Se acercaba el Triatlón de Zarautz. Una cita ineludible en mi calendario. Es, para mí, el mejor triatlón del mundo con diferencia por muchos motivos y no me lo perdería por nada del mundo. Quieres llegar en las mejores condiciones posibles y poder luchar por la victoria, pero os aseguro que, en esta carrera, eso pasa a un segundo plano y no dejaría de faltar a esta carrera por ningún motivo. Y es que las semanas anteriores no fueron fáciles. No sé si fueron las consecuencias del degaste del mundial, pero me costó mucho recuperar. Me sentía débil, muy cansada, lenta… y me estaba costando remontar. Para colmo, la semana previa a la carrera, falleció un amigo y reconozco que eso me dejó muy tocada anímicamente. La ayuda de Iván, mi entrenador, fue clave. Me ayudó a gestionar todo aquello y no dejó que me hundiera en ningún momento. <<Gracias Iván>>. A veces se trata tan solo de decir lo adecuado en el momento idóneo. Por supuesto, el cariño incondicional de Javi, de mi familia y de los amigos fue muy importante.

 

Pero es poner un pie en Zarautz y se te pasan todos los males. Cuando llegas allí empiezas a recibir todo ese cariño de la gente (organización, triatletas, público, compañeros, gente de Zarautz que ves año tras año…). Empiezas a compartir la ilusión por la carrera y empiezas a disfrutar del ambiente. Te olvidas de la “competición” y empiezas a gozar de esa “fiesta”. Por algo llevo cinco años consecutivos viniendo, porque no me lo quiero perder por nada del mundo. Llevo dos años renunciando al mundial de Challengepor no perderme esta carrera. No puedo tenerle más cariño. Y es por todo lo que me regala esta carrera. Significa mucho a nivel personal. Así que, cuando llego aquí, consigo olvidarme de mis rivales y consigo decirme a mi misma: <<Judith, aquí vienes a disfrutar y a vibrar una vez más con todo esto>>.Cuando conseguí hacer ese click fuecuando pude saborear la esencia de todo esto. Ahí fue cuando logré gestionar la presión (que no es fácil) y disfrutar de todo el cariño de la gente que me animaba a revalidar título. Me hacían verme como favorita y me mostraban su admiración. Realmente fue halagador. Nunca me había sentido tan querida. Nunca había recibido tantas muestras de afecto. Intenté saborear esos detalles de los que me siento tan afortunada, aunque reconozco que me da mucha vergüenza todo eso y que me hace ponerme muy nerviosa. Hasta el momento previo al inicio de carrera estuve recibiendo ánimos y haciéndome fotos. No paraba de recibir felicitaciones por mi temporada. ¡Uf! Realmente fue mágico. Pero, como digo, estaba muy nerviosa por todo ello.

 

Pero si algo era mágico este año, era que Javi también competía. Por fin. Después de cuatro años intentándolo, esta vez sí que le había tocado el sorteo. Que ilusión me hacía que pudiera vivir aquello conmigo, desde dentro. Y por si fuera poco, a nuestro amigo Richard Calle, también le había tocado. Estar los tres preparándonos juntos, en la habitación antes de la carrera, fue uno de los mejores momentos del día. Risas nerviosas de los tres y contentos de vivir aquello unidos con todo lo que significaba para cada uno de nosotros. Fue muy bonito para mí compartir el precarrera con ellos y estar con Javi en Getaria a la espera del comienzo de la competición.

 

Bueno, ahora sí. Tocaba concentrarse. Me estaba costando. Estaba muy nerviosa. Andaba como algo ausente en mis pensamientos y parecía que me faltaba una dosis de confianza en mí misma. Me notaba extraña. Quizá eran los nervios y la presión de sentirme tan observada. Igual es que todo eso me lo creo yo misma, pero… me inquieta mucho. Es cierto que el nivel era muy alto y la carrera iba a estar muy disputada y con muchas opciones. Sin embargo, eso no me preocupaba. Yo iba hacer mi carrera como siempre. Además, muchas de mis “rivales” son grandes compañeras y siempre resulta muy bonito volver a coincidir en carrera con ellas. <<¡Venga Judith, que tú ya tienes tu Txapela!Sin presión, que no tienes que demostrar nada a nadie ni a ti misma. Disfruta>>

 

Bocinazo de salida y empieza la competición. Consigo hacer una buena entrada al agua que me pone en cabeza con Helene, la “Reina” de este sector. Conseguir aguantar sus pies es siempre la clave. Además de una gran nadadora, es una buena guía y una garantía segura para que salga un buen primer sector. La natación en Zarautz puede ser muy decisiva y casi el sector más crucial. Perder la cabeza de carrera puede hacerte perder un tiempo irrecuperable.

Salimos muy fuerte. Había que buscar una buena colocación e intentar marcar diferencias desde el principio. Parecía que nos escapamos un poco del resto (al menos los primeros metros habían sido muy buenos), sin embargo, empiezo a agobiarme y me cuesta respirar. Me dio un poco de ansiedad.<<Otra vez no >>me digo a misma. Desde Salou, en cada natación, se repite esa misma escena. De golpe el pánico se apodera de mí y no veo la manera de controlarlo. Me agobio. Me cuesta controlar la respiración y tengo ganas de pararme y pedir ayudar. Pero brazada a brazada me convenzo en aguantar y confiar en que se pase. Dudo si pararme o seguir un poco más hasta que realmente me sienta incapaz de continuar. Pero, por suerte, mientras dudo me convenzo de que puedo y debo regularlo. <<No dejes que la cabeza te engañe Judith, puedes hacerlo>>. Lo hago. Logro controlar ese agobio y, a partir de ahí, solo toca luchar contra el mar. El oleaje nos complicó mucho las cosas. Cinco años consecutivos compitiendo aquí y me atrevo a decir que ha sido el peor día en el agua. El pero con diferencia. Fue una natación muy dura y complicada. Suerte que el aliciente de luchar por seguir a Helene lo hizo mucho más fácil. Mi única preocupación era el no perderla. Hubo momentos que creí no conseguirlo. Se me alejaba pero enseguida volvía a engancharme a ella. Tanto, que sin querer, le toqué los pies tres o cuatro veces. <<Lo siento, no fue intencionado>>. Y es que el mar estaba tan mal que, de golpe, una ola te alejaba y la siguiente te acercaba. Me pasó también con Emma Bilham, que nos enganchó en el primer tercio de la travesía. Las olas nos manejaban como querían y nos dimos algún “besito”, pero todos con el máximo cariño. Qué traicionero es el mar. Y qué difícil pone las cosas. Por muy buen nadador que seas, puede contigo.

 

La natación fue durísima. Se me hizo eterna y agónica. Una lucha constante contra las olas. Unos cuantos tragos salados y un mareo impresionante. No sabía ni donde estaba. Me limité a luchar para que Emma y Helene no se me escaparan. Sentí en todo momento que lo estaba logrando, pero debía hacerlo hasta el final y superar la parte más complicada de ese sector: conseguir hacer pie en la playa de Zarautz. No me equivoqué, llego a los metros finales y todo cambia de repente. Alzo la vista y veo como Emma esta muy a nuestra izquierda y que nos ha cogido una distancia considerable. <<¿Cómo puede ser? ¿Si estaba a mi lado?>>. Flipante. Aunque lo más sorprendente fue girarme de nuevo parar respirar a la derecha y ver un gorro rosa pegado a mí. En el mismo segundo en el que pienso que se trataba de Cesc, y que ya nos había cogido, veo que es Anna Noguera. <<Dios! ¿De dónde ha salido?>>¡Qué pasada! Para remate, en la primera ola que nos engulle, Helene la coge a la perfección y, mientras yo me revuelco en su espuma, veo que se me aleja con una sutileza increíble ¡Qué fuerte! Cada año me pasa lo mismo. Tengo que aprender a salir del agua con esas olas.

 

Parecía que la travesía Guetaria-Zarautz no se iba a terminar nunca. Pero por fin, después de casi 40’ metida en una centrifugadora, consigo poner pie en tierra. Eso sí, sin saber de dónde venía ni hacía dónde debía ir. ¡Que horror! Y que estampa la de ver a las cuatro (Emma, Helene, Anna y yo) peleando por salir, cada una por un lado, de esas bravas aguas. La verdad es que, esos momentos, son de risa.

Pero, no había tiempo de reírse. Hacer una primera buena transición era muy importante. Así que corrí desde la playa hasta boxes como si no hubiese un mañana. No podía dejar que se me escapara la cabeza de carrera. Y, mucho menos, que se enganchara Anna. Era consciente de que, eso, podía decidir la carrera. Los nervios me hicieron hacer una transición muy torpe. Pero, dentro de todo, rápida.

 

En el primer kilómetro pasé a Helene <<Aupa Helene>>–le animé–. Empecé a subir muy fuerte. Todavía con una bota desabrochada por no querer perder tiempo, con el pulso muy alto y sin poder controlar la respiración, pero debía intentar dar caza a Emma. Ya respiraría luego. Aunque, a cada curva, en vez de estar más cerca de ella, la tenía más lejos. Así que, poco antes de coronar el primer puerto, decidí centrarme y hacer mi carrera. Me había dejado llevar por la emoción y había descuidado los watios, el ritmo, la intensidad, todo… La carrera era muy larga y tocaba tener cabeza. En ese momento empezó la verdadera competición. La lucha en solitario y la sangre fría por tener el control y no pensar ni en las de delante, ni en las de detrás. A partir de ahí es cuando solo piensas en los kilómetros, en comer, en beber y en pedalear con fuerza para sacar el máximo rendimiento al sector ciclista. Aunque siempre con el miedo a no pasarse y pagarlo en los temibles muros.

Primera vuelta completada y el público me canta que Emma me lleva más de un minuto <<¡Uf! cómo va>>- pensé. Sabía que Emma iba a marcar la diferencia en bici, pero no que se me fuera tan rápido. Yo seguí con mi carrera. Me encontraba fuerte e hice una segunda vuelta muy buena. Dirección a Guetaria, me alcanzó Eneko junto a Ander y a Nan. Intenté seguir su estela. Forcé un poco la máquina por aguantarles, sentía que esos 3-4 kilómetros con ellos podían ser claves. Tanto es así que, sorprendentemente, a la altura de Guetaria, vi que tenía a Emma justo delante. <<Increíble Judith. Vaya segunda vuelta te has marcado>>. Me sorprendí a misma de haberle recortado ese minuto y pico. Me sentía eufórica de mi rendimiento y pensé que la carrera se podía poner de mi lado. Quedaba mucho por delante, pero lo que acababa de hacer, en escasos 25 kilómetros, era muy buena señal. Qué cosas. Y eso que no venía con mucha confianza por mi estado de forma. En realidad, en lo que llevaba de carrera, no la estaba teniendo tampoco. Sin embargo, justo cuando empiezo a saborear mi hazaña, adelanto a un par de triatletas doblados y al volver a la derecha, agacho la cabeza para acoplarme de nuevo y, al elevar la mirada, veo que tengo un cono justo delante de mí. Consigo esquivarlo pero, esa maniobra brusca y arriesgada, me hace perder el control de la bici cuando rodaba a más de 40 km/h. La rueda delantera se mete en la cuneta y en consecuencia choco contra el bordillo y doy una vuelta de campana. Literalmente. Yo, y la bici. <<¿Dios Judith que ha pasado?>>.Mientras volaba por el aire me dio tiempo a lamentarme y avergonzarme por mi despiste. Encima, para más inri, me estaban grabando <<¡Qué vergüenza!>>. ¿Os podéis creer que ese fue el sentimiento que apareció en mi cabeza con más fuerza? Qué cosas. 

Nunca sabes lo que te puede deparar una carrera. Y más en media y en larga distancia. Cuando parecía que había hecho lo más difícil: alcanzar a Emma, la carrera cambió por completo. Pasé de la máxima euforia, a la decepción más grande. De tocar la gloría, a arrastrarme por el suelo. De verme en cabeza, a creer que perdí todas las opciones de luchar por la victoria. Sin embargo. Sin tiempo de asimilar lo que acababa de ocurrirme, tomé la mejor decisión posible: no pensar, levantarme y seguir. Reconozco que hubo una voz que me ayudó a ello. No sé si fue uno de los cámaras o quién, pero tal y como toqué el suelo escucho que me gritan algo así como (no lo recuerdo bien): <<Vamos Judith, continua. Tú puedes>>. ¡Dios! Le hice caso —Gracias—. Solo tardé dos segundos en visualizar lo que acababa de pasar. En situarme y en centrarme de nuevo. Desde el suelo miré a ambos lados. En uno estaba la visera del casco y en el otro mi Felt. De forma totalmente autómata, me puse en pie, me coloqué la visera, cogí la bici, coloqué la cadena y, sin más, me subí de nuevo. Realmente no valoré ni el estado de la bici. <<Pobrecita. Qué dolor>>. Me dolía más por ella que por mí. Su primera caída. Su primer rasguño.

 

No dejé que el shockdel momento llegase a mi mente ni a mi cuerpo. Cuando abrí los ojos ya estaba pedaleando de nuevo y lo hacía con fuerza y con garra. Metida en la carrera. En esa misma que por un momento me vi fuera de ella. No quise lamentarme. No quise ni comprobar las consecuencias de esa caída. Ni para mi cuerpo ni para mi bici. Y, cuando unos minutos más tarde, voy volviendo a la realidad, empiezo a ver todas las heridas que registraba mi cuerpo, empecé a sentir el dolor de aquellos golpes. Empecé a notar que la bici no iba como antes y vi que el Garminestaba de al revés; igual que la cañita del bidón delantero. Y es que, con la caída, me había olvidado totalmente de los números y de lo que estaba pasando a mi alrededor. Yo solo seguía inmersa en mi misma. Debatiendo dentro de mi mente lo que me acababa de pasar. No terminaba de asimilar ni creer lo que acababa de hacer. No por el hecho de caerme, sino por el hecho de levantarme y seguir como si nada. Cuando empecé a ser consciente del logro que había hecho, empecé a sonreír y me dije a mí misma <<Judith acabas de ganar tú carrera>>.

Así lo sentí. En ese momento la competición pasó a un segundo plano. Me sentí súper orgullosa de mí misma sabiendo que ese acababa de ser mi triunfo del día. Bueno, del día y de toda mi carrera deportiva. Sé que soy muy dura de cabeza y que no me rindo con facilidad, pero no imaginaba que, después de una “tan dura” caída, me vería con el coraje de seguir compitiendo.

 

Tengo que confesaros que no fui yo la que se levantó del suelo, ni fue por aquel grito que recibí. Sino quien me levantó fue toda la gente de Zarautz. Así lo sentí en ese momento. Al tocar el suelo solo pensé: <<Aquí no puedes rendirte. Aquí tienes que luchar. Se lo debes a la gente, a esa gente que se deja la piel animando y espera lo mismo de ti. A toda esa afición que ha creído en ti desde el principio. La gente que te ha mandado ánimos y que te ha hecho sentir muy querida desde el primer paso que diste en esta tierra>>.

Si os digo la verdad, no sé cómo fueron los kilómetros siguientes. Yo seguía inmersa en mis pensamientos. Inmersa en una vergüenza, por mi torpeza, que se contrastaba con la euforia de mi lucha. Me olvidé del recorrido, del ritmo, de todo. Solo continuaba empujada por ese sentimiento de valentía. Por ese mismo poder de superación que se apoderó de mi y que me hizo motivarme más y más. Sin embargo, el muro de Aia me devolvió a la realidad. No me preguntéis por qué, pero fue en ese momento en el que me cagué de miedo por la caída. Me empezaron los temblores en el cuerpo. Temblores de pavor. Los temores de haber vivido algo traumático. Me faltaba el aire y no era consecuencia de la subida (que la estaba escalando mejor que nunca), si no por el pánico escénico. El miedo al ridículo. Consecuencia directa de sentirme rodeada de cámaras y de la gente que me señalaba al pasar cuando veía mis heridas y mi mono Gobik roto. Nunca me ha gustado ser el centro de atención, me pone muy nerviosa y los nervios me juegan malas pasadas. Sé que es inevitable y que, si una va delante, tiene que lidiar con ello. Me siento muy orgullosa de sentirme querida en carrera, pero ese gusanillo en la barriga y esa pérdida de autonomía, por los nervios, me hace pasar momentos muy incómodos y me restan mucho en carrera.

Superé con nota la parte más dura de la carrera. Ni los dolores me hicieron dejar de luchar y disfrutar de esas agónicas subidas y de la posterior bajada. Me emocioné de nuevo. Me sentí más viva y libre que nuca. Que orgullosa estaba de mí. No podía dejar de repetírmelo. Había tenido un par de cojones al levantarme de nuevo y ahí me estaba dando realmente cuenta de ello. La adrenalina iba en aumento y me hacía sentirme más fuerte. Tanto que pasé de olvidarme de la carrera a meterme de nuevo en ella. Nunca creí que lograría pillar a Emma, pero sí que iba a intentar ponérselo difícil. Y entonces me dije: <<A ti no te pasa nadie>>. No sabía cuanto había perdido por detrás con la caída, pero no iba a relajarme. Volví a darlo todo para, si podía, aumentar la ventaja. Lo hice con la seguridad que me sentía con fuerza para arriesgar y darlo todo. Al menos hasta la T2.

Coroné el camping con mayor entereza que nunca. Cinco años consecutivos y nunca lo había subido con tanta agilidad. Pude sonreír y todo mientras me metía en ese pasillo de gente. <<Pero que grandes sois “Joder”>>. ¿Como iba a rendirme y perderme eso? Ver caras conocidas fue muy emocionante. Y ver a gente con la camiseta del TeamKoraxan… ni te cuento. Gracias a todos por vuestra entrega.

 

    

Llegaba a Zarautz. Llegaba a la segunda transición. Suspiré visualizando el momento de poner el pie a tierra (esa vez de forma intencionada, y no por accidente, claro). Volví a recordar la caída y eso me hizo perder el control de nuevo. Me daba miedo bajarme en marcha de la bici. Me sentí torpe una vez más. Eso provocó una transición mala, pero al menos sin caída. Y ahí es cuando empecé a notar las secuelas. Las consecuencias eran más graves de lo que creía. Un fuerte dolor en el dedo que no me deja desabrocharme el casco. El fuerte golpe en el hombro, y todas las heridas de las rodillas, me dificultan el calzarme las zapatillas. Y el dolor aun se hizo mayor cuando empecé a correr y noté que, además de la flexión de las articulaciones, me dolía la vibración del cuerpo por el impacto contra el suelo en cada pisada. <<¿Pero… estás corriendo Judith. Qué más quieres?>>.

 

El momento más duro no fue por ese dolor físico que sentía, sino por ver a mis padres a la espera de verme corriendo “entera”. Me miraron preocupados y me preguntaron si estaba bien. Les asentí con la mirada, sin saber mucho más que decir porque ni yo sabía aun como estaba, ni las consecuencias ¡Uf¡ La cara de mi madre era todo un poema. ¡Pobrecita! Lo que había debido sufrir hasta verme llegar a la T2. <<Estoy bien mama. Y te lo voy a demostrar>>.

 

Todos los males desaparecieron por completo al empezar a escuchar los ánimos del público. El ambiente inhibió mi dolor y volví a sentirme una privilegiada por estar allí; corriendo en el triatlón más espectacular del mundo. Qué afortunada soy.

No creo que hubiese más gente que otros años. Ni más entrega. Ni más gritos. Ni más pasión. Sin embargo, me sentí más admirada y querida que nunca (y eso que siempre me he sentido muy querida aquí). La gente se volcó conmigo. Desde el primer kilómetro me mostraron su admiración por mi gesta. Por mi lucha. Y me animaban a seguir sacrificándome más (si es que se podía) y a luchar por la victoria. Por hacer, de aquello que parecía inalcanzable, una realidad. Y por hacerme sentir que, ellos, me iban a ayudar a conseguirlo. Y así fue. Fue el público. Fuisteis vosotros. Me empujasteis kilómetro a kilómetro y creísteis más en mí que yo misma.

Emma me sacó un minuto y medio en la T2. En la primera vuelta a penas le recorté 5 o 10”, pero no quería dejar de intentarlo. No creía que pudiera pillarla. No iba realmente a por ella (además le tengo mucho cariño y se merecía la victoria tanto como yo), pero no podía dejar de luchar. No podía dejar que toda esa gente se hubiese dejado el alma por nada. Llegué a sentir que les debía el máximo esfuerzo y rendimiento posible. Y es que, a ese público, cuanto más le das, más recibes de ellos. Como dice un deportista vasco (al que entreno): “La afición vasca nos volcamos en animar la garra, el coraje y la pelea”. Pues por eso mismo lo di todo, para estar a la altura de esa afición a la que adoro.

 

Seguía luchando cada kilómetro como si fuera el último. Me sentía fuerte. Emma seguía manteniendo una ventaja considerable y no creía poder llegar alcanzarla, pero aún así sentía que debía correr al límite. Aunque el resultado no cambiara (por detrás tenía mucho margen), me debía a mi misma el sacrificarlo todo. Estaba contenta con mi valentía y mi poder de superación. Sin embargo quería enmendar mi error. Solo dándolo todo hasta meta me sentiría satisfecha. Antes no.

El público no paró de empujar. Me ayudó a recortar segundos en la segunda vuelta y ahí empecé a creer que al igual podía alcanzarla. <<¿Te imaginas Judith que encima ganas>>—me decía a mí misma—. Yo no daba crédito a lo que estaba consiguiendo. Había resurgido como el Ave Fenix. Estaba volando y estaba yendo de cabeza a por el triunfo. Tanto fue así que, al inicio de la última vuelta, por el paso por el centro, siento que la gente, eufórica, me canta que la tenía delante. A muy poco. Ese momento fue increíble. No por ponerme líder, sino por la emoción de toda aquella gente. Fue brutal. –¡Gracias a todos! –. No tengo palabras para agradeceros esto. Y es que hasta los corredores y corredoras me animaban al pasar junto a ellos; entre ellos Axi, la pareja de Helene, que me animó a no rendirme y a luchar por el triunfo. Detalles que marcan la diferencia entre las personas.

 

Y allí la veo. Tenía a Emma justo delante. Y cuando decido darme un respiro para regular, coger aire y algo de fuerzas antes de intentar adelantarla, ella mira para atrás y prácticamente se espera a que llegue. <<¡No Emma! No te rindas. Lucha todavía>>. La entiendo. Sé lo que es eso. Viví la misma situación con Joselyn aquí hace dos años. A eso se le llama deportividad: el reconocer cuando el otro rival ha sido más fuerte. Realmente me supo mal pasarla. Se merecía esa victoria tanto como yo. Se lo había currado desde el principio escapándose sola. Además, es una gran persona y la admiro mucho.

No podía creer que, a falta de unos 4 kilómetros, me iba a ver líder después de todo lo sucedido. La adrenalina no me dejó bajar el ritmo ni relajarme, pero si el disfrutar, como una enana, de esos tramos finales. Recuerdo, pasando por las pasarelas, observar el mar. Recuerdo levantar la mirada y sonreír a todos los que me estaban animando. Recuerdo agradecer, y aplaudir, al público. Un público lleno de amigos y conocidos. Recuerdo vivir la magia del último kilómetro pasando por ese pasillo que se forma repleto de gente. Recuerdo sentir el orgullo de todos ellos. Recuerdo chocar la mano de todos los niños. Y de Teo. Y, por último, la de mi padre que sonreía justo cuando mi madre arrancaba a llorar. Era un llanto de alivio. Unas lágrimas de desahogo después de tanto sufrimiento durante la carrera <<Mamá, espero que estés orgullosa de mi>>.

 

Y por fin…, alcancé la meta. Y levanté la cinta de ganadora. Una victoria que sabe mejor que nunca a pesar de todo el dolor sufrido. Por fin. Me sentía en deuda conmigo misma. Y con todo ese público. Vuestra fue la carrera, no mía. Sin vosotros no hubiera sido posible, estoy convencida de ello. Qué grande es Zarautz. Qué grande es su carrera. Su afición. Qué grande es esta tierra y mucho más su gente.

Cómo os quiero a todos.

Cuantas lecciones aprendidas. Y eso es lo mejor. Saber que aun puedo dar más de mí. Que puedo seguir superándome. Nunca os rindáis. Nunca dejéis de creer en vosotros mismos. Y nunca… nunca, deis una carrera por pérdida, por muy mal que se pongan las cosas.

El triatlon de Zarautz es único!!! (bakarra da).