Un mundial siempre es una cita muy importante. Aunque no sea el objetivo del año ni lo hayas preparado a conciencia. Solo el hecho de clasificarte ya es un gran logro. Y estar allí compitiendo con las mejores es un gran premio. Era el primer mundial en que la clasificación era con slots y no por suma de puntos. Así que todas las corredoras que estábamos allí presentes habíamos conseguido la plaza en una sola carrera. En algunas había solo un slot y en otras dos; así que no había muchas opciones. Había que acabar delante para ganarse un sitio en el mundial. Por eso, este mundial, era tan especial. El nivel era altísimo y todas habíamos demostrado que estábamos allí por hacer, como mínimo, una carrera brillante donde conseguir la ansiada moneda que certificaba el pase al mundial.

Era la única española que lo había conseguido (en categoría pro). Seguro que porque muchas ni lo habían intentado. Si os digo la verdad, yo ni lo busqué. Y lo conseguí en el primer y único 70.3 que hice en todo el año: el 70.3 de Dubái, el 1 de febrero. Así que empezar la temporada de forma tan temprana y además conseguir el pase para el mundial fue un gran regalo. Me hizo mucha ilusión. Y por lo tanto, a pesar de no entrar en mis planes participar en él, hice un hueco en el calendario para no perderme esta gran cita. Lo mejor fue que Javi también consiguió clasificarse en su grupo de edad y eso era un aliciente extra. Por supuesto, nuestra familia no se lo iba a perder tampoco y llegábamos a Niza con la seguridad de que íbamos a estar bien arropados.

Llegaba fuerte. Llegaba segura de mi misma después de toda la confianza que había ganado con mis resultados durante todo el año. Llegaba con la sensación de estar recuperada de Embrun y con ganas de hacer un buen mundial y medirme con las mejores. Me sentía una privilegiada solo por el hecho de haber conseguido la clasificación junto a: Javier Gómez Noya, Pablo Dapena, Fernando Alarza y Vicente Hernández (en la categoría masculina). Y aunque sabía que todas las miradas de nuestro país estaban puestas en mí en la competición femenina, debía olvidarme de esa presión y sacarle la parte positiva a todo eso. Realmente era una afortunada. Había mucha expectación en este mundial y, como es lógico, era inevitable que la gente hiciera sus quinielas y pronosticara el resultado. Alucinaba cuando leía comentarios de la gente que me ponían como favorita, o que le iba a dar guerra a rivales de la talla de Ryf, Lucy Charles u otras por el estilo. A mí me daba la risa. Sin embargo, valoré eso de forma muy positiva. Y es que es muy bonito que la gente crea y confíe en ti. Yo también lo hago. Confío mucho en mi misma, pero también soy muy realista. “Demasiado humilde” me decían algunos cuando hablábamos del tema. “¡No! Soy realista” les decía yo. Y es que, yo mejor que nadie, conocía a mis rivales; y me conocía a mí misma. Sabía que, para mí, el mejor resultado era un décimo puesto. Contando que siempre pudiera fallar alguna… como mucho, mucho, podía aspirar a un octavo puesto. Sin embargo, entrar en un top 8, estaba al alcance solo de otras rivales. No os voy a negar que yo también quería estar más adelante, quería verme luchando con las mejores y poder estar de tú a tú con ellas. Pero por más que hiciera cálculos no salían las cuentas. Había dos ligas y yo esta vez estaba en la segunda. Os miento si os digo que soñaba con entrar en la primera y que los comentarios de la gente, y hasta discusiones con amigos, que también me veían ahí (y se enfadaban conmigo por no saberlo ver), me hicieron creer que igual si que podía. Lo mejor de todo es que realmente no sentía nada de presión. No tenía que demostrar nada a nadie. Ni siquiera a mí misma. Sentía que mi temporada había sido impecable y eso me daba seguridad. No por el hecho de permitirme fallar, sino por saber que podía volver a sacar una gran carrera a nivel individual.

Pues sin presión, ni nervios, llegó el gran día. Me sentía muy segura. Sentía una entereza alucinante y una frialdad nunca antes percibida en una competición. Sabía que era por no sentirme en la palestra, por sentirme una desconocida entre todas aquellas estrellas que nos hacían sombra al resto. Las miraba con admiración. Orgullosa de estar allí con ellas y con el alivio de sentir que todos los focos eran para ellas. Por momentos me sentía más espectadora que protagonista y tenía que concentrarme en mi carrera. Esas sensaciones son raras. No os voy a negar que algo preocupante. Sin embargo, el alivio de no temblar de nervios me hacía sentirme aún más fuerte. Era como si tuviese la situación controladísima. Como si supiese cual era exactamente mi papel y que me iba a salir bordado.

Cámara de llamadas. Nombran a las diez favoritas y luego nos dan la orden al resto para colocarnos. Corro para conseguir un puesto en la segunda fila. Me coloco detrás de Daniela Ryf (ni más ni menos). Ahí si que me tiemblan las piernas y no solo por el frío de primera hora de la mañana. “Judith, estas en un mundial, disfrútalo”. Suena el bocinazo y corremos hacía al agua sintiendo un fuerte dolor en los pies. ¡Dios! las piedras de la playa de Niza es lo peor de la carrera.

Te das cuenta de que estas en mundial cuando desde la primera brazada el ritmo es frenético y el nadar se hace realmente agónico con tantos golpes. Todas íbamos a una. Todas éramos grandes nadadoras. Realmente se hizo muy difícil coger un sitio entre toda esa espuma donde volaban manotazos. Qué sufrimiento. Qué sector tan duro. Primero, por encontrar mí sitio y segundo por no perder al grupo. Lo que nunca encontré fue mi ritmo. Aunque sabía que no lo iba a marcar yo, sino la exigencia de la carrera, me había concienciado en que debía sufrir como nunca en ese sector porque era clave no perder al grupo cabecero (no a las sirenas de Lucy, Holly o Daniela, sino al resto). Sabía que debía darlo todo, pero por más que lo hice fue imposible no descolgarme. Pasé de estar luchando, y peleando con ellas, a sentir que me quedaba fuera de juego. “¿Cómo es posible? Si estaba ahí hace tres segundos”. Me pregunté a mi misma a falta de unos quinientos metros para el final y cuando veía que empezaba a perder los pies de referencia. Nunca se entiende por qué. Nunca sabes por qué pasas de estar tragando espuma (de los pies de las que llevas delante) a separarte unos metros que te sentencian. ¿Fue culpa mía? ¿Fue el helicóptero que se acercó mucho y creó mucho oleaje y turbulencias? No lo sé. Lo que sí sé es que eso marcó mi prueba. Quizá no me benefició que se hiciera un solo un gran grupo en vez de varios y fui la única que se quedó descolgada mientras rivales, que en otras carreras han salido por detrás de mí, ese día supieron aguantar.

Si en los últimos metros del agua tenía la esperanza de poder alcanzarlas en la transición, el largo sprint hasta boxes acabó de confirmar lo peor. Se me fueron del todo. Salí muy forzada del agua y no conseguí recortar esos 15” ó 20” que me sacaban. Aún así, cogí la bici con intención de seguir intentándolo; pero resultó imposible. Me dejé la vida. Luché contra el fuerte viento que hacía en esos primeros kilómetros llanos en los que nos desviaban de la costa de Niza. Y con la impotencia de ver como esa fila de rivales se alejaba decidí, exhausta, que no podía seguir así. Debía centrarme en mi carrera y coger un poco de aire antes de las duras subidas que venían. <Qué agonía. Qué sufrimiento>.

Nunca sé qué hubiera pasado si hubiera conseguido engancharlas. No sé si hubiera cambiado algo. Ni si me hubiera descolgado más tarde. No es excusa porque, después de eso, tuve la oportunidad de engancharme a otras rivales que me fueron pasando y tampoco lo conseguí.

El sector de bici fue muy duro y exigente. Esta vez la exigencia no la marcamos ni yo ni mis rivales sino el propio recorrido. Una carrera atípica para un 70.3 con un puerto de 9 kilómetros con un desnivel medio del 7%. Sin duda una etapa así iba a marcar muchas diferencias y hacer una buena cronoescalada era fundamental. Yo no la hice. No solo me sentí lenta y pesada (quizá la resaca de Embrun, no lo sé) sino que me pasaron muchas rivales con cierta facilidad. Rivales ante las cuales, a priori, soy más fuerte. Y otras a las que ni conocía. No me vine abajo. Supe aceptar la situación de carrera y las sensaciones de ese día. No me encontré mal del todo, simplemente no me encontré al 100% ni tan fuerte como otras veces. Aún así no le quise dar mucha importancia. No quise que eso me sacara de carrera y me convencí sabiendo que las consecuencias de pasarse en bici podían ser graves. Como me dijo Iván, mi entrenador: “la clave es no pasarse en la subida para tener fuerza en la bajada. Esa es nuestra baza. Debemos jugar a ser listos”.

Un buen ascenso era clave. Pero, la bajada, aún podía cambiar mucho las cosas. Era un descenso muy largo y técnico. Sinuoso y peligroso. Las fuerzas no me acompañaron en la subida. Sin embargo, por suerte, bajando me encontré genial. Me sentí rápida, segura y sin miedo. Esta claro que los frenos de disco me dan un plus de seguridad. El hecho de conocer el circuito fue clave también. Aunque no es lo mismo hacerlo de paseo charlando con tu marido, y disfrutando de las vistas (eran espectaculares), que hacerlo compitiendo al límite. “Qué tensión”. Qué desgaste generan estas bajadas (aunque apenas pedalees). Es el miedo a caerte, a salirte de la carretera, a encontrar un coche de cara (aunque no arriesgué nunca en salirme de mi carril). Todo eso mezclado con la agonía de querer recuperar segundos y luchar al máximo la carrea. Me vine arriba al ver que estaba trazando bien cada curva y que iba bajando muy confiada. Y me emocioné al ver que iba pasando rivales. No más de cuatro o cinco, pero me parecían muchas. No fueron tantas como las que me pasaron a mi subiendo, pero algo es algo. A una de las que me sorprendió pasar fue a Carrie Lester. Una especialista en este tipo de recorridos (ganadora varios años del Embrunman y Alpe d’Huez). Supongo que tuvo algún susto porque la noté bloqueada. Yo también tuve un par de sustos: el primero cuando de golpe aparecieron tres perros en la carretera y se pusieron a correr a nuestro lado (justo íbamos tres triatletas bajando una detrás de la otra). Y el segundo cuando al final de descenso, en el momento que me estaba acoplando de nuevo, pillé un bache mientras bajaba a más de 60 km/h y se me salió el antebrazo del apoyabrazos. Se me descontroló la bici y me fui al carril contrario esquivando, de milagro, un cono. Por suerte conseguí controlar la situación y no caerme. <¡Dios mío!> que momento más malo. Me salvé de una buena.

El sector ciclista se me pasó realmente rápido. Y es que, después del Embrunman, eso me parecía un chiste. Que cosas más curiosas. Lo mejor de hacer larga distancia y carreras de una gran dureza es que luego un half se pasa sin darte cuenta. Y sin darme cuenta estaba llegando a la T2. En esos kilómetros finales conseguimos enganchar (las tres triatletas que veníamos rodando juntas desde el descenso) a cuatro triatletas más. “Qué bien”. No sabía ni cómo iba, pero al menos le daba algo de emoción a la carrera y la esperanza de poder disputar algún puesto más.

La segunda transición marcó diferencias en la carrera. Y es que, a pesar de ser la última en entrar, fui la primera en salir. Quizá el hecho de llevar los calcetines puestos me ayudó. Aunque realmente fue las ganas de comerme la carrera y luchar a pie lo que no había sido capaz de luchar en bici. Realmente hice una transición muy rápida comparada con el resto y no solo eso; sino que impuse un fuerte ritmo desde el principio. Aunque una de las competidoras me pasó en el primer kilómetro y se fue muy fácil. “¡Madre mía! Si yo estoy corriendo por debajo de 3’50”.

Después de esa segunda transición donde adelanté cinco puestos. La carrera dejó de tener emoción. Fue como si al salir de boxes hubiera escapado de la carrera. Fue una media maratón completamente en solitario. La carrera por delante estaba muy lejos y rápidamente también lo estuvo por detrás. Que sensación tan extraña: estar compitiendo en un mundial y sentir que no hay nadie más a tu alrededor. Me sentía fuera de carrera. No sabía cómo iba. No sabía cuántas tenía delante ni dónde estaban. Bueno, sí que lo sabía: muy lejos. Así que no me quedó más remedio que hacer mi propia carrera. Tuve varios momentos de querer regular. Iba al límite y yo misma me decía que no tenía necesidad. Lo tenía todo hecho, nada iba a cambiar y podía relajarme. Pero me negaba a hacerlo. No quería relajarme en un mundial por mucho que el resultado no fuese a cambiar. Así que empezó una competición nueva para mí. Competí solo contra mi misma, contra el crono, contra el hecho de que por más que no tuviera nada que hacer, no me iba a rendir. Y conseguí vencer esa carrera. Superarme a mí misma. Me marqué mi mejor media maratón. Corrí a 3’54 de media. Corrí todos los kilómetros por debajo de 4’/km. El mas lento fue uno a 3’59. “Qué pasada”. Sentir que estás volando, que estás haciendo un carrerón y que es en balde. No sirvió para nada (bueno, sobre el kilómetro 14, adelanté a una rival más).

Realmente no sirvió para nada en cuanto a la carrera se refiere. Sin embargo, a mí me valió para mucho. Para cerciorarme de mi buen estado de forma y de mí mejora en la carrera a pie. Para justificar, quizá, que no haber hecho tan buena bici al menos me permitió correr muy fuerte. Y para demostrarme, una vez más, que la cabeza es mi mejor arma. Disfruté muchísimo esa media maratón. Disfruté compitiendo contra mí misma y probándome; llevándome al límite. Jugando con el crono y con mi propio cuerpo. Y, sobretodo, con mi mente. Desde el primer kilómetro sentía la agonía de quién lo está dando todo. Jadeaba de la intensidad con la que estaba corriendo. Sin embargo, iba sobrada a nivel muscular. Tenía fuerzas. Tenía piernas. Las sensaciones eran muy buenas pero mi corazón no podía latir más rápido. El cuerpo me decía: “puedes correr los kilómetros que quieras, pero no los puedes correr más rápido”. Aún así no me quejo. Conseguí ganar mi propio pique. Todos los kilómetros constantes viendo siempre un “tres cincuenta y pico”. Eso era mucho para mí y disfruté con ello, con ver como la media bajaba a medida que pasaban los kilómetros y conseguía hacer la segunda vuelta más rápida que la primera. Para mí, eso, era brutal. Me fui motivando yo sola; retroalimentándome kilómetro a kilómetro.

Y es que, el recorrido de la carrera a pie, te pone a prueba alejándote rápidamente del epicentro de la carrera. Menos de 2 kilómetros con animación y el resto… pura soledad en una carretera de ida y vuelta. Suerte que el paso por donde está la gente me cargaba las pilas al máximo y tiraba de rentas los siguientes kilómetros. Y es que allí estaba una vez más mi familia al completo. Y Javi que, a pesar de competir al día siguiente, lo estaba dando todo en mi carrera (como siempre). Además de a ellos, tuve a muchos españoles animando, también a muchos extranjeros. Y tanto Gonzalo, como Santamaría, me ayudaron mucho con su aliento. Ahora que… el mejor momento, con diferencia (perdonarme el resto), fue ver como, sobre le kilómetro cuatro, Javi Gómez Noya me animaba junto a Pablo y Carlos (su entrenador). ¡Guau!. Fue el único momento que sonreí en toda la carrera. “Gracias Javi”. Qué ilusión me hizo. Quizá por eso corrí tan rápido. Je,je,je,je,je.

Ha sido un mundial extraño. Me ha quedado un sabor agridulce. Sobretodo por la sensación de que hice una gran carrera a nivel personal, pero que no sirvió de mucho o no brilló lo suficiente. Fue una carrera fácil, sin percances. Una carrera donde me encontré muy fuerte y entera, pero me sentí sola, poco competitiva y alejada de la pelea. Es como si mis sensaciones, y mi rendimiento, no concordasen con el resultado. Y eso, me inquieta un poco. Llegué a meta con mucha satisfacción personal por mi rendimiento, pero sin saber ni siquiera como había quedado. Es cierto que sabía a dónde venía. Que era la carrera con más nivel que había corrido nunca y que, entrar en el top 10, era un resultado muy exigente. Pero, al menos, quería poder pelearlo. Me ganó alguna rival a la que esperaba ganar y me ganaron otras que ni si quiera conocía. Sin embargo, yo también gané a rivales más fuertes. Como me dijo un amigo: “Están las inalcanzables, las tops y las buenas. Tú, antes, eras buena. Ahora, ya eres top”. Me lo creía y me lo debo de creer. Pero, en este mundial, creo que me quedé algo lejos de eso. ¿Quizá debí arriesgar algo más en la bici? No lo sé. Pero sí sé que voy a seguir trabajando para ganarme esa etiqueta de top.

Tengo que decir que lo bonito de un mundial no es solo la carrera, sino todo lo que envuelve a su alrededor. Y con eso sí que me ha quedado un sabor más que dulce. Por muchos motivos: por compartirlo con Javi y ver su gran carrera. Por tener allí a mi familia y vivir con ellos grandes momentos y disfrutar de muchas más cosas a parte de la carrera. Por compartir esta experiencia con el resto de los españoles (sobre todo con Rocío y Raúl) “Chicos. Ha sido increíble”. Por conocer a gente como el director de FELT y a La Flaca Guerrero. Y por vivir un gran número de anécdotas y momentos inolvidables.

 

La 36 ème Emburnman será inolvidable

 

Creo que es la crónica más difícil a la que me he enfrentado hasta ahora. No sé ni cómo, ni por dónde empezar. No sé si voy a encontrar las palabras para explicar tantos sentimientos y tantas emociones. No sé si voy a poder definir todo lo que viví, todo lo que sufrí, todo lo que luché y todo lo que recibí a cambio.

 

Embrunman ha sido más que un triatlón para mí. Vine acompañada de mi gran “familia”: mi marido Javi (por supuesto), mi hermana, mi cuñado y mis peques que repetían un año más. Y de mis mejores amigos: Richard, María, Maddie, Alberto, Cate, Valentina, Víctor y Teo. ¿Sabéis que ellos fueron los culpables de que este aquí? Aún recuerdo un día que estando con Richard, entrenando por la Cerdanya, días antes del Embrunman del año pasado, me dijo: ¿te ayudo a entrenarlo el año que viene? – Mi respuesta fue: ¡Una mierda! ¡ ¡El año que viene no vuelvo! Pues aquí estoy. Fue fácil convencerme. Quizá me dejé llevar por la emoción de ver que mis amigos se desvivían por venir a disfrutar de esta carrera conmigo. Y por pasar sus vacaciones en Embrun, dándole prioridad a mi carrera e interponiendo mis prioridades a las suyas. Y por venir a ayudarme, y animarme al máximo. Soy una afortunada por ello y no puedo estar más orgullosa de tener esta gran “familia” siempre a mi lado. El apoyo en esta carrera es fundamental, como bien decía la camiseta que llevaba un corredor hecha para la ocasión: <hacer el Embrunman solo, no es posible>.

Sin embargo, ha sido muy muy duro llegar hasta aquí. Realmente, tengo que reconocer, que me he arrepentido en varias ocasiones y que me alegro de no haber tirado la toalla. Pero no os puedo negar que estuve a punto en varios momentos. No es fácil contar esto. No sé si os sorprenderá más o menos, pero, para mí fue difícil vivirlo y gestionarlo. No os quiero aburrir con mis bajos momentos. Sin embargo, solo os diré que esta prueba es tan y tan exigente que realmente te lleva al límite en lo físico y lo mental. Te pone a prueba constantemente haciéndote dudar de si realmente vas a ser capaz de conseguirlo. Te impone mucho respeto, y por qué no decirlo: da miedo. Miedo a tanto dolor, a tanto sufrimiento. Miedo a un desgaste inhumano que puede vencerte, a ti y a tu cabeza. Y eso puede ser destructivo. Eso puede dejarte fuera de juego y las consecuencias pueden ser muy graves. Así lo sentía. Que horrible sensación. Quizá porque cuando ya lo has hecho, ya sabes a todo lo que te enfrentas. Así que, en este caso, prefería el miedo a lo desconocido que a la pavorosa percepción de saber que iba a sufrir otra vez, durante más de once horas.

 

No hay un motivo concreto que me haya llevado a sentir eso. Quizá ha sido un cúmulo de cosas. Supongo que todo fue influyendo paulatinamente: el desgaste físico y mental de Vitoria, el cansancio que iba arrastrando de carreras y entrenos, el calor insufrible que hemos tenido estos dos meses, el estrés personal, sacar entrenos largos y exigentes sola, vencer la pereza muchos días para cumplir con el entreno, luchar con la falta de ganas en ocasiones, renunciar a otras muchas cosas, sacrificarte tanto por algo… Lo sé. Lo hago porque quiero, nadie me obliga, ni yo misma lo hago. Por eso lo sigo haciendo, porque en realidad quiero, porque realmente disfruto con todo esto. Sin embargo, no es un camino de rosas y hay que ir pesando las cosas en una balanza.

 

Es un triatlón durísimo. Te lleva al extremo. Y como ya lo había experimentado, me hacía sentir mucha inseguridad. Dudas de si llevas el entreno suficiente, si te han faltado kilómetros, rutas más duras, entrenar subidas, entrenar en altura… Dudas de si estás preparada físicamente e incluso si lo estas mentalmente. Me costó mucho convencerme de que sí. De que estaba preparada, de que podía hacerlo. Conseguí hacerme entender que estaba fuerte, que llevaba un año muy bueno y las cualidades y la forma no se iban a perder de la noche a la mañana para esta carrera. Sí que es cierto que me hubiera gustado entrenar en altura y aclimatarme a ello porque, no olvidemos que llegas a competir a 2.360 metros de altitud y, ahí… el cuerpo sufre. Y sufre aún más si no está habituado. Lo que no conseguía era que mi cabeza no fallara ese día. Sentía que a nivel mental no tenía ganas de luchar. Sentía que mi mente estaba agotada y temía que no tuviera fuerzas para ayudar a mi cuerpo cuando lo necesitase. Con toda esa lucha interior tuve que lidiar hasta poco antes de la prueba. Luchaba contra esas ganas de salir corriendo hacia otra dirección… con parar el tiempo… , o con cambiarlo todo. A veces la cabeza es muy cruel. Y así pasé los días previos. Así pasé el viaje de ida mientras sentía que mis piernas se hinchaban por estar 10 horas metida en un coche. Así me sentía cuando, estando en Embrun, me notaba cansada y pesada (supongo que era la aclimatación a la altura). Me daban ganas de pasar de la carrera, de irme hacer puertos con mis amigos, de ponerme a jugar con mis sobrinas y las niñas en el lago, de comer sin control. Por suerte, gracias a ellos, al verlos allí, por mí, con más ilusión que yo por mi carrera, entendí que todo eso tenía sentido. Sabía que debía hacerlo y que además lo iba hacer muy bien. Sin duda, iba a tener a mi lado al mejor equipo humano. Y eso ya sumaba muchísimo.

 

Llegó el 15 de agosto. Son las 5.45h de la mañana y ya estoy preparada para empezar esta aventura. Aquí ya no hay vuelta atrás. Ni quiero que la haya. Estoy a oscuras enfrente de un lago en el que no veo ni siquiera donde empieza el agua, pero tengo ganas de meterme a nadar en él. Levanto la mirada y veo la luna llena que nos alumbra mientras se esconde en unas finas nubes y con esa estampa me daban ganas de llorar de emoción. <<¿En serio te querías perder esto? No tienes perdón>>. Son de esos momentos que vives en la vida donde se mezcla la adrenalina, con la emoción, con el miedo… Como cuando uno hace alguna locura como el tirarse en paracaídas o bajar por una montaña rusa… Sientes algo de miedo, pero hay otras muchas emociones inexplicables que te gustan, que te hacen reír, gritar… Pues la salida del Embrunman es así. Sin más. Y para mí, solo por ese momento, este triatlón vale la pena hacerlo.

Cinq, quatre, trois, deux, un!Empieza la prueba y soy la más rápida en entrar al agua. Y la más astuta porque a pesar de estar a ciegas, sé que debemos ir a la derecha. No cometo el error del año pasado y me sorprende que las demás sí que lo hagan (y mucho más cuando había varias expertas en esta prueba. De hecho, tres ganadoras de ediciones anteriores y varias de ellas con grandes actuaciones en este triatlón. Así que casi todas sabíamos a lo que veníamos).

Dominar la natación aquí es clave. Nadábamos con la única referencia de una luz que parpadeaba en la popa de un kayak que iba abriendo la carrera. Poder ser la afortunada que va detrás de él, es muy favorable. Lo conseguí. Era yo la que llevaba el timón. Logré liderar el sector de natación de principio a fin y eso hizo que la natación fuera muy fácil. Bueno… dentro de lo fácil que puede ser nadar a oscuras. La verdad que da un poco de yuyu. Pero es otra sensación realmente emocionante. Es como cuando te bañas desnuda en el mar en una noche de verano. Sientes un miedo terrible, crees que te va a venir cualquier cosa a morderte. Pero, la sensación de libertad que te ofrece, es mágica. Y lo de ver amanecer en el agua, ni os lo puedo contar.  La mañana se va abriendo mientras tú braceas y empiezas a ver la orilla del lago llena de público y escuchas sus gritos y aplausos y en ese momento, te das cuenta de donde estás. Estaba liderando el mítico Embrunman. Nada más y nada menos.

54’. Un tiempo mediocre (no lo supe hasta un día después). Sin embargo, sentí que volaba. Sobretodo al verme en cabeza en solitario sabiendo que había grandes nadadoras y que en otras ocasiones las había tenido cerca e incluso delante. Fue una natación cómoda. Aunque se me hizo muy muy larga la primera vuelta. Supongo que el no ver nada influyó y la verdad que iba muy incómoda de lumbares y hombros. Consecuencia de no haber podido calentar antes en el agua. En varios momentos tuve ganas de parar a estirar unos segundos, aunque conseguí aguantar sin hacerlo. Quitando eso y las zonas de algas, por culpa de lo baja que estaba el nivel del agua, tuve una muy buena natación.

El mejor momento, fue la salida del agua. <<¡¡¡Guauuuuuu!!!>>Flipante la animación. Fui la primera persona en salir del agua y el público estaba entregadísimo. Imposible que no me temblaran las piernas y las manos. Y más cuando entre esa gente escuchas y ves a tu hermana, tu sobrina, Javi, Richard, Víctor y Alberto. Brutal. < ¡Pero Judith! controla que tienes 187km por delante. >.

La primera parte de la bici es durísima. Empiezas a subir muy fuerte y es muy difícil no dejarse llevar por la emoción. Te entra el pánico escénico y empiezan aparecer los: «no puedo», en la cabeza. Sí, tan pronto. Es deprimente sentir que llevas un rato sufriendo y tu Garmin solo marca 5 kilómetros totales y media de 15km/h. Paciencia Judith, ya sabemos lo que toca. A eso se lo suma el frío y no ayuda el notar como se entumecen las piernas y pierdes el tacto en manos y pies. La peor consecuencia de ello es que no bebí nada en esa primera parte. Ni sed, ni aliento para hacerlo, ni tacto para realizarlo. Aunque no todo era negativo. Conseguí levantar la cabeza y disfrutar del entorno. Esta carrera es para eso, para alzar la vista y darte cuenta de donde estás. Es increíble. No se puede explicar.

Disfrutaba mientras, inevitablemente, sufría la presión que supone ir primera en carrera. Querer correr más de la cuenta para que no te den caza y agobiarte con ese pensamiento. Sin embargo, en esta carrera no puedes competir, solo debes seguir tu camino y olvidarte del resto. Y por suerte, lo volví a conseguir. Bueno, me olvidé de las chicas, pero no de los chicos –jejejeje- Empezaron a pasarme en carrera, pero me sentía orgullosa de que lo hicieran más tarde que el año anterior. Lo hablamos con Víctor del Corral que me pasó sobre el kilómetro 40, casi llegando a Embrun. Y él mismo me dijo luego: ¡he tardado en pillarte este año! ¿eh?-. Eso motivaba. Lo bonito es irte saludando y animando con todos porque este triatlón une más que ninguno. Empatizas y compartes sufrimiento más que en cualquier otro. Carlos López, Pello, Eric Merino… y también extranjeros: Romain Guillaume… todos estábamos luchando por lo mismo: sobrevivir.

Paso por Embrun y cargo pilas con los gritos del público y de todas mis chicas que estaban allí: Mire, Laia, María y Cate. Y Javi junto a ellas. Les sonrío para que sepan que estoy bien y Javi me canta: 3’.  <¡Ole!> Me pillaran tarde o temprano. Pero, de momento, tengo el control de la prueba y una ventaja que no pensaba tener. Así que: eso que me llevo. <¡Zero estrés Judith, tú a lo tuyo!> me recuerdo a mí misma. Aunque antes de que me de tiempo a digerir la emoción del paso por Embrun, kilómetros más tarde, veo a Richard, Alberto, Víctor y Teo y me además de animarme, me gritan: – ¡Te vamos a ir siguiendo, vamos a verte al Izoard! – ¡Que grandes! Solo eso, me hizo sonreír durante un buen rato, motivarme con esa idea y disfrutar de tener a mis amigos cerca apoyándome.

Ellos fueron la clave de que no desvaneciera en ese duro circuito, ellos fueron los culpables de que los kilómetros fueran mucho más llevaderos. La verdad es que, dentro de todo, estaba gestionando bien la carrera y sufriendo lo esperado, ni más ni menos, que ya era mucho. Me encontré algo pesada en las subidas. Sin embargo, no le quise dar mucha importancia. Conseguí tener calma y no dejarme llevar por los pensamientos negativos que iban apareciendo. Tienes muchos momentos en los que te pararías, te detendrías junto a tus amigos a contarles lo duro que es esto. A pedirles que te lleven de vuelta o a echarte a llorar en su hombro desconsolada porque no te sientes con las fuerzas suficientes de afrontar todo lo que tienes por delante. Antes de empezar el ascenso al Izoard ya había perdido el liderato. Tina Deckers me había dado caza sobre el kilómetro 70, después de meterle una minutada en el agua. <<¡Qué pasada, cómo va!>> Y tenía a Emma Bilham, Alexandra Tounder y Lisa a punto de darme caza. Aunque eso no me importaba, estaba preparada para ello y yo seguía a lo mío. Aunque nunca es plato de buen gusto. Sin embargo, conseguí coronar manteniendo la segunda posición. Cuatro minutos ya me había metido Tina. Por detrás: poco más de un minuto.

Sorprendentemente. Fue en las bajadas donde mejor me sentí. Tuve el flow que nunca encuentro. Será gracias a mi FELT FR2 y a los frenos de discos que me dan una seguridad increíble. Lo único que no me daba seguridad era el tráfico abierto en esta carrera y sentir que: si aparecía un coche, a la velocidad que iba…no lo iba a contar. <<¡Uf! ¡Uf! ¡Uf! Judith no pienses eso. Disfruta que es el mejor momento de carrera y dura poco>>jejejejeje. Realmente disfruté muchísimo bajando y volví a sentir que merecía la pena estar allí. Es que bajando se ve todo muy bonito. – Jejejeje -. Es en la parte más rápida de carrera donde quieres ganar segundos, subir la media, recortar kilómetros lo más rápido posible…Y no sabéis la rabia que da tocar el freno porque un coche te obstaculiza. Esto pasa, y mucho. Y es lo malo de esta carrera. Lo peor no es perder tiempo, sino no sentirte seguro compitiendo. El paso por Briançon es realmente complicado y tienes que andar con mil ojos. Tienes que respetar las preferencias en cruces y rotondas porque a muchos conductores franceses les importa poco que estés compitiendo. La verdad es que cuesta creerlo cuando te ves ahí metida entre los coches.

El Izoard marca un antes y un después en esta prueba. Pasas de disfrutar en la bajada con la satisfacción de haber logrado coronar el puerto más duro de la carrera, a darte cuenta de que a penas llevas la mitad, que te quedan tres horas de carrera y que queda mucha dureza todavía. Ahí es donde te das cuenta del gran error que has cometido viniendo aquí. – Jejejejeje -. <<¿Por qué lo has hecho Judith?>>.

 

Se hizo muy muy dura esa segunda parte de carrera (no más que el año pasado). Los kilómetros ya no pasan, tu cabeza solo hace cálculos de todo lo que te queda todavía, tu estómago se resiente y rechaza todo, no quiere nada más. Tu cuerpo dice basta, te duele todo: piernas, culo, lumbares, cervicales… El calor aprieta de lo lindo y para colmo, se levantó un viento en contra horrible. No exagero. <<¡por favor!, ¿es necesario ponérnoslo más difícil?>>.

Los 40 kilómetros finales fueron de infierno. Solo quería llorar. Solo quería acabar y empezaba a plantearme el no correr. No podía. No quería. O ninguna de las dos cosas. Yo misma discutía con mi cabeza: << ¿y ahora tienes que correr una maratón? ¡Si no puedes con tu alma!>> . <<Venga Judith, lucha, hazlo por tu familia y amigos que están dejándose la piel por ti>>. – ¡A la mierda mis amigos!– me contestaba yo misma. Seguro que ellos me entendían. <<Ánimo Judith, hay mucho dinero en juego>>.Yo no corro por dinero, ¿te enteras?-. <<Venga demuéstrate a ti misma de que lo eres capaz. Hazlo por ti, solo por ti>>.

Con esa lucha interna conseguí poner pie en la T2. Sin saber cuántos pasos sería capaz de dar ni hasta dónde llegar. Pero me prometí que iba a luchar, que lo iba a intentar hasta decir basta, y que iba a pelear cada kilómetro como si fuera el último y sufrir hasta la estrenuidad antes de rendirme.

Qué os voy a decir. Que fue la maratón soñada. Sufrí muchísimo, sin duda. Pero el sufrimiento se escondía detrás de toda la emoción, de toda la fuerza que me dieron todos. Es imposible de expresar lo que viví. Tenía al Team koraxan desplegado a lo largo de toda la carrera. Colocados estratégicamente para no dejarme sola ni un momento. Me empujaron, me dieron fuerzas y esperanzas. Me hicieron volar y lo mejor: me hicieron soñar. Soñamos hasta hacerlo realidad. Ese sueño que parece que todos perseguíamos.

Mi cuñado en la primera parte de carrera, mi hermana unos metros más tarde con Júlia que animaba emocionada a su “tieta” con su campanita. Javi y Laia juntos en la primera subida del circuito para ir corriendo a un segundo punto. Las chicas esperándome en el paso por vuelta y en la zona más alejada de boxes, tenía a los chicos dándolo todo. ¡Brutal! ¡Increíble! <<¡¡¡mil gracias!!! No puedo decir más>>.Y además de ellos tuve la gran suerte de tener a Isabel y su marido apoyándome, a Francisco que corrió conmigo de punta a punta y me ayudó con sus gritos en las duras subidas. Y muchos más españoles que realmente me hicieron mantenerme a flote en esa dura batalla. <<Gracias a todos>>. No hay forma de agradecer tanto.

Me bajé a correr con casi seis minutos sobre la primera, me sorprendió que fueran tan pocos después de aventajarme con cuatro en el Izoard. Aún así, no creía poder cogerla. Sin embargo, la sorpresa fue tener siete minutos de ventaja por detrás. <<¡uf! ¿Que ha pasado? ¿Si las llevaba oliéndome el culo todo le rato?>>. Eso fue la prueba de que realmente había gestionado bien la carrera, había sabido tener paciencia y había hecho una segunda mitad de ciclismo mucho mejor. Sin embargo, nada estaba decidido y a pesar de la amplia ventaja, no veía asegurada la segunda plaza. A ver ahora como gestionábamos todas la maratón. Los 42 kilómetros nos iban a colocar a todas en nuestro sitio y a desvelar el desenlace.

Primera prueba de reconocimiento.<<Dios, no me acordaba lo duro que era el circuito>>. Sin embargo, el cuerpo estaba respondiendo más que bien. Tenía piernas, tenía fuerzas y el estómago respondía bien a los achaques del esfuerzo. Solo había que ver como iba recortando minutos. Pasé de seis a menos de cuatro de diferencia en la primera vuelta. ¡Gua! ¡Estaba emocionada! Yo y todos. Que empezamos a creer que se podía. – Estas corriendo mucho más fuerte que ella, se te ve genial. Mantén la técnica. Cuerpo adelante. – Me decía Richard. Y yo con eso aun corría mejor y más rápido. El efecto que tienen las palabras es alucinante.

Segunda vuelta. La ventaja por detrás era hasta un poco más amplia y empezaba a creer que la segunda posición no me la quitaba nadie. Sin embargo, apareció el muro. Noto que cuando estoy superando la subida más dura, los tibiales se engarrotan a causa de la dura pendiente y siento que apenas puedo correr. Parece que en la bajada se alivia, pero empiezo a sufrir muchísimo a nivel muscular y empiezan aparecer los amagos de rampas por todos lados. Empiezo a temer por no poder continuar en carrera y que mi cuerpo sufra un colapso. <<Judith no le hagas caso, no escuches eso>>.Que horror. Las cosas pasan de blanco a negro en un segundo. Y no sé como se puede remediar eso. Intento beber todo lo que puedo, hace mucho calor y ya todo pasa mucha factura. Me bebo hasta el agua de las esponjas. Esas que te dan para mojarte y que pasan por el suelo y por miles de corredores. Que triste cuando llegas a eso. Pero en los avituallamientos ya se hace muy difícil coger un vaso si no te sirves tu mismo y no quiero parar. Si lo hago, no voy a ser capaz de seguir.

Yo iba muy “jodida” pero no era la única. A pesar de eso seguía acortando la distancia con Tina y en los últimos kilómetros de la segunda vuelta ya la podía ver delante. Aunque por momentos creía no poderla alcanzar nunca. Quise tener paciencia, realmente, no creía tener fuerzas para pasarla y aguantar el tipo. Sin embargo, la alcancé sin querer justo al paso por boxes. <<Última vuelta Judith, puedes hacerlo>>. Podía, pero no sola. Así que al pasar por delante de Javi le grito como puedo: – ¡ayudarme, ayudarme!– Dios, se me caen las lágrimas solo de recordarlo. Javi se quedó planchado. Pasó de la euforia máxima al verme primera a la preocupación absoluta por mi mensaje desesperado. Aunque él confiaba en mi y sabía que iba a poder con ello. Y más viendo cuando las demás llevaba peor ritmo que yo y empezaban a andar en las subidas y avituallamientos cosa que yo no hice.

Mi mensaje surgió efecto. No tenía ninguna duda. Y de nuevo los tenía a todos circulando por todo el circuito conmigo para ayudarme en cada tramo. Me iban cantando tiempo y yo iba aumentando con mucha facilidad la ventaja con Tina. Pero no me servía. Tenía dudas de no poder acabar, de no poder llegar a meta. Sentía que no podía soportar todas esas rampas ni un solo kilómetro más. No sabía como lidiar con eso, como callar esos gritos de dolor, como parar eso. – Por favor, no me hagas esto. Ya lo tenemos. Déjame cumplir este sueño –. Le gritaba a mi cuerpo con rabia.

 

Horroroso. Durísimo. Creía que no me movía. Sentía que no avanzaba. Miré más mi reloj en los últimos 5 kilómetros que en toda la maratón. Los metros no pasaban. Solo me olvidaba de ellos cuando escuchaba a mis amigos. Víctor me decía: – gracias, gracias por darnos tanto, por tu lucha, por tu entrega…-. <<gracias a ti por alentarme cuando más lo necesitaba– .

 

Últimos 3 kilómetros, totalmente llanos. Último tramo de carrera. Richard se detiene, me mira y me dice: – Ya está, ya lo tienes, ¡eres la ganadora del Embrunman! ¿tu sabes lo que has hecho? -. No, aún no lo sé. Que pasada. Le choco la mano y con un nudo en la garganta empiezo a creer que lo tengo, que lo tenemos. <<Alberto, lo hemos conseguido. Confiaste en mí, y has hecho que yo también lo haga. Nos lo merecemos. Muchos años de trabajo detrás de esto>>. Le digo por dentro cuando paso por su lado.

 

Agonizo los últimos kilómetros. Sé que puedo permitirme andar y que ya no se me escapa. Pero no quiero andar, ni correr, quiero volar. Quiero disfrutar de lo que estoy consiguiendo. <<cariño, te he vuelto a brindar una gran carrera>>. ¡Lo conseguí! Ya sí. Veo a mi cuñado y a mi hermana y corren conmigo ese tramo final. Y aún así les sigo preguntado: – ¿viene por detrás? -.Mi hermana se parte de risa. ¡Uf! Es que da mucho miedo eso de que te adelanten al final. La carrera no se gana hasta la meta.

Y esa meta por fin llegó. Esa que nunca creí alcanzar. Esa que quise odiar en tantas ocasiones y ahora la quiero a más que nada en el mundo. Ha sido mi meta más especial, más compartida, más querida, más sufrida, más luchada y más bonita que he tenido nunca. Este triatlón ha sido mágico, ha sido especial, único y sin duda ha marcado un antes o un después en mi carrera deportiva.

Gracias “familia” por todo lo que me habéis dado estos días. ¿Sabéis que es lo más bonito? Que días después cierro los ojos y no consigo ver imágenes de mi llegada, de la meta, de mi carrera…solo veo imágenes de mi gente animándome, gritándome y vibrando conmigo. Y eso es lo más especial que tengo. – ¡Os quiero! – ¡Ahora, no me convenzáis para volver el año que viene eh!

Mucho trabajo detrás de este triunfo. Aunque no ha sido solo mío. Sino que hay más gente detrás de este logro: entrenador, nutricionista, fisios y patrocinadores. Gracias a todos.

 

Y gracias a todos por reconocer mi gesta y darle aún más valor a todo ese trabajo, a toda esa lucha, sacrificio y a esa recompensa.

1 Judith CORACHAN ESP        54:49   01:46    6:40:13    01:20   3:15:56    10:54:07
2 Tine DECKERS BEL               58:01  02:18    6:30:46   01:4      3:27:39     11:00:30
3 Alexandra TONDEUR BEL  1:01:09 02:00   6:40:35   02:2      3:19:47     11:05:57
4 Meredith HILL AUS              56:20    02:50    6:44:20   02:1     3:23:48      11:09:35
5 Emma BILHAM SUI             56:49     01:44    6:49:49   04:0     3:22:55      11:15:20
6 Lisa ROBERTS USA            1:04:54   02:37    6:57:24     02:0    3:15:05      11:22:00
7 Anais MARTIN FRA             1:02:46  03:24    7:04:08   02:5     3:28:59      11:42:10
8 Melissa LAPP FRA            1:05:20      03:01   7:14:22      03:3     3:52:14      12:18:27
9 Sione JONGSTRA NED    1:01:09     03:03     7:26:50.  02:2     3:45:55      12:19:26
10 Annabelle DIETRE FRA    56:58      04:50     7:22:17     06:3    4:23:54     12:54:29

De la diferencia de premios entre hombres y mujeres mejor ni hablo. Me indigna este tema. Me entristece mucho. Hicimos lo mismo que ellos, el mismo recorrido, el mismo esfuerzo, el mismo sacrificio pero parece que no es suficiente para que la recompensa sea la misma. Igualdad. Solo queremos eso, ni más ni menos.

 

 

Llegaba a Vitoria con muchas ganas de competir. Sabía que iba a disfrutar mucho durante la carrera y que los ánimos no me iban a faltar. Estaba eufórica por vivir de nuevo todo el ambiente de Vitoria y de su público. Y sentía que la gente estaba esperando esta gran cita tanto como yo. Como todos sabéis, Vitoria era mucho más que un Ironman. No solo por todo lo que para mi significaba correr aquí, sino porque tenía en juego el pase a Kona. Un slot con el que soñaba desde hacia tiempo, pero que no ansiaba conseguir. No me obsesionaba. Por eso, hasta entonces, en ese año no lo había intentado. Me la jugaba todo a una carta. Dejaba la única opción en Vitoria, y sentía que…  si tenía que ser… que fuese allí. Sería el slot más especial, sin duda. Rodeada de mi gente y corriendo en “casa”.

 

Lo mejor era que no lo soñaba sola. Sentía, desde hacía tiempo, que mucha gente deseaba que lograra ese pase a Hawaï. Sería la mejor recompensa a todo el esfuerzo del año. Era muy emocionante sentir como desde las semanas previas muchos eran los que me escribían; tanto para darme ánimos, como para hacerme saber que creían en mí, que me veían capaz de conseguir el slot en Vitoria y que confiaban en que, con mi buen estado de forma actual, podría luchar por la victoria. Qué emocionante era eso. Estaba eufórica desde hacía días. Y estaba muy, pero que muy nerviosa por esta carrera y por todo lo que me estaban haciendo vivir. Y, si ya en casa estaba nerviosa, imaginaros al llegar allí. Cuesta explicar lo que es sentirse tan querida, no parar de recibir ánimos, hacerme fotos con gente, conversar con otros triatletas que no paraban de elogiarme… Y los elogios, y el cariño, no solo venían por parte de la gente y los triatletas, sino que también la organización y todo el equipo de Ironman me hicieron sentir muy especial. Y, junto a Ruth, vivimos el privilegio de sentirnos las grandes anfitrionas y no paramos de contestar a entrevistas, posar para fotógrafos y emocionarnos antes de empezar a competir.

¡Qué presión! Pero ¡qué bonito! Jamás me había sentido tan, tan querida. La gente me empujaba a intentar conseguir el pase al mundial. A creer que podía lograrlo. Y hasta me ponían como favorita (las votaciones de Triatlonchannely casi todas las previas en los medios lo decían). Incluso por delante de Heather Jackson, una topmundial. Ante eso, no podía más que sentirme afortunada de que la gente creyera en mi tanto como yo. Porque creía que se podía… me sentía más fuerte que nunca. Sentía que podía demostrar mi gran estado de forma y que podía hacer una gran carrera también en esta distancia. Evidentemente me daba mucho respeto, pero no miedo. Estaba convencida que, esta vez, los problemas de estómago no iban a ser un handicap (después de trabajar mucho sobre ello)y, que además, conociéndome, sería capaz de hacer una gran carrera una vez más.Lo que no sabía era cómo iban a estar las rivales. Además, a penas las conocía. Sin embargo, si todo iba bien, la lucha sería por el slot y, por qué no…, por la victoria. Eso sí, estaba preparada para cualquier cosa o circunstancia negativa. Estaba mentalizada para lo que pudiera pasar porque tenía claro que la carrera era muy larga y que podía pasar de todo. Nunca más lejos de la realidad.

 

8.20h Los chicos empiezan la carrera. «Esto ya está aquí¡Por fin!»Qué dura se hace siempre la espera. Los nervios son más fuertes que nunca. Hasta me empezaba a doler la barriga y tenía algo de nauseas «¡Dios! ¿Por qué estoy tan nerviosa?».Esperaba que eso no me afectase, sobre todo al estómago. Me despedí de Javi, que estaba casi tan nervioso como yo. ¡Uf! Nunca lo había visto así. Le di un abrazo a Agustí que, además de los nervios que ya llevaba, consiguió emocionarme. Y, si las lágrimas estaban a punto de aparecer, el abrazo con Ruth fue el remate final para que la situación se desbordase. «¡Aig! ¿Por qué querré tanto a esta “ñiña”?»(como lo diría una lanzaroteña). Bueno… sí que lo sé, sobran las palabras. Nos deseemos, con todas las fuerzas, que las dos tuviésemos una buena carrera. Realmente lo sentimos de corazón.

FOTO: Carles Iturbe (ironman Spain) Getty Images

FOTO: Amari Erretratua

Y llegó el momento. Nuestro Ironman estaba a punto de empezar. Sí, sí. Nuestro, porque no era solo mío y así lo sentía. En esos minutos previos vi muchas caras conocidas. Muchas camisetas delTeamKoraxany sentí el calor de todos los que habían venido a apoyarme y a ayudarme en todo lo que pudieran. Desde fuera, claro, pero como si lo hicieran a mi lado.

FOTO: Getty Images

Por fin suena el bocinazo de salida. Primeras brazadas muy fuertes por culpa de la euforia y de toda esa emoción contenida. Pero ya está… los nervios se esfumaron para dejar, por fin, que mi cabeza consiguiese controlar todos mis movimientos, todos mis impulsos y para que la parte más racional pusiese orden a todas esas emociones. Mente fría, concentración a tope, y nervios de acero para lograr vencer, sin temblar, los 226 kilómetros que me esperaban por delante.

FOTO: Getty Iamge

Dominé el sector de natación de principio a fin. Desde la primera brazada tomé el mando y logré completar los 3.800 metros en cabeza y en solitario. Intuía que iba sola, pero sin saber como de lejos venían mis perseguidoras. No fue cómoda la natación, sin embargo, fue muy bonita. Nadar con el lago lleno de boyas que dibujaban líneas rectas perfectas fue espectacular. La natación más fácil que he visto. No por nadar en Landa, que nos lo puso más difícil que nunca por culpa del viento que levantaba olas y creaba corrientes, sino porque era imposible hacer un metro de más o perderse. Cada boya te llevaba a la siguiente con la que no había más de 100 metros de distancia. El tener las boyas tan cerca me ayudó a no desconcentrarme ni bajar el ritmo. En aguas abiertas, y en distancias largas, es inevitable no relajarse y acomodarse con el ritmo y más, cuando vas solo. Pero allí, el paso por cada boya, me hacía apretar de nuevo para alcanzar la siguiente. Se me hizo larga; no es lo voy a negar, pero la disfruté mucho y me sentí muy cómoda y deslizándome como nunca ¡Guau!qué gusto nadar en lago y no en mar.

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Aunque sabía que los nervios iban a aparecer en los momentos claves, sobre todo en las transiciones, o zonas con mucho público. No pensaba que iban a ser tan fuertes. ¿Sabéis lo que es que te entre un escalofrío por todo el cuerpo y que se te acelere el pulso y la respiración por sentirte tan observada? Pues eso me pasó a mí en los metros finales del agua sabiendo que salía en cabeza. Aunque, por suerte, no me jugaron malas pasadas y pude hacer una buena transición.

 

 

FOTO: Getty Images

 

Ya estoy encima de la bici. Veo a Javi que me anima y me acoplo para afrontar el sector ciclista «¡Judith cabeza. No te emociones. Tienes 180km de pedaleo por delante y no te digo lo que viene después!»Qué difícil es ir primera en un Ironman. Imposible no dejarse llevar por la euforia del liderazgo. Inevitable no sufrir porque te puedan alcanzar las de atrás, e irremediable no tener pánico escénico.

 

Los primeros kilómetros fueron muy curiosos. Llevaba casi un año sin hacer un Ironman y se me había olvidado cómo había que afrontar una carrera tan larga y cómo había que concentrarse. –¿En qué piensas cuando compites?Te suele preguntar la gente. Pues… eso digo yo. No sabía que pensar. Y no paré de decirme: «Aver Judith… ¿en qué pensamos? ¿cómo podemos distraernos? Nos quedan 5h por delante así, que… ¿qué hacemos?»Encima, me dolían muchos las piernas. Pero «¿cómo puede ser? Si acabo de empezar»Así que me costó mucho afrontar la primera hora de carrera en solitario. No sabía que ritmo llevar, ni que intensidad poner. No sabía cómo distraerme. No sabía en qué pensar. No sabía cómo evitar ese dolor de piernas. Y no sabía cómo hacer que la lucha contra el viento fuese más llevadera.

FOTO: Amari Erretratua

Pues cuando sentí que por fin había entrado en carrera y por fin había sabido coger el ritmo y la concentración, y había empezado a controlar la situación, un árbitro me truncó la carrera. Aún no sé ni cómo explicarlo ni como buscar palabras para esa situación tan surrealista. Sé que tengo que acatar la decisión del juez y no darle más vueltas. Pero, como persona, siento inquietud por esa actuación. Siento que me falta entender lo que pasó. Siento que no viví lo mismo que él percibió y me gustaría poder repasar imágenes, poder revivir ese momento y ver si soy yo la que está equivocada. O, si por lo contrario, fue el árbitro quien erró en su decisión. Siento un vació muy grande por lo ocurrido. Soy una persona que respeta. Sin embargo no puedo decir que sea conformista. La situación vivida el domingo me sigue retumbando en mi cabeza. Me sigue quitando el sueño y me sigue provocando lágrimas de dolor y de injusticia. Cierro los ojos y, por más que repaso la situación, no logró entender donde cometí el error. Llevaba más de una hora pedaleando totalmente en solitario (miento, el cámara y algún fotógrafo que se acercaban de vez en cuando me iban haciendo compañía). Unos 40 kilómetros sin encontrarme a nadie en carrera. Y justo en el momento en que me adelantan los dos primeros grupos de edad (que iban pedaleando juntos), viene un árbitro y sin ningún tipo de miramiento, ni de aviso, me saca una tarjeta azul (gesto que conlleva una penalización de 5’ por considerar que he hecho drafting). Yo no daba crédito. Venía de una bajada pronunciada, la más rápida del circuito, e intuyo que ellos venían ya detrás de mí y que, por la misma inercia, y debido a su mayor peso, me adelantan por la izquierda a una velocidad mayor. Yo sigo pedaleando mientras me pasan viendo que su velocidad es más alta y poco a poco se van alejando sin ponerme en peligro en ningún momento y sin entrar en la zona prohibida. Así lo sentí. Y cuando tan solo habían pasado unos segundos de haberme rebasado, viene el juez a amonestarme. No puedo entenderlo. Ni habían acabado de pasarme. No habían transcurrido ni 30” del adelantamiento. No comprendo de dónde salió el juez, ni si pudo ver la acción completa. Ni por qué no dejó un tiempo de margen para comprobar si yo, realmente, me quería aprovechar de la situación. No puedo comprender que fue lo que él vio y por qué actuó así. Sigo sin dar crédito. Fue como un disparo a quemarropa, como una puñalada por la espalda a traición. Sentí como si aquello estuviera ya planeado. Como si ese fuera su deber y aprovechó la ocasión. La única que tuvo. Forzosa o forzadamente, pero se salió con la suya. Como un sicario, contratado para matar, que va y ejecuta su crimen sin sentirse culpable por su actuación. Sin ningún tipo de remordimiento. Sin sentirse el autor de los hechos. Y sin importarle lo más mínimo las consecuencias.

 

La sanción fue totalmente injusta. Así lo siento y así me lo hicieron saber tanto el cámara, como Fotorunners,que en esos momentos estaban allí. Me quedo con eso. Con el hecho de que, quien pudo verlo, tampoco dio crédito a lo que hizo. Hasta Jorge, el Director de carrera estaba sorprendido tal y como me dijo cuando llegué al penalti box. Fueron muy incómodos esos 5’ parada en pit stop.Jorge me decía: «puedes bajar de la bici». Pero no llegué hacerlo. Entre que no era capaz de asimilar lo ocurrido, y las ganas que tenía de volver a la carrera, no me vi capaz ni de bajarme de ella. Impotente, empecé a ver cómo me pasaban triatletas. Que mala suerte tuve. Creo que era la única persona que rodaba en solitario en el circuito e increíblemente recibí la penalización. Vi pasar a Nina Derrony unos minutos más tarde a Heatherque me miró con cara de pena y me hizo un gesto de ánimo. ¡Que tía tan guay! Ha sido un placer conocerla. Me ha caído genial.

FOTO: Carles Iturbe

Sin embargo, aunque cueste creerlo, esa sanción tuvo su parte positiva en mí. La primera fue que no rodé más en solitario desde entonces y la segunda que, como mi mente no paraba de pensar en lo ocurrido, conseguí buscar, sin querer, esa distracción que tardó en llegar en la primera vuelta. Eso y la rabia contenida por lo acontecido fueron el mejor empuje para continuar con fuerzas y no venirme abajo. Junto a los ánimos del público que me animaban con ganas y me cantaban referencias. Entre ellos: Itsi, Alberto, Mauri, Ana, Javi… Aunque me daban ganas de decir:«Es que me han puesto un penalty».¿Lo sabrían?, ¿qué pensaría la gente?, ¿Y Javi?, ¿y mi familia? La verdad es que sé, con certeza, que pensarían que fue algo desafortunado. Igual que mis amigos y toda la gente que me conoce. Pero me sentía con ganas de explicárselo. De darle un abrazo a Javi y echarme a llorar en su hombro para desahogarme.

Cuando parecía que había conseguido pasar página y además estaba recortando distancias con las dos de delante, llegó el segundo imprevisto. Este si que fue totalmente fortuito. Pinché en el kilómetro 100. –¡No me jodas! Hoy tengo la negra. Que le vamos a hacer. Estas cosas pasan ¿A quién no le ha pasado alguna vez? Pues a mí, hasta ahora, nunca. Así que… no puedo quejarme. Por supuesto da rabia. Por supuesto cambió toda la carrera. Y, por supuesto, por culpa del pinchazo perdí cualquier opción de ganar, de luchar por el sloty de volver a pelear por la carrera. Sin embargo, no me vine abajo. Al contario. Me alegré de llevar recambios (de todas las competiciones que he hecho, esta fue, prácticamente, la única vez que lo he llevado). Tocaba afrontar una situación nueva en carrera. Tocaba resolver el incidente y seguir. Esto es parte de la competición. Es parte del juego. –¡Qué mala suerte! me dijo mucha gente. Mala suerte es pinchar dos veces y no poder continuar, me decía yo. Pinchar una puede pasar y… ese día… pasó. ¿El peor día quizá? ¿Y cuál hubiera sido mejor?: ¿Zarautz?, ¿el mundial?, ¿Salou?

Perdí 17’ en arreglar el pinchazo. Muchísimo tiempo. –Qué mal Judith-. El problema fue que no tenia narices a aflojar con la allen el pasador de la rueda para poder sacarla. ¡Que impotencia! Creí que no lo conseguiría, por más que apretaba con todas mis fuerzas, no era capaz de ello. Me temblaba el pulso, la situación me ponía muy nerviosa, y tenía dos chicos observándome que justo habían pasado con su bici de ruta para ver la carrera. – Tranquila, descansa un poco, cojo fuerzas y lo vuelves a intentar -.Me animaban ellos. Era lo único que podían hacer. Se ofrecieron a ayudarme varias veces, pero no lo podían hacer y esta claro que ni se me pasaba por la cabeza incumplir las normas. – Venga ánimo, no todos los días se ve a tu ídolo cambiar una rueda en carrera –me decían.La verdad es que no pararon de animarme y se lo agradezco, aunque sentirme observada me llevó más tiempo y más estrés. También me animaban muchos corredores de lo que pasaban, entre ellos Ruth, que se interesó por mi. Gracias bonita.

Tardé mucho en arreglar el pinchazo, pero lo hice. Y no sabéis lo orgullosa que me sentí por ello. No lo había hecho nunca y cuando había practicado en otras situaciones, había sido totalmente un desastre. – No voy a poder cariño– le decía a Javi cuando comentábamos esta hipotética situación. Así con la euforia máxima me subí de nuevo a la bici y seguí. Gua, estaba emocionadísima por haberlo logrado, por poder continuar en carrera. Salí a muerte, iba alcanzado a gente que llevaba un ritmo mucho menor que yo e iba loca por recortar todos esos minutos que había perdido. Iba última, eso ya lo sabía, pero eso ya no me importaba. Estaba contenta por haberme superado una vez más, por haber sido capaz de controlar la situación con la mayor entereza y seguir luchando. Seguir luchando contra mí, y no contra nadie más. Porque la competición es eso, no es ganar o perder, es luchar contra uno mismo y contra todas las adversidades. Superarse, caerse y levantarse de nuevo.

FOTO: Jorge Morales Gutiérrez (ONA ONARI)

Iba muy motivada pero solo me faltó ver a Javi para que me diera más alas si hacía falta. Estaba llegando al paso por vuelta y veía como venía andando con la cabeza agachada y con cara triste. Interpreté que iba a intentar buscarme sabiendo que me habría retirado por culpa del pinchazo. Entonces le grito: ¡cariño, estoy aquí! ¡He pinchado la lenticular y la he arreglado! Alucinó. Dio un bote de alegría y su cara cambio por completo. – ¡Vamos cariñooooo!– me grito con la mayor emoción y fuerza posible. ¡Uf! Fue El mejor momento del día. El más bonito. Se me caían las lágrimas. Sé que estaba súper orgulloso de mi, no solo por haber sabido arreglar el pinchazo sino por haber seguido. No sabéis las fuerzas que me dio eso. El motivarme con mi marido, mi familia y mis amigos estuvieran orgullosos de mi por mi lucha y empujándome de nuevo sabiendo que seguía en carrera.

¿Alguien tenía dudas que no iba a seguir? Mucha gente me dijo: creía que ya no seguirías, creía que ya te retirarías y volverías a intentarlo en otro ironman. Que poco me conocen. Ese no es mi estilo. Rendirme no entraba en le ecuación. Y mucho menos hacerlo porque había perdido el pase a Kona.Yo no vine a eso, vine a competir con todas las consecuencias. No vine a por el slot, no vine solo a eso. Vine, como el resto, hacer mi ironman, a competir como una más. Yo en carrera me quito el traje de Pro y compito, sufro y lucho como el resto. Por mejorarme, por superarme y no solo por luchar por un triunfo.

 

La última vuelta de bici fue durísima. Me sentí completamente sola en carrera. Parecía que todo el mundo llevaba rato corriendo, no quedaba apenas público y fue muy duro luchar contra los kilómetros. Empezaba a tener amagos de rampas. Supongo que del sobreesfuerzo que estaba haciendo por recortar los minutos perdidos y por todos los nervios vividos ante los imprevistos surgidos.

FOTO: Naike Ereñozaga

Tocaba hacer una lectura totalmente diferente. Sé que había perdido todas las opciones de carrera. Pero no podía defraudar a nadie de los que habían venido a verme, no puedo defraudar al público y la afición de Vitoria, ni mucho menos a mí misma.

 

La maratón fue mágica. Solo con lo que viví en el primer kilómetro de carrera ya supe que era lo mejor que había hecho. No podía perderme eso, no podía perderme esa gran fiesta. ¡Dios!  Vitoria se superó cuando creía que era imposible superar lo insuperable. El público empujó de principio a fin e hicieron que los kilómetros fueran más llevaderos y amenos que nuca. No dejé de recibir ánimos ni un solo segundo. Fue espectacular, no solo el paso por la zona de meta que era una olla a presión y era imposible contener las lágrimas, sino que por todos sitios recibía gritos de ánimo y apoyo. – ¡Muchísimas gracias a todos! De corazón- . Me hicisteis vivir algo mágico e inolvidable, me hicisteis volar por las calles de Vitoria y me empujasteis kilómetro a kilómetro como si fuera el último.

FOTO: Carles Iturbe

Aunque quién realmente me empujó fue Gorka. Que bien lo pasamos. Conseguimos revivir el momento de Embrun, conseguimos encontrarnos en carrera y conseguimos ayudarnos mutuamente. ¿Quien dice que el triatlón es un deporte individual? No estoy para nada de acuerdo. Y en la maratón de este ironman lo viví. Con él y con el resto de los corredores que nos podíamos ir ayudando y animando mutuamente, con mis deportistas que también estaban compitiendo allí, con muchos amigos y conocidos y con José Luis Cano, toda una eminencia del triatlón de larga y un referente.

Gracias a Gorka mantuve la entereza cuando las fuerzas empezaron a flaquear. Salí a correr como si no hubiera un mañana, salí a luchar por todo sin nada que perder. Salí a correr con la incredulidad de que tenía 42 kilómetros por delante. Salí a remontar posiciones y ser más fuerte que nadie sin ser consciente que para mi los kilómetros también pasaban factura. Logré ponerme quinta en la primera vuelta, cuarta en la segunda y gracias al sparringde Gorka, alcancé el pódium en la tercera.

FOTO: Joan Dols

Fue increíble, fue súper emocionante vivir todo aquello. Quién me iba a decir que sería capaz de hacer esa remontada épica, de hacer ese carrerón y de marcarme el mejor parcial junto a Heahter Jackosn. No creías que fue fácil, no creáis que me sentí invencible e inmune a todo. Lo que no sé es como pude ser capaz de correr como lo hice. Llevaba rampas desde la primera vuelta, notaba como los cuádriceps me iban dando fuertes pinchazos y creía que en cualquier momento una de esas zancadas sería la última, sin embargo, conseguí enmascarar todos esos males y hacer que ni yo ni nadie me los notara. Sobretodo Javi. Le intenté demostrar que podía luchar contra todo y contra todas, le quise brindar otra gran carrera y demostrarle una vez más que no me rindo hasta el final, que lucho con uñas y dientes hasta la meta. – ¡Así me gusta cariño, sería y concentrada!-  me decía. Jejejeje Yo me reía con lo de sería. Jejejeje. Pero me emocionaba verlo tan metido en carrera, tan ilusionado y entregado. Cariño, se que creíste mucho en mí, y por momentos soñaste que podía hasta alcanzar la segunda plaza y conseguir el slot, tu y mi familia y mis amigos que empujaban desde casa. – ¡Gracias! -. Creerme que lo intenté. Una maratón es muy larga – decías. Lo sé. Pero también es para mí. Jejejeje. Y los kilómetros finales fueron muy duros, como es lógico. Pero llegué hasta la meta. Lo hice exhausta, ida completamente. Me sentí como la protagonista de stranger thingsque después de luchar y sacar toda su energía para derrotar al monstruo se queda totalmente sin fuerzas. Vacía completamente.

FOTO: Carles Iturbe

FOTO: Amari Erretratua

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Así estoy yo ahora. Con un vació que cuesta llenar. –¿Y ahora que?- Me pregunto. Como planteo el final de temporada. Esa es la duda que me queda.

 

De lo que no me queda duda es de que hice un carrerón. Fui la más fuerte de coco y me atrevo a decir que una de las más fuertes también físicamente. Lo sé, lo siento. Y no puedo estar más contenta por ello. Estoy feliz por mi rendimiento, por mi performance en tan poco tiempo y por sentirme sólida en la distancia. Ahora ya un ironman no me da miedo, me da respeto, pero no miedo. Ahora ya siento que tengo el control de la distancia y que he dado un paso muy grande hacia adelante. Ahora si que sé que puedo estar en Hawai y luchar con las mejores triatletas del mundo.

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–¡No estés triste cariño! Le decía a Javi después de la carrera. Estaba hecho polvo. Estaba súper triste por todo lo que me había pasado. «No te lo mereces. No es justo todo lo que te ha pasado» Me dije. Cariño, estoy súper contenta. Súper orgullosa de mi misma. He vuelto a superarme, he vuelto a demostrarme una vez más a mi misma que soy capaz de todo. He vuelto a darme una lección en carrera, a crecerme, a no venirme abajo ante los imprevistos y no rendirme nunca. Esto es lo que yo soy: una luchadora. Es lo que le quiero enseñar a la gente que me sigue. A mi sobrina Laia, que ya compite. No quiero enseñarle que su “tieta” gana, quiero enseñarle que su “tieta” sufre. Que lucha, que disfruta… porque ella me sigue y me pregunta por mis carreras. Por qué me he retirado, por qué me he caído… Quiero ser el mejor ejemplo para ella y enseñarle los mejores valores del deporte.

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Ironman Vitoria ha sido una de mis mejores carreras. Vitoria ha vuelto a emocionarme. Ha vuelto a quererme como nunca y ha vuelto hacerme disfrutar. ¡Cómo te quiero Vitoria! Gracias a todos los que formáis parte de ese equipo, Gracias por organizar un evento inmejorable. Gracias Agustí, Jordi, Cristina, Núria, David, Eduardo, Yamile, Aitor, Itzi, Carles, Jon… y gracias Gorka (alcalde de Vitoria) por el gesto que tuviste al venir a felicitarme. Y lo mejor, es que sé que fue de corazón.

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Gracias Iván por hacerme tan fuerte en tan poco tiempo. Gracias Sandra por hacer que la alimentación y suplementación no fueran, por fin, un hándicap en carrera. Muchas gracias a Manuel Alcántara por toda tu ayuda de forma totalmente altruista. Tú has conseguido que supere mis problemas de estómago, problemas que me costaron mis dos Ironman’s y muchos males en carreras. A ti y a Emlife por ayudarme con el probiótico.

 

Gracias a todos por tantos ánimos, muestras de cariño y mensajes de reconocimiento. No hay mejor recompensa.

Lo que estoy recibiendo vale mucho más que un pase a Kona ¡Os lo aseguro!

 

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La crónica de esta carrera empieza en el momento que acabó la de Zarautz. Inevitablemente, la caída ha condicionado los días posteriores y ha sido protagonista en mi día a día. Tengo que reconocer que podría haber sido mucho peor. Tan solo fue “chapa y pintura”. Sin embargo, cualquiera que haya besado el suelo, por una caída en bici, sabe que las heridas y los golpes son muy dolorosos y el proceso de curación se hace: largo y lento. El no estar en casa, siempre lo hace más difícil. Poder descansar, cumplir con la recuperación, las curas… lo es todo. Por contrapartida, creo que el aire del norte ayudó a mi mejoría y a mi pronta recuperación. No hay nada mejor que estar en un lugar idílico, con la persona a la que quieres, y disfrutando de lo que más te gusta: viajar, entrenar, gozar de la naturaleza y de parajes únicos, descansar, desconectar…

No solo fue duro para mí; sino también para Javi. Además de escuchar todas mis quejas, por los dolores y limitaciones, tuvo que encargarse de todo durante esos días. Me trató como una reina. Bueno…, siempre lo hace, pero, en esas circunstancias, más aún. Hasta tenía que ayudarme a vestirme porque ni para eso me valía por mí misma. La verdad es que, en esas circunstancias, moverme en un espacio tan limitado como el que teníamos en la “furgo”, era una prueba de fuego. Y, ni os cuento, lo que era subir y bajar de la cama. ¡Qué horror! No obstante, no lo cambio por nada lo que hemos vivido estos días. Y es que, un gran amigo, nos dejó su furgoneta. Toda una casa móvil en la que habitamos durante 15 días. La experiencia ha sido brutal. Quedarnos por el norte dos semanas, hacer vida allí dentro y movernos libremente, de un lugar a otro, con el destino final en la carrera de Bermeo-Guernica, fue un regalo. –¡Gracias Sergi!Creo que nunca te lo podremos llegar a recompensar. Como nos decía todo el mundo (que alucinaba con la furgo): “Vaya amigo tenéis”–.Y que lo diga.

Cada día nos íbamos enamorando más de ese estilo de vida. De cada lugar que visitábamos y de nuestro día a día. Diría: <Qué bien se está de vacaciones>, pero… tengo que decir que, esos días, también me tocó currar y cumplir con alguna obligación publicitaria. Sí que me hubiera gustado desconectar de toda esa rutina y poder dedicar más tiempo a leer, descansar, dormir, disfrutar del entorno y, sobretodo, dedicarle más tiempo a mi marido y no tener que decirle constantemente: <“diez minutos y acabo. Contesto un par de email y ya está”>. No me quejo de nada ¡eh! (que quede claro, je, je). Soy una afortunada. Lo sé. Pero no os voy a negar que me hubiera encantado sacarle algo más de jugo a esos días sin estar pendiente del ordenador y constantemente del teléfono; para qué os voy a engañar.

Si algo le dio aún más sentido a todos esos días, fue las buenas compañías. Y es que al final pudimos compartir grandes momentos con personas a las que hemos tenido la suerte de conocer gracias a este deporte. El día después de correr en Zarautz fuimos a Zumaia con Helene y Axi y, además de ejercer como grandes anfitriones y enseñarnos aquel bonito lugar, nos permitieron conocerles un poquito más y corroborar las grandes personas que son y la bonita pareja que forman. –¡Gracias chicos! fue todo un placer.

También tuvimos ocasión de quedar con Iker y su pareja Raquel. Y charlar durante un buen rato. Tanto que nos olvidamos del frío, de la hora y de todo lo demás. Encantadores.

Y qué decir: El norte no sería nada sin su gastronomía. Disfrutamos de unos buenos pinchos en más de una ocasión, pero donde más disfrutamos comiendo, además de la compañía, por supuesto, fue en una sociedad gastronómica para hombres. Así que no solo fui una privilegiada porque me abrieran las puertas a su sociedad, y que los hombres cocinaran para mi (y para el resto claro), sino que además, comí de escándalo y lo pasé aún mejor. –¡Gracias Aitor y compañía, por todo.

Y como al final, lo que nos une a los triatletas, es el deporte… quedamos para practicarlo en compañía. Estando en Lekeito fuimos a correr con Ander Okamika y su equipo. De camino a Vitoria pasamos por Durango y aprovechamos para entrenar con Gorka. Estando en Vitoria quedamos para rodar un día con Ruth, Eneko, Peru y compañía. Y al día siguiente lo hicimos con el equipo de ANB casi al completo (Ander, Gonzalo, Carlos, Aitor…). En esos momentos es cuando te das cuenta de que ha sido un regalo llegar al triatlón y que lo más bonito es ir conociendo gente con la que compartes muchas cosas. Es que, algo que parece tan simple, como quedar con compañeros de profesión o afición para pasar un buen rato y de paso entrenar, te da la vida. Aunque, si hay una persona especial a la que he conocido gracias a este deporte, es mi marido, Javi. Nos conocimos precisamente en el triatlón de Vitoria (de eso, el mes que viene, ya va a hacer cinco años). Ahora acabamos de cumplir dos años de casados y justamente estábamos en Vitoria para celebrarlo. Así que, esas cosas, hacían que los días fueran mucho más especiales.

    

 

Los días pasaban rápido y…, cuando nos dimos cuenta…, de nuevo entrabamos en la semana de competición. Tocaba cambiar el chip. Tocaba centrarse e intentar pasar página en la recuperación de la caída e intentar volver a priorizar los entrenos. No fue fácil. Al final, al cuerpo, por más que le exijas, no va a dar más de lo que puede darte. Y mientras sí que iba cogiendo el ritmo en los entrenos de bici y carrera, la natación aún se me resistía. Tanto las heridas, como el fuerte golpe que me llevé en el hombro, me impedían nadar más de mil metros. Sin embargo, supe gestionarlo bien y no agobiarme por ello. Sabía que debía ser consecuente con eso. Ver el lado positivo sabiendo que podía haber sido mucho peor y confiar en que, cuando llegará el sábado, estaría lista para competir.

 

Lo bueno era que estaba muy relajada con la carrera. No porque no me jugara nada, sino porque, como nos la habíamos planteado como un entreno, la cabeza sabía que no iba a competir al 100% y que la finalidad no era otra más que hacer un buen test de cara al Ironman de Vitoria; que en definitiva era el objetivo que teníamos en mente. No fue fácil entrenar duro esa semana. No solo por lo difícil que es meter volumen y carga sabiendo que el sábado tienes que correr un Half, sino que al estar fuera de casa, eso de salir a entrenar y no a disfrutar de la bici, cuesta tomárselo más en serio. Resulta difícil buscar una piscina, un gimnasio, una buena zona para correr…, pero nos lo montamos bien e intentábamos aprovechar los trayectos, o los cambios de destino, para que, mientras yo pedaleaba, Javi fuese el que condujese. O que, mientras uno entrenaba, el otro compraba o cocinaba…  Y así matábamos dos pájaros de un tiro. Al final, se trataba de ir sumando experiencias sin dejar de lado la rutina.

La verdad es que no me importó del todo machacarme durante unas horas en solitario porque me sentía una privilegiada de estar viviendo ese tipo de vida. De estar disfrutando de unos días diferentes. Además, al final siempre, por un lado u otro, iba encontrando compañía. Como pasó el jueves previo al triatlón: salí a hacer mi entreno de ciclismo, aprovechando para rodar por el circuito de la carrera y de paso hacer el reconocimiento, y conocí a Ander (el presidente del Club de Triatlón de Lekeito). Fue un placer rodar y charlar con él. Bueno…, hubiera sido más placentero si no me hubiera metido una emboscada con rampas del 22%. Fue una paliza que, en otras circunstancias, metérmela dos días antes de una carrera me hubiera agobiado mucho. En cambio, en ese caso, me pareció hasta una anécdota divertida. Al final, esas cosas son las que molan. Aunque la próxima vez no me fiaré cuando un vasco me diga: <“No. Si son sólo 3 ó 4 km con alguna rampa de 8 ó 9%”>. Le perdono porque pinché en la última rampa y, si no fuera por él, aún estaría allí arreglando el pinchazo. Je,je.

 

Pues, sin darnos cuanto, la carrera se acercaba. Un día previo muy, muy, tranquilo. Tanto, que Javi y yo no acabábamos de ser conscientes de que al día siguiente competíamos. ¡Ya ves! Parece que un Half ya no sea nada para nosotros. ¡Hey! Qué fuerte. A pesar de ser una carrera con doble transición, la logística no era nada complicada. Además, teníamos instalada la furgo en la misma T2. Y la estación delante. Con lo cual, solo debíamos llevar las bicis en tren hasta la T1 y volver de Bermeo a Guernica en tren para descansar. Además, era un triatlón muy cercano. Con unos 400 participantes. Se agradecía que la cosa fuera tranquila y sencilla el día previo. Solo me hizo ponerme un poco nerviosa el sentirme reconocida por tanta gente. Es muy bonito que la gente te conozca, que te pidan fotos, te pregunten por tu caída, te feliciten por tus logros y ver que se sentían afortunados de poder coincidir contigo en carrera. Sin embargo, la que realmente se sentía afortunada era yo. No paré de recibir muestras de cariño. Y eso, es la mayor satisfacción que uno puede tener. –¡Gracias a todos!

  

   

No sabéis que placentero es dormir del tirón la noche previa a una carrera. No lo había experimentado antes. Qué buena sensación. Pero a la misma vez debía buscar pensamientos para activarme. Me sentía algo apagada, cansada por la dura semana de entrenos. Y me preocupaba que, a pesar de ponerme un dorsal, no encontrara esa chispa para luchar.

 

La carrera estaba a punto de empezar. Estar en un agua fresquita, hasta se agradecía, porque, a las 10.30h, el sol ya picaba con fuerza. Aunque tengo que decir que me encantó salir a esa hora. Sin madrugones. Con el día bien adelantado. Despierta y sin un previo de carrera tiritando como de costumbre. Así que: un punto más a favor para esta carrera. Las heridas me molestaban mucho por el roce del neopreno y esperaba que se hubieran curado algo más para este día. Pero, no fue así. Aunque los halagos de mis compañeras, minutos antes de la salida, hicieron que me olvidara de todos mis males. No sabéis lo que es estar en la salida del agua esperando que pasen los cinco minutos de tiempo que hay entre la salida de los chicos y la nuestra y el no parar de recibir mensajes de cariño de otras triatletas, de mis compañeras y de mis rivales en ese día. Yo no daba crédito: Fue uno de los momentos más bonitos del día. Difícil describir lo que viví en ese instante. Lo superior que me estaban haciendo sentir cuando yo solo quería ser una más. Yo no hacía más que contestarles: –“¡Gracias!, ¡ánimo!, ¡suerte chicas!”–. Qué grande.

 

Como disfruté en la natación. Tuvimos una primera parte muy fácil por el puerto donde el mar estaba plano y noté que me deslizaba fácilmente. Con una sensación de libertad que nunca había tenido en carrera. Pero duró poco. Fue cruzar el espigón y salir a mar abierto y empezar la lucha contra las olas. Fue una dura guerra entre los triatletas y el mar. Sin embargo, el ver que no paraba de adelantar a los hombres que disponían de cinco minutos de ventaja sobre nosotras, fue muy motivador. Me olvidé de mí. De mi pelea y solo me centré en seguir pasando gente. Sobre todo en estar bien atenta para no molestar a nadie ni que ellos me molestaran a mí. Aunque me lo pusieron fácil porque esa lengua humana que se forma, se iba escorando demasiado mientras yo cruzaba (así lo sentía) una línea perfecta entre boya y boya. Entiendo que no es fácil nadar en esas condiciones si no eres buen nadador. Pero, un consejo: <Es mejor perder 2 ó 3 segundos en levantar la cabeza y orientarse bien, que no hacer metros de más y perder minutos y energías muy valiosas>.

 

Así fue mi natación. Una natación en la que me noté muy rápida. Sentí que fluía sobre el agua mientras el resto se peleaba en ella. Me gustó el hecho de salir cinco minutos después que los chicos. Otro punto a favor de la carrera. Al no ser muy masificada, se podía adelantar bien y, para mí, fue muy motivador poder ir pasando a chicos y sentirme acompañada constantemente durante toda la carrera. Lo único que me supo mal fue intuir que había adelantado a Javi cuando, por una vez, el que él tuviera esos cinco minutos de margen, nos iba a permitir coincidir más en carrera, pero no fue así.

 

El sector ciclista fue duro. El mayor hándicap fue el cansancio que arrastraba de todos los entrenos de la semana. Me di cuenta de que se hacía muy duro competir con fatiga y tocó tirar mucho más de coco de lo que pensaba. Debía convencerme constantemente de que iba bien, de que iba liderando la carrera y de que, seguramente, llevaría un margen razonable como para no preocuparme. Pero no es fácil cuando las sensaciones no son las de siempre. No sientes la fuerza física de la que normalmente gozas en carrera. Y lo peor, es sentir que la cabeza también va mermando poco a poco.

Tuve momentos de todo. Momentos en el que me venía arriba al pasar a chicos o en los que, durante un largo período de tiempo, no era rebasada por nadie. Sin embargo, también sentí muchas veces que mi rendimiento estaba siendo muy inferior a lo esperado. Inferior al resto y que en cualquier momento me podría dar caza la segunda chica. O que me cogería Javi. Me alegraría por él, pero eso me causaría mucho estrés. Je,je,je,je. Es que, si no me pico con él, ¿con quién me voy a picar? Bueno, me piqué con más gente. Es Inevitable cuando una tiene un espíritu competitivo. Me piqué con chicos que me pasaban y a veces me daban ganas de decir: ¡Eh! Que yo hoy me lo tomó con más calma!” –je,je,je ¡Cómo somos! Aunque el pique fue mutuo, porque a muchos chicos se les notaba que disfrutaban dándome caza. Sobre todo porque algunos era adelantarme y relajarse justo delante. –¡Pero no hagas eso. Si me quieres pasar, pasa. Pero no me frenes ahora!–. En fin. Anécdotas que hicieron la carrera más entretenida y ayudaron a que los kilómetros pasaran más amenos. Aunque quién contribuyo a mi distracción en bici fue la moto con el cámara. Qué lujo que una carrera sea en directo, que nos hagan a las chicas tan protagonistas como a los chicos y que sea yo la afortunada de chupar cámara por el hecho de ir liderando la carrera. Ciertamente me hicieron mucha compañía. Solo el hecho de notar su presencia cerca ya lo hacía. Y encima me daban mensajes de ánimo y palabras motivadoras, así que con eso ya ni te cuento. Incluso me animaban a comer y beber cuando venía una zona más tranquila. Eso me producía una sonrisa que les hacía notar. Y hasta comentábamos la jugada. ¡Gracias a los dos! Sobretodo porque fue una moto que respetó siempre mi conducción y pude circular con total libertad (que, a veces, sentir una moto cerca en carrera te cohibe y condiciona un poco). Sin embargo, no fue así. El único que condicionó mi falta de destreza fue el miedo que se apoderó de mí, sobre todo, en las bajadas y en curvas más técnicas a consecuencia de la caída de Zarautz.

Realmente fue una bici dura. No había ningún puerto. Ninguna rampa con un tanto por ciento elevado de esas que hacen retorcerte, pero era un constante sube baja. Es de esos circuitos que, sin apenas darte cuenta, te van consumiendo poco a poco. Suerte que el recorrido era muy bonito y valía la pena sufrir por esos parajes. Los que vamos conociendo bien el norte ya sabes que aquí no hay nada plano y ya sabíamos todos a lo que veníamos ¿No? Hay que decir que uno de nuestros peores enemigos en el circuito fue el sol. Fue demoledor. Picaba con fuerza haciendo subir la temperatura y provocando gran pérdida de sales y deshidratación.

Aproveché para levantar el pie en los últimos kilómetros. Lo hice para reservar fuerzas para la carrera y bajarme con las piernas lo más frescas posibles. Aproveché para hidratarme bien. Y, sobre todo, levanté el pie para no jugarme el tipo en la parte más rápida del circuito. Todos queríamos correr ahí. Estábamos deseando meter gas y pisar el acelerador a fondo. Pero hay que tener conciencia de dónde está el límite. El límite está en la línea continua de la carretera. No solo porque te juegas una descalificación directa, sino porque te juegas la vida. El tráfico estaba abierto en sentido contrario y realmente temí por la vida de varios corredores a los que vi varias veces pasarse al otro carril para poder trazar mejor. Sin disminuir la velocidad, claro está.

Llegué a la T2 sana y salva y con ganas de correr. Esa sensación de fatiga desapareció de golpe y me puse a correr con muy buenas sensaciones. Me sentía fresca, ligera, ágil… igual parte de culpa la tuvo el ser conservadora en la bici.

 

No os puedo contar mucho de mi carrera. Si os digo la verdad: ni me enteré. A penas era consciente de que completé un recorrido de 21 kilómetros. Y, cómo mola eso. Iba relajada corriendo. No solo porque tenía la carrera asegurada y disfrutaba de correr sin presión, y con mucho margen, sino porque me iba automotivando con el hecho de encontrarme tan entera después de la carga de la semana. Y por sentirme tan cómoda a esos ritmos tan rápidos. Quería frenarme. Podía permitírmelo. Mi mente ya estaba puesta en el Ironman Vitoria y me preocupaba que esta carrera me pasara más factura de lo esperado. Nos la habíamos planteado como un entreno y debíamos seguir entrenando con normalidad los días posteriores. Sin embargo, no es fácil frenarte cuando no parás de recibir ánimos del público y tanto cariño de la gente. Una vez más los corredores me dieron una lección de compañerismo al no parar de animarme constantemente en carrera. Pero, esta vez, podía agradecérselo con palabras. Podía devolverles los ánimos y podía sentirme un poquito más cerca de ellos en carrera. Iba relajada corriendo. Iba saludando a gente. Iba pendiente de cruzarme con Javi para animarle. Pendiente de ver a gente conocida y poder intercambiar unas palabras de aliento.

¡Fue una carrera espectacular! Disfruté muchísimo. Me encantó el recorrido y pude saborear, más que nunca, todos los imputs que iba recibiendo. Os lo agradezco; a todos los que me animasteis constantemente. No solo a todos los que estabais en masa animando a cada uno de los que pasábamos, sino a los que os alejáis del resto y buscáis una zona solitaria para animarnos en las partes más duras del recorrido. De un recorrido que para mí fue espectacular. La zona del rio se hacía muy corta y amena y de forma rápida nos metíamos en el casco urbano donde nos esperaba otra gran afluencia de público expectante y lleno de vitalidad que no dejaba de gritarnos y aplaudirnos. Ya sabéis cómo es la afición vasca y la de Guernica no fue menos. Estuvo a la altura de cualquier otra carrera en pueblos vecinos. Y era inevitable emocionarse y sonreír en cada paso por vuelta tratando de mostrarles mi alegría y agradecimiento. Hasta me gustó la zona de las escaleras. Eso sí, casi más subir, que bajar. Porque en la bajada es cuando notas esa acumulación de lactato en las piernas. Es una sensación que te hace que te tiemblen y que las bajes de forma bastante patosa; además de hacerte alcanzar un pulso a mil por hora por el calentón de la subida.

 

He de decir que la carrera me gustó mucho. Sin duda un triatlón que ya he sumado a la lista de mis favoritos y que os recomiendo a todos. Disfruté de principio a fin dentro y fuera de la competición. La afición vasca me brindó una vez más todo su cariño. La organización me recibió con los brazos abiertos y trató de que no me faltase de nada, y lo consiguió. No solo conmigo, sino con todos los corredores. Demostraron estar a la altura de grandes eventos consolidados y les felicito por ello. Es que, cuando las cosas se hacen con cariño, es difícil que salgan más. Agradecer a Mikel Elgezabal, a Robert, y a todo el equipo, toda su entrega. Agradecerle a Jon Alegría que siempre trabaje con tanta pasión y profesionalidad. Y agradecer a todos los que hicieron posible que la carrera fuese retransmitida en directo por Sport Públic TV. Un gran logro, y un gran paso, para dar más cabida y visibilidad a este magnífico deporte.

No me puedo irme más satisfecha para casa. Lo hago con la satisfacción de sentirme una persona súper afortunada y privilegiada en vivir todo lo que estoy viviendo. Las cosas no me pueden estar yendo mejor; y aún nos queda el plato fuerte. Ahora viene un reto mucho mayor: el Ironman Vitoria. Pero sé que corro en “casa”. Y eso será un punto a mi favor. Vuelvo a correr en tierras vascas… con la suerte que me da y lo querida que me siento. Muchos hablan de si conseguiré el triplete. Ojalá. Voy a luchar por ello. Pero… lo que sí sé… es que, sin remedio alguno, volveré a emocionarme una vez con toda esa afición. Sé que allí me esperan con entusiasmo. Sé que muchos ya me han bautizado como “La Reina en el norte”. Y, aunque estas cosas den un poco de vértigo, y pánico escénico, tengo que quedarme con lo que hay detrás de todo ello. Todo eso son palabras mayores y me debo sentir muy afortunada por recibir halagos de tal calibre. No me gusta eso de “Reina”. No me gusta ser la protagonista principal ni la gobernanta. En cambio, si me gusta que me vean como una mujer fuerte, luchadora y valiente. Pero sin querer ser ambiciosa y querer tener el poder por encima de los demás. Como buena amante de juego de Tronos, disfruté visitando Rocadragón (San Juan de Gastelugatxe) y que Mikel Taboada pudiera inmortalizar allí momentos que fueron mágicos. No me sentí ni como Daenerys, ni como Sansa… ni mucho menos, sin embargo sí que sentía algo especial y mágico al estar allí.

Tengo que deciros que yo me identifico más con Arya. Una mujer más independiente, con un fuerte carácter y valentía, pero que prefiere pasar desapercibida. Una chica que se siente más identificada con los caballeros que con las doncellas. Una mujer que prefiere luchar en la sombra. Que lo que quiere… es imponer justicia. Que no quiere el poder, pero si el bien. Que quiere proteger a su familia, a la gente que quiere. Y…, en general… al mundo.

 

Se acercaba el Triatlón de Zarautz. Una cita ineludible en mi calendario. Es, para mí, el mejor triatlón del mundo con diferencia por muchos motivos y no me lo perdería por nada del mundo. Quieres llegar en las mejores condiciones posibles y poder luchar por la victoria, pero os aseguro que, en esta carrera, eso pasa a un segundo plano y no dejaría de faltar a esta carrera por ningún motivo. Y es que las semanas anteriores no fueron fáciles. No sé si fueron las consecuencias del degaste del mundial, pero me costó mucho recuperar. Me sentía débil, muy cansada, lenta… y me estaba costando remontar. Para colmo, la semana previa a la carrera, falleció un amigo y reconozco que eso me dejó muy tocada anímicamente. La ayuda de Iván, mi entrenador, fue clave. Me ayudó a gestionar todo aquello y no dejó que me hundiera en ningún momento. <<Gracias Iván>>. A veces se trata tan solo de decir lo adecuado en el momento idóneo. Por supuesto, el cariño incondicional de Javi, de mi familia y de los amigos fue muy importante.

 

Pero es poner un pie en Zarautz y se te pasan todos los males. Cuando llegas allí empiezas a recibir todo ese cariño de la gente (organización, triatletas, público, compañeros, gente de Zarautz que ves año tras año…). Empiezas a compartir la ilusión por la carrera y empiezas a disfrutar del ambiente. Te olvidas de la “competición” y empiezas a gozar de esa “fiesta”. Por algo llevo cinco años consecutivos viniendo, porque no me lo quiero perder por nada del mundo. Llevo dos años renunciando al mundial de Challengepor no perderme esta carrera. No puedo tenerle más cariño. Y es por todo lo que me regala esta carrera. Significa mucho a nivel personal. Así que, cuando llego aquí, consigo olvidarme de mis rivales y consigo decirme a mi misma: <<Judith, aquí vienes a disfrutar y a vibrar una vez más con todo esto>>.Cuando conseguí hacer ese click fuecuando pude saborear la esencia de todo esto. Ahí fue cuando logré gestionar la presión (que no es fácil) y disfrutar de todo el cariño de la gente que me animaba a revalidar título. Me hacían verme como favorita y me mostraban su admiración. Realmente fue halagador. Nunca me había sentido tan querida. Nunca había recibido tantas muestras de afecto. Intenté saborear esos detalles de los que me siento tan afortunada, aunque reconozco que me da mucha vergüenza todo eso y que me hace ponerme muy nerviosa. Hasta el momento previo al inicio de carrera estuve recibiendo ánimos y haciéndome fotos. No paraba de recibir felicitaciones por mi temporada. ¡Uf! Realmente fue mágico. Pero, como digo, estaba muy nerviosa por todo ello.

 

Pero si algo era mágico este año, era que Javi también competía. Por fin. Después de cuatro años intentándolo, esta vez sí que le había tocado el sorteo. Que ilusión me hacía que pudiera vivir aquello conmigo, desde dentro. Y por si fuera poco, a nuestro amigo Richard Calle, también le había tocado. Estar los tres preparándonos juntos, en la habitación antes de la carrera, fue uno de los mejores momentos del día. Risas nerviosas de los tres y contentos de vivir aquello unidos con todo lo que significaba para cada uno de nosotros. Fue muy bonito para mí compartir el precarrera con ellos y estar con Javi en Getaria a la espera del comienzo de la competición.

 

Bueno, ahora sí. Tocaba concentrarse. Me estaba costando. Estaba muy nerviosa. Andaba como algo ausente en mis pensamientos y parecía que me faltaba una dosis de confianza en mí misma. Me notaba extraña. Quizá eran los nervios y la presión de sentirme tan observada. Igual es que todo eso me lo creo yo misma, pero… me inquieta mucho. Es cierto que el nivel era muy alto y la carrera iba a estar muy disputada y con muchas opciones. Sin embargo, eso no me preocupaba. Yo iba hacer mi carrera como siempre. Además, muchas de mis “rivales” son grandes compañeras y siempre resulta muy bonito volver a coincidir en carrera con ellas. <<¡Venga Judith, que tú ya tienes tu Txapela!Sin presión, que no tienes que demostrar nada a nadie ni a ti misma. Disfruta>>

 

Bocinazo de salida y empieza la competición. Consigo hacer una buena entrada al agua que me pone en cabeza con Helene, la “Reina” de este sector. Conseguir aguantar sus pies es siempre la clave. Además de una gran nadadora, es una buena guía y una garantía segura para que salga un buen primer sector. La natación en Zarautz puede ser muy decisiva y casi el sector más crucial. Perder la cabeza de carrera puede hacerte perder un tiempo irrecuperable.

Salimos muy fuerte. Había que buscar una buena colocación e intentar marcar diferencias desde el principio. Parecía que nos escapamos un poco del resto (al menos los primeros metros habían sido muy buenos), sin embargo, empiezo a agobiarme y me cuesta respirar. Me dio un poco de ansiedad.<<Otra vez no >>me digo a misma. Desde Salou, en cada natación, se repite esa misma escena. De golpe el pánico se apodera de mí y no veo la manera de controlarlo. Me agobio. Me cuesta controlar la respiración y tengo ganas de pararme y pedir ayudar. Pero brazada a brazada me convenzo en aguantar y confiar en que se pase. Dudo si pararme o seguir un poco más hasta que realmente me sienta incapaz de continuar. Pero, por suerte, mientras dudo me convenzo de que puedo y debo regularlo. <<No dejes que la cabeza te engañe Judith, puedes hacerlo>>. Lo hago. Logro controlar ese agobio y, a partir de ahí, solo toca luchar contra el mar. El oleaje nos complicó mucho las cosas. Cinco años consecutivos compitiendo aquí y me atrevo a decir que ha sido el peor día en el agua. El pero con diferencia. Fue una natación muy dura y complicada. Suerte que el aliciente de luchar por seguir a Helene lo hizo mucho más fácil. Mi única preocupación era el no perderla. Hubo momentos que creí no conseguirlo. Se me alejaba pero enseguida volvía a engancharme a ella. Tanto, que sin querer, le toqué los pies tres o cuatro veces. <<Lo siento, no fue intencionado>>. Y es que el mar estaba tan mal que, de golpe, una ola te alejaba y la siguiente te acercaba. Me pasó también con Emma Bilham, que nos enganchó en el primer tercio de la travesía. Las olas nos manejaban como querían y nos dimos algún “besito”, pero todos con el máximo cariño. Qué traicionero es el mar. Y qué difícil pone las cosas. Por muy buen nadador que seas, puede contigo.

 

La natación fue durísima. Se me hizo eterna y agónica. Una lucha constante contra las olas. Unos cuantos tragos salados y un mareo impresionante. No sabía ni donde estaba. Me limité a luchar para que Emma y Helene no se me escaparan. Sentí en todo momento que lo estaba logrando, pero debía hacerlo hasta el final y superar la parte más complicada de ese sector: conseguir hacer pie en la playa de Zarautz. No me equivoqué, llego a los metros finales y todo cambia de repente. Alzo la vista y veo como Emma esta muy a nuestra izquierda y que nos ha cogido una distancia considerable. <<¿Cómo puede ser? ¿Si estaba a mi lado?>>. Flipante. Aunque lo más sorprendente fue girarme de nuevo parar respirar a la derecha y ver un gorro rosa pegado a mí. En el mismo segundo en el que pienso que se trataba de Cesc, y que ya nos había cogido, veo que es Anna Noguera. <<Dios! ¿De dónde ha salido?>>¡Qué pasada! Para remate, en la primera ola que nos engulle, Helene la coge a la perfección y, mientras yo me revuelco en su espuma, veo que se me aleja con una sutileza increíble ¡Qué fuerte! Cada año me pasa lo mismo. Tengo que aprender a salir del agua con esas olas.

 

Parecía que la travesía Guetaria-Zarautz no se iba a terminar nunca. Pero por fin, después de casi 40’ metida en una centrifugadora, consigo poner pie en tierra. Eso sí, sin saber de dónde venía ni hacía dónde debía ir. ¡Que horror! Y que estampa la de ver a las cuatro (Emma, Helene, Anna y yo) peleando por salir, cada una por un lado, de esas bravas aguas. La verdad es que, esos momentos, son de risa.

Pero, no había tiempo de reírse. Hacer una primera buena transición era muy importante. Así que corrí desde la playa hasta boxes como si no hubiese un mañana. No podía dejar que se me escapara la cabeza de carrera. Y, mucho menos, que se enganchara Anna. Era consciente de que, eso, podía decidir la carrera. Los nervios me hicieron hacer una transición muy torpe. Pero, dentro de todo, rápida.

 

En el primer kilómetro pasé a Helene <<Aupa Helene>>–le animé–. Empecé a subir muy fuerte. Todavía con una bota desabrochada por no querer perder tiempo, con el pulso muy alto y sin poder controlar la respiración, pero debía intentar dar caza a Emma. Ya respiraría luego. Aunque, a cada curva, en vez de estar más cerca de ella, la tenía más lejos. Así que, poco antes de coronar el primer puerto, decidí centrarme y hacer mi carrera. Me había dejado llevar por la emoción y había descuidado los watios, el ritmo, la intensidad, todo… La carrera era muy larga y tocaba tener cabeza. En ese momento empezó la verdadera competición. La lucha en solitario y la sangre fría por tener el control y no pensar ni en las de delante, ni en las de detrás. A partir de ahí es cuando solo piensas en los kilómetros, en comer, en beber y en pedalear con fuerza para sacar el máximo rendimiento al sector ciclista. Aunque siempre con el miedo a no pasarse y pagarlo en los temibles muros.

Primera vuelta completada y el público me canta que Emma me lleva más de un minuto <<¡Uf! cómo va>>- pensé. Sabía que Emma iba a marcar la diferencia en bici, pero no que se me fuera tan rápido. Yo seguí con mi carrera. Me encontraba fuerte e hice una segunda vuelta muy buena. Dirección a Guetaria, me alcanzó Eneko junto a Ander y a Nan. Intenté seguir su estela. Forcé un poco la máquina por aguantarles, sentía que esos 3-4 kilómetros con ellos podían ser claves. Tanto es así que, sorprendentemente, a la altura de Guetaria, vi que tenía a Emma justo delante. <<Increíble Judith. Vaya segunda vuelta te has marcado>>. Me sorprendí a misma de haberle recortado ese minuto y pico. Me sentía eufórica de mi rendimiento y pensé que la carrera se podía poner de mi lado. Quedaba mucho por delante, pero lo que acababa de hacer, en escasos 25 kilómetros, era muy buena señal. Qué cosas. Y eso que no venía con mucha confianza por mi estado de forma. En realidad, en lo que llevaba de carrera, no la estaba teniendo tampoco. Sin embargo, justo cuando empiezo a saborear mi hazaña, adelanto a un par de triatletas doblados y al volver a la derecha, agacho la cabeza para acoplarme de nuevo y, al elevar la mirada, veo que tengo un cono justo delante de mí. Consigo esquivarlo pero, esa maniobra brusca y arriesgada, me hace perder el control de la bici cuando rodaba a más de 40 km/h. La rueda delantera se mete en la cuneta y en consecuencia choco contra el bordillo y doy una vuelta de campana. Literalmente. Yo, y la bici. <<¿Dios Judith que ha pasado?>>.Mientras volaba por el aire me dio tiempo a lamentarme y avergonzarme por mi despiste. Encima, para más inri, me estaban grabando <<¡Qué vergüenza!>>. ¿Os podéis creer que ese fue el sentimiento que apareció en mi cabeza con más fuerza? Qué cosas. 

Nunca sabes lo que te puede deparar una carrera. Y más en media y en larga distancia. Cuando parecía que había hecho lo más difícil: alcanzar a Emma, la carrera cambió por completo. Pasé de la máxima euforia, a la decepción más grande. De tocar la gloría, a arrastrarme por el suelo. De verme en cabeza, a creer que perdí todas las opciones de luchar por la victoria. Sin embargo. Sin tiempo de asimilar lo que acababa de ocurrirme, tomé la mejor decisión posible: no pensar, levantarme y seguir. Reconozco que hubo una voz que me ayudó a ello. No sé si fue uno de los cámaras o quién, pero tal y como toqué el suelo escucho que me gritan algo así como (no lo recuerdo bien): <<Vamos Judith, continua. Tú puedes>>. ¡Dios! Le hice caso —Gracias—. Solo tardé dos segundos en visualizar lo que acababa de pasar. En situarme y en centrarme de nuevo. Desde el suelo miré a ambos lados. En uno estaba la visera del casco y en el otro mi Felt. De forma totalmente autómata, me puse en pie, me coloqué la visera, cogí la bici, coloqué la cadena y, sin más, me subí de nuevo. Realmente no valoré ni el estado de la bici. <<Pobrecita. Qué dolor>>. Me dolía más por ella que por mí. Su primera caída. Su primer rasguño.

 

No dejé que el shockdel momento llegase a mi mente ni a mi cuerpo. Cuando abrí los ojos ya estaba pedaleando de nuevo y lo hacía con fuerza y con garra. Metida en la carrera. En esa misma que por un momento me vi fuera de ella. No quise lamentarme. No quise ni comprobar las consecuencias de esa caída. Ni para mi cuerpo ni para mi bici. Y, cuando unos minutos más tarde, voy volviendo a la realidad, empiezo a ver todas las heridas que registraba mi cuerpo, empecé a sentir el dolor de aquellos golpes. Empecé a notar que la bici no iba como antes y vi que el Garminestaba de al revés; igual que la cañita del bidón delantero. Y es que, con la caída, me había olvidado totalmente de los números y de lo que estaba pasando a mi alrededor. Yo solo seguía inmersa en mi misma. Debatiendo dentro de mi mente lo que me acababa de pasar. No terminaba de asimilar ni creer lo que acababa de hacer. No por el hecho de caerme, sino por el hecho de levantarme y seguir como si nada. Cuando empecé a ser consciente del logro que había hecho, empecé a sonreír y me dije a mí misma <<Judith acabas de ganar tú carrera>>.

Así lo sentí. En ese momento la competición pasó a un segundo plano. Me sentí súper orgullosa de mí misma sabiendo que ese acababa de ser mi triunfo del día. Bueno, del día y de toda mi carrera deportiva. Sé que soy muy dura de cabeza y que no me rindo con facilidad, pero no imaginaba que, después de una “tan dura” caída, me vería con el coraje de seguir compitiendo.

 

Tengo que confesaros que no fui yo la que se levantó del suelo, ni fue por aquel grito que recibí. Sino quien me levantó fue toda la gente de Zarautz. Así lo sentí en ese momento. Al tocar el suelo solo pensé: <<Aquí no puedes rendirte. Aquí tienes que luchar. Se lo debes a la gente, a esa gente que se deja la piel animando y espera lo mismo de ti. A toda esa afición que ha creído en ti desde el principio. La gente que te ha mandado ánimos y que te ha hecho sentir muy querida desde el primer paso que diste en esta tierra>>.

Si os digo la verdad, no sé cómo fueron los kilómetros siguientes. Yo seguía inmersa en mis pensamientos. Inmersa en una vergüenza, por mi torpeza, que se contrastaba con la euforia de mi lucha. Me olvidé del recorrido, del ritmo, de todo. Solo continuaba empujada por ese sentimiento de valentía. Por ese mismo poder de superación que se apoderó de mi y que me hizo motivarme más y más. Sin embargo, el muro de Aia me devolvió a la realidad. No me preguntéis por qué, pero fue en ese momento en el que me cagué de miedo por la caída. Me empezaron los temblores en el cuerpo. Temblores de pavor. Los temores de haber vivido algo traumático. Me faltaba el aire y no era consecuencia de la subida (que la estaba escalando mejor que nunca), si no por el pánico escénico. El miedo al ridículo. Consecuencia directa de sentirme rodeada de cámaras y de la gente que me señalaba al pasar cuando veía mis heridas y mi mono Gobik roto. Nunca me ha gustado ser el centro de atención, me pone muy nerviosa y los nervios me juegan malas pasadas. Sé que es inevitable y que, si una va delante, tiene que lidiar con ello. Me siento muy orgullosa de sentirme querida en carrera, pero ese gusanillo en la barriga y esa pérdida de autonomía, por los nervios, me hace pasar momentos muy incómodos y me restan mucho en carrera.

Superé con nota la parte más dura de la carrera. Ni los dolores me hicieron dejar de luchar y disfrutar de esas agónicas subidas y de la posterior bajada. Me emocioné de nuevo. Me sentí más viva y libre que nuca. Que orgullosa estaba de mí. No podía dejar de repetírmelo. Había tenido un par de cojones al levantarme de nuevo y ahí me estaba dando realmente cuenta de ello. La adrenalina iba en aumento y me hacía sentirme más fuerte. Tanto que pasé de olvidarme de la carrera a meterme de nuevo en ella. Nunca creí que lograría pillar a Emma, pero sí que iba a intentar ponérselo difícil. Y entonces me dije: <<A ti no te pasa nadie>>. No sabía cuanto había perdido por detrás con la caída, pero no iba a relajarme. Volví a darlo todo para, si podía, aumentar la ventaja. Lo hice con la seguridad que me sentía con fuerza para arriesgar y darlo todo. Al menos hasta la T2.

Coroné el camping con mayor entereza que nunca. Cinco años consecutivos y nunca lo había subido con tanta agilidad. Pude sonreír y todo mientras me metía en ese pasillo de gente. <<Pero que grandes sois “Joder”>>. ¿Como iba a rendirme y perderme eso? Ver caras conocidas fue muy emocionante. Y ver a gente con la camiseta del TeamKoraxan… ni te cuento. Gracias a todos por vuestra entrega.

 

    

Llegaba a Zarautz. Llegaba a la segunda transición. Suspiré visualizando el momento de poner el pie a tierra (esa vez de forma intencionada, y no por accidente, claro). Volví a recordar la caída y eso me hizo perder el control de nuevo. Me daba miedo bajarme en marcha de la bici. Me sentí torpe una vez más. Eso provocó una transición mala, pero al menos sin caída. Y ahí es cuando empecé a notar las secuelas. Las consecuencias eran más graves de lo que creía. Un fuerte dolor en el dedo que no me deja desabrocharme el casco. El fuerte golpe en el hombro, y todas las heridas de las rodillas, me dificultan el calzarme las zapatillas. Y el dolor aun se hizo mayor cuando empecé a correr y noté que, además de la flexión de las articulaciones, me dolía la vibración del cuerpo por el impacto contra el suelo en cada pisada. <<¿Pero… estás corriendo Judith. Qué más quieres?>>.

 

El momento más duro no fue por ese dolor físico que sentía, sino por ver a mis padres a la espera de verme corriendo “entera”. Me miraron preocupados y me preguntaron si estaba bien. Les asentí con la mirada, sin saber mucho más que decir porque ni yo sabía aun como estaba, ni las consecuencias ¡Uf¡ La cara de mi madre era todo un poema. ¡Pobrecita! Lo que había debido sufrir hasta verme llegar a la T2. <<Estoy bien mama. Y te lo voy a demostrar>>.

 

Todos los males desaparecieron por completo al empezar a escuchar los ánimos del público. El ambiente inhibió mi dolor y volví a sentirme una privilegiada por estar allí; corriendo en el triatlón más espectacular del mundo. Qué afortunada soy.

No creo que hubiese más gente que otros años. Ni más entrega. Ni más gritos. Ni más pasión. Sin embargo, me sentí más admirada y querida que nunca (y eso que siempre me he sentido muy querida aquí). La gente se volcó conmigo. Desde el primer kilómetro me mostraron su admiración por mi gesta. Por mi lucha. Y me animaban a seguir sacrificándome más (si es que se podía) y a luchar por la victoria. Por hacer, de aquello que parecía inalcanzable, una realidad. Y por hacerme sentir que, ellos, me iban a ayudar a conseguirlo. Y así fue. Fue el público. Fuisteis vosotros. Me empujasteis kilómetro a kilómetro y creísteis más en mí que yo misma.

Emma me sacó un minuto y medio en la T2. En la primera vuelta a penas le recorté 5 o 10”, pero no quería dejar de intentarlo. No creía que pudiera pillarla. No iba realmente a por ella (además le tengo mucho cariño y se merecía la victoria tanto como yo), pero no podía dejar de luchar. No podía dejar que toda esa gente se hubiese dejado el alma por nada. Llegué a sentir que les debía el máximo esfuerzo y rendimiento posible. Y es que, a ese público, cuanto más le das, más recibes de ellos. Como dice un deportista vasco (al que entreno): “La afición vasca nos volcamos en animar la garra, el coraje y la pelea”. Pues por eso mismo lo di todo, para estar a la altura de esa afición a la que adoro.

 

Seguía luchando cada kilómetro como si fuera el último. Me sentía fuerte. Emma seguía manteniendo una ventaja considerable y no creía poder llegar alcanzarla, pero aún así sentía que debía correr al límite. Aunque el resultado no cambiara (por detrás tenía mucho margen), me debía a mi misma el sacrificarlo todo. Estaba contenta con mi valentía y mi poder de superación. Sin embargo quería enmendar mi error. Solo dándolo todo hasta meta me sentiría satisfecha. Antes no.

El público no paró de empujar. Me ayudó a recortar segundos en la segunda vuelta y ahí empecé a creer que al igual podía alcanzarla. <<¿Te imaginas Judith que encima ganas>>—me decía a mí misma—. Yo no daba crédito a lo que estaba consiguiendo. Había resurgido como el Ave Fenix. Estaba volando y estaba yendo de cabeza a por el triunfo. Tanto fue así que, al inicio de la última vuelta, por el paso por el centro, siento que la gente, eufórica, me canta que la tenía delante. A muy poco. Ese momento fue increíble. No por ponerme líder, sino por la emoción de toda aquella gente. Fue brutal. –¡Gracias a todos! –. No tengo palabras para agradeceros esto. Y es que hasta los corredores y corredoras me animaban al pasar junto a ellos; entre ellos Axi, la pareja de Helene, que me animó a no rendirme y a luchar por el triunfo. Detalles que marcan la diferencia entre las personas.

 

Y allí la veo. Tenía a Emma justo delante. Y cuando decido darme un respiro para regular, coger aire y algo de fuerzas antes de intentar adelantarla, ella mira para atrás y prácticamente se espera a que llegue. <<¡No Emma! No te rindas. Lucha todavía>>. La entiendo. Sé lo que es eso. Viví la misma situación con Joselyn aquí hace dos años. A eso se le llama deportividad: el reconocer cuando el otro rival ha sido más fuerte. Realmente me supo mal pasarla. Se merecía esa victoria tanto como yo. Se lo había currado desde el principio escapándose sola. Además, es una gran persona y la admiro mucho.

No podía creer que, a falta de unos 4 kilómetros, me iba a ver líder después de todo lo sucedido. La adrenalina no me dejó bajar el ritmo ni relajarme, pero si el disfrutar, como una enana, de esos tramos finales. Recuerdo, pasando por las pasarelas, observar el mar. Recuerdo levantar la mirada y sonreír a todos los que me estaban animando. Recuerdo agradecer, y aplaudir, al público. Un público lleno de amigos y conocidos. Recuerdo vivir la magia del último kilómetro pasando por ese pasillo que se forma repleto de gente. Recuerdo sentir el orgullo de todos ellos. Recuerdo chocar la mano de todos los niños. Y de Teo. Y, por último, la de mi padre que sonreía justo cuando mi madre arrancaba a llorar. Era un llanto de alivio. Unas lágrimas de desahogo después de tanto sufrimiento durante la carrera <<Mamá, espero que estés orgullosa de mi>>.

 

Y por fin…, alcancé la meta. Y levanté la cinta de ganadora. Una victoria que sabe mejor que nunca a pesar de todo el dolor sufrido. Por fin. Me sentía en deuda conmigo misma. Y con todo ese público. Vuestra fue la carrera, no mía. Sin vosotros no hubiera sido posible, estoy convencida de ello. Qué grande es Zarautz. Qué grande es su carrera. Su afición. Qué grande es esta tierra y mucho más su gente.

Cómo os quiero a todos.

Cuantas lecciones aprendidas. Y eso es lo mejor. Saber que aun puedo dar más de mí. Que puedo seguir superándome. Nunca os rindáis. Nunca dejéis de creer en vosotros mismos. Y nunca… nunca, deis una carrera por pérdida, por muy mal que se pongan las cosas.

El triatlon de Zarautz es único!!! (bakarra da).

Martes por la mañana. Empieza nuestra aventura hacía Galicia. Javi lo hizo en bici (se fue, desde Tarragona hasta allí pedaleando) y yo en avión. Llegué con tiempo por varios motivos. El primero: porque el presupuesto de la FETRI era muy justo y busqué las opciones de vuelo más barata y dos: porque así podía ver el circuito de bici y hacer toda la activación estando in situ. Lo bueno fue que la familia Rodriguez-Valiño me acogió en su casa hasta que nos fuéramos concentrados con la selección.

Los días previos fueron geniales, disfrutando de la compañía de Aida, Gus y las niñas. Tenía muchas ganas de verles a los cuatro. Conocí a su familia, amigos, Tui y toda su historia gracias a las clases magistrales que me dio Gus sobre su ciudad. – je, je, je– <<Gracias familia. Ha sido un placer y me habéis hecho sentir como en casa>>.

Jueves a la tarde. Llegamos a Pontevedra y nos reunimos con el resto de compañeros de selección. Estaba muy ilusionada de formar parte del equipo y representar a nuestro país. Iba a disputar mi primer mundial con la selección y me sentía una privilegiada. Y más, después de lo que había costado que me dieran esa oportunidad. Llevaba años queriendo hacerlo, pero nunca recibía ese premio. La respuesta de la FETRI era: que no cumplía con los criterios. Pero después de la magnifica temporada que hice el año pasado, tanto Alvaro Rancé (mi entrenador en ese momento) como yo, creíamos que merecía estar seleccionada y escribimos para hacérselo saber. La respuesta fue la misma: que no cumplía los requisitos. Alegando que, a pesar de mis buenos resultados, no había competido casi en España y eso me penalizaba. Lo siento, pero discrepo con eso: Salou, Zarautz, La Rioja y Vitoria son de España. Fueron cuatro carreras consecutivas y en las cuatro me llevé la victoria. Pero, al parecer, no les parecía suficiente. Sin embargo, no usan la misma vara de medir para todos. Pero bueno, no soy la única, a mi juicio hay otras personas que también se merecían, por méritos propios, estar aquí; como lo es en el caso de Helene.

Como nos parecía injusto, seguimos insistiendo. Y lo seguí haciendo también con la ayuda de Iván Muñoz, mi actual entrenador. Es que, la “operación mundial” la empecé en noviembre, en el impas entre una temporada y otra. Y por fin, en febrero, llegó una respuesta. La FETRI, al disputarse en casa, amplió a 5 las 3 las plazas para el mundial y gracias a eso tuve el honor de estar preseleccionada. Así que pasé de no estar convocada a sentarme en el banquillo. Pero… finalmente… salí de titular.

El partido se jugaba en casa. El factor campo actuaba a nuestro favor y eso, ya de inicio, era un punto extra. Cinco integrantes en el equipo femenino y cinco en el masculino. Capitaneado nada más y nada menos que por Javi Gómez Noya e integrado por cuatro gallegos. Así que el espectáculo y la emoción estaban asegurados. Además, contábamos con un cuerpo técnico de lujo: Samu, Pablo y Bodoque. Los cuales, en todo momento, se preocuparon para que no nos faltase de nada.

Llegó la hora de saltar al campo. Y no sé si, de todos los participantes, yo era la que más ganas tenía, pero fui la primera, y prácticamente la única (de entre todos los profesionales) que se atrevió a meterse en el agua a calentar (necesito mi proceso de adaptación). Y no era para menos. El agua estaba rozando los 14 grados y por ello la natación se recortó hasta los mil quinientos metros. Esa decisión no me beneficiaba, pero las normas son las normas y además, no tenía ganas de pasar más frío. Aunque igualmente fue inevitable.

Pocos minutos más tarde, y con los chicos ya en carrera, llegaba mi hora. Cuenta atrás y me digo: <<disfruta de esta oportunidad única. Vívela como nunca has vivido otra carrera>>.

Rápido me puse en cabeza. Junto a otra nadadora en paralelo. <<¡Uf! Esto está muy frío>> me dije. Pasada la adrenalina de los primeros metros siento como todo mi cuerpo se congela y siento que todo se me entumece. No me siento las manos, ni los pies, ni la cara. Me cuesta respirar y lo peor es que noto como los brazos se me engarrotan. ¡Qué sensación más horrible! Me pesaba todo. Me sentía rígida y la fuerte corriente, en contra, aún complica más las cosas. Para colmo, una rival no paró de aporrearme los pies. Me dolían sus arañazos en mis congeladas plantas y me incordiaban sus palmadas en los talones porque me frenaban. Todo eso junto, hizo que tuviese un momento de agobio. Pero, antes de entrar en crisis, decidí apartarme y liberarme de esa angustia a pesar de que, la cabeza de carrera, formada por dos nadadoras, se hubiese distanciado unos metros. Vi que, la que me estaba tocando los pies, era Anna Noguera. Sé que, en ese momento, empezó nuestro particular duelo.

Se hizo muy largo y duro remontar el río. Sin embargo, la vuelta fue un trámite. 25 minutos de natación para 1.500 metros cuando los 1.900 de un Half los nado casi siempre en 26. Para que veáis lo duro que fue el sector de natación.

A pesar del calor del público, la primera transición fue un poco caótica. No solo por el gran grupo en el que íbamos en cabeza, sino por la dificultad que conlleva vestirse y desvestirse con síntomas de congelación. Aún así, no fui de las más lentas. Y eso que me puse calcetines. Que ganas de subirme a la bici y pedalear solo por el hecho de entrar en calor. En cambio, la baja temperatura, a las 9h de la mañana, alargó el proceso térmico.

Consigo ponerme a la cola del grupo de cabeza y, a pesar de las dificultades para controlar los cambios y los frenos sin sentirme las manos, lucho para que no se me escapen. Lo consigo, pero sufriendo mucho y sin acabar de encontrar sensaciones. Me sentía incómoda sin acabar de controlar mis movimientos y pedaleando mal y tosca. Eso sí, la primera vuelta se me pasó sin darme cuenta. Tanto que prácticamente se me olvidó comer y beber e ignorando por completo mis wattios y mi ritmo. Eso no era buena idea, pero quería luchar por mantenerme en cabeza de carrera al menos durante la bici. Ni aprecié la dureza del circuito y, después del miedo que les tenía, conseguí ejecutar los giros técnicos casi sin enterarme.

Segunda vuelta. En los primeros kilómetros, trazando la zona más complicada, se me alejó el grupo. Ya había mucha gente en el circuito y eso, sumado a mi mala destreza, me hizo abrir hueco por delante. Después de sacrificarme y regalar wattios de más, me di cuenta de que debía centrarme en mi carrera. En mis números y no inmolarme a falta de tantos kilómetros. <<Judith. La carrera es muy larga. Ten cabeza y paciencia. Ese no es tu ritmo>>. Las buenas sensaciones no acababan de llegar. No me acababa de sentir cómoda pedaleando. Aun sentía el cuerpo rígido.

Vi como la cabeza de carrera se iba alejando cada vez más y como Anna, que no acababa de enlazar, unos metros por delante de mí, termina desistiendo. Intenté acercarme a ella, pero no lo conseguí. Acorto algo de distancias en la parte rápida y sin embargo, en las subidas, me vuelve a meter metros y no puedo con ella. Aunque en esas veo que decide esperarme y que me pide que tire un poco. Me sorprendió su actitud, pero… cada uno usa la táctica que quiere. Después de unos kilómetros de “tira tu. No, tiro yo” me pongo delante al paso por vuelta y completo los 36 kilómetros de la última tomando la delantera en nuestro mano a mano particular.

Fue una vuelta final en la que supe controlar. Supe tener cabeza para regular arriesgándome a perder algún minuto más ante la cabeza de carrera. Pero con algo de tranquilidad viendo que, por detrás, las rivales venían lejos y con la carrera ya muy rota. También supe disfrutar. Saboreé lo que estaba viviendo y me encontraba en carrera más serena que nunca. Sin miedos. Sin presión. Con confianza y con una entereza que pocas veces siento compitiendo. A pesar de que, por culpa del frío, me costó mucho entrar y encontrar unas sensaciones buenas, me sentía compitiendo más libre que nunca. Supe llevar el mejor rol que podía elegir para un mundial y eso me estaba haciendo disfrutar muchísimo. Me sentía feliz de lo que estaba haciendo.

T2. Anna me adelanta justo antes de la línea de desmonte para tomar la delantera. Aunque hice una muy rápida transición (la más rápida de todos junto a Terenzo Bozzone) y salgo a correr por delante. Lo curioso es que no siento que venga cerca, me sorprende y pienso que igual le han puesto una sanción y la está cumpliendo en el penalti box. Pero no. En el primer giro (kilómetro 3 aproximadamente) veo que viene cerca, aunque algo rezagada para haber llegado juntas a la transición. No me asusté. Seguí controlando mi carrera a sabiendas que me iba a pasar de un momento a otro. , Sinceramente, estaba preparada para ello.

Mi ritmo era brutal. Quería frenarme y seguir las consignas de Iván, pero no podía. Me encontraba cómoda. Mis sensaciones eran de ir mucho más lenta de lo que me marcaba el reloj y no entendía lo que estaba pasando. <<Vale Judith. Esto acaba de empezar. No te emociones. Tienes 30 kilómetros por delante>> me dije. En cambio, me sentía fresca y me negaba a bajar el ritmo con aquellas “tan buenas” sensaciones. No recuerdo haberme bajado nunca tan entera a correr. Tenía buenas piernas. No quería dejarme llevar por la emoción, ni perder la cabeza. Pero, cuando tienes buen feeling, hay que aprovecharlo. Y más en un mundial donde, llegados a ese punto de la carrera, hay que arriesgar al máximo.

Si mis ritmos ya eran rápidos, no os imagináis como fueron al pasar por la zona más transcurrida de la carrera. Fue salir del campo de atletismo, en el paso por meta, y meterme en una olla a presión con gente que me gritaba y aplaudía efusivamente. ¿Dios. Pero donde estaba esta gente? Parecía que estaban escondidos esperando en silencio como si se tratase de una fiesta sorpresa y, que al verme aparecer, empezará la celebración. ¡Flipante! Aún estoy alucinando. Y pensar que eso lo viví ocho veces, dos por cada vuelta. Fue un momento brutal y no pude contener la emoción. Se me hizo un nudo en la garganta <<respira, respira, respira>>. Realmente lo pasé mal. Se desbordó una lágrima de mis ojos. Y más viendo a mi padre por allí, que también estaba alucinando igual que yo.

Inmejorable ambiente. Aun cierro los ojos y escucho los gritos de la gente. Como dije: <<el jugar en casa iba a ser un punto extra>>, pero ni imaginándomelo pude esperar que hubiese tanta gente y animando con tanto fervor. Muchas gracias a todos. Me distéis alas en todo momento y conseguisteis que mi carrera se convirtiese prácticamente en un trámite. Sí, sí, a mí me dicen que corrí durante dos horas y no me lo creo. No os puedo explicar como es esa sensación de conseguir evadirte del tiempo. De los kilómetros. Y solo seguir recorriendo un camino el cual estas disfrutando a cada paso. Hasta la parte dura del casco viejo se me hizo llevadera. Bueno… al menos las dos primeras vueltas. –je,je,je,je–.

Media carrera hecha. Me había comido 15 kilómetros del tirón con una media de 4’02-4’03. Impresionante. Y lo mejor, sentir que podía seguir luchando con esa entereza. Me sentía fuerte… sin más. Sentía que todo fluía. Que nada ni nadie me detenían y que nada me molestaba. Pero, en el momento que más evadida estaba, Anna me devuelve a la realidad. La tenía pegada a mí. Tanto que casi tropiezo en una ocasión al notar su contacto por detrás. La estaba esperando. Me extrañó que tardase tanto. Y en el momento que creía que nuestro duelo iba a escapar y que ella se escaparía, veo que lo intenta un par de veces, pero sin éxito. Así que me quedé detrás. Intentando seguirla hasta donde pudiera. Para mi sorpresa, lo hice más cómoda de lo que creía y decido quedarme allí, controlando. El ritmo era algo más lento del que estaba llevando hasta ese momento. Me bajó la media. Pero sentía que me iba bien regular y estar preparada para lo que pudiera pasar.

Últimos 10 kilómetros de carrera. Ya no quedaba nada por recorrer, pero mucho por decidir. La carrera no podía estar más emocionante. Duelo de catalanas. Duelo de españolas luchando por la tercera y cuarta posición en un mundial. Sonrío, no puedo creer lo que estoy viviendo. Me resultaba impensable verme ahí delante. Representando a nuestra selección. Corriendo en nuestro país y haciéndolo con un carrerón. Los kilómetros pasaban. Quería que la meta viniera pronto para conocer el desenlace de ese duelo de titanes. Pero, a la misma vez, no quería dejar de vivirlo. Lo que estaba viviendo era brutal, espectacular. Estaba eufórica. <<Cariño. Disfruta. Esto es un mundial>> me decía Javi por cada paso por vuelta. Y vaya que si lo hice.

Kilómetro 26. Llegaba el momento más espectacular. Cuando parecía que por delante todo estaba decidido y que solo quedaba resolver la medalla de bronce, en el giro veo que la francesa va muerta y que la tenemos muy cerca. Me salió un grito totalmente sincero: <<Anna. Va. Que la tenemos ahí>>. Me sorprendió que apenas se inmutara y percibí que ella iba más tocada de lo que me parecía. Y, sin pensar en lo que podría hacer o no Anna, decido lanzarme para dar caza a la francesa. Bueno… no lo decido. Lo hago. Sin más. Aún estoy asimilando esa reacción. Fue espontánea. No pensé en ello y no entiendo que poder sobrehumano se apoderó de mí en ese instante. Me sentí como una súper heroína. Como Superman cuando se desabrocha la camisa y sacar sus súper poderes y consigue que lo imposible sea real.

¡Jaque mate! Ese fue mi movimiento. Un movimiento que daba por finalizada la partida. De los que deja al adversario sin ningún tipo de opciones. Me fui de cabeza a por la plata. Sin pensarlo. Sin ser consciente de que aquella acción podía tener graves consecuencias, porque faltaban aún cuatro kilómetros de carrera. Fue un sprint. Un verdadero sprint de veinte minutos. Corrí los cuatro últimos kilómetros por debajo de 4 min/km. Se me hizo largo pero saboreé la sangre y sentía como el ácido láctico se apoderaba de mis cuádriceps. Sin embargo, me iba retroalimentando. Cuanto más rápido corría más fuerte me sentía. No podía frenarme. Además, creía que Anna me estaba aguantando por detrás y que esperaba mi momento de flaqueza para darme el estacazo final. No quería mirar hacia atrás. Pero me despistaba el hecho de no escuchar, justo detrás de mí, otra ovación del público a su paso.

Ahora sí. Última curva antes de entrar al estadio y aprovecho para mirar hacia atrás. Ni rastro de Anna. Así que empiezo a creerme lo que está sucediendo justo en el momento en que veo a mi padre y veo que me mira emocionado y orgulloso. Paso junto a Samu y Pablo y me saludan eufóricos –gracias a los dos por todo–. Y entonces fue cuando entro en el estadio de atletismo para recorrer esos metros finales de la alfombra que me lleva hacia el SUBCAMPEONATO DEL MUNDO. No puedo olvidar ese momento. Ese en el que vives tantas emociones juntas. Ese en el que, en este caso dices: ¿Pero qué he hecho? Que alguien me lo explique, que yo… aún no me lo creo.

El título conquistado. Pero ahí llega la mejor recompensa: Abrazar a Javi que me esperaba al pasar la meta. Lloramos los dos abrazados sin comprender muy bien la realidad de lo que acababa de ocurrir. Orgullosos el uno del otro. Porque él estaba más reventado que yo. Casi 1.000 kilómetros de bici en cuatro días que hizo desde casa y allí estaba; escondido todo ese cansancio y las secuelas físicas que arrastraba de su hazaña para estar a la altura del mejor supporter. Y junto a él… mis padres, que me lo han dado todo a cambio de nada.

No soy consciente aún de lo que acabo de lograr. No es solo un resultado espectacular, sino que fue una carrera única. Inmejorable. Medida de menos a más. No recuerdo una carrera igual. Con tanta entereza. Sintiendo tanto confort durante toda la competición. Poder hacer una carrera así, en una cita tan importante como esta, me resultaba impensable.

Son las tres de la madrugada del miércoles. Cuatro días después de la carrera aún no soy capaz de combatir el insomnio. No consigo cerrar los ojos. No puedo parar de soñar despierta. En mi cabeza siguen apareciendo constantemente imágenes de la carrera. Imágenes de los momentos mágicos que viví y no puedo controlarlo. Sigo emocionándome al recordarlo y sigo sin poder dejar de ver videos de la carrera. Pero quiero disfrutar de esto el máximo tiempo posible. No quiero pasar página.

Gracias a todos… por tanto que me dais. A los que estuvisteis cerca. A los que estuvisteis lejos. A los que no os despegasteis de la tele o del móvil. A los que retrasasteis el entreno por seguirnos y a los que os motivasteis con nuestra carrera. A los que os alegrasteis con mi resultado. Y a todos por tantos mensajes de felicitaciones. No puedo pedir más.

PD: Se que le tengo que estar agradecida a la FETRI por esta oportunidad y que no debo dar opiniones negativas, pero no puedo mirar para otro lado como si nada y creo que es importante reivindicar las cosas que se pueden mejorar. Lo que no puede ser es que tengamos que ir a un mundial, que se corre en España, poniendo dinero de nuestro bolsillo. La consigna de la FETRI fue: “buscaros la vida con el viaje y nosotros os damos 200€ como mucho”. Eso sí, el hotel y las comidas, desde el jueves al domingo, si que iban a su cargo). Como veréis 200€ no son suficientes para: coger un vuelo, llevar la bici y coger un coche para llegar hasta Pontevedra.

Yo me pregunto: ¿Qué hubiera pasado si se hubiese corrido en el extranjero? ¿Cuánto sería el presupuesto? Detalles cutres para mi gusto.

Cuando una crónica me saca de la cama de madrugada es que la carrera ha sido muy emocionante para mí. Así que aquí estoy. A las 02:00h de la mañana del lunes siguiente y plasmando todo lo vivido hace solo unas horas atrás. Mi cabeza me pide a gritos que lo saque todo. Que lo plasme al papel. Quizá porque eso me ayuda, cuanto menos, a relajarme. Porque el sueño… ya no creo poder conciliarlo. En parte también porque mi cuerpo, destrozado y agotado, no me permite dormir.

 

Ni en los mejores sueños había visualizado algo así. En ninguna de esas veces en las que mi cabeza pensó en esta carrera conseguí acertar con lo que he logrado. Es cierto que, en alguno de esos sueños, llegaba a conseguir la victoria (soñar es gratis), pero lo hacía in extremis; venciendo por la mínima y no como he sido capaz de lograrlo. Nada que ver lo que había soñado con lo que realmente viví en vivo y en directo.

 

Partía con el dorsal número 1. Me lo gané el año pasado. Sin embargo, viendo el cartel de salida de esta edición, las quinielas me relegaban a unos cuantos puestos más atrás. Los pronósticos decían que, conseguir el top5,ya sería muy meritorio y que el pódium era prácticamente inalcanzable. Eran varias las favoritas, con títulos en mundiales y unos curriculumsde vértigo, a las cuales conocía muy bien y a las que nunca había conseguido ganarles. Seamos realistas: yo podía tener un gran día, y que a alguna de ellas no le fuese tan bien, pero jamás se me pasó por la cabeza ser la mejor de esa jornada.

 

Presión inevitable, pero bien llevada. Al final todos sabían como estaba de difícil la cosa. Solo los menos entendidos creían que, por ser la vencedora de la edición anterior y portar el “1”, partía como favorita. Al fin y al cabo debía olvidarme de todo ello y hacer mi carrera. Como siempre. Por más pronósticos, suposiciones y conjeturas que hagamos todos, las carreras son muy largas y puede pasar de todo. Lo que tenía claro es que quería poder estar luchando con ellas en todo momento, aunque fuese hasta la T2. A partir de ahí sería más difícil el plantarles cara y jugar en su liga. Yo he mejorado mucho corriendo. Me lo notaba y quería demostrarlo, pero como le dije a Javi el día anterior: <”mañana, para ganar, hay que correr por debajo de 4’ y, yo, aún no estoy ahí”>. Y me equivocaba. Bueno… en lo que es la premisa no. Me equivoqué en no creerme que lo podía hacer.

 

Al final la lucha por el resultado y las posiciones pasaron a un segundo plano en mi cabeza porque el frío era lo que más me inquietaba. No solo el frío en el agua, sino el que nos podía acompañar durante toda la carrera. Hasta última hora estuve planteándome si valía la pena sacrificarse tanto e intentar vencer ese frío tan intenso. No fue fácil. Fue el mayor problema para todos y, aunque debo reconocer que el sol nos acompañó y calentó más de lo esperado en la carrera, las frías aguas nos hicieron mella a todos. Ni la crema calentadora que me unté en manos y pies, para intentar disimular al menos el raynoud, sirvió de nada. Con tan solo pisar la arena, y tocar el agua, perdí la sensibilidad en pies y manos. <”Normal ¡Si me pasa en condiciones normales! ¿Cómo no me va a pasar en condiciones extremas como las de hoy?”>.

Aun así, con lo que no contaba, era que el frío me iba a pasar más factura de lo que yo pensaba. Tanto que incluso pudo costarme la prueba. Aunque por suerte puede sobreponerme.

8:10h del domingo. Empezamos la prueba. Salimos diez minutos más tarde de que lo hicieran los chicos pros. En el agua, después de sortear las olas para empezar a nadar, noto que el aire no me entraba. Como si se me hubiesen cerrado los pulmones. No conseguía respirar. <”¡Aig!¡¿Dios mío que me ahogo! ¡Ayuda!”>—me gritaba a mí misma. Levanto la cabeza y veo que nadie me ve. Que mis rivales empiezan a nadar mar adentro. Me paro presa del pánico, del agobio y me digo: —Judith ¡Relájate! Diez o quince segundos de dudas donde no sabía si nadar para fuera o para dentro. Unos instantes que se me hicieron eternos y que lo paseé tan mal que mi cabeza tomó la decisión de olvidarme de la competición y abandonar en ese justo momento. Fue terrible, no os lo puedo describir con palabras. Y de repente mi cerebro me hace un “clip” y consigo no tirar la toalla. Fue justo en ese instante en el que de repente controlo mis impulsos y empiezo a bracear de nuevo en dirección a la boya.

Pasé mucho miedo. Fueron unos metros en los que no era capaz de meter la cabeza en el agua y donde el aire parecía no llegar a mi pecho. Tuve pánico de perder el control de mi cuerpo y que las consecuencias, por no pararme a tiempo, fueran fatales. No me había ocurrido nunca. Pero, por suerte, no fue así. En cada metro iba logrando sentirme más aliviada por ese tema. Realmente pasé terror. Fueron unos pocos segundos, no lo sé exactamente, pero los suficientes para que eso marcará el climaxde mi carrera.

 

A pesar de todo… no me perjudicó en exceso. Perdí dos minutos con las de cabeza de carrera pero logré alcanzar al grupo principal. Allí estaban casi todas: Daniela, Emma Pallant… y liderado por Saleta. Conseguí ponerme en cabeza y continué nadando creyendo que me seguirían, aunque unos minutos después no noté presencia alguna por detrás de mí en ningún momento. Aquello se convirtió en una natación en solitario y una lucha intensa con una mar horrible y sin ni siquiera saber dónde estaba. Me sentía borracha. Perdida. Con todo el cuerpo entumecido y tragando más agua que nunca. Me sentía como un barco a la deriva y que no sabe si conseguirá llegar a puerto o naufragará en el intento. Suerte que la organización aquí estuvo de “10” y nos puso globos en las boyas (incluido en las boyas de referencia). Eso nos facilitó mucho las cosas ¡Chapeau!

 

Cuando alcancé la última boya sentí que aquel calvario llegaba a su fin, pero antes tocaba luchar contra una resaca que, después del empuje de la ola hacía la orilla, de nuevo te empujaba el doble de metros hacia atrás y repitiéndose esa misma jugada en múltiples ocasiones con la sensación de que nunca conseguiría alcanzar la playa. Sin embargo, sí lo logré y conseguí poner pie en tierra. Llegar a la T1 fue más que un logro. Y no solo para mí, sino para todos.

No fue fácil hacer la transición cuando no sientes ninguna parte de tu cuerpo. Y por más que tu cerebro envíe órdenes, son difíciles de ejecutar.  ¡Qué sensaciones tan extrañas! Duraron un rato. Me costó unos cuantos kilómetros entrar en calor y empezar a pedalear decentemente. Aunque los pies no los llegué a sentir nunca más. Parece que siempre van por libre.

 

Y por si no habíamos tenido suficiente con las condiciones del agua, el viento fue quién nos puso difíciles las cosas en el sector ciclista. Ambos elementos endurecieron la carrera y nos hicieron tener un viaje movidito y con turbulencias. Suerte que mi feltse portó de maravilla y supe pilotarla hábilmente montada con las ruedas de gala de speedsix. Aunque con algún percance que otro y con la anécdota de llegar con la lenticular pinchada a la T2. No sé cuando pinché, pero solo sé que, sorprendentemente, conseguí llegar hasta boxes montada en la bici y sin saber que iba pinchada (Je,je,je,je). Está claro que ese era mi día y nada ni nadie me lo iba a impedir.

Tres vueltas de bici que dieron para mucho, pero sobretodo para marcar las diferencias en carrera. Nada más empezar la bici Morrison me pasó como un rayo del que solo vi la estela fugaz que dejaba. Increíble. Ya contaba con ella… pero no tan pronto. Así que hice la primera media vuelta en solitario y donde vi que Fredericksen iba sola en cabeza. Algo más rezaga iba la italiana Margerie y detrás Helene, a la que adelanté sobre el kilómetro 15. ¡Aupa Helene! Le dije. Vi que, por detrás, venía un tren con muchos vagones y liderado por Daniela. Luché para que me pillasen lo más tarde posible y esa lucha me llevó a lograr alcanzar, y adelantar, a la italiana y meterme en posiciones de pódium, aunque solo por unos segundos porque, al final de la primera vuelta, me alcanzó la locomotora que, por suerte, vi que había soltado lastre y ninguna de las que llevaba con ella pudo conseguir aguantarle el ritmo. Para mi sorpresa yo sí que lo hice (a duras penas) y empezamos nuestro mano a mano. Un mano a mano que nos llevaría juntas a la T2.

 

Pero la bici dio para mucho. Os cuento un poco. En el inicio de la segunda vuelta, justo en la rotonda, de golpe Morrison se me cruza por delante, en diagonal, y sin entender de dónde venía o hacía dónde iba. Yo no sabía si se había salido del circuito, si tuvo un problema mecánico o qué le había ocurrido, pero cometió un grave error que, más allá de hacerme perder a Daniela, casi me cuesta una caída. Yo no dije nada. Fue mi padre y el público quienes se encargaron de recriminárselo ya que vieron en directo su peligrosa maniobra y gritaron un: ¡Cuidado! Que se escuchó muy claro. Por lo visto, eso le penalizó unos minutos que nunca consiguió compensar y que para mi extrañeza, la dejó fuera de juego.

Sin embargo, mi sorpresa mayor fue otra: de nuevo conseguir alcanzar a Daniela. No fue tarea fácil. Me lo puso muy difícil. Rodaba muy fuerte y era incapaz de seguirla en las zonas más rápidas del circuito. Supongo que su constitución (fuerte y grande) la ayudaban a ello, pero… <”yo también soy así ¿o no?” (Me dije). Por suerte, las subidas le penalizaban y perdía unos segundos que me eran vitales para volver a reducir la distancia y lograr plantarme a 12/15 metros. Sabía que era un circuito muy rápido (sin contar el viento), pero por subidas refiero a todas las zonas que tendían hacía arriba. Esas jugaban a mi favor.

 

En la segunda vuelta pasamos a Fredericksen y aunque al principio se enganchó a Daniela (respetando la distancia de drafting), finalmente vi que se le iba y tuve que luchar por adelantar a Hellen y, aún más, para volver acercarme a Daniela quién me había metido cerca de cincuenta metros. Qué duro fue no perderla. Fue increíble poder aguantarla y luchar por seguir su estela. No me funcionaron los watios (mala inversión los mil euros en los vector3 que solo me está dando problemas). Menos mal que no hicieron falta, las rivales marcaron el ritmo y los datos no sirvieron para nada. Una vez más tuve que darlo todo en los 90 kilómetros de bici sin tener ni uno solo de tregua.

 

Los giros me pusieron a prueba varias veces. Ir al límite y querer darlo todo provocó que, en dos ocasiones, casi me comiese el bordillo por arriesgar demasiado. En otra ocasión, fue Daniela la que se pasó de frenada y casi le cuesta la caída (a ella y a mí). Me pidió perdón por ello y pudimos salvarlo a tiempo. Y, por si fuera poco, la moto que le iba grabando a ella casi me atropella en dos ocasiones. Y en una, casi me chafa contra el quitamiedos. ¡Qué peligro, por Dios! Pero como digo: era mi día. Y parecía que todo conseguía salvarlo, aunque fuese de milagro. Esa constante lucha en bici valieron no solo para que los kilómetros pasaran volando, sino para plantarme en la T2 junto a Daniela y con una amplia ventaja respecto a las de atrás. Las dos demostramos ser las más fuertes y nos ganamos esa renta. Nadie más consiguió seguir nuestro ritmo y el particular mano a mano. Trabajando muy duro sobre las dos ruedas nos ganamos el liderazgo hasta boxes.

Aunque estaba muy contenta por el trabajo hecho en bici, y por el cómo estaba yendo la carrera, no creía que las cosas pudiesen quedar así. Contaba con que las grandes corredoras me alcanzarían. Sin embargo, dadas las circunstancias, quise creer que solo podrían conseguirlo un par… como mucho. Y con ello ya me daba por satisfecha. En cambio, antes de conformarme con eso, quería darlo todo para no ponerles su caza nada fácil. Y si podía ponérselo imposible… mejor.

 

Lo logré. Logré ser invencible… Inalcanzable. Aposté por mí y gané. Gané en una lucha donde demostré ser la más fuerte y rápida. Y eso, me valió el triunfo. Salí al máximo. No me guardé nada desde el primer metro de la carrera y, aunque consciente de que eso era muy, pero que muy arriesgado, sabía que era la única fórmula para luchar por llevarme la carrera. Prácticamente me inmolé. Sentí que, a ese ritmo tan alto, cada kilómetro iba a ser el último. No solo porque no creyese poder hacerlo, sino porque mis piernas, mis pulmones y mi corazón iban al límite. Pero, mi entereza, fue algo que en ningún momento puse en riesgo.

En el segundo kilómetro me puse líder y nada cambió hasta la línea de meta. La situación se repetía vuelta a vuelta. El margen con Daniela era de más o menos un minuto y la diferencia con Emma Pallant se iba manteniendo rondando los tres minutos. Para mi sorpresa, esas diferencias no conseguían disminuirlas. Y no lo consiguieron porque yo hice la carrera de mi vida. Corrí 4’ más rápido de lo que lo he hecho nunca en un half. Corrí por debajo de los 4 minutos el kilómetro y, como pronostiqué, eso era la clave para conseguir la victoria.

Y yo lo hice. Ese ritmo me acreditó como vencedora. No creía poder haberlo conseguido. No solo el vencer, sino el haber corrido como corrí. Me sorprendí a mi misma una vez más y aun sigo alucinando con lo que logré ayer. Ganar por segunda vez consecutiva. Revalidar el título. Defender ese “NÚMERO 1”. Y superar a rivales a las que, jamás, había logrado ni tan siquiera plantarles cara. Sin duda di un paso al frente. Supe enfrentarme a las mejores porque ese día fui la mejor.

Que me crezco en las carreras, es algo indudable. Contra más difíciles están las cosas más garra y fuerza saco. Eso lo sé. Pero aun no sé como mi cuerpo puede seguir luchando cuando está sufriendo tanto. No sé cómo puedo seguir sacando fuerzas cuando ya no quedan. Y no sé como mi cabeza expone a mi cuerpo hasta esos límites insospechables y hacer que parezca fácil porque, para mí, cuando lo pienso en frío, me parece prácticamente imposible.

 

Corrí yo solita. Fui yo la que competí y la que ganó la carrera aunque con un público que no paró de empujarme en ningún momento. Y estoy totalmente convencida de que ellos fueron los principales partícipes de mi gran carrera. Les estoy muy agradecida por ello. Fue muy emocionante. Hay mucha gente detrás de este triunfo. El primero, mi entrenador Iván Muñoz. Él es el que, en solo tres meses de trabajo juntos, ha logrado sacar de mí a una nueva corredora. Una corredora mucho más rápida y que ha venido para quedarse. Después de él, todo el resto de profesionales que me ayudan a rendir al máximo: mi nutricionista… mi fisio… mi mecánico (un monumento para Bikhome al que mareo mucho y nunca se queja… al contario ¡Muchas gracias!), y a todas las marcas que me ayudan y mi apoyan.

 

No acabaría nunca esta crónica porque son muchas las emociones que me invaden y que quisiera seguir explicando. Sentimientos muy bonitos y momentos muy mágicos los que viví. No solo en carrera, sino también fuera de ella. Cierro los ojos y sigo sintiendo todos esos ánimos del público, de los amigos, de la familia, de los compañeros…. Fue tan bonito que, como me pasó anoche, no sé si seré capaz de conciliar el sueño, ni hoy, ni mañana, ni al otro. No puedo estar más agradecida a todos los que formasteis parte de esta carrera. A mi marido, a mi familia y a todos vosotros que me apoyáis, me seguís, me felicitáis y me dais esas fuerzas que tanto bien me hacen ¡GRACIAS!

 

Y gracias a la organización por una carrera de “10” y por tratarme con tanto cariño.

 

Antes de que te des cuenta llega la primera competición de la temporada. Que raro es siempre competir a principio de año. Por más que intentes convencer al cuerpo, este parece no estar preparado. Es inicio de temporada, hace frío y se le hace raro tener que meterse en el mar tan pronto. Tienes la sensación de haber perdido la práctica de todo. Y la cabeza… en vez de ayudar, parece estar en total sintonía con él. Por más que trates de convencerla, todavía no quiere saber nada de competir.

 

Por estos y otros motivos y a pesar de ir siempre a darlo todo, me tomaba esta carrera como una simple toma de contacto. Se trataba de poner el cuerpo a prueba, ver como respondía y poder hacer una valoración a estas alturas del año. Eso siempre es un arma de doble filo, pero… hay que arriesgarse.

 

Como siempre pasa en estas carreras tan tempranas, iba a contrarreloj con todo. El material acababa de llegar (bici, ruedas, mono, etc.) y me faltaba rodaje y adaptación. Las fuerzas y el nivel de forma aun no están en su punto óptimo. La cabeza está desordenada, perdida y apagada. Y llevaba solo un mes entrenando con Iván Muñoz que, a pesar de encontrarme cada día mejor, cuanto menos me creaba incertidumbre.

Para no ser menos y dándole a la prueba la mínima importancia, nos fuimos a Dubái con el tiempo justo. Javi por supuesto venía conmigo. Además, el también competía. Lo bueno de llegar con poco margen es que no te da tiempo ni a ponerte nerviosa. Fue casi llegar, hacer toma de contacto y competir. Sufrimos las horas de sueño del vuelo (el jet lag), el cambio horario y el cambio de clima. Pasar de invierno a verano es un choque importante para el cuerpo, pero que gusto ponerse de corto en enero. .Jejejejejeje.

El nivel en Dubái era altísimo. Como siempre. Parece que la gente tiene ganas de competir, de intentar clasificarse y de llevarse pasta (¡Eh! que yo me incluyo en las tres cosas, je, je). Se trata de una carrera muy chula y muy bien organizada. De esas que cuidan con mucho mimo y detalle al triatleta. Y eso se nota en la afluencia de participantes. Además de verme las caras con varias rivales de mi nivel, me las tenía que ver con tres tops mundiales. Así que, la lucha por entrar en el top 5, veía que iba a ser muy dura. No me preocupaba, la verdad. Me sentía aun muy dormida como para poder pelear ahí. Y ni siquiera me planteaba las posibilidades de clasificarme al mundial. Solo había un slot. Una única plaza. La ventaja es que como las tres tops mundiales ya la tenían, esa posibilidad correría hasta la cuarta (siempre y cuando el pódium fuese el esperado), pero a priori era una quimera.

 

Viernes 1 de febrero. La competición ya estaba ahí. Y parecía que llegaban las ganas, la concentración y la energía positiva. Los nervios parecían que aun no entraban en juego. Se agradecía.

7.03h. Suena la bocina que nos da la salida de inicio a las chicas. Solo tres minutos más tarde de que lo hicieran los chicos. Y con ese pitido me meto corriendo en el agua y a luchar contra mis rivales. Y contra mí misma. Al mismo tiempo que se activaba todo mi sistema nervioso.

Se forma un pequeño embudo delante de mí que me hace perder los puestos de honor y, enseguida, veo como se escapan dos, o tres triatletas. Una sé que se iba a escaparse de todas formas. Holly nos iba a meter, fácil, dos minutos en el agua, pero el resto no debían nadar mucho más rápido que yo. Y, aunque intento colocarme, pierdo la estela de mi barco y, literalmente, me quedo a la deriva. A los quinientos metros de carrera, aproximadamente, las escapadas parecen desaparecer. De golpe ya no las veo y pierdo las referencias. No tenemos nadie que nos guíe y ni vemos la boya. El sol nos pega de cara y no se aprecia nada. Era una natación difícil. Había que hacer un semicírculo de playa a playa superando el espigón. Solo teníamos tres boyas que dejar a la derecha, las demás eran independientes a la competición. Y yo, y el resto que iban conmigo, nos adentramos mucho más hacía mar adentro (hicimos una boya más. Calculo que unos cien metros y eso lo tuvimos que rectificar).

Sabía que había nadado de más y que el tiempo no había sido bueno, a pesar de encontrarme bien en el agua. Sin embargo, ya no valía lamentarse y tenía que aprovechar la “ventaja” de salir con gente del agua para no quedarme sola en bici. Y más, en un circuito como este donde el viento iba a ser nuestro enemigo (aunque tuvimos mucha suerte, todo hay que decirlo). El hecho de no perder comba me hizo ponerme muy nerviosa en la transición y tuve problemas para quitarme el neopreno (con un tropiezo incluido) ¡uf! Ya esta aquí la Judith de siempre. Te estaba esperandome dije a misma. No sé por qué, pero me pongo muy muy nerviosa en las transiciones. Son los momentos en los que me siento observada, en los que noto las miradas del público, de las cámaras, del speaker, de los árbitros… y eso no me deja controlar mis acciones. Me vuelvo torpe… nula. La presencia de un fotógrafo español animándome seguro que influyó (aunque no le culpo; pobre). Pues, a pesar de una mala transición donde me peleé con el casco porque la visera estaba muy empañada (no era capaz de colocarla en la parte superior del casco y luego no era capaz de recolocarla de nuevo en su sitio). Visto lo visto, decidí no ponerme los calcetines (por no perder más tiempo) y así conseguí salir con mis rivales y empezar con ellas el sector ciclista.

La bici se resume muy rápido. Fue muy duro para mi, pero a la vez muy fácil. Fue muy luchada, pero a la vez soñada a pesar de un contratiempo que se fue repitiendo continuamente y que sin embargo supe mantenerlo bajo control. Igual que a mis dos rivales, que se pusieron en fila delante de mi y conseguí, por primera vez en la historia de mis competiciones, que no se me escaparan en los 90 kilómetros. Eso fue muy importante. No solo era clave para mantenerse en carrera y luchar por el top 5, sino que a nivel personal significaba mucho poder custodiar, por fin, una rueda en carrera. No un ratito, sino todo el recorrido. Cosa que siempre se me resistía por un motivo u otro. No era una rueda cualquiera. Luchar por seguir a Sarah Lewis fue realmente muy pero que muy duro. Agonicé para no perderla. No exagero. No me permití ni un respiro. No me di ni un momento de tregua. No arriesgué en entrar en la zona draftingni un segundo. No por el hecho de que tuvimos clavada la atenta mirada del juez que, en moto, nos vigiló a las tres durante los 90kms, sino porque no conseguía aguantarlas a menos de quince metros.  –¡Dios que horror es esto! déjalo, déjalo. Judith déjalo, déjalo ya!– me decía continuamente. Estaba sufriendo mucho desde el principio. Iba al límite y pasada de vueltas tanto a nivel muscular como en datos. Las palabras de Iván me retumbaban en la cabeza: «estar más de 8’ ó 10’ muy por encima de los wattios que toca, se puede pagar muy caro» me dijo. Le quería hacer caso, pero me negaba a dejar de luchar por perder esas referencias. Los kilómetros no pasaban ¿Sabéis esa sensación de ir al límite, de ir muy forzado y ver que solo llevas 5 kilómetros? Pues eso fue lo que continuamente sentía. Sabía que en algún momento iba a petar porque desistir no lo iba hacer. Al menos me decía: –¡venga Judith! Hasta el 10. En el 10 me decía: hasta el 20. En el 20: hasta el 30, Hasta el giro ¡Aguanta! Que la vuelta ya es a favor.No me preguntéis cómo, pero en el km 45 conseguí plantarme justo detrás de ellas. Lo hice con lágrimas en los ojos, no de alegría, sino de dolor. No exagero.

El top 3 andaba muy lejos, sin embargo mi tren me metía en las seis primeras y me permitía abrir hueco por detrás para ponerle las cosas difíciles a la séptima para alcanzarme corriendo. Con eso me daba por satisfecha. Aunque, a la que se le iban a poner las cosas difíciles corriendo, era a mí. Sentí que me estaba dejando las patas y el alma en la bici y realmente temí por no ser capaz de correr. Incluso no ser capaz ni de bajarme de la bici. Creí que la vuelta iba a ser más fácil. Había que deshacer lo que habíamos hecho. En ese momento, tanto el viento (que era leve) como el desnivel iban a favor. Creí que tocaba volar y que podría permitirme un respiro. Que la inercia me acompañaría y que el rebufo me daría cierta ventaja para que a la vuelta fuera más asequible seguirlas. Sin embargo, no fue así. A la vuelta, el no llevar lenticular y no tener un plato más grande que mover, jugó en mi contra. Me faltaba desarrollo y en las partes más rápidas llevaba todo lo puesto y se me iban. Eso sí que cabrea. Eso sí que te da impotencia. Vas con todo, quieres poner más, porque tienes piernas para ello y sin embargo no tienes nada más que poner. –¡Ajjjj! ¡No las pierdas ahora, no las pierdas en lo fácil!–Pero se me alejaban. Se me escapaban. No quería, pero no podía. Veinte… treinta metros… y cuando pensé que ya era insalvable, no sé cómo, las conseguí neutralizar de nuevo.

Qué alegría y qué agonía. No lo disfruté nada. Solo fue un sufrimiento durante los 90kms de bici; ni uno más ni uno menos. Me gustaría decir que tuve algún segundo de tregua, un pequeño respiro, por corto que fuera, pero no fue así. Solo me salvaron los pequeños cambios de rasante cuando tocaba cruzar un puente y en la subida que me daba para bajar un piñón y recortar distancias. Aunque debía estar atenta porque rápidamente, en la bajada, se me volvían a ir. No cogí nada en ningún avituallamiento para aprovechar esos segundos ante ellas para acercarme y seguir en la pelea. A la vuelta nos pasaron seis chicos contados y eso, además de una pequeña tregua al hacer que las chicas levantaran el pie para respetar el draftingcon ellos, fue una pequeña distracción. No obstante la distracción fue otra. No solo el ritmo de mis rivales me amargó el sector ciclista. Sino que, desde el principio, noté como se me afloja y con ello que se me giraba el apoyabrazos derecho. –Algo siempre tiene que pasar–. Y después de intentar y conseguir recolocarlo en marcha, sin matarme, fui cada 10 ó 15 kilómetros repitiendo este gesto. Era una bici para ir acoplada todo el circuito.

La gente suele preguntar: ¿en que piensas en la bici? Pues en nada. Solo me concentro en la carrera. No puedo evadirme. No puedo distraerme ni un segundo. Solo sufro y lucho por no venirme abajo. Unas veces se consigue, como ésta, otras no. Ahí, lo que me hizo venirme arriba fue el ver como la media subió hasta lograr los 40,0km/h. Eso sí que hace llorar de alegría. Los llevé desde poco antes de llegar al kilómetro 80 y, a pesar de una mala transición, con pérdida de bota incluida que me hizo recular unos metros para cogerla y a consecuencia de ello perder esa preciada media, llegué a la T2 con el 40,0 en el garmin y eso no me lo quita nadie.

La segunda transición no fue mejor que la primera. Me bajo mal de la bici, pierdo la bota, no atino al dejar la bici (misteriosamente, se me salía la rueda trasera del hueco donde hay que ponerla en boxes), me tiemblan las piernas y me cuesta mucho ponerme los calcetines por tener los pies helados. Quizá fue mala elección no ponérmelos en la bici. Aunque, con el día tan caluroso que teníamos, se me iban a calentar pronto. Por todo ello y por el cansancio de piernas que tenía, me costó iniciar a correr y perdí a mis dos rivales. Después de haber estado con ellas 2h15’ y las pierdo en boxes ¡Duele!

Por una parte, sentía que ya había dado todo lo que tenía que dar ese día. Me había demostrado a mi misma que me sentía fuerte y luchadora. Sentía que corriendo no iba a estar como siempre y menos después de sufrir tanto en bici. Sin embargo, tenía más hambre. Tenía más sed de carrera. No creía que las posiciones fuesen a cambiar. Aunque tampoco podía relajarme. Pero… una media maratón da para mucho y quería seguir demostrándome a mi misma de lo que podía ser capaz de hacer ese día. Averiguar dónde estaba mi límite.

El recorrido a pie era muy chulo y lo mejor era el formato. Una vuelta larga de 14 kilómetros y una corta de 7. En la primera vuelta vi que la quinta andaba muy lejos (y eso que habíamos empezado a correr juntas) y que por detrás la ventaja que calculé era de unos 3’. Me sentía fuerte. Estaba corriendo sobre 4 y 4’05 el kilómetro, cosa que no creía llegar a poder hacer y sentía que no iba a poder mantenerlo mucho más tiempo. Pero a la vez no quería dejar de intentarlo. Me volvía a decir: –venga un kilómetro más–. Y así uno tras otro. –Hasta que mueras Judith, eso que te llevas–. Intentaba convencerme continuamente. Con esa premisa en la cabeza, vi que en el momento más duro, cuando el calor apretaba y las fuerzas se acababan, me iba acercando a la quinta. Aun estaba por el kilómetro 13 y me repetía constantemente: –No sé si podrás con ella–. En cambio, como pasa siempre en estos casos, puedes. Eres capaz de subir el ritmo y hacerte sentir mucho más rápida y fuerte que ella para no darle ninguna opción a revancha. Lo consigo y, justo en ese momento, veo que tengo delante a la cuarta (con tanta gente corriendo ya no era fácil verlas, así que me las fui encontrando de sopetón). –no me lo puedo creer, que fuerte–. No sabía si la iba a coger, pero solo por el subidón de haber llegado hasta ahí con la carrera tan arriesgada que estaba haciendo, me vine arriba. Además, ella había salido en segunda posición del agua y había aguantado la bici con Anne Haug hasta la T2 bajándose a correr tercera con mucho margen. Me planté detrás de ella justo en el inicio de la segunda vuelta. Necesitaba coger aire. Necesitaba un respiro porque acababa de hacer un kilómetro por debajo de 4’ para conseguir pasar a la quinta. Fue cuando entonces me di cuenta de que pasarla y acabar cuarta, me daba la clasificación para el mundial. ¡Oh mygood! Esto es mucho más de lo que creías conseguir hoy. Esto es mucho más que marcarte un carrerón en la primera del año. Hay que intentarlo Judith ¡Vamos!–. Me decía a mí misma para darme las fuerzas que me faltaban para poder conseguirlo. Tenía el tiempo justo para armarme de valor y entonces, es cuando veo que ella se gira al notar mi presencia y cuando decido atacar. Debía dejarla noqueada y creí conseguirlo. Al menos por el momento. Corrí como si no hubiera un mañana. Sin ser demasiado consciente de que quedan seis kilómetros de carrera todavía. Debía aguantar tres kilómetros hasta el giro para que ella me viera inalcanzable. Sin embargo, la motivación y la euforia ya eran tan fuertes como mi cansancio y me iba deshinchando poco a poco. El reloj ya no bajaba de los 4 min/km, sino que sobrepasaba los 4’10 pero… me dije a mi misma: ¡lo tienes, ¡vamos!, lo puedes lograr. Solo queda 3 kilómetros y ella ya no va a poder contigo. No puede contigo Judith ¡créetelo!–. Que mala es esa sensación de sentir que se van acercando por detrás. No quieres girarte y si lo haces, crees que la vas a ver ahí, detrás de ti y que te puede pillar… como tú las has pillado a ella.

Fueron los dos kilómetros más largos de mi vida. En el paseo de Dubái, en el suelo, cada cien metros, está marcada la distancia. No sabéis lo que es ver cómo esas rayitas, tan solo a 100 metros, tarda un mundo en llegar. Pero, por fin vi el 100 y de ahí a la alfombra roja ¡Lo logré! Sin esperármelo, aunque creo que merecido con la carrera que hice. Cuarta en 70.3 Dubái y slot para el Worldchampionship 70.3 en Niza.

Bueno, el slot casi lo pierdo. La anécdota de la carrera es que, en vez de nombrarme a mí, llaman a Anne Haug. Ella no dice nada y lo coge tan pancha (os podéis imaginar mi cara de incredulidad y la de Javi, que se estaba preparando para hacer la foto). Qué bochorno. Solo pensaba en todos los medios españoles que ya lo habían publicado. . Cuando ya lo tiene AnneHaug en su poder, busco wifi, para hablar con mi amigo y entendido Juanjo y me envía toda la información, confirmando que es mío, que las tres primeras ya lo tienen y que por tanto es para mí. Con esa info, voy a reclamar a la organización y, aunque al principio me miran en plan: “esta flipada qué dice (tal cual), finalmente investigan y reconocen su error. Entonces me piden perdón diciendo que como es el nuevo sistema aun no están muy puestos en ese sistema. Pues suerte que son ellos los propios organizadores, je,je,je. Así que ya tengo el pase confirmado, aunque me quedé sin la preciada moneda que lo certifica físicamente, el slot.

No puedo estar más contenta de cómo he empezado la temporada y más aún, porque Javi se estrenara también con un carrerón. Así, en partida doble, sabe mejor. Y para remate, horas después me entero, por publicaciones, que la FETRI me ha preseleccionado para representar a España en el Mundial de Larga.

 

Agradecida por todos los que han depositado su confianza en mí y toda su ayuda un año más. Mi club TRICBM. Todos mis sponsors. Mi entrenador. Y Sandra Sardina.

Estoy muy agradecida de recibir tantos mensajes de ánimos y felicitaciones. Gracias a todos.

Nos cruzamos medio mundo entero para acabar la temporada en el Ironman de Taiwan. Una elección nada fácil por todo lo que conlleva un viaje así. Pero, como siempre, con la motivación de viajar, conocer nuevas pruebas sin miedos a los hándicaps que vayan apareciendo y con el aliciente de pegarnos unas grandes vacaciones en Thailandia y Saipan al finalizar la competición. Eso es lo mejor. El chip cambia totalmente y consigues ir a la prueba con mucha menos presión. No centras toda la atención en el simple hecho de competir, sino que sabes que todo ese viaje conlleva muchas más cosas: placer, ocio, vacaciones, turismo, aventura… Hace que se viva de otra manera.

No fue nada fácil la adaptación. Aunque llegamos con una semana de antelación y eso nos permitió poco a poco irnos haciendo al cambio horario, clima, cultura, costumbres, etc… A la comida nunca nos llegamos a adaptar (aquí se come muy, pero que muy diferente) y fue uno de los mayores problemas que tuvimos, pero fuimos salvando los días sin dejar que eso nos estresara.

Se hizo larga la espera, pero se acercaba el día. El viernes ya se respiraba el ambiente de competición y todos los corredores estábamos listos para la batalla. Sí, sí, nos esperaba una dura “batalla”. No solo por la dureza en sí que supone correr un Full, sino porque debíamos luchar contra el calor y la humedad del clima taiwanés. Y, por si fuera poco, en la isla de Penghu la costumbre es que el viento sople rondando entre los 40 y 50km/h. Por supuesto, el 7 de octubre, no iba a ser diferente y ese iba a ser nuestro peor enemigo.

Así que así fue. Para todos fue una lucha contra ese elemento. Sin embargo, para mí, fue más que eso. Por su culpa, nos quitaron la natación y eso fue lo más perjudicial para mí. Se esfumaron las opciones de luchar por ganar, de creer en slot de Kona. Era mi baza, mi mejor sector respeto a mis rivales y donde sabía que podía marcar las diferencias. No son excusas, no vale lamentarse y no me gusta suponer cosas. No vale el: “y si…” pero no puedo negar lo evidente. Sé que, con un Ironman como dios manda, las cosas hubieran sido diferentes.

Lo más grave es que no me enteré del cambio hasta diez minutos antes de la salida. Las previsiones climatológicas eran las mismas desde hacía días y la única advertencia en el breafing era el recortar algunos metros si las cosas se complicaban, sin más. Lo peligroso era la bici, no la natación. <no me jodas> pensé. Pero viendo que los asiáticos son muy malos nadadores, la organización no tuvo narices hacerles nadar casi 4 km. Los demás no tenemos la culpa y esto no pasa nunca en un Ironman, pero… ”Asia is diferent”.

Os cuento como fueron los acontecimientos. Todo iba bien a las 05:20h de la mañana. Veo como algunos pros se empiezan a poner el traje trampa y prepararse para ir al agua a calentar. Nos quedaban 30’ para la salida y 15’ para acudir a la cámara de llamadas. Yo, con Javi, me voy preparando. Él se enfunda su neopreno porque, a pesar de que el agua estuviera a 25 grados, los grupos de edad tenían permitido el neopreno (ya os digo que esto solo pasa en Asía). Me dirijo al agua para calentar y a los 5’ me salgo siguiendo al único pro que veo. A los dos nos extraña no ver a nadie más y nos

vamos corriendo a la cámara de llamadas creyendo que llegábamos tarde. ¿TARDE…? ¡Pero si lo que llegamos fue 50 minutos antes! En ese momento la organización nos informa que han decidido quitar la natación. Bueno…, que solo se iban a nadar 400 metros y que la salida se retrasaba 50’. La cara de tontos de los dos no se nos ha quitado todavía. Y a mí, la de enfado, tampoco.

Aún no doy crédito a todo esto. No solo por la impotencia de ver que eres prácticamente la única que no se entera de nada, sino a la injusticia y la incoherencia de todo aquello. Nos dijeron que lo llevaban anunciando unos 20’ o 30’ por megafonía. ¿Qué esperas, que calentando en el agua, y con ese viento, me entere de lo que dicen? Lo de que no entiendo el inglés no me sirve. Las cosas no se hacen así.

Indignación máxima, frustración y mucho frío. Una vez te llevas el disgusto, solo toca aceptar el cambio y pensar en las soluciones. Sin embargo, yo estaba mojada, tiritando de frío por el fuerte viento a las 5.45h de la mañana y sin poderme abrigar porque los camiones se habían llevado ya todas las bolsas de “Street wear”. A más de 40’ de la salida. ¡Grrrr!

No quedó más que aceptar la situación. Mentalizarse de ello, volver a creer que nada estaba perdido y que, a pesar de eso, debía salir con las mismas ganas con las que venía y que debía enfrentarme al nuevo formato de “Ironman”. Ver como el resto de Pros seguían vestidas trotando un poco y sonrientes por el cambio, hacía que me hirviera la sangre. – <¡Judith, esto tiene que hacerte más fuerte!> me dije a mi misma.

Decidí quitarme el traje trampa. No me iba a servir de nada; solo para perder tiempo en quitármelo. Javi, obviamente, se quitó el neopreno. Al menos nos dejaron entrar en boxes y meterlo en la bolsa de la T1. Pero, qué curioso fue ver como apenas unos grupos de edad (firmaría que todos los europeos) se quitaban el neopreno y el resto se lo dejan para los escasos 400 metros de natación. Y, de las Pros, ¿soy la “única” que se ha quitado el traje trampa?. Mmmmm…. sospechoso.

Por fin pasaron esos interminables minutos y la carrera iba a empezar. Salen los chicos primero. Lo hacían 10 minutos antes. Otra de las cosas raras. La salida inicial era: chicos 5:55h, chicas 5:57h. Con el recorte de la natación hacen: chicos 6:30h, chicas 6:40h. Que alguien me lo explique. En cuestión de 4’. Todos, en fila, están saliendo del agua ¡Buf! Un recorrido de 1h se esfuma en apenas 5’. Que barbaridad.

6:40h. Llega mi hora. Preparadas en el agua y suena el bocinazo de salida. Desde la primera brazada me escapo en solitario, al sprint, como hacia muchos años que no nadaba en un triatlón. Jajajajaja. Llegué a la primera boya en un suspiro. Estoy girando la boya y de golpe me encuentro una cuerda que me impide pasar, “¿pero qué es esto?” –me pregunto incrédula. Miro indicaciones y veo que nos dicen que la pasemos como sea. “Para flipar”. Y en eso me engancha otra triatleta. Llegamos a la segunda boya y, al ir a bordearla, vemos como los kayaks nos taponan y nos dicen que no, que por dentro. Yo seguía sin entender lo que estaba pasando en esa farsa de natación. Le hago caso y sin bordear la boya me dirijo a toda leche hasta la escalera que nos saca del agua.

5’17” de natación. Mientras corro en solitario por la larga transición, me obligo a olvidarme de todo lo ocurrido. <La carrera empieza ahora Judith. No le des más vueltas> intentaba convencerme. Menos a una rival que salió a 10” de mí, al resto les saque más de 1’10” en esos 400 metros. ¿Qué hubiera pasado en los 3.800 reglamentarios?

Me subo a la bici y aunque tengo ganas de darlo todo y aumentar la escasa ventaja, me centro en los 180kms que me esperan por delante y razonarme a mi misma que eso era un Ironman. En apenas 5kms, me adelanta la rival que llevaba pegada y aunque quiero mantener su estela, veo rápidamente que ese no es mi ritmo y que debo centrarme ya en la carrera. En mi carrera, en mi ritmo y en mis fuerzas.

Concentración. Esa es la palabra que define mi sector ciclista. Concentración pura y dura. Nunca había hecho una bici tan metida en carrera. Sin evadirme ni un solo segundo. Sin altos ni bajos. Regularidad, constancia, frialdad y entereza en los 180kms clavados de ciclismo. Conseguí meterme por completo en la carrera y a pesar de la dureza me mantuve firme en todo momento y los kilómetros fueron pasando espectacularmente rápidos. Supongo que culpa de esto lo tiene Embrun. Y es que después de ese circuito de siete duras horas de bici, el ver como en Taiwán la media no bajaba de los 35km/h y que podía completarla en 5h, me parecía un trámite.

No fue una bici fácil, pero supongo que tuve un buen día. Las fuerzas iban mermando, obviamente. Sin embargo mi cabeza volvió a demostrarme que la tengo bien puesta. El duro viento complicó mucho las cosas: acojone con las ráfagas cuando soplaba de lado y mucho esfuerzo cuando soplaba en contra. Y sin embargo no dejé que nada de eso pudiera conmigo. Cogida fuerte a mis acoples, sentada y colocada en la máxima posición “aero” que me permitía mi bici, y manteniendo un pedaleo constante, fui superando los tramos del circuito. Me hice fuerte cuando tocaba luchar en contra, pisando con garra. Y a pesar de excederme de watios por la dureza de chocar contra los vientos de 50kms/h, no me iba a dejar superar por la situación. Ni al dolor de los brazos al agarrarme a los cuernos con fuerza. Ni al de las cervicales por querer llevar la cabeza erguida. Ni al de las ingles por no levantar el culo prácticamente ni un segundo del sillín. Ni al de las piernas por el desgaste de ese duro pedaleo. Nada de eso hizo que mi mente y mi cuerpo vacilasen. Les gané el pulso. Gané el primer combate (contando que no hubo natación) y superé la batalla contra el viento en el sector ciclista.

Realmente era una bici para mantenerse muy concretada. Porque si aquí nos quejamos de la mala convivencia entre conductores y ciclistas, allí…. ni os lo imagináis. Allí no hay normas. Y a pesar de la buena voluntad de la organización, policía y voluntarios, para controlar aquello, inevitablemente te salían motos y coches por todos lados sin ningún tipo de miramiento. Ni el ver a 900 triatletas en la carretera parecía importarles mucho. Con algún que otro susto, conseguí salvar los muebles. Aunque lo que más rabia da, es tener que tocar el freno en carrera y sentir que esos segundos son claves.

Me planté en la T2 en segunda posición. La primera se había escapado. 6 minutos me sacó en bici. Y por detrás venía un grupo de unas 4 ó 5 corredoras a menos de 1’30” de mi. Llego a donde debo dejar mi bici y me encuentro a los organizadores: un chico y una chica –¡Pero! ¿Qué hacen estos aquí esperándome? ¿Qué es este recibimiento? Y entonces me dicen: STOP. Y me cuentan que tengo un penalti de 10” por saltarme una boya en el agua. ¡BINGO! Qué continúe el show! No sé si era más surrealista lo de los 10” o que fueron los organizadores y no los árbitros los que me pusieran el penalti. Yo, aun estoy flipando. Tengo que aclarar que al final de la prueba vinieron a pedirme perdón por esta amonestación, al reconocer que fue un error suyo.

Quitando los 10” que no tienen mayor importancia, pero que provocaron muchos nervios y me empezaron a temblar las piernas. Efectos negativos al llamarme la atención con lo violenta que me siento yo al salirme de las normas. Me dificulta y me demora la segunda transición, pero me relajo unos segundos y no me salto el protocolo de tomar lo que debo para que el estómago no vuelva a sacarme de carrera.

Empieza la maratón. Debíamos completar cuatro vueltas de infierno donde tocaba vencer a: el viento, el calor y el circuito más aburrido que he hecho nunca. Y con la mayor soledad y tristeza de un recorrido sin ningún tipo de animación, espectáculo o distracción. Costaba sacarle algo positivo a esos 42kms de carrera a pie.

Empecé a correr bien. Me bajé bastante entera de la bici pero con un pinchazo muy fuerte en el lado izquierdo de la cadera, justo en la cresta ilíaca. Y el notar esa molestia en cada pisada me trastocaba. Quería concentrarme como lo había hecho en la bici, quería poner el modo automático e ir poniendo cruces en los kilómetros, aunque esta vez no pudo ser así. Costó encontrar motivación. Costó superar cada vuelta del circuito. Y costó no venirse abajo física y mentalmente.

La maratón de un ironman es como una montaña rusa. En un kilómetro estas arriba del todo y en otro estas en lo más bajo. Me bajé segunda, pero en solo dos kilómetros me puse tercera. Me adelantó una rival, con un ritmo tan fuerte, que me vi incapaz de seguirla. Pero si me dio un punto de motivación para subir el ritmo. ¡Vuelve Judith!, no te hundas tan rápido –me decía a mí misma. No por perder posiciones estaba todo dicho aún. Debía seguir luchando al máximo. Tan grande fue la inyección de orgullo que en el paso por el kilómetro 10, pasé tercera a menos de 1’ de las dos primeras. Y 2 ó 3 kilómetros más tarde, me puse en segunda posición. Aunque la primera parecía escaparse me negué a dejar de luchar por la carrera, por la victoria, por el slot para Kona, por el pase a la gloria. ¡Kiss or kill! (besa la gloria o muere en el intento). Eso es lo que me repetía.

La lucha valió la pena, pero salió cara. Se volvió a girar la moneda. Pagué el sobresfuerzo y el duro ritmo por querer mantenerme cerca de la líder, o al menos mantenerme más lejos de mi perseguidora. En el km22 empiezo a tener mucho flato. No se me pasa y tengo que andar un poco mientras veo como el segundo puesto se me vuelve a escapar. Me la había devuelto. “La revancha”. Ahora me tocaba a mi ver cómo me pasaba por encima. No pasa nada Judith, el pódium es tuyo –trataba e pensar. Esta distancia es muy cruel. Puede pasar de todo en poco tiempo y aparecer de repente molestias o problemas.

Mi tercera vuelta fue de un sufrimiento brutal. Ver como algo te impide seguir corriendo, por más que quieras, se hace muy duro. A penas llevaba 25 kilómetros. Ves la satisfacción de los familiares de tus rivales por tu debilidad en ese momento. Ves como Javi te anima y te mira preocupado después de haberte visto volar y disputar la carrera una vuelta antes. Y sientes que todo se te escapa. Se escapan las fuerzas, se escapan los sueños y lo peor es que se escapan los motivos para convencerte que hay que seguir corriendo. Que hay que acabar. Que cruel es la cabeza. El demonio aparece y desde tus entrañas te grita que pares, que te retires, que por qué tienes que sufrir así, que no vale la pena. Y para mal mayor, es que llegas a darle la razón. Llegas a creerte que no pintas nada allí sufriendo. Y acabas diciéndote: “Da igual. No tengo que poner excusas, quiero parar y punto. Sin más. Sin motivos de peso. Simplemente no quiero seguir corriendo.”

Aunque parecía que todo estaba perdido. Resurgí. Volví a ser yo misma. Y seguí luchando. La cuarta me pisaba los talones y debía hacer todo lo posible por luchar por el pódium que en ese momento parecía ser el mayor logro. Entraba en los últimos 10 kilómetros justo en el momento en que me pasó la tercera. Ya no podía con ella pero decidí seguir corriendo con fuerza. No tan solo por no perder otra posición más, que empezaba también a peligrar, sino por acabar esa carrera de una vez y por mi orgullo.

En esa última vuelta si que conseguí concentrarme de nuevo. Me aislé de todo y me encerré en mi propia burbuja. Solo iba mirando fijamente al frente. Al suelo. De nuevo con un ritmo decente y constante. Solo quería que los kilómetros pasaran y me limité a ir contando hacia atrás. Dejé de comer, de beber, de mojarme y de refrescarme. Ya nada me importaba. Ni la sed, ni el sofocante calor, ni la falta de azúcar. Solo quería llegar a meta.

Y crucé la meta. En caliente me sentí satisfecha de haber llegado a ella. De haberlo hecho viendo que por momentos creí no poder continuar. Había acabado mi segundo Ironman. Lo había hecho a menos de dos meses de ser finisher en Embrun. Y lo mejor: que mi estómago se había comportado decentemente como para no sacarme de carrera. Me alegre por ello. Mucho. Hace justo un año lo estaba intentando por primera vez y todo se desvaneció. Fue el principio de un año muy duro para superar y solucionar aquello con un segundo intento, meses más tarde, y de nuevo fallido. Y ahora; parecía que todo eso era agua pasada y me estaba frustrando el hecho de no haberme sentido más competitiva en mi segundo Ironman finalizado. ¿Qué duros somos? ¿no? Siempre queremos más.

Y es qué en frío, siento que podía a ver dado más, que ese pódium debía haber sido mío. No siento que el pódium lo perdiese en la natación, sino que se me escapó en la maratón. Sin embargo, el no nadar, condicionó mucho las cosas y podían haber sido más favorables. Está claro que cuando ya te has recuperado y no te duele nada (bueno, me duele todo pero, no como me sentía en carrera) se ve todo diferente. Pero aun así, me queda un espinita con esta carrera. Eso no quita que no esté satisfecha y que haya sido un buen final para brillante y espectacular una temporada.

¿Y ahora qué? A priori tenía ganas de acabar, tenía ganas de cerrar temporada y disfrutar de unas merecidas vacaciones. Pasar página y planear la siguiente. Sin embargo, tengo una sensación muy extraña, un vacío muy incómodo. Reconozco que me he quedado con ganas de más. Con la sensación de si debo seguir luchando para intentar clasificarme para el mundial o si, por otra parte, olvidarme de ese sueño prácticamente utópico. ¿Y ahora qué? ¿Qué debo hacer? ¿Por dónde sigo mi camino?

Igual toca ser realista y ver que ganar un Ironman (única opción para clasificarse este año) no está a mi alcance todavía. Ni en Taiwan fue fácil. Aunque me duele leer (lo he visto esta misma mañana). He visto como Triatlonchannel califica de “pollo” el Ironman de Taiwan cuando explicaba lo complicado que es clasificarse con este nuevo formato excepto en carreras como esta. Por lo visto, 17 pros chicos y 17 pros chicas en la startlist le parecen poco y nos considera, a esos inscritos, de un segundo o tercer nivel aunque vengamos de todas las partes del mundo a luchar por ello y con currículos largos y brillantes detrás de todos nosotros. Sí, me incluyo. Añadiendo la dificultad, en mi opinión, que tiene el correr en Asía por muchos factores, principalmente por el clima.

Reflexionaré en las vacaciones de todo ello… o no. Quizás simplemente me olvide del triatlón estas dos semanas y disfrute con mi marido de este bonito viaje.

Si de algo me siento orgullosa de esta temporada, es de sentirme querida y bien acompañada siempre. Empezando por mi entrenador Álvaro, con el que cada año que pasa, siento que el tándem que formamos avanza mejor.

Mi familia y mis amigos son parte de mi éxito y todos aquellos que me apoyáis y me seguís. De verdad. Lo mejor de todo esto es el sentirse tan afortunada por ello.

Nada sería posible sin mi club y mis sponsors. Estoy enormemente agradecida de la acogida de TRICBM Calella. Me lo han dado todo sin pedir nada a cambio –¡ Gracias Agustí !– .

Y a las marcas que me apoyáis. Gracias por toda vuestra ayuda. Es totalmente necesaria para mí.

Y gracias a Juanjo y a David por ayudarme tanto y de una forma totalmente desinteresada.

Embrum (Francia), 5.45h de la mañana del 15 de agosto. Estoy a cinco minutos de empezar el Embrunman triathlon. Es de noche todavía. No me lo puedo creer. Realmente es verdad lo que dicen, aquí se nada a oscuras. ¿Pero cómo vamos hacer eso? – me pregunto a mí misma. El acojone se mezcla con la emoción de que, al fin, haya llegado el día. Ese día que tanto he ansiado desde hace meses y que he preparado tan a conciencia. ¡Por fin! Voy a ver si sé disfrutarlo y gestionarlo como se debe. Ese es el objetivo del día.

 

5.50h. Sin demora, suena el bocinazo que nos marca la salida a las chicas. Que sensación tan extraña el correr hacía el agua sin ver absolutamente nada. Sin saber en qué momento cubre, y hacía dónde toca nadar. Pero lo peor… correr con los pies congelados pisando las piedrecitas que te adentran en el lago. A esa hora tan temprana la temperatura era baja. Las manos las tenía bien; frías, pero sin perder la sensibilidad. Sin embargo los pies los había dejado de sentir hacía rato. Me mató el correr hasta el agua esos escasos metros sobre la gravilla. Sentí como mil cuchillas se clavaban en mis plantas provocándome mucho dolor. Por suerte, el agua estaba mejor que nunca: 21 grados; lo cual favoreció a que, en pocos minutos, volviera a sentirlos y se aliviara ese dolor.

La natación fue muy complicada. Esperaba tener más referencias y formas de seguir el circuito, en cambio no fue así. La verdad es que no entiendo por qué en el breafing te explican el recorrido, las boyas que debes hacer… y sin embargo no te explican lo más importante y necesario: cómo llegar a ellas, cómo guiarse en la oscuridad de la noche para completar ese circuito. Aquí solo tienes suerte si logras ir en cabeza. Por desgracia, perdí a las dos favoritas en los primeros metros. Es cierto que yo ni iba a competir como ellas. Aunque suene raro, os puedo asegurar que en esta carrera venía con un objetivo totalmente diferente. Venía a tomármelo con mucha calma. A acabar. Me había dejado la etiqueta de “profesional” en casa. Esa actitud no dejaba de ser todo un reto para mí, pero era totalmente necesario. Así lo sentía.

Me quedé sola en las primeras brazadas. Mi condición de nadadora me permitió, al menos, ir siguiendo la estela o, mejor dicho: para mi gusto, la lucecita tímida que parpadeaba en el kayak que guiaba la carrera. Esa luz se iba alejando cada vez más y complicando más las cosas ya que, cuando cambiaba de dirección al sobrepasar una boya, la perdía de vista por unos instantes. Encontré boyas por el camino que no sabía si tenían sentido o no. En algunas había un kayak controlando y en otras no, y realmente no entendía nada de lo que estaba haciendo y sucediendo. –Todo eso me parecía más propio de una yincana o de una carrera de orientación–. Pero conseguí tomármelo a risa y sentirme satisfecha de atreverme con algo así y disfrutar de un triatlón único por cosas como esa. Aunque aún me dio más la risa en la segunda vuelta de natación. Ya era de día y ya se veían las boyas y conforme iba nadando me daba la sensación que ese recorrido no se parecía en nada al que había hecho la vuelta anterior. ¡Buf! Que locura. La verdad: no sé si hice la mitad o el doble de boyas. No tengo nada claro de lo que pasó durante esa hora en el agua.

A pesar de todo, me sentí súper cómoda. Me sentí a gusto nadando. Me noté rápida nadando fácil, controlando respiración y reservando toda la energía para el resto de la carrera. Nadé en solitario durante todo el recorrido. Exceptuando los metros finales donde encontré todo el pelotón que estaban aún en su primera vuelta. ¡Uf! No quiero pensar lo que fue esa natación para los que les cuesta nadar y/o tienen pánico a las aguas abiertas. Es la primera prueba de fuego de este triatlón. Realmente vi gente muy agobiada, muy desorientada; totalmente perdida en el agua, incluso parados ya en las orillas del lago.

Salir del agua no fue nada fácil tampoco. Entre todo el barullo de gente, el kayak que hacía de guía se había apartado y no sabía para donde debía ir. Tuve que pararme a preguntar dos veces a los árbitros de las canoas. Aunque la respuesta en francés no me ayudó mucho. Y pararme un par de veces más para quitarme las gafas e intentar intuir esa salida del agua. – ¡Que duro por favor! –-. Lo que creí que sería un trámite se convirtió en todo un desafío.

T1. Sin prisa, pero sin pausa. A diferencia de cualquier otro triatlón, decidí ponerme un maillot preparado con los bolsillos llenos. En esta carrera tenía que cuidar muchos detalles y la alimentación en la bici era uno de los puntos más importantes. Así que no me importó perder ese minuto de más. Por el contrario decidí no ponerme nada más. Sentía que había entrado en calor en el agua y que no debía abrigarme. Aunque por desgracia, en ese par de minutos, pisando la fría alfombra, se me volvieron a congelar los pies. Ponerme los calcetines y pisar en suelo mojado lo empeoró y ese calvario me acompañó en más de la mitad de la bici. Y no exagero. No sabéis lo duro que es eso de perder la sensibilidad de los pies durante más de 3h y pedalear así. ¡Horrible!

Por poco pierdo la carrera en boxes. Mientras me vestía, una árbitra no paraba de decirme cosas en francés que no entendía. Yo pensé que me decía que lo dejará todo recogido dentro de la caja, pero el cámara le dijo que yo era española y entonces me dice: ¡El chip!. –¡Por Dios!, no lo llevo en el tobillo. ¿Lo he perdido en el agua? –. Me centré y vi que, por suerte, estaba liado en el neopreno. Que susto. Menos mal que me avisaron sino… habría hecho una carrera en balde.

Me subo a la bici. Empiezan los 188kms y lo hace con un primer puerto de 4kms durísimos. Sin previo aviso. Es muy difícil controlar la emoción: esa euforia que siempre te hace pedalear con fuerza los primeros tramos del recorrido y más aún cuando lo haces rodeada de gente que te anima y aplaude con fuerza. Emocionante. –Creo que sí va a valer la pena estar aquí–me dije a mi misma. Y es que tuve muchas dudas hasta el último momento. Esto no se lo he contado a nadie, ni siquiera a Javi. Pero esta carrera me daba tanto respeto que me hizo dudar en muchas ocasiones de si sería capaz de conseguirlo; si estaba realmente preparada… Lo peor fue estar en Embrun los dos días previos y seguir teniendo esa sensación. Por muy valiente que sea, hasta el último momento tuve mucho pánico escénico. Hasta el punto de querer recular antes de hora. Pero ya estaba allí pedaleando.

Desde el principio me repetía a mí misma a lo que había venido aquí, lo tenía claro y lo estaba gestionando bien. Conseguí levantar el pie. Conseguí disfrutar del recorrido, del paisaje, del ambiente… y olvidarme de la “competición”. Aunque tener la cámara a un metro, grabándome en varias ocasiones, no me lo ponía nada fácil. Yo que quería pasar desapercibida… y al final iba a salir hasta en la tele. La sorpresa fue que esa situación no cambiaba, ninguna chica me daba caza y eso era muy buena señal. Y más cuando me estaba sintiendo tan conservadora.

La bici fue durísima a pesar de ir regulando en todo momento. Es un circuito muy exigente y de muchísimo desgaste. Su perfil habla por sí solo. Pero las piernas no son lo que más se queman, sino la cabeza. Es una prueba de resistencia física y psicológica. Hay que venir muy preparado y entrenado. Para correr aquí, creo que es necesario un trabajo mental brutal y saber qué con quién más vas a luchar es contra tu cabeza. Contra tus demonios. Contra tus miedos.

Vi gente que me pasaba rodando como un tiro y luego, en los puertos, los adelantaba… destrozados. Hay que saber gestionar muy bien esta carrera. Todos nos encontramos con fuerzas en el km 50, y hasta en el 100, sin embargo son 188 a los que, por detrás, había que sumarle una dura maratón. Eso es lo que me daba desconfianza. Eso era lo que no me dejaba

disfrutar del todo la bici. Tenía tanto miedo de bajarme a correr y no ser capaz de hacerlo. Tenía tanto pánico a los problemas de estómago… Ese nudo no me dejaba disfrutar del todo, pero a la vez me ayudaba a controlar aún más la carrera y a seguir luchando, kilómetro a kilómetro, como si fuese el último.

Sobre el kilómetro 80 empieza el ascenso al Izoard, el puerto mítico de la carrera. El puerto en mayúsculas. Catorce kilómetros de ascenso hasta los 2.300 metros de altitud. Una hora de subida. Que duro es eso, que duro resulta mantener la mente fría. Sin embargo logré gozarla. Iba subiendo con control. Aunque, por mucho que quieras guárdate, el desnivel no te deja. Fui restando curvas y kilómetros con ilusión y con buenas sensaciones. Me emocionaba el hecho de haber sido capaz de venir a este duro triatlón y sentir como estaba escalando con mi bici de ruta por una zona verdaderamente espectacular.

Llegué a la cima y coroné el puerto. Sin embargo fue un momento un poco agridulce. La euforia del culminar el ascenso se mezclaba con la realidad y me hacía pensar que me quedaba la mitad del recorrido. La mitad de desnivel positivo.

Aunque estaba deseando lanzarme hacia abajo, era necesario el pit stop en el avituallamiento. Pie al suelo y un voluntario me trae mi bolsa. Recambio bidones. Me pongo el cortaviento y los guantes. Mejor dicho: el guante. –¡Madre mía! ¡Qué tonta!– me dije en voz alta. Llevaba dos guantes de la misma mano ¡Que desastre!. Después de dudar unos segundos, me pongo uno y el otro me lo meto debajo del maillot. ¡Aig! Qué gilipollas soy. En fin… seguía teniendo tan claro a lo que había venido que ese detalle no me preocupó lo más mínimo. Suerte que hizo calor y me sobraba el guante y el cortaviento. Pero bueno…, ya estaba hecho. –Mejor eso que pasar frío en la mano descubierta– . jajajaja.

El descenso fue lo más duro. Casi me mato dos veces. No exagero. La carrera era tráfico abierto y nada más empezar a bajar el puerto, justo con Iñaqui Pena delante, que me acaba de pasar, nos encontramos dos auto caravanas que nos frenan de golpe. Intuí que para dejarnos pasar, pero… ¡buf!. Sin saber cómo, conseguimos esquivarlas cuando justo en el hueco de carretera que quedaba vemos que suben 3 ciclistas. Se tiraron, literalmente, a la cuneta para no comérnoslos. Suerte de eso que sino los hubiéramos arrollado a más de 50km/h. Aun así, dos curvas más tarde, me encuentro con un matrimonio mayor bajando en bici. Los intento adelantar por dentro cuando veo que se me cruzan y al frenar me derrapa la bici y veo como me voy directa para el acantilado. Consigo controlar la bici y sacar el pie al suelo justo cuando la rueda delantera se metía por el terraplén que había. ¡Dios que susto, joder! Ahí empecé a temblar y no de frío. Decidí tomarme las bajadas con mucha calma también y no jugarme la vida. A la vista está que hice todos los descensos más lentos que cuando vine a ver el circuito con Javi, y eso que íbamos tranquilos y con lluvia.

Eso fue lo peor de la carrera: El tráfico. Realmente pase miedo con los coches. Los franceses conducen muy mal, muy agresivos y sin ningún tipo de respeto. Ya no era el hecho de estar compitiendo y no perder tiempo, sino de no jugarte la vida. A la vista está que hubo muchos accidentes, como lo fue el de Víctor del Corral. Eso para mí desvirtúa este espectacular triatlón.

Tocaba seguir y hacerlo con mucho ojo. Que sensación tan extraña el empezar a bajar como si estuviera hecho y en cambio saber que quedan unas 3horas más de bici. No es nada fácil pedalear casi siete horas continuas en solitario. Fui sola toda la carrera, puntualmente me pasaba algún ciclista (no llegó a la veintena) y agradecías (ánimos mutuos). Sobre el 130 me pasó Gorka, y el hecho de intercambiar cuatro palabras con él fue muy gratificante.

El recorrido parecía no tener fin nunca. Cada repecho se hacía un mundo y de alguna manera costaba conservar la motivación. Se hacía difícil mantener a raya los pensamientos negativos y era imposible silenciar las quejas de tu cuerpo. Iba muy bien de piernas, tengo que reconocerlo. Pero las dos últimas horas fueron un verdadero infierno. Las fuerzas mermaban, el calor hacía estragos, y ya no me apetecía comer ni beber más “potingues”. Solo quería agua, o una coca cola bien fresquita. Me dolían las manos, los brazos, los cervicales y sentía como toda mi zona intima estaba tan escocida que no sabía ni cómo sentarme.

  

Luché mucho contra mi cabeza. Me dije varias veces que esta y no más. Pero… ”Esta sí Judith. Esta debemos conseguirlo. Estas haciendo un carrerón. Sigue demostrando de lo que eres capaz.” me iba repitiendo a mí misma. Aun así, a pesar de lo entera que estaba, dentro de todo, mis fantasmas seguían ahí. El miedo a no acabar por problemas de estómago (por tercera vez consecutiva), no dejaban de rondar dentro de mi cabeza y eso me iba consumiendo.

Aunque parecía que nunca iba a llegar, llegó. Llegué a la T2. Pisar esa alfombra me supo a gloria. Y más sentir que las piernas iban. La mejor alegría fue ver y escuchar a mi familia (mi hermana, mi cuñado y mis “niñas” (mis sobrinas)). Eso fue una inyección de energía brutal. Sabía que debía correr por ellos. Javi me animó en boxes y sus palabras me dieron mucha confianza. Lo estábamos haciendo muy bien y podía con ello.

Le dediqué tiempo a la segunda transición para prepararme bien para la carrera. Coger todo lo necesario y tomarme el primperan, que debía ser mi solución en carrera.

Sentir que eres capaz de correr con fuerza después de los durísimos 188km de bici, es la mejor satisfacción que se puede tener. Había algo no me dejaba despegar las alas del todo por el miedo a chocar contra un muro mental en cualquier momento. Pero disfruté de mis buenas sensaciones. Corrí con ganas. Intenté saborear el encanto del recorrido, a pesar de su dureza, y supe disfrutar de los ánimos del público, de los pocos catalanes y españoles que estaban por allí, y de la compañía de Gorka en nuestro mano a mano particular que hizo la carrera mucho más amena. Pero sobretodo: llegar a cada punto donde estaba mi “Team Koraxan” eso fue la mayor satisfacción. Se pusieron estratégicamente para darme ánimos durante unos metros. Primero mi cuñado, luego mi hermana, más tarde Javi y por último mi sobrina Laia. Y eso se repetía dos veces por vuelta. Yo no podía dejar de sonreír al verlos. Su apoyo estaba siendo fundamental y realmente me lo hicieron pasar bien.

Pasar por el final de la segunda vuelta y que mi sobrina de ocho años me gritase: “Tieta, ¡t’estimo molt!”, fue uno de los momentos más mágicos de la carrera. Difícil venirse abajo después de eso. <Va Judith, tienes que conseguirlo, por ellos, llevan once horas sufriendo aquí contigo. Esta vez lo vas a conseguir>. Me repetía a mí misma. Javi estaba como yo, se lo notaba. Estaba emocionado con mi carrera y con mi entereza, pero era prudente porque él me conoce mejor que nadie. Ha vivido conmigo mis problemas de estómago y mis retiradas. La de Sudáfrica en el km 30 la vio en directo. Y él, igual que yo, temía que me volviera a pasar. “Te espero en meta” me dijo al empezar mi última vuelta. Sé que esos 14 kilómetros se le hicieron casi tan largos como a mí y sé que tanto él como yo suplicamos que nada me impidiera llegar hasta la meta. Fuese en el tiempo que fuese y en la posición que se antojara.

Iba muy vacía. Para no provocar al estómago hice solo dos geles (km 2 y 15) y un bidón con 30gr de hidratos. Muy poca gasolina para una maratón. Así que los problemas de estómago se me sumaron a la falta de energía, al miedo de caer redonda en cualquier momento por sentirme completamente exhausta. Y a todo ello los amagos de rampas en todos los músculos de mi tren inferior. La coca cola fue lo que me mantuvo viva hasta el final.

Última vuelta. Todavía 14 eternos kilómetros por delante. No era capaz de ver la meta alcanzable aún, pero os aseguro que iba hacer todo lo imposible por llegar a ella. Y si no…, pues no pasaba nada. Me convencí de ello desde que me apunté a esta carrera y me seguía convenciendo de ello compitiendo. Si algo me caracteriza es que no tengo miedo al fracaso, tengo muy claro que es parte de la competición y yo soy muy buena competidora. La gente me ha tomado por loca al inscribirme a esta carrera sin haber finalizado antes un Ironman. Dos retiradas son lo que marca mi currículum en esta distancia, pero no iba a dejar de intentarlo. No tengo que demostrar nada a nadie, sin embargo, mi orgullo y cabezonería no me permite rendirme sin conseguirlo.

Busqué motivaciones para no oír las quejas de mi estómago que empezaba a reivindicarse contra mí. En la subida me ayudaron las palabras de Álvaro, sus consejos. Y me dio fuerzas para que no dejará de trotar ni un solo paso, para no caer en la trampa de andar. Aunque en esa zona no había nadie que corriera, excepto yo (al menos cuando yo pasaba). Debía luchar por mi entrenador. Le debía parte de la carrera. Nos hemos pasado un mes entrenando juntos, había sacrificado su tiempo y el de su familia por ayudarme; por estar a mi lado en todo momento y hasta me abrió las puertas de su casa. Debía…, tenía…, que acabar para agradecérselo.

Tenía más personas en mente. Más personas que me habían ayudado a preparar esta carrera y sentía que debía de continuar por ellos. Por mis amigos: el “Team Pirinexusss”. Me han ayudado a entrenar, a sufrir, a buscar KOMS (que para nosotros que tiene mucho más significado que un simple record de Strava, porque tienen risas, euforias, piques, luchas, sacrificios, premios, diversión…). Ellos son muy importantes para mí y la excusa de preparar esta carrera nos ha hecho disfrutar de muchos momentos juntos.

Últimos cinco kilómetros. Las ganas de vomitar aguantaban, sin embargo las de ir al baño no. Ni con el fortasec que me había tomado. No veía el momento de parar, no veía ninguna zona para “medio esconderme” sin enseñar el culo a todos los corredores. No veía baños en ningún sitio. –¡Judith aprieta el culo o ¡para! Tienes 20’ de ventaja puedes permitirte andar lo que quieras–. Estaba pisando el pódium. ¿Quién me lo iba a decir? De soñar con acabar la carrera a verme subida en él. –Judith intenta disfrutar de lo que estas logrando. Te lo has currado–. Un mes fuera de casa. Sola. Preparando a conciencia esta carrera. Ha sido muy duro. He sufrido mucho entrenando. He echado mucho de menos a Javi, a mi familia. Y he derramado muchas lágrimas. Tantas como hasta el punto de plantearme si realmente valía la pena. Preguntándome cientos de veces si esto es lo que quiero: entrenar y dejar todo lo demás a un lado. Y todo eso añadiendo el hacer un gran sacrificio económico para costearlo. Porque que nadie piense que esto ha sido gratis. Sin Javi cerca no soy nada, sin ver a mis sobrinas, sin mi gente. Yo amo el deporte, yo adoro entrenar, pero con la motivación y la compañía de los míos. Sino… – ¿vale la pena?- me pregunto.

Pero definitivamente estaba valiendo la pena. El trabajo, la constancia y sobretodo el creer en mi iba a tener su recompensa. Estaba consiguiendo acabar mi primer Ironman, y no uno cualquiera. El tercer intento iba a ser el bueno. Por fin iba a saber lo que significa cruzar la meta y lo iba a vivir en Embrun. Son pocos los que se atreven con esta carrera. Yo me atreví con ella, a pesar de mis antecedentes, y lo estaba bordando. Estaba haciendo historia e iba a sumar mi nombre a un palmarés donde otro español, catalán también, el gran Marcel Zamora era el rey. Él también estuvo presente en mi carrera. Fue mi inspiración desde que llegué a la Cerdaña para preparar esta carrera. Empecé su libro y lo acabé un día antes de competir. Sentía que me daba fuerzas.

Último kilómetro y empezaba a saborear la gloria. Empezaba a sentir que ese sueño se estaba haciendo realidad. Y justo entonces, apareció mi hermana para certificar que era cierto, que eso era real y que lo estaba consiguiendo. No pude devolverle todas las palabras que me regaló en ese momento, pero gracias a ellas conseguí completar los metros finales que me hacían, por fin, cruzar el arco de meta. ¡SOY FINISHER!

    

Embrun no deja indiferente a nadie. Es de esas carreras que hay que vivirlas. Superación, resistencia, agallas, cabeza, valor… muchos adjetivos y sinónimos para describirla. Lástima que hay un PERO muy grande. Los premios económicos de las chicas son muy inferiores a las que reciben los hombres. ¿Por qué? Parece que para ellos no tenemos suficiente mérito las chicas. ¡Qué pena! Por eso quizá se llama Embrun”man”. ¿No?… me pregunto.

Embrun, fue mucho más que una carrera. Fueron unas pequeñas vacaciones en familia. Con la mejor compañía y con bonitos momentos que no cambio por nada. Lástima no quedarnos algún día más después de competir. Pero ya se están haciendo planes para volver el año que viene. ¿Quién competirá entonces? ¿Javi? –Porque… eso de repetir… a día de hoy… no lo veo.

      

Ahora necesito un reset. Reconozco que a pesar del logro y la emoción que ahora siento, esta carrera me ha desgastado mucho. Física y psicológicamente. Antes, durante y después. El post carrera ha sido duro y debo seguir trabajando para solucionar esos problemas de estómago que tanto daño hacen.