada que en la subida. Suerte del cambio electrónico porque en este circuito fue clave.

En cada vuelta las piernas picaban más, el cansancio se acumulaba y, para colmo, el viento se iba levantando. Luché por seguir en carrera en todo momento y no oír lo que me decía mi cuerpo. La fatiga, el dolor del tibial anterior izquierdo que con tanta subida me estaba rabiando, el aductor que por querer corregir el dolor del tibial le estaba exigiendo de más y el “no puedo” que cada vez me gritaba más fuerte. Pero esto era competir. Esto era sufrir y luchar contra ello. «¿Ya no te acordabas de lo que era esto eh? ¡Bienvenida de nuevo Judith!».

Cuatro vueltas que se hicieron eternas. No solo para mí porque, por lo visto, Daniela se salió en la tercera creyendo que ya estaba. La única motivación era ir viendo en cada vuelta a Javi y podernos animar. Y escuchar que en la tercera me grita: «¡Esto es muy duro!». Es que realmente fue muy dura. 1.500 de desnivel acumulado. Mis tiempos de strava lo corroboran: primera vuelta: 32’33”, segunda: 33’16”, tercera: 34’28” y cuarta: 36’10”. Eso lo vi luego, aunque mi Garmin ya me enseñaba como cada vez bajaba más la media que pasó de ser de 34km/h, en la primera vuelta, a bajar de 31 en la última. Los watios también bajaban, a pesar de no trabajar con ellos en carrera, pero podía ver cómo iban disminuyendo. La fuerza achicaba.

No me hacían falta números. Mis sensaciones ya me lo decían. Eso, y el ver que las rivales de delante cada vez estaban más lejos. No fui capaz de acortar distancia ni si quiera con la chica que pillé en Peguera. Y eso también me desmoralizó. En cambio, a mí me dieron caza 3 rivales, Emma Pallant en la segunda vuelta, –aunque con ella ya contaba–. Y dos más en la última vuelta. Sintiendo la impotencia de no poder seguirlas porque ya no iba. Y es que fue en la última vuelta donde me desinflé, porque aún venían lejos. Pero en la última me recortaron toda esa ventaja. Tanto es así, que en la T2, veo que tengo pegada a otra rival que ni siquiera había visto. Aunque, para mi sorpresa, llevaba el dorsal rojo, el de grupo de edad y no era rival. Aunque me extrañó y me despistó un poco. No era normal si había salido tres minutos más tarde.

Más que despistarme me hundió en la miseria. Pero, lejos de abandonar, debía afrontar la media maratón con entereza y sacar fuerzas de donde fuese. Una media maratón de cuatro vueltas también y con sube-baja –por si no habíamos tenido bastante–, que empezaba con la rampa más dura y donde pude ver que dos chicos pros ya bajaban andando después de abandonar y donde la gente andaba debido al desaliento.

Me limité a correr. A no pensar en el dolor. Tenía la sensación de que estaba fuera de carrera, pero no iba a tirar la toalla. No quería mirar el reloj. No quería mirar tiempo. Total, con ese desnivel, tampoco importaba mucho. Vi que el top 5 se escapaba y estaba lejos, pero vi como Natscha venía cerca en el primer giro y me dije a mi misma que no podía perder más posiciones. Entonces empecé a correr, más y más rápido. Eran más las ganas de acabar ese infierno de carrera que el buscar algún otro objetivo.

Otro de los alicientes fue ver a Javi como empezaba a correr al pasar yo por la primera vuelta. Nos animamos una vez más y me motivé con ir a por él. Esperaba no hacerlo, sería buena señal para él. Pero en parte quería, aunque fuera para correr juntos.

Y ahí fue donde despegué las alas. No sé si fue ver a Javi, o los ánimos de los canarios situados en la primera rampa, lo que me hicieron volar el resto de la vuelta: “¡vamos mi ñiña!”, “¡vamos gitana!”, “¡Cómo va esa, tiene que ser Pro!”, “Carreron”. Eso era lo que escuchaba en cada paso y en cada vuelta con más emoción y fuerza que me hicieron acelerar el ritmo. –Muchas gracias–. Y es que la gente canaria es majísima. Gracias a ellos, y a los voluntarios del avituallamiento, porque fue la única animación de toda la carrera, exceptuando el paso por vuelta en la zona de boxes y meta que es donde estaba todo el mundo.

Segunda vuelta. Donde vi que tenía a Javi cerca y algo más lejos a dos rivales, pero con la sensación de que se iban quedando y yo en cambio empezaba a marcar un buen ritmo. Tanto fue así que alcancé a Javi en el paso por la segunda vuelta y le digo: «¡Voy a por ellas que están muertas! Engánchate a mí». Hasta yo me sorprendí de ese comentario en voz alta. Habló mi subconsciente. Pero lo dije, y me lo creí. Me lo estaba creyendo. Así que seguí corriendo cada vez más fuerte. Pronto noté como Javi se quedaba y muchos otros competidores que marcaban un ritmo inferior al mío. Yo no me creía lo que estaba pasando ni de dónde habían salido esas fuerzas. «¿Serán los 3 geles Recuperat-ion que me metí en carrera?». Fuera lo que fuese, cada vez corría más rápido, corrí los últimos 10 kms como si cada uno de ellos fuera el último. Viendo cómo iba recortando distancias. Cómo me iba creciendo. Cómo me sentía fuerte y encontraba esas buenas sensaciones que habían tardado 4h en llegar y lo hacían en los últimos 45 minutos de carrera.

En la tercera vuelta di caza a una rival (a la que llegamos juntas a la T2 en Peguera y que por fin pareció no resistirse). Ya estaba en el top 5 de nuevo. Javi, al verlo, me grita que siga a por la otra. No me lo podía creer. Pero, lejos de conformarme, en el paso por la última vuelta vi que tenía otra de las competidoras cerca (la que me había pasado en bici). Bueno…, tenía mis dudas de si estaba cerca, pero no iba a cesar de intentarlo. Solo la veía a ella. Fue mi obsesión hasta que la pillé. Y justo cuando la di caza, a falta de 2kms, me cruzo con Javi que, con un gesto de rabia y emoción, me grita satisfecho. Eso me emociona. Y sé que, tanto a él como a mí, nos sorprende mi capacidad de lucha.

Vuelo en el último km y lo disfruto al ver que ya no me sigue la rival a la que había rebasado un km antes. Lo saboreo satisfecha de la carrera que he hecho con las sensaciones que tuve en bici, con la dureza, con el cansancio. Me emociono al saber que: “a huevos, no me gana nadie”. Y que las carreras no se acaban hasta cruzar la meta. ¡Esto es competición!

Finalmente, quinta. Porque, la competidora que me adelantó en la T2, con el dorsal de grupos de edad, resultó ser Pro.

Top 5. Objetivo conseguido.